Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable - Capítulo 273
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Capítulo 273: Quiero estar solo con ella
(Alnilam)
Creí que nunca aceptaría esto. Nunca aceptaría compartir a mi compañera con mis hermanos.
Mi corazón no se habría abierto tanto. Pero el sueño que tuve y el momento en que encontré a Rigel hicieron que mi corazón aceptara esta realidad. Sabía que era por Amaia. Por el vínculo que todos compartíamos.
Este era nuestro destino. Amaia era nuestro futuro y nuestra fortaleza.
Era como si mi pecho se hubiera abierto y todos aquellos pensamientos absurdos hubieran desaparecido en algún lugar.
La mitad de mi pelo mantiene a Rigel atado, mientras que la otra mitad está enrollada alrededor de Amaia. Siento la mezcla de sus emociones.
Creo que es una señal de la diosa de la luna y de los cielos y, por fin, estoy listo.
Jamás en toda mi vida he visto una imagen más provocadora y sensual que la de Amaia envuelta en mi pelo y adorada por mis hermanos.
La forma en que se estremece y tiene orgasmos cada vez que mi pelo roza ligeramente su piel aterciopelada.
La percibo, siento cada pequeño temblor de su cuerpo a través de mi pelo. Cada ápice de su excitación resuena en mi interior. Su euforia se entretejió en lo más profundo de mi ser.
Hoy me siento más conectado con ella que nunca.
Sus ojos lascivos se giran hacia mí cada pocos segundos hasta que llega al clímax, estremeciéndose, envuelta en mi pelo, oculta y consumida por las sombras de Rigel.
La visión hace que se me haga la boca agua y los deseos pecaminosos me nublan la mente.
—Mirad, le están creciendo las alas —dice Mintaka con entusiasmo, extendiendo la mano para tocarlas.
Todos se concentran en sus hermosas alas, que aletean tras ella como una cometa de colores en el cielo.
Ante nuestros propios ojos, se expanden tanto en longitud como en anchura. Su frágil membrana se estira y la forma se vuelve más definida.
—¡Guau! Ha funcionado. Dije que lo haría. —Alnitak rodea a Amaia con sus brazos con entusiasmo, sintiendo sus alas en crecimiento con la yema de sus dedos.
—Desde luego que sí, y ahora es tu turno. —Los ojos de Saiph me encuentran mientras sus dos manos presionan a Rigel para mantenerlo a raya.
Mi mirada se desvía de ellos hacia Amaia, y ella me observa con una sensualidad que solo le pertenece a ella. La que hace que tanto mi magia como mi lobo enloquezcan por ella.
—¡Reclámala! —ronronea Snow.
—Soltadla —les digo a mis hermanos, y la liberan lentamente.
Mi pelo se desenrolla de ella de forma gradual, pero a regañadientes, y se retira, dejándola completamente desnuda y flotando en el aire.
Es todo un espectáculo. Sus pechos bien formados con pezones como cerezas endurecidas, las curvas de su cintura y la V de su intimidad.
Sus alas danzan a su espalda, equilibrándola mientras su cuerpo se yergue en el aire. La luz de las velas se refleja en sus alas incandescentes, como ondas de energía y color que se dispersan.
Su pelo espolvoreado de oro se desparrama por su precioso cuerpo como hebras doradas. Sus pezones rosados y gemelos asoman entre la cortina de su pelo y mi boca ansía su sabor.
Mi pelo anhela alcanzarla de nuevo y mezclarse con esas hebras doradas, pero quiero concederle este momento.
El mechón de mi pelo que le regalé permanece en su muñeca, danzando de emoción. Eso y la flor negra son los dos únicos objetos sobre su hermoso y curvilíneo cuerpo.
—Ya puede flotar en el aire sin ninguna dificultad —susurra Mintaka con entusiasmo.
Amaia esboza esa sonrisa hipnótica que siempre me deja sin palabras. Flota hacia mí como una mariposa y se detiene a solo unos centímetros. Su aroma asalta mi olfato y sus manos se posan en mi rostro.
—Es tu turno, Alnilam. ¿No vas a ayudarlas a alcanzar su tamaño máximo?
La voz de Amaia me parece más dulce que la miel; como un afrodisíaco, enloquece mis sentidos. Mi miembro se yergue, tenso contra mi uniforme.
Hay un océano de adoración y placer en sus ojos esmeralda. Su piel parece brillar igual que sus alas. El júbilo que experimenta fluye a través de nosotros como una neblina, uniendo nuestras manos.
El vínculo vibra con nuestra magia y nuestras emociones, listo para arremolinarse y conectarnos.
Extendiendo mis manos, agarro las suyas y la atraigo hacia mí. —¿Por qué no?
Mi mirada vacila hacia mis hermanos. No me importa que se queden, pero para nuestra primera vez, anhelo privacidad.
—Quiero estar a solas con ella.
Ellos lo entienden. Alnitak sonríe con picardía y asiente.
Mis manos sujetan a Amaia con firmeza mientras mi pelo se desenreda de Rigel, liberándolo de sus grilletes.
Amaia se gira rápidamente para mirar a Rigel y percibo su agitación.
—Va a estar bien —le susurro, sin tener el corazón para decirle que Rigel se va a marchar.
En cuanto libero su boca, le gruñe a Amaia con rabia. Mi magia lo había estado conteniendo, aplacando parte de esa ira, pero ahora que la he retirado, su maldición lo atenaza por completo. Solo la fuerza de Saiph lo retiene.
—Me lo llevaré —dice Saiph mientras lo levanta. Mintaka y Alnitak lo ayudan. Amaia tiembla en mis brazos.
—Por favor, tened cuidado con él —dice ella, agitada.
—Lo tendremos. No te preocupes. Tú concéntrate en completar vuestro apareamiento. —Los tres sacan a un Rigel gruñón a mi despacho y cierran el separador. Una vez que Rigel ya no esté cerca de Amaia, volverá a la normalidad.
Los miedos de Amaia no se disipan y sé que el hecho de que los cinco le ocultemos que Rigel se va a marchar se filtra en el vínculo y la agita aún más, porque no entiende lo que está pasando.
Lentamente, froto mis manos contra su piel suave y sedosa. Tengo que mantenerla distraída mientras mi hermano mayor se va.
—Rigel es el mayor de nosotros, es fuerte. Encontraremos la forma de ayudarlo. Cálmate.
Su mirada perturbada se encuentra con la mía y asiente lentamente. Es evidente lo mucho que se preocupa por él y eso solo hace que quiera admirarla más.
Incluso con toda su oscuridad, ella ha estado ahí para él, sosteniendo su mano, guiándolo para que no se perdiera por completo.
Permaneció entre nosotros gracias a ella, o se habría vuelto completamente loco.
—Lo quiero, Alnilam. Y duele verlo así. Tenemos que llegar al fondo de esto —suplica, con los ojos anegándose en lágrimas.
Me desgarra el corazón verla así.
—Empezaremos esta misma noche, justo después de nuestro apareamiento. Así que… ¿empezamos? —digo con deseo y mis labios se estiran, revelando una diminuta sonrisa.
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