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Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable - Capítulo 239

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  3. Capítulo 239 - 239 Cuidando a Rigel
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239: Cuidando a Rigel 239: Cuidando a Rigel (Amaia)
Saiph me da un breve abrazo, pero su mirada fija y la calidez de su tacto revelan su alegría interna al descubrir que reconozco el vínculo de pareja entre nosotros.

Mi hermano tenía razón, lo sabía y me lo dijo, confirmándome que tengo cinco compañeros.

El enlace mental entre los gemelos y yo se abre al percibir la intensidad de mi angustia y mis emociones.

—¡Amaia!

¿Está todo bien?

Vamos hacia ti.

No, no quiero que vengan y vean a Rigel en semejante estado.

—Estoy con Rigel y Saiph en este momento.

Quédense donde están, yo iré a verlos —les digo a través del enlace mental y lo cierro.

Necesito concentrarme en Rigel.

Toda esa carnicería y sangre me revuelve el estómago, pero debo soportarlo por él.

No puedo permitir que se sienta rechazado por ser diferente a los demás.

—¿Por qué no voy a deshacerme de esto antes de que alguien lo vea y…?

—pregunta Saiph.

Me mira a los ojos y yo asiento.

—Vamos a darnos un baño.

¿Qué te parece?

—le pregunto a Rigel, que todavía me sujeta como si yo fuera su salvavidas.

Él asiente en silencio.

Saiph se marcha primero, mientras Rigel me lleva consigo hacia su habitación y hasta el baño.

Estamos de pie, uno frente al otro.

Rigel nunca se ha quitado la ropa delante de mí, así que no sé si se sentirá cómodo.

—¿Puedo?

—pregunto, posando las manos en la parte delantera de su camisa negra abotonada.

Solo viste de negro.

Está empapada de sangre, igual que su rostro, y no quiero ni pensar en cuál debió de ser su proceso mental cuando mató y deshuesó a Tarian.

Solo de pensarlo se me revuelve el estómago, pero ya me ocuparé de eso más tarde; por ahora, tengo que estar a su lado para que no sienta que lo aborrezco.

También me hace preguntarme qué le han hecho para volverlo tan oscuro.

—Sí, pero no te horrorices —dice con una calma siniestra.

«¿Horrorizada?»
«¿Por qué?»
Con manos temblorosas, empiezo a desabotonarle la camisa.

Él permanece inmóvil, mirándome, observándome.

Le quito la camisa de su esbelto cuerpo y la arrojo a un lado, librándolo de esa prenda ensangrentada.

Su pecho es liso, como tallado en mármol.

Mi mirada recorre sus brazos y en su bíceps derecho hay un entramado de cicatrices.

Lo rozo con la mano izquierda.

Mis ojos descienden lentamente hasta su cintura, y el horror continúa.

Varias cruces parecen haber sido grabadas a fuego en su piel; la zona está descolorida y áspera, con el tejido dañado.

Los Vampiros se curan de cualquier herida que sufran.

Estas no han sanado, lo que significa que son marcas malditas.

Me tiemblan los dedos al tocarlas y alzo la mirada entristecida hacia él.

Aunque, en el fondo, ya sé lo que son, porque la herida de mi muslo no era muy diferente de las suyas.

Ha sido maldecido igual que yo, tal y como temía.

—¿Tantas?

—pregunto con voz temblorosa.

—Qué suerte la mía, tener tantos tatuajes indeseados.

Hay un total de seis cruces en su cintura y una en su brazo derecho.

Significa que no puede hablar de muchísimas cosas; de casi todo lo relacionado con él: su pasado, sus padres, su vida, su verdugo.

Me parte el alma verlo así, pero no quiero llorar delante de él.

Tengo que ser su fuerza, no su debilidad, ahora que está tan vulnerable y afligido.

Mis manos se deslizan hasta sus pantalones negros, desabrocho el corchete y los dejo caer por sus piernas con sumo cuidado, dejándolo solo en bóxers.

Sus sombras fluyen como guirnaldas, cubriendo sus piernas y revoloteando alrededor de mis manos exploradoras.

Una desesperación, una tristeza paralizante, se propaga por el vínculo entre nosotros y me hace estremecer.

Son sus emociones: profundas, crudas, asfixiantes.

Hasta su respiración es irregular mientras termina de quitarse los pantalones.

Mis ojos se posan en él, y un velo de aflicción cubre los suyos.

Así que me acerco y pongo la mano en su pecho.

—Tranquilo, nadie va a hacerte daño.

—No puedes prometer eso.

Estoy hecho pedazos, no tengo arreglo.

Solo tú evitas que me desmorone.

—Sus manos ensangrentadas me acunan el rostro.

—No estás roto, y ahora que puedo sentir nuestro vínculo de pareja, la próxima vez que aparezca tu verdugo, voy a enfrentarme a él.

Sus ojos arden de furia ante mis palabras, y su agarre en mi rostro se tensa.

—No, no lo harás.

Te mantendrás alejada.

Le dedico una sonrisa dolida.

—Ahí está el detalle, Rigel.

Ya que te negaste a escucharme cuando te dije que no mataras a Tarian, esta vez seré yo la que se niegue a obedecerte.

—Le doy una palmada en el pecho y él me dedica una mirada furiosa—.

Considéralo tu castigo y así estaremos en paz.

Sus sombras emanan de su cuerpo y descienden sobre mí como una fría neblina, como si me dieran las gracias.

—¿Ves?

Hasta tus sombras están de acuerdo.

Están cansadas de seguir atrapadas.

—Amaia, no es una broma —dice con severidad.

Pero estoy harta de que alguien le haga daño.

Esto tiene que acabar.

—Y tú me subestimas a la hora de proteger a mis compañeros.

Anda, vamos a darte un baño.

—Antes de que pueda protestar más, paso el brazo por detrás de él y abro la ducha, empapándolo de agua tibia.

Su lustroso pelo de ébano se empapa al instante.

La sangre y el agua se mezclan y gotean juntas.

Rigel guarda silencio mientras cojo el bote de champú, vierto un poco en mi mano y empiezo a enjabonarle el pelo.

Tengo que ponerme de puntillas, así que sus sombras me elevan.

Una pequeña risa se me escapa de la garganta y hace que la comisura de los labios de Rigel se contraiga ligeramente.

Lo limpio y lo seco a conciencia, sin que me importe tener la ropa empapada.

Rigel sale con una toalla anudada a la cintura.

—Voy a vestirme y te prepararé ropa seca para ti también.

—Me da privacidad para que me lave.

No hay lujuria en él, solo puros sentimientos de amor y afecto que fluyen a través del vínculo.

Este hombre me sorprende a tantos niveles.

Cuando salgo del baño, Rigel ha dejado un pantalón y una camisa negra suyos para mí.

Me ayuda a ponerme la ropa limpia y seca, y nos metemos en su cama.

—Necesitas dormir —le digo mientras apoya la cabeza en mi regazo.

—¿Te quedarás conmigo hasta que me duerma?

—pregunta con voz suplicante, mientras sus ojos desesperados me buscan.

—Sí.

—Paso los dedos por su suave pelo mientras él cierra los ojos y yo empiezo a cantarle la nana que él me había cantado a mí.

La que su madre solía cantarle.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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