Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable - Capítulo 99
- Inicio
- Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable
- Capítulo 99 - 99 Pedir a Rigel que no mate a nadie
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
99: Pedir a Rigel que no mate a nadie 99: Pedir a Rigel que no mate a nadie (Amaia)
Vuelvo a mi habitación después de mi sesión vespertina con Alnilam.
En la sesión de hoy, he conseguido formar un fino escudo protector.
Parecía que Alnilam tenía razón en su suposición de que podía controlar los elementos.
Al menos había empezado a agitar el aire, pero solo ocurría cuando la magia de Alnilam se mezclaba con la mía.
La sensación era extraña, como si nuestras magias se reconocieran, conectadas a un nivel más allá de nuestra comprensión.
Agotada por el uso de mi magia, lo único que quiero es dormir.
Esta noche estaré sola, así que quizá debería invitar a Alnitak.
Él y Mintaka han estado practicando Balón Lunar hasta tarde; tienen un partido próximamente contra el Gremio Pegaso.
Abro la puerta, entro en mi habitación y, para mi total sorpresa, me encuentro cara a cara con Rigel.
La brusquedad de encontrarlo en mi cuarto me hace soltar un grito que ahogo con mis propias manos.
Está de pie frente a mí, vestido completamente de negro y con una rosa blanca en la mano derecha.
¿Eso era sangre?
Con una posesividad descarada, me observa mientras aparto las manos de mi cara y pregunto con frustración:
—¿Qué demonios haces en mi habitación?
—Esperándote, obviamente —dice con indiferencia—.
Te he traído un regalo de disculpa.
Extiende la flor hacia mí como una ofrenda de paz.
Pongo las manos en mis caderas y niego con la cabeza.
Sus modales sociales dejan mucho que desear.
—No puedes entrar así en la habitación de alguien, sin permiso, y menos después de lo que hiciste en la sesión de entrenamiento.
—Eres mi compañera, puedo venir a verte cuando quiera, sobre todo si se requiere una disculpa.
Estoy aquí para pedir perdón.
No quiero que estés enfadada conmigo.
Parpadeo, sin saber qué decir.
Doy un paso adelante y me planto justo delante de él.
Tengo que estirar el cuello para poder mirarlo.
—Rigel, no puedes ir por ahí haciendo daño a la gente y actuar como si nada.
Los actos tienen consecuencias.
Cuanto más lo miro y paso tiempo cerca de él, más se niega mi corazón a seguir enfadado, a pesar de que le ha hecho daño a mi amigo.
—No es culpa mía que los oponentes fueran débiles.
Pero estoy dispuesto a intentarlo.
Sé mi guía.
Creo que si estás a mi lado podré controlar estos impulsos.
Mi corazón confía en él, mi magia también, pero puede que ambos estén siendo engañados.
Sin embargo, mi cerebro me dice que corra lo más lejos posible.
No puedo dejar que continúe con esta racha de violencia, podría acabar matando a alguien.
—De acuerdo, te ayudaré, pero no puedes ir a por mis compañeros de gremio solo para fastidiarme.
Promételo.
Necesito andarme con cuidado con Rigel, cualquier palabra equivocada y puede estallar.
—No puedo hacer promesas que quizá no pueda cumplir, pero estoy dispuesto a intentarlo.
Toma.
—Me ofrece la rosa de nuevo y esta vez la acepto.
Sus fríos dedos rozan el dorso de mi mano, enviándome escalofríos.
Observo que la rosa blanca está cubierta de lo que claramente parece ser sangre.
Pero no tiene espinas.
Parece que las ha cortado…
Qué detallista.
Incluso con su ansia de matar y mutilar, se ocupa de los pequeños detalles cuando se trata de mí.
—¿Por qué tiene sangre?
—pregunto, sin atreverme a acercármela a la nariz para olerla.
Señala la pequeña pajarera de madera de Zille y pregunta.
—¿Te gustan los pájaros?
Mi mirada sigue su largo y huesudo dedo.
—Sí, es de mi grajo mascota.
—Entonces no necesitas saber los detalles… —dice con una calma fingida, y yo le devuelvo la mirada con arrugas de confusión en la frente.
¡Oh, Dios!
¡Por favor!
Que no sea verdad.
No creo que pueda soportar más mentes enfermas.
—No me digas que le has hecho daño a mi grajo.
—Casi se me cae la flor de las manos.
—No, era otro pájaro molesto que no me dejaba coger una flor para ti.
Lo intenté, pero ese demonio con pico se lo estaba buscando.
Ayúdame, Dios.
Dame paciencia con este hombre.
Dejo escapar un profundo suspiro y luego respiro hondo varias veces para calmarme.
—Se acabó lo de matar pájaros, Rigel.
Empecemos con eso hoy.
No harás daño a ningún pájaro inocente.
Asiente una vez.
—Aunque no parecía inocente.
Ningún pájaro es inocente.
Son malhechores diabólicos.
—Aun así, no los mataremos.
¿De acuerdo?
—pregunto amablemente, y me cuesta hasta la última gota de paciencia que poseo.
Lo estoy intentando con este hombre, de verdad que lo estoy intentando.
—¡Vale!
¿Así que estamos bien o te traigo otra flor?
—pregunta, dando un paso adelante y acabando con toda la distancia que nos separa.
—Con esta es suficiente.
¡Gracias!
—Le ofrezco mi gratitud a este extraño hombre, y él junta las manos para sujetarme la cara, con los pulgares apoyados bajo mi barbilla, inclinándola ligeramente hacia arriba.
Sus ojos, como carbones ardientes, solo me reflejan a mí.
Lentamente, trago saliva.
—Prometo que te trataré mejor que ese excompañero de mierda cuyos huesos todavía tengo que traerte.
Otra vez con las muertes.
—No vamos a matarlo ni a él ni a nadie más, excepto a los monstruos —le recuerdo suavemente, y él me ofrece una sonrisa deslumbrante que roza el peligro y la locura.
—Haremos una excepción… solo por esta vez.
—Baja el rostro y su aliento me abanica.
Las sombras mortales que le pertenecen se alargan como proyecciones y acarician delicadamente mi piel.
Al igual que el pelo de Alnilam, sus sombras parecen tener mente propia.
Muy diferente a cómo habían tratado a Kacir.
—Acéptame como tuyo, Amaia.
Déjame ser tu compañero y no ese pelirrojo ni ningún otro —exige.
A diferencia de mis otros compañeros, su aroma, como el de una niebla plateada, es débil para mí, pero está ahí.
Esa atracción malsana que siento por él y ese impulso de protegerlo y guiarlo me tienen encadenada.
—No es tan sencillo para mí —le digo sin intentar zafarme de su agarre, y observo cómo nace el dolor en sus ojos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com