Los Ecos de la Guerra - Capítulo 1
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1: Prólogo 1: Prólogo La katana de Gároc ofreció resistencia antes de liberarse del pecho del joven Aradim.
Un gemido escapó de los labios del muchacho, ahogado entre el fragor distante del acero contra el acero.
Gároc contempló el rostro que se desvanecía ante él.
Los mechones rojizos de su pelo, tan característicos de los hijos del desierto Zayrhan, se enredaban sobre una frente que debería estar bronceada.
Ahora tan pálida como si los soles del desierto nunca le hubiesen golpeado.
Aquellas pupilas doradas buscaban algo en las nubes de tormenta.
Respuestas, quizá.
O perdón.
Pero el joven guerrero no encontró ninguna de las dos cosas en aquel cielo de pizarra y carbón que devoraba cualquier esperanza de luz.
Catorce años, tal vez quince.
Difícil saberlo con certeza.
Sus labios quedaron entreabiertos, congelados en un gesto mudo.
Ni una arruga.
Ninguna marca de madurez de las que la guerra esculpe en los rostros de quien sobreviven lo suficiente para llamarse guerreros.
Murió al instante.
Gároc se encargó de que así fuera, guiando la hoja hacia el centro del pecho.
Lo menos que podía hacer por él.
La única misericordia que le permitían conceder.
Bajó la vista hacia sus guanteletes de cuero, desgastados por años de empuñar el acero.
Sus dedos temblaron.
¿En qué momento la guerra dejó de consumir hombres para empezar a devorar niños?
Antes solían enviar veteranos.
Guerreros forjados por el calor de mil batallas, hombres cuyas manos temblaban por la edad y no por el miedo.
Aquellos soldados conocían el precio de blandir un arma, el peso de cada vida que segaban.
Los tiempos presentes no permitían tales lujos.
Cualquiera capaz de sostener una espada terminaba en el frente.
Incluso un niño.
Gároc avanzó hacia el cuerpo con pasos medidos.
Sus botas se hundieron en el barro que antaño nutrió cosechas.
Se arrodilló junto al muchacho y usó la túnica raída del Aradim para limpiar su hoja.
El brillo original del acero asomó bajo las manchas.
¿Cuántos sacrificios más exigiría aquella guerra absurda?
¿Cuántos amaneceres tendría el lujo de contemplar?
No encontraba respuestas.
Quizá porque no existían, o quizá porque las respuestas resultaban demasiado crueles para contemplarlas de frente.
A lo lejos, el fragor de la batalla persistía como una tormenta imposible de acallar.
El repiqueteo metálico de las armas resonaba sobre armaduras astilladas y escudos rotos, una sinfonía de destrucción que acompañaba cada uno de sus días y atormentaba cada una de sus noches.
Gritos de agonía.
Rugidos de furia.
El crepitar de llamas devorando lo que alguna vez fueron hogares.
Cada sonido le recordaba todo lo que perdió y lo que seguía perdiendo con cada latido de aquel corazón que se negaba a detenerse.
Se enderezó, notando el crujir de sus articulaciones como bisagras oxidadas.
Sin haber alcanzado siquiera los treinta años, se sentía como si hubiera vivido ya tres vidas completas.
La guerra envejece a los hombres de maneras que el tiempo natural nunca podría lograr.
Sus talones se hundieron aún más en el barro endurecido y sus ojos verdes barrieron el campo devastado, buscando amenazas cercanas.
Y mientras lo hacía, volvió a preguntarse una vez más la razón de aquella guerra.
La razón de tener que empuñar un arma cada mañana, sabiendo que regresaría teñida de carmesí al caer la noche, su único momento de paz.
¿Por qué las Coronas no pueden llegar a un acuerdo?
La respuesta era evidente.
Las Coronas no negociaban.
Las Coronas exigían, y sus soldados obedecían.
Ese contrato mantenía girando la rueda de la guerra.
Antaño las tierras de Velthara conocían la paz.
Los humanos de Isdrar comerciaban con los Aradim.
Los elfos de los bosques del norte compartían su sabiduría con cualquiera que la buscara, y hasta los temibles Skarnianos de las Llanuras Desoladas respetaban los tratados que mantenían sus ansias de destrucción bajo control.
Pero el paso del tiempo logró agrietar aquella armonía.
Los tratados se rompieron uno tras otro.
La diversidad que antaño definió Velthara se convirtió en su mayor debilidad.
Las coronas se distanciaron, y con ellas, las relaciones forjadas.
Lo que comenzó como conflictos menores por territorios y recursos se transformó en algo que amenazaba con consumir todo Velthara.
Absorto en sus pensamientos, Gároc no percibió la sombra que se deslizaba entre los escombros cercanos.
Un Aradim emergió desde detrás de una barricada destrozada.
Su mano izquierda apretaba un costado abierto, intentando contener una hemorragia mortal.
Del brazo derecho solo quedaba un muñón irregular.
Los ojos dorados del Aradim perdieron su brillo, reemplazado por la mirada vidriosa de quien sabe que sus últimos momentos se escurren como arena entre los dedos.
Pero aquel hombre se negaba a aceptar su destino.
Si lograba arrastrar consigo a un enemigo antes de caer, su pérdida tendría significado.
Si conseguía clavar el acero de su cimitarra en el corazón del humano distraído, el desierto no recordaría su caída como la de una víctima, sino como la de un depredador que mordió hasta el final.
Gároc giró demasiado tarde.
Sus reflexiones ralentizaron no solo su juicio, sino también su cuerpo.
Durante una fracción crucial de segundo, vaciló entre levantar su katana o retroceder para esquivar el golpe que se aproximaba.
No alcanzó a decidir.
El filo apenas abandonaba la vaina cuando el Aradim se desplomó a sus pies.
Sin un grito.
Sin fuerza.
Como una marioneta a la que le arrancaron los hilos de un tajo.
Una tercera hoja cercenó la garganta del atacante.
La sangre brotó en un arco escarlata que manchó las mangas del brazo izquierdo de Gároc.
Contempló atónito el rostro del hombre, tan lleno de odio instantes atrás, deshacerse al ritmo de las convulsiones.
El cuerpo cayó sin fuerza.
—¿Pretendes regalarles tu cuello en bandeja?
Dorwan emergió de entre los cuerpos caídos.
Su túnica blanca ondeaba a su alrededor, limpia contra la mugre del campo, como si la suciedad se negara a tocar el emblema del halcón que devoraba su propia cola bordado sobre su pecho.
Sacudió su espada con un movimiento económico de muñeca, dispersando las gotas que empañaban el acero.
Avanzó entre los cadáveres y, aunque ninguno de los cuerpos se movía, una confusa neblina de sonidos flotaba en el aire: gemidos de dolor, alaridos de pena.
Algunos fueron camaradas esa misma mañana.
Con algunos rio.
Con otros lloró.
Por mucho que le pesase, ya no tenía sentido pensar en ellos.
Cumplieron su función, y eso era lo único que importaba en una guerra.
Lo único que podía hacer ahora era rezar para que sus almas encontraran descanso.
—Lo vi —mintió Gároc.
La voz le salió quebrada, delatándolo—.
Solo…
no reaccioné con la rapidez necesaria.
Dorwan clavó sus ojos en él.
Ojos de halcón.
Fríos.
Calculadores.
El nuevo comandante del segundo escuadrón poseía una presencia sólida, como una roca en medio de la marea.
Ocupaba el lugar que debió pertenecer a Caspian.
La muerte del hermano mayor de Gároc aún proyectaba una sombra larga sobre ambos, aunque por razones distintas.
—El campo de batalla no perdona distracciones.
—Dorwan limpió una mancha inexistente de su guarda—.
Si tu mente no permanece en tu espada, entonces tu vida tampoco te pertenece.
Pertenece al primer desgraciado con suficiente odio para quitártela.
Gároc guardó silencio.
Elevó la vista hacia el comandante.
Dorwan ansiaba el mando desde hacía años.
Todos lo sabían.
Lo que nadie mencionaba era el sabor amargo que dejaba obtenerlo de aquella manera: sobre el cadáver de un hombre al que respetaba.
El capitán escrutó el horizonte con los ojos entornados, buscando amenazas entre las dunas y los cuerpos.
Al no encontrar ninguna, dejó escapar el aire por la nariz y se volvió hacia Gároc.
Su expresión severa se suavizó, solo una fracción, en las comisuras de los labios.
—Te noto distante.
¿Acaso sangran tus pensamientos más que tus heridas?
Gároc no ofreció respuesta.
Sus ojos permanecieron fijos en la empuñadura de la katana que sostenía, donde una gota de sangre solitaria serpenteaba hacia la guarda.
En algún lugar del desierto Zayrhan, una madre esperaría en vano el regreso de un hijo que nunca volvería a casa.
Un hijo que debería seguir vivo.
Un hijo que debería aprender a convertirse en hombre, no morir pretendiendo serlo.
—Ya lo sabes —continuó Dorwan, sin esperar su respuesta.
¿Para qué hacerlo?
Ambos conocían el discurso—.
Tu hermano me encomendó cuidarte.
Mientras conserve un soplo de vida, tengo la responsabilidad de protegerte.
Incluso si debo ofrecer mi propia vida a cambio.
Le debo demasiado a Caspian para fallarle ahora.
Escuchar el nombre de su hermano envió una punzada de dolor atravesando su pecho.
Gároc lo deseó allí, a su lado, y no pudriéndose bajo los escombros de algún campo olvidado, convertido en polvo entre tantos muertos sin rostro.
Incluso ahora lo envidiaba.
Siempre un paso adelante.
Siempre en el centro, como si el mundo girara a su alrededor.
Gároc cargaba con lo que su hermano dejaba atrás.
La sombra eterna.
El que ni siquiera habría rozado los muros de la guardia real si la guerra no requiriese cuerpos con desesperación.
Sin la sombra de Caspian, habría terminado en algún escuadrón sin nombre.
Una cifra olvidada entre tantas.
Carne de cañón vestida de honor.
Los que caían para que otros regresaran.
Miró con amargura la katana que perteneció a Caspian.
Y entonces volvió esa imagen.
La misma de siempre.
Caspian, recostado contra una roca, el gesto torcido por el dolor.
Los ojos verdes de su hermano, tan parecidos a los suyos, clavados en él con súplica y resignación.
Un nudo de angustia revivió en su pecho al recordar aquellos últimos momentos.
Contemplar a su hermano perfecto reducido a rogar por un final que solo la muerte podía conceder Incluso entonces, incluso en ese momento en que más lo necesitaba, no logró convertirse en el hermano que Caspian merecía.
Fue incapaz.
Incapaz de quitarle la vida a aquella persona que tanto admiraba.
Caspian agarró el filo y lo guio hasta su propio corazón.
Gároc solo aportó el último impulso.
Apenas eso.
Así encontró descanso A su alrededor resonaban gritos.
Algunos de dolor.
Otros de ira.
Se mezclaban con el estruendo de las armas y los rugidos de criaturas que no deberían existir fuera de las pesadillas.
El campo de batalla rugía como una tormenta desencadenada, y él flotaba en su centro, reducido a una hoja suelta arrastrada por el viento.
Al volver en sí, a Gároc lo encaraba un enorme skarniano que emergió de entre el humo.
Sus ojos, dos brasas encendidas de un amarillo enfermizo, no reflejaban otra cosa que furia descontrolada y la pérdida absoluta de razón.
Las pupilas alargadas confirmaban lo que Gároc temía.
Escamas rojizas recubrían su torso, surcado por cicatrices que parecían talladas a fuego.
Los cuernos sobre su cabeza se retorcían en espirales grotescas, mucho más desarrollados de lo natural.
Alas rasgadas y maltrechas se alzaban tras su espalda.
Aquel no era su primer enfrentamiento del día y, sin embargo, seguía intimidando con su presencia.
Gároc retrocedió varios pasos.
Sus piernas temblaron bajo una voz interior que le gritaba que huyera.
Que corriera lo más lejos posible.
Que viviera otro día.
La valentía escapaba de su verdadera naturaleza.
Jamás fue un héroe.
Jamás pretendió serlo.
Era en momentos como ese cuando la duda regresaba.
Cuando se preguntaba si de verdad pertenecía a ese lugar.
Si el campo de batalla marcaba su destino o solo caminaba por un error que alguien trató de corregir, pero a quien no hizo caso.
Quizás habría sido mejor quedarse en casa, cuidando las tierras de su familia y viviendo una vida simple, sin gritos, sin acero.
Una vida tranquila donde la decisión más difícil del día consistiera en qué cultivos plantar en la próxima temporada.
La espada pesaba como si la hubieran forjado de plomo en lugar de acero.
Cada músculo de sus brazos protestaba.
El coraje restante flaqueó al ver al monstruo avanzar.
El skarniano pisaba la tierra con fuerza brutal, cada zancada arrancando temblores del suelo.
Gároc desvió la mirada hacia Dorwan, buscando en sus ojos una rendija de miedo.
Una señal, aunque fuera mínima, que evidenciara el mismo terror que sentía.
Algo que le concediera permiso para huir sin arrastrar la palabra «cobarde» como una cadena al cuello durante el resto de sus días.
No encontró nada de eso.
Solo una firmeza inquebrantable.
Dorwan observaba al monstruo sin parpadear.
El halcón de plumas doradas que revoloteaba por el cielo descendió en picado hasta posarse sobre el hombro del capitán.
Dorwan apretó con fuerza la empuñadura de su arma, la alzó al aire y se dirigió hacia los soldados restantes con una voz que cortó a través del rugido de la batalla.
—¿Preparados para combatir?
—¡Preparados!
—vociferaron todos los soldados al unísono.
Todos excepto Gároc, cuya voz permaneció atrapada en algún lugar entre su garganta y su cobardía.
—¡Vinculaos!
Los guardianes que acompañaban a los guerreros se diluyeron como niebla.
Sus formas se transformaron en una luz que envolvió los cuerpos de sus portadores.
Algunos soldados sufrieron pequeñas mutaciones: colas brotaron de sus espaldas, escamas cubrieron sus antebrazos, garras reemplazaron sus uñas.
―¡Mostrémosle a esta bestia lo que le ocurre a aquellos que se atreven a desafiar a los humanos!
Armas en mano, los soldados avanzaron hacia el skarniano.
La bestia contraatacó con su poderosa cola, un látigo de músculos y escamas que los barrió.
Uno salió despedido, girando por el aire hasta chocar con una formación rocosa.
Su cuerpo quedó inmóvil sobre la piedra agrietada.
El guardián, de forma canina, se materializó a su alrededor, aullando.
Otros canalizaron sus enlaces, forzando a la criatura a retroceder varios pasos.
Los ataques impactaban con fuerza suficiente para pulverizar roca, pero la criatura no se amedrentó.
Aquella bestia sobrevivió demasiadas batallas como para dejarse intimidar por un puñado de humanos desesperados.
Abrió sus fauces, revelando hileras de dientes, y expulsó un aliento flamígero que envolvió a varios soldados en un capullo de fuego líquido.
Sus gritos se alzaron por encima del rugido de las llamas.
Gároc contempló horrorizado cómo los cuerpos de sus compañeros se retorcían, cómo sus armaduras se derretían sobre su piel.
El calor rozó su costado, chamuscando el vello de su brazo.
Tosió, parpadeó para aclarar la vista empañada por las lágrimas que el calor arrancaba de sus ojos.
Pese a todo, aunque su cuerpo temblaba, aunque su mente le gritaba que escapase, levantó su espada.
«Hermano» —dirigió sus palabras al vacío donde alguna vez existió la presencia de Caspian— «si tu espíritu todavía vaga por aquí, te pido que, por favor, me otorgues algo de tu coraje.
No te pido que me hagas valiente.
Ambos sabemos que eso resulta imposible para mí.
Solo quiero fuerzas para seguir viviendo.
Para no fallar, como llevo haciéndolo todos estos años».
Se lanzó hacia delante.
Sus movimientos resultaban torpes, desesperados, hablaban de su falta de experiencia en batallas de tal magnitud.
Cada impacto de la hoja contra las escamas del skarniano reverberaba en sus huesos.
El monstruo ni siquiera pareció notar sus ataques.
—¡Flanco izquierdo!
—rugió Dorwan.
El capitán permanecía aferrado al lomo de la criatura—.
¡Aprovechad la abertura!
Por puro instinto, Gároc giró el torso, esquivando un zarpazo que buscaba su garganta.
La garra pasó rozándole tanto que le alzó mechones.
Su espada cortó el aire en un arco que pareció inútil.
El metal chocó con las escamas una vez más, sin lograr nada, hasta que encontró una rendija abierta entre dos placas ventrales.
La hoja penetró, desgarrando carne.
Un rugido brotó del interior del Skarniano.
La sangre manchó la empuñadura.
Gároc notó cómo el agarre se volvía traicionero.
Sus fuerzas lo abandonaban.
La herida apenas profundizó.
Un corte leve.
Pero suficiente para enfurecer a la bestia y que esta gritase de dolor.
Dorwan eligió ese instante para lanzarse sobre el lomo de la bestia.
Trepó con decisión, encajando las botas entre las escamas más grandes.
Su arma envuelta en rayos descendió hacia el cuello del skarniano, buscando una grieta donde las escamas se superponían de manera imperfecta.
La hoja atravesó esa abertura y arrancó un gruñido al monstruo, que azotó el aire con la cola, girando en todas direcciones.
Gároc no tuvo tiempo de esquivar.
La cola lo embistió con la fuerza de un ariete de asedio.
Su cuerpo salió despedido como una hoja arrastrada por un huracán.
Durante un instante, el mundo perdió todo sentido.
Cielo y suelo giraron, indistintos.
Las costillas cedieron bajo la presión.
El aire se fugó de sus pulmones y la asfixia lo recibió justo cuando más deseaba gritar.
Cayó de rodillas, incapaz de hacer otra cosa que escupir la sangre que llenaba su boca.
Alzó la mirada, apenas consciente, y se topó con la silueta colosal del skarniano, erguido frente a él como un coloso.
Su sombra lo devoró por completo.
En aquellos ojos encendidos que lo contemplaban no encontró una pizca de misericordia.
Solo el juicio frío de un depredador que reconocía la debilidad de su presa.
Ambos sabían cómo terminaría aquella historia.
Gároc no intentó moverse.
Ni alzar la espada.
Ni desafiar al destino.
Mantuvo la vista fija en el monstruo.
«Perdóname, hermano» —un líquido denso comenzó a derramarse desde algún lugar de su cabeza— «parece que no seré capaz de cumplir mi promesa».
El skarniano alzó la garra.
Y entonces una salpicadura de rojo interrumpió la sombra.
**** Tras la ardua batalla, Gároc rodeó el inmenso cadáver del skarniano que ahora yacía en el suelo y se detuvo, exhausto.
La cabeza, separada por un corte limpio, reposaba a un par de pasos.
Los ojos rojos, antes incandescentes, ahora lucían opacos, vacíos como pozos sin fondo.
Las escamas grises, antes de un rojo carmesí, parecían ceniza endurecida.
Incluso muerto, aún le hacía estremecerse.
Sin duda alguna, fue una dura batalla.
Se necesitó de varios guerreros experimentados para acabar con uno de esos engendros, y aquel ni siquiera se encontraba entre los más aterradores.
Los skarnianos sin cordura no retrocedían, no razonaban, no temían.
Enfrentaban pelotones enteros sin pestañear, con una violencia tan ciega que convertía sus cuerpos en armas más eficaces que cualquier enlace.
No eran más que armas de destrucción sin mente.
El corazón seguía redoblándole en los oídos.
Sus dedos entumecidos se aferraron al mango de la katana.
Hundió el arma en la tierra como si clavara un estandarte; el acero vibró al tocar las piedras bajo el suelo blando.
Cayó de rodillas.
Las rodilleras crujieron contra los guijarros, arrancándole un estremecimiento.
Por un instante creyó que no volvería a ver otro amanecer.
Que su historia quedaría enterrada allí mismo, entre las de tantos otros cuyos cuerpos ya empezaban a pudrirse.
Aún sentía la garra del skarniano descendiendo sobre su rostro, esa imagen tatuada detrás de los párpados.
Lo seguiría, sin duda, hasta las pocas horas de sueño que la guerra le permitiera.
Pero logró sobrevivir.
Otra vez.
Seguir respirando dejó de parecerle un privilegio para volverse una carga.
Cada vez que recordaba los rostros caídos, los nombres ya silenciados, el peso en sus hombros aumentaba.
Entre sus compañeros no era el mejor, tampoco el peor.
Gente más fuerte que él cayó en combate.
―¡Replegaos hacia el punto de reunión!
La voz de Dorwan resonó a su espalda, clara y firme.
Sonaba igual que antes de la batalla, como si no acabara de medirse con una criatura capaz de triturar a una docena de guerreros sin despeinarse.
Mientras Gároc sentía los tendones contraerse, los músculos entumecerse y el cuerpo hundirse bajo su propio peso, el capitán avanzaba con paso firme.
No parecía cansado.
De hecho, parecía renovado por el combate, como si la batalla fuera para él lo que el agua era para un hombre sediento.
Su espada brillaba limpia, como si el acero no hubiese atravesado carne ni escamas.
Ni una mancha.
Ni un arañazo en la guarda tallada.
La malla, impecable bajo los ropajes blancos, no mostraba siquiera el polvo del combate.
Si la decisión dependiera solo de Dorwan, Gároc estaba seguro de que les mandaría enfrentarse a otra horda de enemigos.
Por suerte, tenía compasión por sus compañeros y era capaz de reprimir sus ansias de lucha.
Ladeó la cabeza con la precisión de un halcón que acecha desde lo alto.
Entre columnas de humo negro, distinguió siluetas tambaleantes; apenas una quincena.
Donde esa mañana marchaba una formación orgullosa, solo quedaban retazos de hombres desparramados por el terreno, arrastrados como hojas secas por el capricho de una tormenta cruel.
Dorwan apretó los dientes.
Ese sabor rancio, esa mezcla de tierra, sangre y humo… llevaba días confundiéndolo con el amargo de la derrota.
Cruzó el campo sin apartar la vista de los supervivientes.
Algunos se inclinaban sobre cuerpos inmóviles, cerrando párpados de quienes no contemplarían otro amanecer.
Gároc agradeció que aquel día terminase por fin.
Solo para, la mañana siguiente, tener que volver a levantarse con la misma pregunta.
¿Será hoy?
Se obligó a incorporarse.
Un espasmo le recorrió la espalda, forzándolo a reprimir un jadeo que habría delatado lo cerca que estuvo de unirse a los que ya no respiraban.
Sus piernas amenazaron con ceder.
Un paso bastó para sentir el estallido punzante bajo el pecho, justo donde la garra del skarniano le había marcado la carne.
La presión del movimiento empujó la sangre contra el vendaje improvisado.
El calor húmedo volvió a filtrarse entre las fibras desgarradas de la tela, confirmando que la herida seguía abierta… No tardó en darse cuenta de la vacía llanura.
Las siluetas de sus compañeros se disolvían en la distancia, absorbidas por la bruma y la ceniza, sombras cada vez más tenues que regresaban al resguardo de los campamentos.
Gároc avanzó entre hierba marchita, los ojos clavados en el horizonte, donde el sol descendía.
El cielo ardía en tonos rojos y naranjas, extendiéndose como pintura derramada sobre una tela antigua.
Otro día llegaba a su fin.
¿Cuántas más veces sería capaz de contemplar tal visión?
No importaba cuántos cayeran.
No importaba las tropas que se retirasen a sus campamentos.
Cada amanecer traería nuevos rostros, nuevas lanzas.
Como siempre.
Las filas se llenarían de nuevo, las armas volverían a forjarse, y la rueda seguiría girando.
Así funcionaba la guerra.
Así funcionaba ese mundo de mierda.
Al llegar al risco que se alzaba al borde de la llanura, sus pasos se ralentizaron.
Una figura lo esperaba allí, solitaria, con la mirada fija en el crepúsculo.
La capucha blanca descansaba sobre los hombros, y bajo ella asomaban unas orejas afiladas, inconfundibles.
Los bordados plateados en la túnica captaban la última luz del día como hilos de luna atrapados en la tela.
Gároc reconoció la silueta al instante.
Y vaciló.
―¿Elwing?
El nombre se perdió en el viento.
Aun así, bastó para hacer que el elfo se girase.
Despacio.
Temiendo ver a alguien desconocido.
Sus ojos azules se fijaron en el rostro del humano con una intensidad serena.
Una sonrisa leve, apenas un trazo asomó en sus labios.
―Ha pasado tiempo Gároc.
Por lo visto el invierno aún no reclama tu alma ―comentó Elwing en tono bajo, mientras su mirada recorría los cadáveres esparcidos como semillas rotas sobre el campo―.
¿Caspian no te acompaña?
Gároc tragó saliva.
Sus dedos se crisparon en torno al mango de la espada.
No pronunció palabra alguna.
No lo necesitaba.
Elwing lo entendió de inmediato.
Sus orejas temblaron apenas, un gesto ancestral, casi sagrado, con el que los suyos honraban a los caídos.
―La mayoría ya se ha replegado ―murmuró el elfo, con los ojos clavados en el contorno disperso de los pelotones que desaparecían entre la bruma.
―Volverán mañana.
Al amanecer.
―Como todos los días…
Gároc apretó los puños con toda la fuerza que pudo reunir.
Cada día era una repetición del anterior, una espiral sin fin de violencia y pérdida.
Sus manos se aferraron al mango de la espada, como si en el peso del acero pudiera hallar una sombra de Caspian, una chispa de su fuerza.
―¿Hasta cuándo seguiremos encadenados a este ciclo de sangre?
Elwing desvió la mirada.
El viento agitó su capa blanca.
Años enteros le enseñaron a no estremecerse ya.
Las cicatrices dolían más que cualquier filo.
La sangre empapando el suelo no le decía nada nuevo.
Se volvió algo tan cotidiano como desayunar en la mañana.
Acabar con la vida de sus enemigos era ahora su única misión.
Pero ¿para qué?
¿Para demostrar que una corona es mejor que otra?
Sin mediar palabra, Elwing desenfundó su espada.
La hoja, de un metal reluciente, reflejaba los últimos destellos del sol.
Apuntó el arma hacia Gároc, cuyos ojos se abrieron con sorpresa y desconcierto.
Pero, en el fondo, sabía que debía pasar.
Alzó su espada, notando cómo el frío del acero contrastaba con el calor que recorría todo su cuerpo.
Su corazón latía con fuerza, y sus piernas comenzaron a temblar.
Los dos se miraron por unos segundos, inmóviles.
Elwing mantenía una expresión serena.
Sabía que ninguno de los dos estaba en condiciones de pelear.
Bajó su espada y la clavó en el suelo.
Gároc, comprendiendo el gesto, hizo lo mismo.
Mientras lo hacía, la voz del elfo resonó a su lado, mezclándose con el sonido del metal siendo clavado en la tierra.
―Pongamos fin a esta guerra.
Gároc se quedó callado al escuchar aquellas palabras.
¿De qué estaba hablando?
Él también deseaba volver a casa, soltar la espada para siempre y caminar por campos sin sangre.
Pero pensar en treguas…
en acuerdos…
sonaba tan real como un sueño a mitad de una batalla.
Se intentó todo.
Banderas blancas cruzaron campos minados de cadáveres, ondeando alto antes de empaparse en rojo.
Emisarios hablaron bajo cúpulas doradas, midiendo cada sílaba como si el equilibrio del mundo pendiera de ellas.
Las coronas solo sabían fingir.
Fingir paz, fingir voluntad, fingir que escuchaban.
Ninguna se atrevía a ceder primero.
Ninguna aceptaba parecer débil.
Porque la debilidad era el primer paso para ser exterminado como le pasó a muchas especies en el pasado.
Así, las palabras se transformaron en filo.
Los susurros crecieron hasta romperse en gritos.
Y la guerra… no tardó en llegar.
Aun así, por más absurdo que resultara, Gároc no apartó esa chispa.
La envolvió con cuidado, como quien protege una brasa en medio del vendaval.
Decidió confiar, aferrarse a esa mínima posibilidad que le permitiera volver a sus días tranquilos.
―¿Tú crees que podemos lograrlo solos?
―preguntó, sin mucha fe.
Más una herida abierta que una pregunta real.
―No, nosotros no.
Ni con mil espadas a nuestro favor lo lograríamos.
Ni con una región entera uniéndose bajo un solo estandarte.
Este conflicto tiene raíces tan hondas como los huesos de las montañas.
Pero alguien, en algún momento, debe intentar arrancarlas.
―¿Y si arrancarlas no sirve de nada?
¿Y si todo sigue igual después?
―Seguirá.
El odio no desaparece tan fácilmente ―respondió Elwing, sin vacilar―.
La guerra algún día terminará.
Las coronas firmarán otra tregua.
Aunque, ¿crees que cuando lo haga los conflictos cesarán?
Por supuesto que no.
Gároc apretó los labios.
―Entonces, ¿qué sentido tiene?
¿Qué esperas conseguir?
Elwing inclinó apenas la cabeza.
Sus ojos seguían clavados en el horizonte, como si pudiera ver algo más allá del polvo.
―Que alguien nos escuche.
Que alguien más repita lo mismo.
Tal vez no nosotros.
Ni nuestros hijos.
Ni los hijos de nuestros hijos.
Pero si dejamos un eco en este caso, si alguien más lo siente y también decide intentarlo… quizá un día algo se rompa.
Quizá algún día la balanza se incline.
Gároc sostuvo su mirada.
Buscó señales de burla.
Un atisbo de cinismo.
Algo que lo liberara de la carga de tener que creer.
No encontró nada.
Solo convicción ―Supongo que no perdemos nada por intentarlo ―concedió Gároc, alzando los hombros con resignación―.
Mejor eso que morir sin haber intentado nada.
Elwing se inclinó, extrayendo su espada del suelo y desapareciendo entre las sombras que engullían el paisaje, dejando a Gároc solo con su propio reflejo en el crepúsculo.
El soldado liberó su arma del agarre de la tierra y se encaminó hacia el campamento donde su escuadrón lo esperaba.
Mientras se alejaba, se preguntó si de verdad tendrían alguna esperanza de cumplir su objetivo, de poner fin a aquella guerra absurda.
Estaba claro que ellos no, pero…
Quizás…
Algún día…
Alguien pueda lograrlo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com