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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Un golpe de realidad
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13: Un golpe de realidad 13: Un golpe de realidad Uno tras otro, los aspirantes avanzaban hacia el pedestal, extendían la mano y aguardaban el veredicto del orbe.

Algunos descendían con el rostro iluminado, acompañados de su nuevo guardián, mientras que otros bajaban con la mirada baja, cargando el peso del fracaso.

La mente de Kayn no podía dejar de pensar en su propio turno.

No importaba cuántas veces intentara distraerse, sus pensamientos volvían una y otra vez al mismo punto.

Quedaba poco.

Demasiado poco.

―Esto se me está haciendo eterno ―se quejó Burst, resoplando con impaciencia―.

¿Cuándo llegará nuestro turno?

Se toman demasiado tiempo con cada persona.

A ver si me llaman de una vez.

―No creo que queden demasiados por delante.

Si quieres, aún tienes tiempo para otra visita al baño.

Burst dejó escapar una pequeña risa de indignación.

Tan pronto como lo hizo, la voz profunda y amplificada de Rolland resonó por la plaza, anunciando el siguiente nombre.

―Leonard Burner.

Kayn se echó a reír por lo bajo al escuchar cómo Rolland pronunciaba el nombre de su mejor amigo.

Desde luego fue una gran casualidad.

Sin embargo, se extrañó al ver que nadie se movía frente a él.

Frunció el ceño, confundido.

Un silencio expectante se extendió por la multitud.

Varias cabezas se giraron en busca del aspirante nombrado.

―Leonard Burner ―repitió Rolland, con un tono más impaciente.

Era la primera vez que tenía que repetir un nombre durante toda la ceremonia.

Kayn giró la cabeza hacia Burst, justo a tiempo para verlo intentar escabullirse entre los aspirantes.

Sin pensárselo dos veces, extendió el brazo y lo agarró por el hombro, sobresaltándolo.

―¿A dónde te crees que vas?

Burst se detuvo en seco.

Giró la cabeza, con los ojos muy abiertos.

―Esto… ¿Al baño?

―No digas tonterías.

―Kayn le clavó la mirada y le dio un empujón―.

Acabas de volver.

Deja de hacer el ridículo y sube de una vez.

Rolland te está esperando.

―Bien… Cada paso que dio hacia el pedestal se convirtió en una auténtica tortura visual.

Tropezaba con sus propios pies, rozaba a otros aspirantes e incluso estuvo a punto de derribar a una pobre chica que miraba horrorizada cómo avanzaba tambaleándose.

Cualquiera que no lo conociera podría jurar que estaba borracho, aunque Kayn sabía que aquella conducta solo brotaba del nerviosismo más extremo.

De todos los jóvenes de Brumavilla, él era quien peor sabía enfrentarse al miedo.

«Esto no va a acabar bien» Burst se detuvo ante el pedestal y resopló, intentando domar el pánico que retumbaba en su pecho.

Levantó la mano, la posó sobre el orbe…

y al instante, unas volutas de color se arremolinaron dentro del cristal.

Dejó escapar una exhalación temblorosa.

Al menos el orbe no lo rechazaba de inmediato.

Pero la prueba aún no terminaba.

La ceremonia de vinculación escondía dos formas de fracaso.

La primera, que el orbe permaneciera inerte, indicando que el Éther del aspirante no era compatible con ningún espíritu.

La segunda, y más cruel, que el orbe reaccionara, pero que el guardián invocado se negara a formar un vínculo.

No todos eran dignos.

Y si un guardián rechazaba a su aspirante, jamás podría volver a intentarlo con otro.

Los minutos se alargaron hasta que el brillo del orbe comenzó a cambiar de color.

Un color que dejó sorprendidos a todos los presentes.

El murmullo de la multitud se quebró en una sucesión de jadeos y exclamaciones.

Hasta los rasgos curtidos de Rolland mostraron un gran asombro.

Burst abrió los ojos y lo vio.

El orbe no solo adquirió un tono rojizo, sino que al mismo tiempo una energía externa de un color entre naranja y amarillo flotaba en el centro.

Un aura del mismo color lo rodeó y una sonrisa se ensanchó en el rostro del joven.

Los susurros contenidos de los estudiantes se convirtieron en exclamaciones de emoción, mientras algunos incluso retrocedían un paso, temerosos de aquella energía tan intensa.

―Rango Elevado… Los rangos determinaban el poder y potencial de un vínculo.

Se clasificaban en siete escalones: Ordinario, Menor, Superior, Elevado, Iluminado, Celeste y, por último, Radiante.

Durante la ceremonia de vinculación, el Elevado era un rango que muy pocos lograban obtener, dado que era el primero que permitía usar los enlaces.

Así mismo, era el máximo que un guardián podía poseer sin entrenamiento.

Los domadores normales dedicaban alrededor de un año para dominar un enlace y así alcanzar el rango Elevado.

Era una gran ventaja respecto a los otros tres.

Burst contempló sus propias manos, percibiendo la corriente de poder que corría por sus venas, chisporroteando con un calor que le erizaba la piel.

Rolland soltó una breve carcajada que tomó por sorpresa al joven.

―Qué interesante… ―cruzó los brazos sobre su túnica―.

¿A qué esperas?

Invoca a tu compañero.

Estoy seguro de que él también arde en deseos de conocerte.

La adrenalina trepó por la columna de Burst como fuego contenido.

La emoción empujó sus pasos hacia adelante.

El pecho subía y bajaba con ritmo firme, cada latido marcando un compás silencioso.

Cerró los ojos.

―¡Grok!

El aura que lo envolvía se retorció con fuerza, ascendiendo como una tormenta contenida.

Frente a él, la luz cobró densidad.

Una forma brotó de su centro.

Primero borrosa, luego nítida.

Las líneas se definieron hasta formar la figura compacta de un oso pequeño, con pelaje azabache de facciones toscas y ojos traviesos que irradiaban cierta altivez.

Con cautela, Burst extendió un mano.

El oso inclinó la cabeza.

Lo observó con calma y sus orejas se agitaron con curiosidad antes de que, con un gruñido ronco, diera un par de pasos y frotara su hocico contra la palma extendida.

Se dejó tomar en brazos.

―No suelo pedir esto a los aspirantes ―interrumpió Rolland―, pero me gustaría ver si eres capaz de usar un enlace.

Los susurros volvieron de inmediato.

―¿Un enlace sin entrenamiento?

―¿Siquiera eso es posible?

―Incluso tratándose de un rango elevado… Las miradas cayeron sobre Burst.

Pesaban.

Quemaban.

Pero él no retrocedió.

Bajó la vista.

Grok lo contemplaba sin moverse.

Un puente invisible se formó entre los dos.

Grok resopló y se separó.

Saltó de los brazos de Burst y cayó sobre sus patas con un golpe seco.

Burst inhaló con fuerza.

Levantó la mano y la extendió con la palma abierta, permitiendo que su intención se manifestara en un único pensamiento.

Vinculación.

La palabra emergió de algún rincón oculto de su mente.

Sintió un calor ascendente desde el pecho, una corriente latente que serpenteó por su brazo como la primera llama de un incendio.

Subió hasta su palma abierta, encendiendo sus venas con un resplandor rojizo.

Era la primera vez que experimentaba algo semejante.

El pelaje azabache de Grok comenzó a desdibujarse.

Su forma física se desvaneció en motas de luz escarlata que flotaron hacia la mano extendida de Burst.

Entonces, una explosión de calor emergió de pronto, envolviendo al joven en un halo rojizo.

Sintió una ola de energía trepando por sus brazos y alimentándose en el centro de su pecho.

Antes de contener ese impulso, percibió un rugido que surgía desde su interior y se desbordaba.

Una pequeña llama brotó de la palma de su mano, envolviendo su puño con un aura incandescente.

El resplandor dorado y carmesí rebotó en el rostro de Rolland, reflejándose en sus pupilas abiertas de par en par.

El fuego abrazaba su mano, pero no quemaba.

El gentío soltó un coro de jadeos y aplausos.

El enlace resultaba muy simple.

Sin embargo, el hecho de conseguirlo sin siquiera entrenamiento era algo increíble.

―No está mal para un primer intento ―comentó Rolland―.

Ya puedes deshacer el enlace.

Sin embargo, Burst aun no estaba conforme.

En lugar de escuchar el consejo del anciano, agarró su brazo con fuerza, apuntando su mano hacia la lejanía.

Rolland lo miró incrédulo, sin saber qué pretendía, y algunos murmullos se escucharon entre el gentío.

De alguna forma, Kayn podía escuchar lo que su amigo pensaba en ese momento.

Una locura como siempre.

«No irá a…» Burst cerró los párpados y la llama que envolvía su mano comenzó a fragmentarse como pétalos de fuego.

Los fragmentos ígneos se reagruparon, moldeándose hasta formar una esfera perfecta que se comprimía sobre sí misma.

Cada contracción intensificaba el resplandor hasta convertirlo en un sol en miniatura que pulsaba entre sus dedos.

Antes de poder contener ese impulso, un rugido de energía explotó hacia afuera.

Una llamarada brotó, surcando el aire.

El haz abrazó la nada con una fiereza inesperada, iluminando los rostros que lo contemplaban con admiración y sorpresa.

El silencio que dominó tras la descarga solo duró un latido, hasta que el gentío, incrédulo, soltó un coro de jadeos y aplausos.

Burst se paralizó de la emoción mientras el humo del fuego todavía se desvanecía de su mano.

Rolland se acercó, cubriendo con su sombra la figura del aspirante.

―No solo has podido utilizar un enlace, sino que también lo has hecho reaccionar ―comentó para luego dejar escapar una carcajada que sorprendió a todos en la plaza―.

Pensar que a mi edad podría sentir tal emoción.

No sé cuál será tu plan, joven, pero te quiero a toda costa en mi academia.

Burst entreabrió los labios, dispuesto a pronunciar un agradecimiento, pero algo invisible se quebró bajo su piel.

Una punzada recorrió sus piernas, aguda y persistente.

Tropezó, cayó de rodillas contra la piedra.

El golpe seco retumbó en la plaza.

La respiración se descontroló.

El pecho se agitaba, atrapado entre espasmos que no encontraba cómo contener.

El fuego que lo envolvía momentos antes osciló una última vez.

La llama parpadeó, menguó… y luego desapareció sin dejar nada.

Grok reapareció, esta vez como una pequeña sombra apegada al hombro de Burst por un látigo oscuro.

Mantenía la misma mirada arrogante que tenía antes y un mechón en la cabeza.

Rolland dejó escapar una risa breve, antes de inclinarse y extenderle una mano para que se incorporase.

―¿Creíste que utilizar una reacción sin entrenamiento no te agotaría?

Incluso los domadores experimentados tenemos problemas para mantener nuestro vínculo en funcionamiento ―Burst tomó su mano y se levantó, aún agotado por el vínculo.

Quizás se había mostrado demasiado arrogante―.

No importa si eres un rango Elevado, Celeste o Radiante.

El tiempo del vínculo siempre será la mayor barrera como domadores que somos.

A medida que vamos descubriendo más a nuestro guardián también aprendemos a romper ese límite.

No te confíes.

Espero grandes cosas de ti, Burner.

Un rubor de agradecimiento relampagueó en el rostro de Burst.

Luego bajó los escalones, sintiendo todas las miradas clavadas en su nuca.

Kayn lo aguardaba para felicitarlo, aún sin palabras por su rotundo éxito en la prueba.

―Continuemos con el siguiente en la lista.

El anciano tomó de nuevo el pergamino y lo desenrolló con cuidado.

Sus ojos se deslizaron por la lista hasta detenerse sobre un nombre.

Algo cambió en su expresión.

No fue un gesto exagerado, apenas un sutil tirón en las comisuras de sus labios que ensancharon una sonrisa.

―Kayn Ashborne.

El sonido de su propio nombre retumbó en sus oídos, robándole el aliento.

Una presión gélida le trepó por la espina dorsal, crispando sus músculos, dejándolos tensos, rígidos, como si le hubieran anclado los pies al suelo.

Sus manos, antes firmes, temblaron, pero de alguna forma pudo escuchar una voz que le decía que podía hacerlo.

Inspiró hondo, intentando recuperar el aliento que el momento le robó.

Su garganta se secó como si hubiera tragado arena caliente.

La multitud se apartó para dejarle paso, un río de cuerpos que fluía a su alrededor mientras su presencia se convertía en el centro de atención.

A mitad de camino, una mano se alzó entre la multitud acompañada de una voz que llegó con claridad incluso entre el bullicio.

―Más te vale no fallar.

No necesitó girarse para saber de quien se trataba.

Ni siquiera interrumpió su avance y, sin desviar la mirada del pedestal que lo esperaba, alzó la mano en respuesta, su palma abierta chocando con la de su amigo con un golpe seco que resonó por todo el lugar.

―Cuenta con ello.

Los dedos de Burst se cerraron en un puño y una media sonrisa cruzó su rostro, pero Kayn no pudo alcanzar a verlo.

Sus pies se deslizaron hacia adelante, y con cada paso sintió las miradas de los demás clavarse en él.

En ese momento se sentía como el protagonista de alguna novela.

Finalmente había llegado el momento que tanto estuvo esperando.

La figura de Rolland se hizo más clara a medida que avanzaba.

Al llegar al pie del pedestal, sentía que el corazón se le iba a salir del pecho mientras el anciano lo observaba con una sonrisa amable.

―Así que tú eres Kayn Ashborne… ―La voz de Rolland descendió hasta convertirse en una murmuración meditada, mientras sus ojos recorrían al muchacho con una mezcla de interés y reconocimiento―.

Corrígeme si me equivoco, pero ¿no eres hijo de Gael Ashborne?

―¿Conoce a mi padre?

―¡Vaya si lo conozco!

Yo mismo fui el encargado de realizar su ceremonia de vinculación ―su mirada se volvió algo más severa, aunque aún brillaba en ella cierto humor―.

Por desgracia, también tuve el honor de darle clases en la academia.

Debo decir que, hasta la fecha, nunca ha habido nadie que me diese más problemas que él.

La confesión descolocó lo suficiente a Kayn como para olvidar por un momento el lugar donde se encontraba.

La mirada de Rolland se desvió hacia la multitud y, sin pensarlo, él la siguió.

Entre los rostros expectantes, la silueta de Gael apenas destacaba.

No ocupaba la primera fila.

Se mantenía al fondo, medio oculto por la sombra de otros cuerpos.

―Recuerdo aquella ceremonia como si hubiese ocurrido ayer ―añadió Rolland―.

Imposible olvidarla.

Fue el primer aspirante que se presentó en calzoncillos.

Al menos veo que tú muestras algo más de decencia que tu padre.

«Menos mal que no tiene la mano sobre el orbe amplificador», pensó Kayn mientras aquellas palabras iluminaban su mente con la historia embarazosa que le contaron esa misma mañana.

La imagen de su padre desfilando medio desnudo ante una plaza entera brotó con fuerza.

La carcajada le subió por el pecho sin pedir permiso.

Reía, y con cada estallido, algo dentro de él se aflojaba.

La tensión que lo había mantenido erguido como una cuerda tensa empezó a disolverse, hilo a hilo.

―Vaya, vaya… ¿A dónde se han marchado esos nervios?

―preguntó Rolland al notar que los dedos de Kayn aún apretaban el puño―.

¿Te sientes listo para afrontar lo que viene?

―¡Claro que sí!

―Entonces, adelante.

El momento es tuyo.

Kayn respiró hondo y se acercó a la esfera transparente que se alzaba sobre el pedestal.

Aquel orbe que cambiaría de color en caso de superar la prueba y que permanecería inerte en caso de fracasar.

No, el fracaso no era una opción.

Posó su temblorosa mano sobre la superficie fría, y un escalofrío recorrió sus dedos.

Tragó saliva, persiguiendo el más tenue indicio de reacción.

Lo único que podía hacer ahora era esperar…

esperar y confiar.

Los latidos de su corazón incrementaron de ritmo, resonando en sus oídos como tambores distantes, alargando los segundos.

Clavó la mirada en el interior de la bola, casi rogando a quien estuviese dentro que despertara.

El orbe, sin embargo, permaneció inmóvil y opaco, sin presentar el más mínimo destello.

«¿Por qué no se ilumina?», pensó Kayn.

«Quizás estoy haciendo algo mal…» Desvió la mirada hacia Rolland, quien miraba la esfera con firmeza, y entonces pudo apreciar un suspiro.

Volvió a mirar la bola.

Ni un asomo de chispa, ni un mínimo parpadeo.

«Por favor, tienes que reaccionar.» La bola permanecía inerte.

«¡Reacciona!» Nada.

Rolland se acercó, apoyó una mano en el hombro de Kayn y frunció los labios con intención de pronunciar algo consolador.

Sin embargo, él no deseaba oír las palabras que ya anticipaba.

Desesperado, apretó con aún más fuerza la esfera, alzando una súplica muda hacia cualquier fuerza existente.

«¡Por favor!» Las lágrimas amenazaron con huir de sus ojos, brillando en las esquinas, y su respiración se volvió más atropellada, intentando sofocar el gemido de desesperación que amenazaba con liberarse.

Rolland ladeó la cabeza.

«¡Por favor!», gritó Kayn en un último arranque de furia, hundiendo las uñas contra la lisa superficie.

Y, aun así, nada sucedió.

La esfera exhibía la misma opacidad.

Solo pudo repetir para sí mismo otro “Por favor” que se esfumó en el aire.

El agarre de Rolland entonces se hizo más fuerte.

―No te fuerces más ―dijo con una voz suave―.

No cambiará nada.

Kayn levantó la mirada, encontrándose con los ojos comprensivos del anciano.

Una sensación de impotencia lo invadió, como si estuviera atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar.

«No, por favor.

No quiero…» ―Lo siento mucho, pero… «No, no.

Por favor, no.» ―…has suspendido.

Todas sus fuerzas lo abandonaron de golpe, y su mano se deslizó, quedando colgada a un costado como un peso muerto.

Por un instante, permaneció de pie, incapaz de procesar lo que acababa de suceder.

Miró el orbe.

Estaba apagado.

Miró sus manos.

Ningún cambio.

Ninguna llama saliendo de la palma.

Ningún aura rodeando su cuerpo.

Ninguna criatura revoloteando junto a él.

Todo seguía igual que antes.

―Lo siento mucho ―repitió Rolland con voz compasiva ―.

Lamentablemente, no podrás convertirte en domador.

Kayn pensó en cómo debía responder.

Tanto tiempo esperando por aquel momento, por el día en el que haría un vínculo y estaría más cerca de convertirse en un domador.

Tantas veces que imaginó aquel escenario.

El momento en que su mano tocaría la esfera y algo al otro lado respondería.

Pero ahora… Todo daba igual.

¿Qué importancia tenía todo lo que se esforzó?

¿Qué sentido tenía ahora su vida?

El futuro que tanto perseguía comenzaba a desmoronarse ante sus ojos.

Rolland continuaba hablando, pero él ya no escuchaba nada.

Solo un insistente zumbido que taladraba sus oídos.

En este momento deseaba gritar.

Luchaba por contener las lágrimas.

En el fondo, quizás fue culpa suya, por hacerse tantas ilusiones, por pensar que todo saldría bien.

¿Por qué las cosas tendrían que salir bien?

¿Por qué nunca asimiló que algo así pasaría?

Con la cabeza gacha y sintiendo cómo el peso del fracaso hundía sus hombros, dio media vuelta.

A su alrededor, los murmullos crecían en intensidad, convertidos en un molesto y punzante zumbido que se incrustaba en lo más profundo de sus oídos.

Las miradas llenas de lástima se clavaban en su espalda, como si fueran flechas invisibles que perforaban lo poco que quedaba de su orgullo.

«Parad», odiaba esa sensación de vulnerabilidad.

Detestaba la compasión ajena, la piedad silenciosa que reflejaba lo débil que pensaban que era.

Y eso, en aquel momento, le dolía casi más que haber fallado en la prueba.

A pocos metros, sus amigos lo esperaban.

Kayn apartó la mirada notando cómo ahora Lyra y Hana también se encontraban allí.

En otro momento quizás haberla visto habría logrado calmar todas sus incertidumbres, pero ahora no.

Apenas podía sostenerle la mirada mientras sus ojos turquesas brillaban.

Al notar como él se aproximaba, la mano de Lyra se elevó, apenas un gesto suspendido en el aire, teñido por un leve pero inconfundible temblor.

―Kayn… ―susurró ella con suavidad.

Sintió una punzada profunda en el pecho.

Forzó la mirada hacia arriba, solo un instante fugaz, lo suficiente para confrontar la humedad que velaba los ojos de su amiga, una tristeza que le obligó a desviar la vista de inmediato.

Debía ser un momento feliz para ella; sin embargo, él lo mancillaba con la sombra de su fracaso.

Bastante esfuerzo estaba haciendo por no romperse a llorar allí mismo, delante de todos.

Su atención derivó hacia Hana; ella le dedicó una sonrisa tenue.

Conocía el sabor amargo que él experimentaba.

Pero, aunque fuera egoísta, en aquel momento a Kayn no le importaba cuánto estuvieran sufriendo los demás.

Para él, nadie podía entender la magnitud de su fracaso.

Se preguntó cómo es que se vería a ojos de los demás.

―Parece que no ha podido ser… ―pronunció, forzando una sonrisa tan vacía que sintió dolor en las mejillas al hacerla.

El tenue enrojecimiento de sus párpados y su voz quebrada lo delataban ante cualquiera que prestara un mínimo de atención―.

Al fin y al cabo… entraba dentro de lo posible, ¿no?

Quizá fue culpa mía por tener tantas esperanzas.

―¿De verdad te encuentras bien?

―insistió Lyra.

Kayn tragó saliva, obligándose una vez más a dibujar una sonrisa en su rostro.

―¡Por supuesto!

―respondió con rapidez, tal vez con demasiada―.

No es como si el mundo se fuese a acabar solo por no tener un guardián.

Y si te soy sincero, tampoco me hacía tanta ilusión tener uno.

«¿A quién tratas de engañar?» ―No era más que un simple capricho.

«Ni siquiera tú mismo te crees eso.» Una risa escapó de su garganta, provocando que la preocupación de Lyra no hiciera más que aumentar.

Ella abrió la boca, preparada para decir algo más, pero antes de que pudiera hacerlo, la mano firme de Burst se posó sobre su hombro, negando con la cabeza para detenerla.

Lyra se mordió ligeramente el labio, entendiendo que en aquel momento no existían palabras capaces de consolar a Kayn.

Nada podría hacerlo sentir mejor.

Lo único que podían ofrecerle era espacio y silencio.

A partir de ese instante, el resto de la ceremonia transcurrió como una bruma para Kayn, un desfile de nombres y aplausos a los que apenas prestaba atención.

No le interesaban los éxitos o fracasos del resto.

Todo lo que deseaba era desaparecer.

Cuando el último aspirante bajó del pedestal, Rolland tomó la esfera en sus manos, carraspeando con suavidad para aclarar su garganta, afectado por una leve tos.

―Con esto damos por concluida la ceremonia de vinculación ―anunció con voz solemne―.

A los que habéis logrado el vínculo, mi más sincera felicitación, pues la academia de domadores os recibirá con los brazos abiertos.

Nos veremos esta misma noche en las puertas de la aldea para iniciar el viaje hacia vuestro nuevo destino.

Por primera vez, tras su fracaso, algo llamó la atención de Kayn.

De haber pasado la prueba, aquel anuncio le habría hecho emocionarse o dar saltos de alegría.

Ahora sentía las palabras de Rolland como un martillo que reafirmaba su fracaso, y comprendió que ya no poseía forma alguna de perseguir su sueño y lo que conllevaba no obtener un guardián.

Observó a Burst y Lyra con el rabillo del ojo.

Ellos partirían a la academia, a cientos de kilómetros de Brumavilla.

Él tendría que quedarse allí.

Solo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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