Los Cortez y el libro de las hadas. - Capítulo 37
- Inicio
- Todas las novelas
- Los Cortez y el libro de las hadas.
- Capítulo 37 - 37 Capitulo Especial El Abismo De Pedro
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
37: Capitulo Especial: El Abismo De Pedro 37: Capitulo Especial: El Abismo De Pedro Ojo del Coyote, Durango.
Dicen que Durango es tierra de hombres duros.
Yo creo que solo es tierra que no perdona.
Aquí el aire huele a pólvora incluso cuando no hay disparos, y el hambre no se sufre: se aprende a cargar.
Ojo del Coyote es peor que el resto.
No por la pobreza ni por la sed, sino porque desde este lugar —según dicen— la muerte se alcanza a ver venir.
Yo todavía no la he mirado de frente, pero siento que ya me conoce.
—¡Hey, Pedro!
—gritó mi hermano desde un árbol, donde se ocultaba como si el mundo entero lo estuviera buscando.
—¿Julio?
¿Qué haces aquí?
Si te ve mamá te va a sacar a palos.
—Tranquilo.
No pienso quedarme a saludarla.
Ven, vamos a comer.
Yo invito.
Dudé un momento.
—Está bien —respondí al final.
Julio llevaba catorce años sin vivir con nosotros.
Mamá lo corrió cuando tenía diez, y desde entonces el pueblo cuenta su vida entera: criminal, asesino, revolucionario.
Yo solo sabía una cosa con certeza: había matado a mi padre.
Mamá no me dejaba olvidarlo ni un solo día.
Aun así, Julio nunca dejó de venir.
Siempre traía dinero, siempre preguntaba si necesitábamos algo.
Gracias a él no nos habíamos muerto de hambre.
—Te compré un caballo —dijo mientras comíamos—.
Don José lo tiene en su corral.
Pasa por él cuando puedas.
—¿Estás loco?
Si mamá se entera, lo mata… no me dejará quedármelo.
Julio sonrió apenas.
—Eres listo.
Invéntale algo.
—Lo intentaré —dije, dudoso—.
Oye… ¿y si me llevas a trabajar contigo?
Ya tengo dieciocho.
Puedo empezar mi propia vida.
Su gesto cambió.
—Aprende a sacarle provecho a la granja, Pedro.
Seguir mis pasos no es vida.
—Pero te va bien.
Te respetan.
Siempre traes dinero.
Julio me puso una mano en el hombro.
—Eso no es respeto, es miedo.
Y todo dinero fácil se cobra caro.
Yo no tuve opción.
Tú sí.
No sigas mis pasos… sigue los tuyos.
Ese día, antes de irse, me dejó más dinero del habitual.
Lo suficiente para que no nos preocupáramos durante meses.
Al volver a casa, mamá me esperaba con esa mirada fría que siempre tenía cuando Julio estaba de por medio.
—Te vieron paseándote en el pueblo con ese infeliz —dijo, acercándose—.
Ya te había dicho que no quería verte con él.
—Mamá… ese “infeliz” también es tu hijo.
Siempre se preocupa por nosotros.
Mira, me dio esto… No terminé la frase.
La bofetada me cortó el aire.
—No quiero nada de él.
Ni tú tampoco.
Por su culpa estamos solos.
Él destruyó esta familia.
Recapacita, Pedro.
No quiero perderte también.
—E-está bien, mamá —murmuré—.
Me alejaré de Julio.
Ella se dio la vuelta.
Yo me quedé ahí, tragándome las palabras.
¿Cómo esperaba que odiara a mi hermano, si él siempre estuvo para mí, mientras que de ella solo recibía el desprecio que Julio le había heredado?
Al día siguiente, todo cambió.
—Buenos días, Pedro —dijo mamá, con una voz que no le conocía—.
He estado pensando… ¿qué tal si invitas a Julio a comer hoy?
Para arreglar las cosas.
—¿Qué?
¿Es en serio?
—Sí.
Díselo.
No supe qué decir.
—Está bien… si lo veo, le aviso.
Como si el destino disfrutara burlarse de mí, Julio apareció esa misma mañana.
—Hermano, necesito que me guardes este dinero —dijo—.
Me voy esta noche a un pueblo cercano y no quiero perderlo.
—Claro.
Oye… mamá quiere que vayas a comer hoy.
Dice que quiere arreglar las cosas.
Sus ojos se iluminaron.
—¿De verdad?
Claro que sí.
Voy a darme un baño y regreso.
Nunca lo había visto tan feliz.
Fuimos a comprar lo necesario para la comida.
Todo parecía normal hasta que mamá se detuvo frente a un puesto y pidió veneno para ratas.
Me pareció extraño.
Siempre hubo roedores en casa y nunca le importaron.
El presentimiento me apretó el pecho.
En un descuido, la vi.
Vi a mi madre verter aquel polvo en un plato.
El plato de Julio.
—Gracias por volver a aceptarme, mamá —dijo él al sentarse—.
Prometo cuidar de ustedes.
No les faltará nada.
—De nada, Julio —respondió ella—.
Ya es momento de un cambio.
Un ruido afuera hizo que Julio se levantara con el arma en la mano.
Su vida le había enseñado a no confiar.
Mamá fue por las tortillas.
Y entonces llegó mi prueba.
Mis manos temblaban.
El ardor me subía por la garganta.
Cambié los platos.
No sé si fue la mejor o la peor decisión de mi vida.
¿Qué otra cosa podía hacer?
¿Advertirle a Julio y provocar que matara a mamá?
¿Tirar el plato y enfrentar su furia?
Ella no soltaba el cuchillo.
Quizá pensaba usarlo si el veneno fallaba.
O quizá era solo mi miedo engañándome.
Quiero tanto a mi hermano que preferí cargar con esa muerte antes que dársela a él.
Julio se fue esa misma tarde.
Mamá se acostó.
Toda la noche la escuché quejarse.
Ni mis lágrimas lograron aliviarla.
No dormí.
Es difícil hacerlo cuando el corazón se rompe por dentro.
Al amanecer, Julio regresó, agitado.
—Pedro, habla con mamá.
Tenemos que irnos.
—Hermano… mamá murió.
—¿Qué?
—Está en su cama.
Julio la abrazó.
Lloró.
Le dio las gracias por haberlo perdonado.
Tomé mis cosas y nos fuimos.
En el otro pueblo, Julio había sido enviado a saquear junto a otros revolucionarios.
Cuando intentaron abusar de unas mujeres, él no lo permitió.
Los mató.
Por eso lo cazaban.
Vinieron a buscarnos.
Al no encontrarnos, quemaron el pueblo.
Solo quedaron cenizas de lo que fue nuestro hogar.
Aprendí a disparar para protegernos.
Mandaron hombres una y otra vez, pero sobrevivimos.
Hasta que se rindieron.
Hasta que el apellido Cortez se volvió sinónimo de muerte.
Fin del capítulo especial.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com