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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Miedo
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11: Miedo 11: Miedo Rolland volvió a desplegar el pergamino, dejando que el silencio regresara mientras sus ojos recorrían de nuevo la lista.

―La siguiente es…

Hana Feintari.

Entre la multitud surgieron murmullos curiosos mientras una joven pelirroja avanzaba hacia el pedestal.

Un lazo de seda ámbar lo sujetaba en la nuca, aunque unos rizos rebeldes escapaban de su prisión y danzaban alrededor de su rostro con cada paso.

Vestía una blusa blanca ajustada, atravesada por dos correas negras que se cruzaban sobre el pecho, rematadas con broches dorados.

Al contrario que el resto, Kayn parecía observar el lugar desde donde la joven comenzó a caminar, lo que llamó la atención de Burst.

Al llegar ante Rolland, Hana se detuvo, inclinándose con elegancia.

Sus labios pronunciaron unas palabras en voz baja, manteniendo una breve conversación con el anciano, pero la distancia impedía escucharlos.

Rolland se apartó dejando que la joven colocara la palma sobre la esfera.

Fue justo en ese instante cuando una voz femenina, alegre, resonó a espaldas de Kayn.

―Por fin os encuentro.

Ambos amigos giraron casi al mismo tiempo, sobresaltados por la interrupción.

Allí, una joven de ojos turquesas caminaba hacia ellos abriéndose paso entre algunos de los aspirantes.

Su cabello rubio, recogido en una alta coleta, oscilaba con cada uno de sus pasos como una cascada iluminada por la luz solar.

Vestía una camisa de lino negro, ajustada a la cintura y que contrastaba con la falda corta de color rojo, dejando al descubierto sus piernas blancas y delicadas.

Antes siquiera de que Kayn lograra asimilar la aparición de Lyra ―y mucho menos articular palabra―, Burst ya se había adelantado un paso, el pecho hinchado, la sonrisa torcida en un ángulo que anunciaba problemas.

Kayn reconoció esa expresión al instante ―¡Vaya, vaya!

¡Mira quién se digna a aparecer!

―Sus ojos centellearon―.

Imagino que has venido a ver mi triunfo.

Eres muy afortunada.

Tendrás el honor de presenciar el nacimiento del mejor domador de todos los tiempos.

Hizo una pausa, apenas un respiro, y bajó la voz.

―Es decir… yo.

Kayn parpadeó, incrédulo.

Ni siquiera sabía si admirar su confianza o desear que el suelo se lo tragara.

Le lanzó una mirada de reojo a Lyra, esperando una respuesta, una réplica, una carcajada… algo.

Tenía los ojos en blanco Una reacción bastante normal.

―¿Te has dado un golpe en la cabeza o algo?

«Pienso que eso incluso le vendría bien.» ―No, estoy perfecto.

―Espero que no te mees encima de los nervios.

―No necesitas preocuparte ―Burst se enderezó, dándose unos golpecitos en el pecho―.

Ya hice lo necesario antes de venir…

por si acaso.

―Me alegro… supongo ― Lyra apartó la vista de Burst.

Sus ojos buscaron a Kayn, que hasta entonces se había mantenido en silencio―.

Por cierto, feliz cumpleaños, Kayn.

Al fin cruzaste la barrera de los catorce.

―¿Y eso me lo dice alguien que aún vive con trece?

―respondió sin mover un músculo, con la comisura del labio apenas levantada.

―Podrías agradecerme, al menos.

―Tienes razón, muchas gracias ―Kayn miró de reojo a su amigo que conocía desde hace más de diez años―.

Al menos tú sí recuerdas felicitar a la gente.

Burst parpadeó.

―¿Desde cuándo es hoy tu cumpleaños?

―Desde el día en que nací, genio ―Kayn desvió la mirada―.

Tranquilo.

No es como si fuera la primera vez que lo olvidas.

―Tú tienes la culpa por elegir justo este día para nacer ―replicó Burst, encogiéndose de hombros, ajeno al sinsentido de su propia lógica.

Kayn alzó los ojos al cielo.

«Claro, como si uno pudiera decidir cuándo nacer».

Se preparó para devolverle una respuesta cargada de sarcasmo, pero antes de que pudiera hablar, la voz profunda y solemne de Rolland reclamó la atención de toda la plaza.

―Lo siento, has suspendido.

Un silencio denso y pesado cayó sobre los asistentes.

Todas las miradas se dirigieron hacia el pedestal, donde Hana retiraba la mano del orbe con una expresión de desolación absoluta.

El orbe permanecía opaco.

Ni siquiera reaccionó con su Éther.

Descendió en silencio, con la cabeza baja, hundiéndose en la muchedumbre que la recibió entre murmullos compasivos.

―Hana…

―susurró Lyra.

Una vez que abandonó el lugar, Rolland tomó el pergamino y volvió a nombrar al siguiente aspirante.

Kayn tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo un escalofrío descendía por su espalda.

Hasta aquel momento, su confianza permanecía intacta, una coraza impenetrable que lo protegía del temor a fracasar.

Pero tras ver el rostro hundido y la mirada vacía de su amiga avanzando entre la multitud con la vergüenza de la derrota, la posibilidad del fracaso se convirtió en algo demasiado real.

Se imaginó a sí mismo en aquella situación.

Pero de ocurrirle algo así que es lo que haría.

Burst, que percibió de inmediato aquel cambio, decidió actuar con su acostumbrada sutileza.

Sin previo aviso, clavó el codo con fuerza en la cadera de Kayn, sacándolo de su trance.

Él se llevó una mano a la parte afectada, pero justo antes de poder recriminarle algo, este alzó la voz.

―¿Qué te pasa ahora?

―preguntó, esbozando una media sonrisa desafiante―.

No me irás a decir que tienes miedo.

―¡Claro que no!

―respondió, tratando de sonar firme, aunque su voz delató un leve temblor―.

Es solo que…

no sé qué será de mí si no consigo un guardián.

Burst dejó escapar un suspiro y apoyó una mano en el hombro de su amigo mientras lo miraba a los ojos.

Parecía a punto de decir algo importante.

―Toda la aldea se burlará de ti, tus padres te abandonarán y acabarás exiliado.

Kayn y Lyra intercambiaron una rápida mirada de total incredulidad, incapaces de decidir cómo responder a semejante disparate.

―¿Eso lo has sacado del libro que te presté?

―preguntó Kayn, arqueando una ceja con auténtica sorpresa―.

Pensé que te habías quedado dormido antes de acabar el prólogo.

Burst se encogió de hombros con aire despreocupado, adoptando una expresión que pretendía ser solemne, pero resultaba cómica.

―Reconozco que me salté unas cuantas páginas…

capítulos…

casi todo, en realidad.

Tenía que acelerar la lectura de alguna forma… Ahora hablando en serio.

Deja de preocuparte.

Todo va a salir bien.

Lo que deba ocurrir, ocurrirá y punto.

―Ya…

Pues yo prefiero que “lo que ocurra” sea que consiga un guardián.

―Doy consejos, no milagros.

Lyra, notando la inquietud que consumía al chico, dio un paso hacia delante.

Su mirada turquesa se suavizó con calidez, mostrando una sonrisa llena de afecto.

―No te preocupes ―añadió con dulzura―.

Estoy segura de que podrás hacer un vínculo.

Tratándose de ti, me cuesta creer que haya siquiera un guardián que no quiera estar contigo.

Yo también estoy bastante nerviosa.

No puedo dejar de pensar en qué sucederá cuando llegue mi turno.

Kayn sintió que su respiración se calmaba al oír aquellas palabras.

Le agradeció con una sonrisa mientras Burst permanecía al margen.

Entonces, ella echó una melancólica mirada hacia la multitud donde Hana se retiró momentos antes.

―Será mejor que vayas con ella ―comentó Kayn.

―Tienes razón ―respondió Lyra, comprendiendo de inmediato―.

Mucho ánimo en vuestra prueba.

―Claro.

Luego ya nos veremos.

Apenas comenzó a girarse cuando la voz grave y profunda de Rolland resonó por toda la plaza, reclamando la atención de todos.

―Lyra Haverhill.

La rigidez la atrapó en un instante.

Cada músculo se detuvo como si un hilo invisible la sujetara desde el suelo.

Kayn notó cómo el pecho de Lyra subía y descendía con rapidez, empujado por una respiración que luchaba por mantenerse discreta.

Tragó saliva con dificultad y giró la cabeza hacia el pedestal, donde la esfera cristalina aguardaba su toque.

Todo intento de aparentar tranquilidad se desvaneció de su rostro, dejando al descubierto sus verdaderos sentimientos.

Burst se adelantó, consciente de cada matiz.

Su sonrisa se curvó como una trampa conocida.

Traviesa, sí, pero no inocente.

Kayn no necesitó ninguna palabra para entenderla.

La había visto muchas veces antes.

Y siempre traía problemas.

―¿Qué ocurre?

―preguntó en tono burlón, inclinándose para captar mejor la expresión nerviosa de la joven―.

¿A dónde ha ido toda la confianza de hace un momento?

¿No estás demasiado roja?

―¡Cállate!

Su voz salió más alta de lo que pretendía.

Se apretó el pecho, intentando calmar el acelerado ritmo de su corazón.

Sus rodillas parecían perder fuerza, como si el suelo amenazara con hundirse bajo sus pies.

Burst, notando que la situación era más grave de lo que pensaba, decidió dejar la burla a un lado mientras observaba cómo Kayn se acercaba.

―Parece que Hana tendrá que esperar un poco más ―murmuró, intentando mostrar una sonrisa que la tranquilizase―.

Te irá bien.

Ya lo verás.

Lyra alzó la vista, encontrándose con los ojos de Kayn.

En su mirada brillaba una calidez serena que logró, por un instante, apaciguar el torbellino de nervios que retumbaba en su pecho.

Le agradeció con un gesto.

Dio un paso adelante.

Luego otro.

La multitud de aspirantes se apartó a su paso, y el murmullo que hasta entonces llenaba la plaza se desvaneció poco a poco, reemplazado por el eco de sus pisadas sobre el empedrado.

Sin previo aviso, Kayn sintió un codazo en las costillas que lo desestabilizó.

―Te has lucido ―soltó Burst en voz baja, sin apartar la vista de la figura que se dirigía al orbe.

―¿Te importa dejar de golpearme?

Con hablarme ya me entero.

No estoy sordo.

―Algunas veces lo parece.

Kayn apartó la mirada de Burst.

Sus ojos buscaron a Lyra, detenida frente al pedestal, la mano extendida con delicadeza sobre el cristal.

No se movía, salvo por la respiración que subía desde el pecho hasta los labios tensos.

Esperaba la señal.

Un segundo después la esfera vibró.

Un estremecimiento leve recorrió su superficie, como si algo dentro despertara.

Lyra cerró los ojos.

Los párpados descendieron con suavidad, sellando el mundo exterior.

Todo su ser se concentraba en el hilo invisible que la conectaba con aquello que habitaba el núcleo del orbe.

Una luz rosada emergió del centro.

Primero tímida.

Rodeó sus dedos en espirales suaves, como una caricia hecha de energía pura.

La brisa cobró fuerza, arremolinándose a su alrededor y sacudiendo los mechones sueltos de su cabello plateado como filamentos de oro.

Al inspirar, la voz brotó clara y limpia.

No existía temblor.

―¡Sor!

El remolino se cerró sobre sí mismo.

La luz giró una vez más y el viento se comprimió hasta tomar la forma de un pequeño lobo con pelaje tan blanco como la nieve recién caída.

El guardián parpadeó, sacudiendo la cabeza con timidez antes de alzar el hocico y encontrarse con los ojos brillantes de Lyra, quien se contenía para no tocarlo.

Extendió la mano.

El pequeño lobo inclinó las orejas, observándola con curiosidad.

Su nariz humedeció sus dedos antes de inclinarse, permitiéndole el contacto.

Lyra deslizó los dedos por su lomo, percibiendo la calidez de su cuerpo y la suavidad de su pelaje.

Al hacerlo, Sor soltó un suave sonido que llenó de ternura el corazón de la joven.

La multitud rompió en aplausos, felicitando a Lyra por el éxito de su vínculo.

Las sonrisas orgullosas, los murmullos impresionados, todo giraba alrededor de ella, reconociendo aquel triunfo excepcional.

―Qué bien, no lo… ―Al girar la cabeza hacia Burst, Kayn notó como su amigo permanecía rígido, petrificado en alguna pose extraña suya.

Se llevó las manos a la cabeza, al tiempo que maldecía en voz baja.

―Mierda, mierda, mierda… ―¿Burst?

Entonces, sin previo aviso, exclamó con un tono más alto.

―¡Maldición!

―soltó, asustando a Kayn y llamando la atención de algunas miradas curiosas―.

¿Por qué de todas las personas tenía que conseguir ella un guardián superior?

―¿Eres idiota?

¿En serio te preocupa eso?

Es cierto que los guardianes superiores tienen bastante ventaja, pero tampoco es que sean nada del otro mundo.

―Tú no lo entiendes ―replicó, pasándose la mano por el flequillo―.

Después de cómo me he burlado de ella, estoy seguro de que está deseando restregármelo por la cara.

―¿No crees que estás exagerando?

―Claro que no.

Ya me estoy imaginando la insoportable sonrisa de victoria con la que regresará.

Jamás se callará ahora.

Necesito que sea mi turno ya.

No, quizás sea mejor irme de aquí.

Eso es, me esconderé.

Viendo que razonar con su amigo sería inútil, Kayn volvió la mirada hacia el pedestal, justo cuando Lyra terminaba de dedicar una reverencia solemne ante Rolland.

Con pasos ligeros, bajó del escenario, sosteniendo a Sor cuidadosamente en sus brazos como si fuera un pequeño tesoro.

Alzó la vista buscando a sus amigos entre la multitud, y Kayn levantó instintivamente la mano para facilitarle la búsqueda.

―Ya viene hacia aquí ―comentó Kayn, interceptando a su amigo que ya se alejaba del lugar.

Su respuesta fue quedarse paralizado en el sitio.

Lyra se acercó, luciendo una radiante sonrisa en su rostro.

Sin apenas darles tiempo a reaccionar, extendió hacia ellos al pequeño guardián.

―¡Mirad!

―exclamó, abrazando con ternura a la criatura―.

¿No os parece una monada?

Es el mejor guardián que podría haberme tocado.

Kayn alargó la mano, rozando suavemente la cabecita peluda del pequeño lobo.

El pelaje era increíblemente suave, aunque no tanto como el de Pong.

De pequeño se podía pasar las tardes con la cabeza sobre el pelaje del panda como si se tratase de la almohada más cómoda del mundo.

Al sentir el contacto, Sor emitió un gruñido juguetón y lamió los dedos de Kayn, arrancándole una sonrisa.

Mientras tanto, Burst no se molestó en disimular su recelo.

―Un guardián superior…

―murmuró de brazos cruzados y observando con ojo crítico al pequeño guardián que solo le respondía con una expresión capaz de arrancar una sonrisa a cualquiera.

Rápidamente apartó la vista de la criatura como si no quisiera mostrar sus verdaderos sentimientos―.

Supongo que no está mal.

Habrá que ver cómo rinde en los combates.

«¿No está mal?», pensó Kayn, arqueando una ceja.

«Hace un instante estabas desesperado.» ―Ya estamos con lo mismo de siempre ―bufó Lyra, rodando los ojos―.

¿Es que no puedes pensar en algo más aparte de combatir?

Madura un poco, anda.

―¿Y para qué están los guardianes si no es para luchar junto a ellos?

Si lo único que quieres es una mascota, adopta un Dobber o un Sokra y asunto arreglado ―replicó Burst, girándose inmediatamente hacia Kayn―.

¿Verdad que tengo razón?

Kayn se apuntó a sí mismo, encogiéndose un poco ante la pregunta inesperada.

En realidad, no quería responder.

Sin llegar a verla, podía sentir la intensidad con la que lo observaba, esperando atentamente su respuesta.

Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra acudía fácilmente a él.

―Bueno…

―¿Me estás diciendo que no te importa usarlos para combatir?

―protestó ella amenazando a Burst con la mirada y acercando a Sor hacia la cara del joven que trataba de apartarse―.

¿Puedes mirarle a la cara y decirme sinceramente que usarías a una criatura así para luchar?

Burst se apartó mientras el pequeño lobo le miraba con unos ojos llenos de ternura que recordaban a cuando un niño pequeño exigía algo a sus padres.

Apartó inmediatamente la mirada sabiendo que si seguía viendo al animal terminaría cediendo.

―¿Y qué tiene que ver su aspecto?

―insistió una vez más―.

Los guardianes existen para combatir.

―Muy bien, piensa lo que quieras ―concluyó ella, encogiéndose de hombros antes de añadir con una sonrisa de orgullo imposible de disimular―.

De todas formas, por ahora te llevo ventaja.

Al ver la sonrisa de victoria de Lyra, las mejillas de Burst se encendieron.

Estaba frustrado, más aún porque en el fondo ella tenía razón.

Resopló, cruzándose de brazos.

―Ya verás, mi vínculo va a ser increíble.

Mucho mejor que el tuyo.

―Eso habrá que verlo… Mientras discutían, la mente de Kayn no podía evitar volver una y otra vez al mismo pensamiento: su propio turno se acercaba.

Cada vez que miraba el pedestal, cada vez que veía a otro aspirante subir, sentía cómo el tiempo se deslizaba entre sus dedos.

Deseaba que llegara por fin su momento, pero a la vez temía lo que pudiera suceder.

No podía evitar preguntarse si él también lograría vincularse.

¿Y si no lo lograba?

Una vez que Lyra se cansó de discutir con Burst se acercó a Kayn sacándolo del trance en el que se encontraba.

―Será mejor que vaya ahora a hablar con Hana.

Debe estar pasándolo muy mal ―dijo con un tono suave.

Miró a Sor que descansaba cómodamente entre sus brazos y, tras pensarlo un instante, lo acercó hacia Kayn con una sonrisa amable―.

¿Podrías cuidar de Sor mientras hablo con ella?

No creo que tarde mucho.

Kayn se quedó mirando a los ojos de la pequeña criatura que lo observaba con ternura.

Se sorprendió ante la inesperada petición, pero no tardó en aceptar, extendiendo los brazos con la ilusión de poder abrazar al guardián.

―Por supuesto, yo lo cuido.

Sor se deslizó hacia los brazos de Kayn, acomodándose con facilidad y lanzándole una mirada llena de curiosidad y ternura que logró disipar la ansiedad que sentía.

Su suave pelaje y la calidez de su pequeño cuerpo resultaban reconfortantes.

Lyra observó satisfecha la escena antes de lanzar una mirada desconfiada hacia Burst.

―Ni se te ocurra acercarte él.

A ver si le vas a meter ideas raras en la cabeza mientras yo no estoy.

―Tampoco es como si fuera a hacerle daño ―protestó Burst indignado―.

¿No crees que te estás pasando?

―Mejor prevenir que curar.

Te conozco demasiado bien.

Mantente lejos de Sor hasta que vuelva.

Burst resopló, cruzando los brazos con fastidio mientras Lyra desaparecía entre la multitud con una última sonrisa dirigida a Kayn.

Ahora solo quedaban ambos amigos y el pequeño guardián, quien parecía más cómodo que nunca en los brazos del joven.

Kayn acarició el pelaje de Sor que hasta hace unos momentos se acurrucaba en los brazos de Lyra.

De alguna forma sintió algo de envidia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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