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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Ceremonia de vinculación
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10: Ceremonia de vinculación 10: Ceremonia de vinculación Las calles de Brumavilla, cubiertas por adoquines pulidos y flanqueadas por casas de piedra, hervían con la actividad de familias vestidas con sus mejores galas.

Balcones rebosantes de geranios adornaban las calles, mientras en los tejados inclinados, cubiertos de paja, colgaban hileras interminables de banderines que ondulaban al ritmo de la brisa.

Entre aquel océano humano que se agitaba, Kayn avanzaba sintiendo que su corazón se aceleraba al ritmo de los pasos de los demás.

Su mirada vagaba de rostro en rostro, reconociendo algunos y preguntándose por otros; la aldea entera parecía haberse congregado, dispuesta a celebrar un día crucial en la vida de quienes alcanzaron a vivir catorce años.

Recorría distraído los rostros que lo rodeaban, perdiéndose en el bullicio creciente de la plaza cuando, de pronto, sintió un escalofrío en su hombro.

Al girarse, casi chocó frente a frente con un par de ojos traviesos que centelleaban bajo un revoltijo de cabellos tan oscuros como las alas de un cuervo.

Llevaba una chaqueta oscura de diseño práctico, ajustada al torso, con bolsillos marcados y el cuello levantado.

―¡Burst!

―exclamó, esbozando una amplia sonrisa―.

¿Intentas matarme antes de la ceremonia?

―Solo comprobaba que estuvieses alerta ―replicó con una carcajada contenida, sus ojos azules chispeaban pese a las profundas ojeras que marcaban su rostro―.

Llevo una eternidad buscándote, empezaba a creer que tendría que soportar yo solo toda la ceremonia.

Sería una tortura.

―Me sorprende que no estés roncando en tu cama aún.

Burst, que en realidad respondía al nombre de Leonard, poseía una personalidad que parecía demasiado grande para caber en un solo cuerpo.

Su apodo nació de un incidente desafortunado en la infancia cuando no logró llegar al baño a tiempo mientras jugaban al escondite.

Cualquier otro se habría hundido en la vergüenza, pero él lo mostraba con orgullo.

Llegó años atrás, acompañado de su madre, cuando apenas contaba dos años.

Según los relatos de esta, se vieron obligados a huir de su tierra por un conflicto relacionado con su padre y un elfo.

Tras perder a su madre seis años atrás, los aldeanos temieron que la tristeza quebrase su espíritu travieso; pero Burst sorprendió a todos con una fuerza interior y una madurez que pocos adultos llegaban a poseer.

Desde entonces se las apañaba solo, salvo por la ayuda que la familia Ashborne le ofrecía.

En otro tiempo, sí mostró dolor.

Lloró al despedir a su madre, aunque no tardó en alzar la mirada y continuar adelante, cuidando de sí mismo sin sumirse en la desesperanza.

Hoy en día seguía siendo el mismo chico travieso que hacía trastadas por la aldea con Kayn como cómplice.

―Siendo sincero, no he podido pegar ojo ―confesó, encogiéndose de hombros―.

Me entraron nervios y terminé leyendo el libro ese que me prestaste hace un tiempo.

Por cierto, ¡menudo tostón!

¿Quién escribe esas cosas?

―¿De qué libro me hablas?

No recuerdo haberte prestado ninguno.

―Creo que era “Los Recuerdos del Fuego”, o algo por el estilo ―respondió con un ademán despreocupado―.

¿En serio te gusta eso?

Te juro que me dormí al leer dos páginas.

De haberlo sabido lo habría utilizado antes.

―Un momento…

¿No te presté ese libro hace más de un año?

Ahora entiendo por qué hay un hueco en mi estantería.

―Pues bien podrías agradecérmelo.

Te ahorré volver a tocar esa tortura encuadernada.

―No tienes ni idea, es una saga magnífica ―protestó Kayn ―.

Trata sobre…

―No te vayas ahora de listo.

La única razón de que te lo hayas leído fue porque te lo recomendó Lyra.

De no ser por ella dudo que hubieses tocado un libro en tu vida.

Y no me digas que no.

Kayn se quedó callado al escuchar el nombre de su mejor amiga.

Decidió no responder y continuó caminando con la mirada odiosa de Burst clavada en su espalda.

Gael y Thalia se acercaron para conversar con Burst mientras avanzaban entre el bullicio de la aldea.

Conforme se aproximaban al corazón de la plaza, divisaron la fuente de mármol blanco cuya agua cristalina caía desde la figura tallada de un fárix con alas extendidas.

Alrededor del monumento, grupos de jóvenes conversaban con tranquilidad, aunque sus miradas revelaban el temor y el anhelo que se agitaba en sus corazones.

Kayn hizo ademán de apresurar sus pasos hacia ellos cuando una mano firme lo detuvo en seco.

Giró para encontrarse con los ojos de su padre.

―Mucha suerte ―murmuró, inclinando la cabeza.

Kayn devolvió el gesto, pero notó que su padre no terminaba.

El hombre mantuvo la mano en su hombro y lo miró con seriedad―.

Escucha, quiero que me prometas algo.

―¿De qué se trata?

―Si por alguna razón…

―se detuvo, escogiendo con cuidado sus palabras― si no logras un vínculo hoy, no quiero que te lamentes, ¿queda claro?

―¿A qué viene esa negatividad?

Sabes que lo conseguiré.

No tienes por qué preocuparte tanto por…

―Prométemelo.

Kayn exhaló con resignación, percatándose de la inquietud que reinaba en la mirada de su padre.

―Está bien ―Kayn se puso una mano en el pecho―.

Te prometo que en el remoto caso de que no obtenga un guardián, no me lamentaré ni protestaré.

¿Estás contento ahora?

Gael no supo cómo tomarse el comentario de su hijo que ya movía los pies inquietos, dispuesto a marcharse.

Pero antes de que pudiera añadir nada más, Thalia apareció a su lado, colocando una mano cálida sobre el brazo de su esposo, un contacto que bastó para disipar la tensión.

―Puedes irte, Kayn ―añadió Thalia―.

Mucha suerte.

―¡Kayn!

¿Vienes o piensas hacerme esperar todo el día?

―gritó Burst desde lejos, agitando una mano de forma exagerada―.

No quiero perderme el inicio por tu culpa.

―¡Ya voy!

Se despidió de sus padres con una última sonrisa antes de partir y corrió para alcanzar a su amigo.

Unas sesenta figuras se reunían en el mismo lugar.

Los rostros se desbordaban de expresiones que fluctuaban entre la euforia mal contenida y un miedo que apenas se atrevía a respirar.

Algunos devoraban sus propias uñas.

Otros hablaban demasiado rápido, palabras atropelladas que buscaban cubrir el temblor de fondo.

Un puñado se mantenía en silencio, con la mirada clavada en un punto invisible, fingiendo indiferencia mientras cada músculo traicionaba su calma.

La ceremonia de vinculación no admitía ausencias.

Todo joven humano debía enfrentarla.

Era un rito impuesto desde generaciones atrás, inevitable como la llegada de las estaciones.

Para unos, no significaba más que un trámite, una línea que debía cruzarse por simple tradición.

Otros anhelaban un guardián, bien para sorprender a su familia, para volverse aventureros o simplemente para contar con un compañero.

Pero algunos aspiraban a mucho más.

Aquellos capaces de vincularse obtenían el privilegio de ingresar en la renombrada academia de domadores, Theronai.

Una institución donde se estudiaba a los guardianes y cómo utilizarlos de la mejor manera.

No existía obligación de inscribirse, pero para poder acceder necesitabas pagar la matrícula.

Kayn llevaba mucho tiempo ahorrando para poder costear una parte de la suya, haciendo algunos trabajos por la aldea.

Quería ir a toda costa.

Graduarse de la academia de domadores era lo que te reconocía como un verdadero domador.

Quien no lo lograba se consideraba un principiante, sin importar el rango de su guardián.

La institución era muy exigente y, si tu rendimiento no era bueno, serías expulsado antes de darte cuenta.

Muy pocos lo lograban.

Su padre fue uno de ellos.

Y él seguiría esos mismos pasos.

―Mira toda la gente que hay ―exclamó Kayn―.

Es impresionante que todos vayamos a hacer la prueba.

Burst en cambio no parecía compartir la emoción de Kayn.

Desde que se acercaron a la plaza mantenía una mano apretada contra su estómago como si en cualquier momento fuese a vomitar.

―No sé si increíble es la palabra.

Tengo entendido que también vienen chicos de las aldeas cercanas.

La verdad, es algo agobiante.

Imagínate: todos esos ojos fijos cuando intentes la vinculación.

Siento que me convierto en una cría de Sokra enfrentándome a un Colmitormenta.

Digo yo que podrían haber hecho algo más privado.

―¿Tienes miedo?

―Claro que no.

―Solo imagina que eres el héroe de una gran historia ―respondió Kayn, intentando aliviar la tensión con una sonrisa divertida―.

El protagonista que todos vinieron a ver.

Así es como lo hago yo.

―¿Eso debería tranquilizarme?

Ahora me siento peor.

Creo que deberías dejar de leer tantas novelas.

La risa suave de Kayn se interrumpió cuando el murmullo de la plaza empezó a apagarse, arrastrando consigo las últimas conversaciones.

Un silencio expectante se extendió por toda la multitud, tan profundo que hasta el viento pareció detenerse.

Todas las miradas se posaron sobre la imponente figura que ascendía al pedestal situado frente a la fuente.

Desde el extremo del círculo, una figura comenzó a abrirse paso.

Debía cargar más de siete décadas sobre los hombros, pero ni el temblor de la vejez ni la fatiga parecían haberlo alcanzado.

Su sola presencia imponía un silencio más profundo que cualquier palabra.

Los cabellos, blancos y abundantes, caían en ondas anchas hasta rozarle los hombros.

La barba, pulcra, perfilaba con precisión una mandíbula que el tiempo no conseguía desgastar del todo.

Vestía una túnica de verde bosque, En los puños, los hilos plateados se enredaban en bordados.

Sobre la espalda le cruzaba una capa corta, azul oscuro.

La sujetaba un broche de bronce en forma de escudo.

De su cinturón colgaban dos pergaminos enrollados, el cuero quebrado en los bordes.

Junto a ellos, una bolsa envejecida descansaba contra su cadera.

Un búho sobrevoló la plaza y descendió en espiral.

Las garras se posaron con suavidad sobre el hombro del anciano.

Sus ojos, tan inmóviles como los del hombre, examinaron a la multitud con una quietud más elocuente que cualquier juicio.

Al detenerse frente al pedestal, el anciano colocó una mano firme sobre un orbe cristalino que reposaba allí, aguardando su contacto.

Al hacerlo, se iluminó con un color plateado.

―Buen día, jóvenes.

―Su voz profunda emergió amplificada, llegando con claridad a cada rincón de la plaza―.

Mi nombre es Rolland Windwalker, director de la prestigiosa academia de domadores Theronai.

Un murmullo contenido recorrió la multitud.

Algunos reconocieron el nombre.

―Hoy celebramos el evento que muchos habéis esperado con ilusión y temor a partes iguales: la ceremonia de vinculación.

Un día que marcará vuestro destino y definirá el camino que habréis de recorrer junto a vuestro guardián.

Pausó.

Solo el aleteo leve del búho acompañaba su quietud.

―Sé que estáis impacientes por empezar, pero necesito dejar clara una cosa.

No importa con qué guardián logréis hacer un vínculo.

No importa si fracasáis.

Vuestro destino queda dictado desde el momento en que abrís los ojos por primera vez en este mundo, y eso es algo que no podéis cambiar por mucho que queráis.

Sea cual sea el guardián con el que hagáis un vínculo, deberéis aceptarlo.

Sea cual sea.

Nadie es libre de elegir al guardián porque es el guardián quien escoge al domador.

Y como domadores deberéis cuidarlo como si fuera una parte de vosotros mismos.

En caso de que alguno no lograse vincularse hoy, no caigáis en la desesperación.

El vínculo no es la única vía hacia la grandeza; existen caminos diversos hacia la fuerza y el honor.

Otro silencio.

Más denso que el anterior.

Rolland alzó una mano.

―Dicho todo esto, ¡que comience la ceremonia de vinculación!

Varios domadores situados en los extremos de la plaza levantaron sus manos.

Bolas de fuego brotaron de sus palmas, ascendiendo como cometas ardientes.

Estallaron en un deslumbrante espectáculo de luces y colores, iluminando los rostros maravillados de los presentes.

―Escuchad con atención ―Extrajo con cuidado un orbe cristalino de los pliegues de su túnica y lo posó sobre el pedestal―.

Colocaréis vuestra palma sobre este orbe.

Si vuestro Éther es compatible con el de alguno de los guardianes que esperan ser vinculados, el orbe reaccionará iluminándose.

De ocurrir así, podréis intentar establecer el vínculo.

Pero si permanece apagado…

―su expresión se volvió severa, aunque no carente de amabilidad― habréis suspendido y deberéis retiraros sin pedir explicaciones.

Es duro, sí.

Cruel, también.

Pero es el destino que os ha tocado vivir.

Los aspirantes intercambiaron miradas nerviosas.

Algunos respiraban hondo, intentando calmar el temblor en sus manos.

―Comenzaremos ahora.

Que el destino favorezca vuestra voluntad.

Desenrolló un pergamino donde tenía anotados los nombres de todos los participantes.

No parecían seguir orden alfabético.

―Xander Armond.

El resto de los aspirantes se miraron entre ellos, buscando al llamado.

De pronto, un joven de pelo castaño avanzó, nervioso.

Kayn observó cómo su rostro pálido y manos temblorosas delataban el miedo que todos sentían, pero ninguno admitía.

Avanzó con pasos inseguros hacia el pedestal, consciente de que cada mirada recaía sobre él.

Su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas mientras se detenía frente al orbe cristalino.

La plaza guardó un silencio tan profundo que Kayn logró escuchar los latidos de su propio corazón.

Extendiendo una mano vacilante, Xander rozó la superficie fría y suave de la esfera.

Durante unos segundos agónicos, nada ocurrió.

Entonces el orbe comenzó a reaccionar.

Pequeñas partículas se condensaron cada vez con mayor fuerza, formando un remolino en el interior.

Xander cerró los ojos, su cuerpo temblaba mientras un halo de energía grisácea surgía, envolviendo todo su cuerpo.

Entreabrió los ojos, asombrado por lo que sucedía.

―¡Excelente!

―exclamó Rolland, con una sonrisa pura―.

Ahora, joven, grita el nombre de tu vínculo.

¡Con toda la fuerza de tu corazón!

Xander inspiró, inflando el pecho como si el aire fuera a darle el coraje que necesitaba.

―¡Xein!

El aura que lo envolvía se contrajo de golpe y luego se expandió en un destello tenue.

De aquella bruma incandescente emergió una criatura etérea, pequeña y de aspecto felino.

No poseía cuerpo alguno, al menos no en el sentido común de la palabra: su forma parecía flotar como un óvalo oscuro con dos orejas puntiagudas que se alzaban.

Sus ojos, grandes y dorados, destellaban con un fulgor travieso.

En lugar de patas, la criatura se sostenía en el aire con naturalidad, girando con movimientos suaves.

Una cola larga y flexible se extendía desde su espalda redondeada.

Revoloteó en círculos alrededor de Xander, emitiendo un zumbido apenas audible.

El joven apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la criatura se detuviera justo frente a su rostro, ladeando la cabeza como si lo examinara.

El público estalló en vítores al presenciar la manifestación.

―¿Tanto alboroto por un guardián ordinario?

―murmuró Burst―.

Ni que fuera para tanto.

―¿Y qué problema hay con que sea ordinario?

―respondió Kayn, frunciendo el ceño―.

Si Xander se dedica a entrenar su guardián, quién sabe hasta dónde puede llegar.

Burst hizo un gesto desdeñoso, levantando la barbilla en un gesto desafiante.

―Eso no cambia los hechos.

Está demostrado que aquellos que logran vincularse con guardianes de alto rango desde el inicio obtienen un crecimiento más rápido que el resto.

Yo no pienso conformarme con lo ordinario.

Conseguiré el guardián más poderoso que pueda existir.

Ya lo verás.

―Con semejante arrogancia, dudo que haya siquiera un guardián que se interese por ti.

Burst abrió la boca, listo para disparar una réplica teñida de orgullo herido, pero Kayn ya tenía la mirada desviada.

Su atención regresó al pedestal, donde Rolland deslizaba los dedos por el pergamino Xander, ahora más relajado, descendía del pedestal con una sonrisa orgullosa, uniéndose al grupo de aspirantes que lo felicitaban con palmadas en la espalda y murmullos entusiasmados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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