Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable - Capítulo 25
- Inicio
- Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable
- Capítulo 25 - 25 Seré tu compañero
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
25: Seré tu compañero 25: Seré tu compañero (Amaia)
El corazón casi se me rompe en el pecho y se me sale cuando nos quedamos solos en la biblioteca y Alnitak se gira por completo para mirarme.
Posa las manos en mis muslos y me atrae lentamente hacia él.
Saltan chispas por dondequiera que me toca, e incluso el aire parece haberse cargado entre nosotros.
Bajo la mirada y se me clava en sus brazos; tiene las mangas del uniforme arremangadas, revelando una piel musculosa surcada por venas prominentes que hacen que se me haga la boca agua.
Un torbellino de emociones se agita en sus ojos dorados.
Traga saliva antes de hablar: —No lo sabía.
¿Qué le pasó a tu familia?
—Parece que tiene buen corazón.
Cualquier rencor que guardara ha desaparecido.
Aparto la mirada de él y la bajo.
Nadie puede saber la verdad sobre mi familia.
Nadie lo entendería.
A la magia de los Fae se la culpó del Apocalipsis y me matarían igual que a los otros de mi especie.
No importa quién finja que le importo, tengo que ser muy cuidadosa.
—Unos bandidos atacaron nuestra aldea, la saquearon y mataron a todo el mundo.
Pude escapar porque mi madre y mi hermano lucharon contra ellos.
No puedo olvidar los gritos ni sus caras.
—Es verdad, la culpa me consume a diario y las pesadillas son interminables.
Levanta la mano derecha y coloca la punta del índice bajo mi barbilla para alzarla, de modo que pueda mirarle a sus ojos con destellos dorados en lugar de a mi regazo.
—No puedo imaginar tu dolor, Amaia.
Ni siquiera puedo decir que lo entiendo.
Pero quiero que sepas que ya no estás sola.
En mí siempre tendrás un compañero.
Oí algo sobre ti, pero eres una huérfana que ha salido adelante contra viento y marea en este mundo muerto que nos ha tocado.
Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir.
Sé que Alnilam debe de haberle advertido sobre mí.
Lo que vio fue una ilusión, no la verdad.
Quiere proteger a sus hermanos sin saber que soy su compañera.
La compañera de los tres, y, sin embargo, no podemos estar juntos.
Sus palabras calman parte de ese dolor omnipresente en mi corazón.
Aunque no pueda ser mi compañero, por ahora lo tendré como amigo.
Al menos uno de ellos está de mi parte.
Mintaka ni siquiera me mira y Alnilam me odia a muerte.
—¡Gracias!
Por comprender —digo con voz temblorosa.
Levanta ambas manos y me toma la cara.
Las ásperas yemas de sus pulgares me acarician la piel bajo los ojos.
Su aroma me envuelve como una manta cálida.
Se me corta la respiración, y entonces veo un destello de un púrpura azulado en sus iris que se mezcla con el dorado.
¿Es su lobo el que se asoma a mirarme?
¿Puede sentir de algún modo la atracción que hay entre nosotros?
—No estés triste, ven a verme cuando estés de bajón.
No tienes compañero, ¿verdad?
—pregunta con voz ronca, mientras sus ojos siguen lanzando destellos de un púrpura azulado.
La agonía en mi muslo se intensifica, advirtiéndome.
Las palabras ni siquiera se me forman cuando intento decir que sí.
No puedo decirle la verdad, así que me limito a negar con la cabeza.
—No te mentiré, Amaia.
Pero, de algún modo, le gustas a mi lobo.
Quiere protegerte, incluso lamerte —dice con aire divertido, consiguiendo que por fin sonría.
De algún modo, su lobo puede sentir la atracción; no puede olerme, pero una parte de él debe de haberme reconocido como su compañera.
—¿Ah, sí?
¿Cómo se llama?
—Zevran —gruñe, y sé que su lobo ha hablado a través de él.
Sus ojos están teñidos de azul, y el dorado casi se disuelve mientras Zevran se manifiesta en su interior.
—Un nombre magnífico, Zevran.
Me encantaría conocerte algún día.
—Le sonrío, con el corazón retumbándome en el pecho de la emoción.
—Ahora no, Zevran, compórtate… —Alnitak cierra los ojos un segundo y aparta las manos de mi cara.
Casi grito por la pérdida de su contacto, pero sé que está luchando por mantener a su lobo a raya.
—Tenemos que irnos —murmuro, haciendo que abra los ojos.
El dorado ha vuelto, el azul ha desaparecido, pero la ternura no.
Asiente con rigidez y ambos nos levantamos, recogemos nuestros libros y nos dirigimos a las taquillas.
—Entonces, ¿Sir Alnilam es tu hermano mayor?
—pregunto con curiosidad.
Se siente raro llamar «Sir» a mi compañero, pero es lo que hay.
Alnitak se frota la nuca.
—Sí, es seis años mayor que nosotros.
Mintaka y yo tenemos veintiuno y él veintisiete.
Pero nosotros dos estamos malditos.
No tenemos compañeras.
Suspira; hay anhelo en su voz, un anhelo de conectar con alguien que me llega a lo más hondo.
Estoy aquí mismo, con ellos, y, sin embargo, está esta maldita maldición.
Tengo que venir a la biblioteca después de clase y buscar hasta que encuentre la manera de romperla.
—Eso es lo que vuelve a Alnilam un gruñón a veces, pero tiene un corazón de oro si consigues atravesar esa coraza de hielo que lo recubre —dice Alnitak, girándose para sonreírme.
Esa sonrisa que hace que me den ganas de trepar por él, enroscar las piernas en su esbelta cintura y aferrarme a su cuerpo.
—Lo entiendo —digo en voz baja mientras seguimos caminando hacia el campo de entrenamiento.
—Aunque se casa a finales de año.
Como es el mayor, tiene que dar un paso al frente, así que ha escogido una compañera.
De verdad, solo quiero que sea feliz.
Tuvo una infancia difícil.
Las palabras de Alnitak me caen encima como un rayo y me dejan clavada en el sitio.
Intento que no me afecte, ni siquiera lo conozco.
Pero esos hilos invisibles que me unen a él y ese vínculo que se ha instalado permanentemente en mi corazón casi me ahogan de dolor.
Jamina es su prometida.
La sola idea me perturba hasta el alma.
Toso con fuerza y Alnitak me da unas palmadas en la espalda al instante.
—¿Estás bien?
¿Qué ocurre?
Me inclino y niego con la cabeza.
—Nada, es solo que se me ha atragantado algo.
—Me froto el pecho, esperando que el dolor disminuya antes de enderezarme.
Alnitak parece preocupado.
—¿Quieres un poco de agua?
Niego con la cabeza.
—Sigamos, o la ira de tu hermano hará que se nos olvide hasta cómo nos llamamos.
Eso lo hace sonreír.
Esa hermosa sonrisa suya.
Llegamos al campo de entrenamiento y todo el mundo ha empezado ya a dar sus vueltas.
—Te echo una carrera hasta el final.
El ganador podrá obligar al perdedor a hacer una cosa de su elección.
—Me guiña un ojo con picardía.
No debería, pero estoy desesperada y quiero ver adónde lleva esto.
—¡Acepto!
Pero ni se te ocurra usar tu velocidad sobrehumana —le grito.
—No podemos.
—Señala los cristales rojos con forma de cuarzo que hay en cada esquina—.
Inhibidores de magia.
—Los rayos del sol se reflejan en ellos, haciéndolos centellear.
—Pues vamos.
Voy a patearte el culo, Alnitak.
Corro muy rápido, no digas que no te lo advertí.
—Le devuelvo el guiño y él suelta una carcajada sonora.
—Con esas piernecitas, ya te gustaría —bromea, señalándome las piernas.
Lo fulmino con la mirada mientras nos colocamos uno al lado del otro.
—Estas piernecitas van a ser tu perdición.
¡Vamos!
—grito y salgo disparada, intentando sacar algo de ventaja.
Su risa resuena a mi espalda mientras la emoción del momento hace que se me ensanche el corazón y la adrenalina bombee por mis venas.
Mi compañero corre a mi lado, sonríe conmigo y, aunque no me reconoce, me quedo con esta pequeña victoria después del día de mierda que estoy teniendo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com