Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable - Capítulo 51
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51: La proposición de Alnilam 51: La proposición de Alnilam (Amaia)
Paso la noche en la enfermería y TJ me da el alta al día siguiente con instrucciones estrictas en una nota.
Nada de combate durante una semana.
Nada de castigos físicos durante un mes.
Le doy las gracias al amable sanador antes de salir de la enfermería y me dirijo a mi habitación.
De repente, oigo un aleteo y Zille aparece de la nada.
~Coo~
Emite lo que parece un sonido de felicidad y se posa en mi hombro.
—¡Zille!
—lo llamo emocionada, alargando la mano para darle palmaditas en su lomo cubierto de brillantes plumas negro azuladas.
Se derrite bajo mi caricia y, cerrando los ojos, se limita a frotar el pico contra mi oreja.
Su herida parece haberse curado y se ve perfectamente sano.
—¿Me has echado de menos?
—pregunto con una sonrisa, encantada con su afecto, y él solo arrulla como respuesta.
Ambos llegamos a nuestra habitación y él regresa a la pequeña pajarera que Kacir le ha comprado.
Está pintada de negro y rojo y descansa sobre la mesa de la esquina junto con los platos de comida y agua de Zille.
Zille se acomoda dentro y cierra los ojos, arrullando suavemente como si estuviera satisfecho de que yo haya vuelto.
Echo un vistazo a la habitación vacía.
Las camas están hechas y mi uniforme, cuidadosamente doblado, yace sobre la mía.
Parece que Kacir no está, así que recojo mi uniforme y lo guardo en el armario.
Mañana comenzarán las clases y el entrenamiento, y no estoy segura de a cuánto se me permitirá asistir.
Llaman a la puerta, así que me acerco y la abro.
Es Cristo, mi compañero de laboratorio de «Química y Biología de Elixires».
—¡Eh!
—saluda con torpeza, con los ojos fijos en el vendaje de mi cabeza.
—¡Eh!
—respondo con una sonrisa.
—¿Cómo te sientes?
Siento que tu castigo se prolongara tanto y que te hicieras daño.
—Me doy cuenta de que se ha recogido su pelo negro azulado en un pequeño moño masculino.
—No pasa nada.
Es parte del entrenamiento, pero mañana estaré de vuelta.
—¡Genial!
He guardado todos tus deberes y he tomado apuntes extra para «Química y Biología de Elixires».
Si necesitas ayuda en ese sentido, estaré más que encantado de dártela.
—Me tiende su cuaderno y yo lo acepto felizmente.
—¡Gracias!
—le sonrío sinceramente.
—Una cosa más.
Sir Alnilam quiere verte en su despacho —dice a modo de disculpa.
Mi corazón da un vuelco.
¿Qué querrá?
Quizá quiera regodearse de mi estado.
—Te agradezco que me hayas pasado el recado.
—Nos vemos mañana en clase.
—Cristo se despide con la mano y desaparece.
Cojo su cuaderno, lo guardo en el armario y respiro hondo varias veces.
La idea de ver a Alnilam me ha puesto nerviosa.
Cerrando la puerta silenciosamente tras de mí, salgo del dormitorio y me dirijo a su despacho.
Unas cuantas caras conocidas me saludan con la mano.
Les devuelvo el saludo.
Otros simplemente me ignoran mientras camino fuera, bajo el sol abrasador.
Pronto llego a la puerta de su despacho, pero no tengo fuerzas para enfrentarme a él.
La última vez que estuve cerca, mi magia se le reveló.
¿Confiando en él?
¿O simplemente superada por la suya, que es más fuerte?
Además, la opinión que tiene de mí y esa desconfianza que sus ojos reflejan hacia mí, me atormentan.
Aun así, tengo que enfrentarme a él y ver qué quiere.
Ignorando el dolor que estalla en mi pecho, extiendo la mano y uso los nudillos para llamar a su puerta.
—¡Adelante!
—Su voz llega cargada de autoridad y aplomo.
Todavía hace que me tiemblen las rodillas.
¿Por qué este hombre tiene tanto poder sobre mí?
A Alnitak y a Mintaka puedo manejarlos, pero a él…
Bajo el pomo, abro la puerta y entro en su espacio.
Su aroma es lo primero que me golpea, y respiro hondo, llenando mis pulmones con él.
Las gruesas velas blancas iluminan su despacho.
Todo está inmaculadamente colocado en su sitio, nada fuera de lugar.
Mis ojos lo buscan y lo encuentran de pie, junto a la estantería.
Por lo que parece, con un libro en la mano.
Lleva el pelo pulcramente recogido en un moño cerca de su grueso cuello, lo que deja a la vista su ancha espalda, donde los músculos se marcan.
Curiosamente, no lleva su atuendo de Ejecutor, sino una camisa de vestir blanca informal y un par de pantalones negros.
Se me hace la boca agua al ver a este hombre prohibido y sé que son solo las estúpidas feromonas.
El hombre ni siquiera quiere ver la verdad sobre mí, y mucho menos sentirla él mismo.
Me aclaro la garganta cuando no se da la vuelta.
—¿Me ha llamado?
Cierra el libro con un golpe seco y se gira lentamente para observarme.
El halo dorado que lo rodea le hace parecer nada menos que un ángel.
Pero son sus ojos magnéticos los que hacen que se me acelere el pulso.
Se apoya en la estantería, todavía sujetando ese grueso libro con una encuadernación antigua.
—¿Cómo está tu cabeza?
—pregunta.
En voz baja.
Sofisticadamente.
Sus palabras encienden un fuego en mi pecho, oprimiéndolo.
¿Había un atisbo de preocupación tras ellas?
Parece más sereno, su magia parece estar bajo control hoy.
—¿Por qué le importa?
—respondo con amargura.
Él se limita a observarme con ojos críticos, y me siento estúpida por haber venido.
Soy una persona, no una muñeca de trapo.
No puede insultarme y zarandearme sin más.
Espero y él no vuelve a hablar, solo me observa, en silencio.
—Si eso es todo, entonces creo que hemos terminado.
—Me doy la vuelta para marcharme.
—No te he dicho que te vayas —su voz áspera hace que me detenga.
—¿Por qué?
¿Necesita humillarme un poco más?
¿Lanzar acusaciones o simplemente imponerme otro castigo?
Tal vez unos días más en el calabozo —resoplo, mientras mis emociones se arremolinan como una tormenta inminente.
Después de lo que vi en ese calabozo, puedo explotar en cualquier momento.
Los recuerdos que compartí con Rigel, en comparación con los de estos hermanos, hacen que quiera volver con él, si es que eso fuera posible.
—No.
Al contrario.
Quiero que entrenes conmigo.
Tu magia es pura y está sin pulir porque no has practicado.
—Se coloca el pulgar y el índice bajo su afilada barbilla.
—Es hora de que entrenes usando tu magia y, como soy la única persona que lo sabe, te ayudaré con ello.
Estupefacta por sus palabras, me quedo mirándolo fijamente.
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