Los Cortez y el libro de las hadas. - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capitulo 34: Reflejos Del Destino
Tras salir disparado de la carreta, Pedro cayó inconsciente… y volvió a despertar, pero no en el mundo físico, sino en su propia mente.
Un bosque oscuro lo rodeaba. Los árboles se alzaban retorcidos, sus troncos parecían formar rostros: algunos desconocidos, otros demasiado familiares.
La figura de una mujer mayor avanzó entre la niebla, despertando su curiosidad.
—¿Quién eres? —preguntó Pedro, acercándose.
—¿Cómo pudiste matarme, hijo mío? —respondió la mujer al alzar el rostro.
Era su madre. Su semblante estaba demacrado, consumido por el tiempo y el rencor.
—Perdón, mamá… no tuve opción, perdóname —dijo Pedro, rompiendo en llanto.
—No te preocupes, hijo. Ya los he perdonado —dijo con voz suave—. Pero quiero que hagas algo por mí. Tráeme a Julio. Quiero decirle cuánto lo amo… mátalo.
Su rostro comenzó a deformarse.
Pedro retrocedió, mientras a su alrededor se formaba su antigua casa, reviviendo el instante en que cambió los platos con veneno.
—Siéntate, hijo. Come un poco —dijo aquella figura.
Frente a la mesa había alguien sentado. Parecía Julio, con la mirada baja.
Pedro se acercó y le quitó el sombrero.
El rostro que apareció era monstruoso, más bestia que humano.
La figura se levantó y le disparó con un revólver.
Pedro retrocedió, aterrado y confundido. Las balas atravesaron su cuerpo sin causarle daño.
—¡Julio! ¿Qué te pasa, hermano? —gritó.
Una risa profunda inundó la habitación.
—Mata a Julio… mata a Julio…
La voz venía de todas partes.
Pedro se tapó los oídos mientras veía a las figuras de su madre y de Julio acercarse lentamente.
Entonces, una fuerza invisible los empujó lejos. El escenario se deshizo y Pedro volvió a estar en el bosque.
—Pudiste esperar y confiar en tu hermano —dijo una voz—, pero elegiste entregar tu alma a un poder que desconoces.
El Viajero del Velo caminaba hacia él.
—¿Tú hiciste esto? —preguntó Pedro, aún desorientado.
—No. Esto lo hiciste tú —respondió—. Debiste confiar. Ahora tu cuerpo ya no te pertenece.
—¡Habla claro, zorro idiota! —gritó Pedro.
—Estamos en tu mente, en tu propia cárcel. Y por tu decisión, tu hermano está en peligro. No solo él… todos los de afuera lo están.
—Entonces ayúdame —suplicó Pedro—. Usé el libro para salvar a mi hermano y ahora todo está peor.
—¿Por qué habría de ayudarte? Tu destino era morir a manos de tu madre.
—¿De qué hablas?
—Tú no debiste cambiar los platos. Al tirarlos, ella te habría cortado el cuello y Julio la habría matado. Así debía ser. Pero lo cambiaste todo. Ahora el mundo es una ruleta… por tu culpa.
Pedro cayó de rodillas.
—Si solo necesitas a Julio… ayúdame a salvarlo. Después toma mi vida. Solo quiero salvar a mi hermano.
El Viajero guardó silencio un momento.
—Acepto. Tomaré tu vida cuando Julio esté a salvo. Yo saldré y contendré a Tinu. Pero tú debes luchar aquí dentro.
—¿Cómo?
—Es tu mente. Encontrarás la forma.
El Viajero se desvaneció.
Afuera, en el campo de batalla, tras la llamarada de Pedro, este avanzó lentamente hacia Deimon, que no dejaba de temblar.
—Tú no eres humano… —susurró Deimon.
Pedro lanzó un puñetazo imposible de esquivar… pero otro golpe desvió el ataque.
Elrid había llegado usando su técnica de impulso.
—¡Deimon, no podemos contra este monstruo! ¡Tenemos que huir! —gritó, temblando.
Deimon activó un pergamino de invocación. Un golem de roca de tres metros emergió y atacó a Pedro.
Cada golpe fue detenido sin esfuerzo. Pedro comenzó a destrozarlo con simples puñetazos.
Armelius se curó con su espada y corrió hacia Alzohur.
—Tu amigo es muy fuerte —dijo.
—Ese no es Pedro… es otra cosa —respondió Alzohur con el aliento roto.
El golem fue destruido. Pedro se impulsó, tomó a Elrid de la cabeza y lo arrastró por el suelo, desfigurándole el rostro contra las rocas.
Deimon alzó su espada, pero el miedo le hacía temblar las manos.
—La espada de la furia… inútil en manos del miedo —dijo Pedro, apretándole el cuello.
Los soldados comenzaron a huir.
Cuando Deimon comenzaba a asfixiarse, un grito lo salvó.
—¡Hermano!
Julio se acercaba.
Pedro lo miró. Cabello blanco. Ojos rojos.
—Él es tu hermano —dijo Dael, acercándose—. Vino con nosotros.
Julio levantó la mano.
—Eso no es mi hermano…
Pedro lanzó una segunda llamarada.
—¡Velocidad! ¡Tiempo! —gritó Julio, tomando a Dael y saltando. La pierna izquierda fue alcanzada por el fuego.
—Chamaco, ahí está el Media Cara. Ve con él y escapa. Yo salvaré a mi hermano.
Dael obedeció.
—Está a salvo, mi rey —dijo Armelius abrazándolo.
—Gracias a Julio… no podemos dejar que muera.
—Si no huimos, moriremos todos —respondió Armelius.
Julio apuntó a Pedro.
—¿Qué le hiciste a mi hermano?
—Está descansando del dolor que causaste —respondió Pedro, tomando la apariencia de su padre.
—Hijo mío… ven —susurró—. Quédate a mi lado.
Julio disparó. La bala lo hirió, pero no lo detuvo.
—Maldito humano… me dará un gran placer atormentarte.
Pedro lanzó otra llamarada.
—¡Tiempo! ¡Resistencia! —Julio se impulsó, esquivó… pero cayó exhausto.
—Qué poético —dijo Pedro—. Morir protegiendo… como con tu padre.
Una lanza atravesó el costado de Pedro.
Alzohur avanzaba, llorando.
—Perdóname, Pedro…
Pedro lo golpeó y lo lanzó por los aires. Luego le clavó la lanza en la pierna.
—Quédate ahí. Después iré por todos ustedes.
Pedro levantó las manos. Un círculo de fuego rodeó el campo de batalla, cerrando toda salida.
Anticipando su destino.
Fin del capítulo 34
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