Los Ecos de la Guerra - Capítulo 14
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Capítulo 14: Shira
El viento arrastraba arena como cristales pulverizados contra la piel expuesta de Bassel, cada granillo una pequeña navaja que recordaba al Aradim que el desierto de Zayrhan no conocía la piedad. Sus botas de cuero se hundían en las dunas doradas con cada paso, dejando tras de sí, un rastro que el viento pronto borraría, como si su presencia en aquel lugar fuera tan efímera como los susurros que aún resonaban en su cabeza. El sol del mediodía caía implacable sobre las extensiones arenosas.
Los susurros llegaban.
Otra vez.
Palabras que parecían nacer del viento mismo, demasiado distorsionadas para comprender, pero capaces de erosionar su cordura grano a grano, como la arena que ahora azotaba su rostro bronceado. Apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió y siguió caminando, el peso familiar de su espadón contra la espalda proporcionándole el único consuelo que conocía en este mundo de dudas perpetuas. La empuñadura, gastada por años de uso, se había moldeado a la forma de su mano derecha.
Ajustó la capucha de su túnica color arena, observando como las nubes se acumulaban e la distancia con la promesa de una tormenta que bien podría durar días. En Zayrhan, las tormentas de arena no eran simples fenómenos meteorológicos como las lluvias o nevadas en las tierras del norte. Eran entidades vivientes que reconfiguraban el paisaje según su capricho, como si el desierto mismo escribiera y reescribiera la historia con cada ventisca, borrando caminos, sepultando ciudades enteras bajo mantos dorados de olvido.
Los ancianos de su tribu solían decir que las tormentas poseían memoria, que recordaban los nombres de quienes las habían desafiado y regresaban para cobrar venganza en los momentos más inesperados.
Los susurros se intensificaron, ya no simples murmullos sino algo que rozaba la comprensión. Las palabras parecían provenir de múltiples direcciones a la vez, creando una cacofonía que hacía que su cabeza pulsara con un dolor sordo que se extendía desde la base del cráneo hasta las sienes. Bassel se detuvo, llevando la mano al mango de su espadón, pero los dedos encontraron solo el cuero gastado de la empuñadura. El metal del arma estaba extrañamente caliente.
El instinto le gritaba que corriera, que buscara refugio en las formaciones rocosas que había divisado momentos atrás. Pero la distancia era demasiada, y la tormenta se acercaba con la velocidad implacable de una avalancha. Cerró los ojos por un momento, intentando escuchar con mayor detenimiento.
El viento cambió de dirección con la brutalidad característica del desierto, y las primeras ráfagas de arena alcanzaron su rostro con fuerza renovada. La tormenta se aproximaba más rápido de lo que calculaba. En la distancia, los pilares de arena ya comenzaban a formarse, columnas retorcidas que se alzaban hacia el cielo como dedos gigantescos de un titán enterrado tratando de liberarse de su prisión subterránea.
La pared de arena se alzaba ahora ante él como una montaña en movimiento, oscureciendo el sol del mediodía y tiñendo su vista de un color ambarino y amenazante que recordaba a la sangre diluida. Los primeros vientos lo golpearon con fuerza, obligándolo a plantar con firmeza los pies en la arena mientras se envolvía en su capa. Los granos comenzaron a volar a su alrededor, creando remolinos diminutos que parecían danzar con vida propia antes de ser arrastrados por corrientes más poderosas hacia el corazón de la tormenta. El aire mismo parecía espesarse, cargándose de una electricidad que hacía que los vellos de sus brazos se erizaran bajo la tela de la túnica
El primer muro de arena lo golpeó como un puño gigantesco antes de que pudiera reaccionar. Se tambaleó hacia atrás, cubriéndose el rostro con el antebrazo mientras la visibilidad se reducía a apenas unos metros. El rugido del viento ahogaba cualquier otro sonido, incluso los susurros que estuvieron atormentándolo durante kilómetros, reemplazándolos con una sinfonía ensordecedora de destrucción.
Entonces, en medio del rugido creciente del viento y la danza caótica de arena y roca que lo rodeaba, Bassel vio algo que no debería estar allí.
Una figura solitaria se movía entre la tormenta, tambaleándose contra el vendaval. La silueta era pequeña, envuelta en ropajes color rojizo que el viento agitaba como banderas deshilachadas. Por un instante, se detuvo.
Las visiones regresaron después de todo. Pero esto… esto parecía diferente. Los movimientos de la figura eran torpes, muy humanos, luchando contra el viento con la misma desesperación que él mismo sentía.
«No volveré a caer en esa trampa», murmuró contra el rugido de la tormenta, forzándose a apartar la mirada. «Nunca más.»
No podía permitir que eso volviera a suceder. Sus pensamientos se fragmentaron, mezclándose con el rugido omnipresente del viento. Siguió caminando, manteniendo la cabeza baja y confiando en su instinto para encontrar refugio antes de que la tormenta alcanzara su máxima intensidad.
La figura en la distancia se movía paralela a su trayectoria, siempre manteniéndose en el límite de su visión periférica pero nunca acercándose lo suficiente como para confirmarse. Cada vez que giraba la cabeza para mirarla, la silueta parecía disolverse entre las cortinas de arena, solo para reaparecer en su visión periférica momentos después.
Bassel ajustó su rumbo hacia el norte, donde las formaciones rocosas prometían la posibilidad de refugio.
La figura en la distancia cambió de dirección también, siguiendo sus movimientos como una sombra obstinada. Los susurros que logró suprimir bajo el rugido de la tormenta comenzaron a filtrarse de nuevo, más insistentes.
La tormenta se intensificó con una ferocidad que rayaba lo sobrenatural. Arena y rocas pequeñas volaban por el aire como proyectiles, obligando a Bassel a mantener los ojos casi cerrados mientras navegaba por instinto hacia lo que esperaba fuera seguridad. El canto en su interior respondía a la proximidad del peligro, creando una red de percepción que le permitía detectar obstáculos y cambios en el terreno a pesar de la ceguera temporal.
Fue entonces cuando algo se aferró a su pierna.
La sensación fue tan inesperada, tan real, que casi perdió el equilibrio en la arena que cambiaba bajo sus pies. No era el roce fantasmal de una visión. Era una mano, desesperada y temblorosa, que se agarraba a su pierna con la fuerza de quien se aferra a la vida misma. Se giró, luchando contra el viento que amenazaba con derribarlo como una torre mal construida, y vio a la figura que creía una alucinación.
Era real. Terrible e innegablemente real.
La tormenta le impedía ver del todo su rostro, pero pudo apreciar el pelo rojizo característico de los de su corona. Sus ojos dorados, que deberían haber brillado con la luz interior de su raza, estaban opacos por la deshidratación y la fatiga extrema. Marcas tribales decoraban sus brazos y rostro en patrones que Bassel no reconocía
―Ayuda.
Fue lo único que alcanzó a oír por encima del rugido de la tormenta. La voz era femenina, joven, y llevaba en sí una nota de desesperación que hizo que algo se removiera en el pecho de Bassel.
Dudó. Las visiones podían ser muy convincentes. Su mente demostró tener una capacidad aterradora para crear ilusiones que parecían reales hasta en el más mínimo detalle. Pero algo en la forma en que la arena se pegaba a los ropajes de la joven, en cómo el viento la sacudía con la misma brutalidad implacable que lo afectaba a él, le decía que esto era diferente.
Esto era real.
Los labios de la joven se movían, formando palabras que el rugido de la tormenta devoraba antes de que pudieran alcanzar los oídos de Bassel. Pero no necesitaba escuchar nada más para entender la súplica desesperada en sus ojos. Sin pensarlo más, se inclinó y la tomó en sus brazos. Era más ligera de lo que esperaba, quizás demasiado. La cargó contra su pecho, protegiéndola del viento con su capa mientras luchaba por mantener el equilibrio.
Avanzar se convirtió en una prueba de resistencia que puso a prueba cada fibra de su ser. La joven no era una carga pesada, pero el viento parecía haberse intensificado. Arena y pequeñas rocas lo golpeaban desde todas las direcciones, creando una sensación constante de ser bombardeado por proyectiles diminutos.
Cuando ya comenzaba a pensar que la tormenta los consumiría a ambos, divisó la salvación en forma de una abertura oscura. Una cueva, pequeña pero suficientemente profunda para ofrecerles refugio contra la furia del desierto. Bassel se dirigió hacia ella, luchando contra el viento que parecía empeñado en arrastrarlo en la dirección opuesta.
El interior de la cueva era un oasis de silencio relativo después del caos exterior. El rugido de la tormenta se reducía a un murmullo constante que rebotaba contra las paredes de piedra, creando ecos que se sentían casi musicales después de la cacofonía ensordecedora del exterior.
Bassel depositó a la joven sobre el suelo rocoso con el cuidado de quien maneja algo precioso y frágil, asegurándose de que su cabeza descansara sobre una porción elevada.
Fue entonces, en la penumbra filtrada de la cueva, cuando pudo verla por primera vez sin el velo distorsionador de la tormenta.
Era hermosa con la belleza salvaje característica de los Aradim. La estructura de sus pómulos, alta y definida, la curva específica de sus labios, la forma en que sus pestañas proyectaban sombras delicadas sobre sus mejillas. Todo de alguna forma le hizo recordar a Nazirah.
Se alejó de ella y se sentó cerca de la entrada de la cueva, donde podía observar la tormenta que continuaba azotando el exterior con furia. El viento creaba patrones hipnóticos en las cortinas de arena. En otras circunstancias, tal vez habría encontrado belleza en el espectáculo.
Pero los susurros no lo dejaban en paz.
Eran más fuertes ahora. Voces que parecían provenir de las mismas paredes de piedra, de la arena que se acumulaba en la entrada, del aire mismo. No podía distinguir palabras claras, pero el tono resultaba inconfundible. La mayoría eran lamentos. Otros suplicas.
Cerró los ojos e intentó aplicar lo que Nazirah le había enseñado cuando las voces persistían y amenazaban con destrozar su mente. Pero las voces esta vez eran demasiadas, filtrándose a través de cada barrera mental como el agua encontrando grietas en una presa mal construida.
¿Cometió un error al salvar a la chica? Los susurros parecían sugerir que sí, que su acto de compasión alteró algo que debería haber permanecido intacto. Pero cuando la miró, durmiendo sobre su capa extendida como una manta improvisada, algo en su interior se rebelaba contra esa idea con la fuerza de una convicción que no sabía que aún poseía.
Fuera lo que fuese lo que los susurros representaran, no podían estar en lo correcto si sugerían que salvar una vida era un error. Había cometido muchos errores en su vida, había tomado decisiones que lo perseguirían hasta el día de su muerte, pero no podía, no se permitiría creer que la compasión fuera una de ellas.
La tormenta seguía rugiendo afuera, y Bassel se acomodó para esperar, sabiendo por experiencia que las tormentas podían durar desde unas pocas horas hasta varios días dependiendo de las circunstancias.
Pero mientras observaba las cortinas de arena danzar en el viento y escuchaba los susurros que no podía acallar, una parte de él se preguntaba si esta vez había encontrado algo que podía estar más allá de su capacidad de comprensión o control. Y esa incertidumbre, más que cualquier tormenta física, era lo que de verdad lo perturbaba mientras el desierto cantaba su canción eterna alrededor de su refugio temporal.
Cuando abrió los ojos, que no recordaba haber cerrado, ella lo estaba mirando. Sus ojos dorados lograron recuperar algo de su brillo natural, aunque aún mostraban signos de fatiga extrema. Se incorporó lentamente.
―¿Dónde estoy? ―preguntó.
Bassel logró enfocar sus ojos lo suficiente como para verla con claridad. Buscó signos de delirio o confusión, pero lo único que encontró fue una mirada brillante. Una recuperación rápida. Demasiado como para ser natural.
―En refugio temporal ―respondió él, incorporándose para revisar de nuevo el exterior donde la tormenta continuaba con furia disminuida pero aún peligrosa―. Pasará un tiempo hasta que la tormenta amaine y podamos salir de aquí. Eso si el desierto no decide enterrarnos por capricho.
Bassel trató de incorporarse, pero una mueca de dolor le recordó la herida que había estado ignorando desde su batalla con el Dunamorte. La joven alzó una mano, mostrando algo que parecía ser preocupación genuina.
Su mirada se dirigió al torso de Bassel, donde la túnica fue desgarrada durante su huida de la tormenta, revelando una mancha de color púrpura oscuro que se extendía desde justo debajo de las costillas hasta el área del hígado.
El veneno del Dunamorte.
―Esa herida… ―murmuró la joven, acercándose para ver―. ¿Qué te ha ocurrido?
―Nada que deba preocuparte.
Pero la joven no se dejó disuadir.
―¿Se trata del veneno del Dunamorte? ―preguntó sin necesitar respuesta―. Eso debe tratarse cuanto antes o comenzará a extenderse hacia los órganos vitales. Si no se trata dentro de las primeras horas…
La precisión de su diagnóstico lo sorprendió. No muchas personas fuera de los sanadores especializados podrían identificar el veneno de Dunamorte con tanta facilidad, especialmente no alguien que aparentaba ser tan joven.
―Si hubiera sido mortal, ya estaría muerto.
―¿En serio?
―No te preocupes ―dijo Bassel, aunque la comezón constante en el área afectada contradecía sus palabras―. Puedo lidiar con esto. He sobrevivido a cosas peores.
Cuando ella se inclinó hacia él para examinar la herida más de cerca, su rostro quedó iluminado por los rayos de luz filtrada que se colaban por la entrada de la cueva. Por un momento devastador, Bassel vio el rostro de Nazirah superpuesto al de la extraña, la misma expresión de preocupación genuina, la misma determinación de ayudar sin importar el costo personal. El parecido lo golpeó con una fuerza que le robó el aliento, y tuvo que apartar la mirada para mantener la compostura.
―Puedo curarlo ―dijo la joven, ajena al efecto que había tenido sobre él―. Si me lo permites, claro.
Antes de que Bassel pudiera protestar, las manos de la joven adoptaron un brillo verdoso que parecía emanar desde el interior de su piel, como si hubiera capturado la esencia de las plantas del oasis y la hubiera concentrado en sus palmas. Dirigió esas manos hacia la zona afectada. Mientras apoyaba las manos sobre la marca envenenada, Bassel sintió una sensación de frescor que se extendía desde el punto de contacto hacia el resto de su torso, como si pequeños arroyos de agua helada estuvieran fluyendo bajo su piel.
―¿Eres sanadora? ―preguntó.
―Una aprendiz por ahora ―respondió ella sin desviar su atención de la tarea―, pero debería ser suficiente para neutralizar el veneno.
Bassel fijó la vista en el centro del hematoma. El violeta se disolvía poco a poco, tragado por su piel como tinta atrapada en un remolino. Cada trazo se desvanecía sin dejar rastro, su contorno borrado por una calma líquida. Ningún dolor, solo una presión tibia que lo recorría como si la carne respirara por dentro. Aun así, la comezón no cedía; reptaba con insistencia, como si algo ahí debajo se negara a soltarlo.
La luz verdosa que emanaba de las manos de la chica pulsaba con un ritmo que recordaba al latido de un corazón, creando ondas de energía que se extendían a través de su piel. Mientras seguía trabajando, su atención se dirigió hacia las marcas en los antebrazos descubiertos de Bassel. El tatuaje tenía una amplia línea que parecía cortado por la mitad.
―¿A qué tribu perteneces?
Su voz llevaba una curiosidad genuina, pero había algo en la forma en que formuló la pregunta que hizo sospechar a Bassel.
―A la tribu Morthak. Aunque lo correcto sería decir que pertenecía.
La expresión de la joven no cambió de la manera que Bassel había anticipado. En su lugar, parecía confundida.
―Nunca he escuchado hablar de esa tribu ―inclinó la cabeza mientras examinaba las marcas con renovado interés.
La respuesta sorprendió aún más a Bassel. No parecía importarle el por qué había abandonado su tribu, sino que no entendía a cuál se refería.
Era imposible.
Completamente imposible. La tribu Morthak no era una tribu menor o remota cuya existencia pudiera pasar desapercibida para algunos habitantes del desierto. Sus territorios se habían extendido desde las Dunas Cantantes en el norte hasta los Pozos de Cristal en el sur, abarcando algunas de las rutas comerciales más importantes del continente.
No existía un solo asentamiento en todo Zayrhan, donde el nombre Morthak no fuera conocido y respetado. Los mercaderes contaban historias de sus hazañas alrededor de las hogueras nocturnas.
―¿De qué parte del desierto dices que vienes? ―preguntó Bassel.
―No muy lejos de aquí ―respondió ella ―. Lo cierto es que me encontraba con mi padre cuando la tormenta de arena nos alcanzó. Más tarde lo perdí de vista y entonces desperté luego de perder el conocimiento. Te agradezco que me hayas salvado.
Bassel frunció el ceño. Había estado observando el horizonte durante horas antes de que la tormenta los engullera, y no recordaba haber visto ninguna otra figura, cercana o lejana, moviéndose entre las dunas. El desierto revelaba sus secretos a quienes sabían mirar, y su entrenamiento en el Canto logró agudizar sus sentidos hasta niveles que rayaban lo sobrenatural. Aún lo sorprendía la forma en la que la joven apareció sin previo aviso, como si se hubiera materializado de la arena misma.
―Ya he terminado ―dijo la joven, poniéndose en pie y ajustando su túnica―. El veneno ha sido neutralizado, aunque es posible que experimentes algunas molestias menores durante los próximos días mientras tu cuerpo elimina los últimos residuos.
Bassel presionó con los dedos la zona donde el veneno lo había marcado. Solo piel intacta, sin irregularidades, sin calor. Un silencio tibio se extendía bajo la superficie, pero la molestia no se marchaba. Algo permanecía allí, invisible, como la memoria de una herida.
―Conviene movernos pronto. La tormenta no tardará en aminorar.
Ella asintió, pero su mirada se extravió hacia lo profundo de la cueva. Las sombras más allá del fuego parecían engrosarse. Un parpadeo más, y sus ojos permanecieron clavados allí. No pestañeaba.
―¿Falta algo que deba saber? ―preguntó Bassel―. No me has dicho tu nombre.
Ella titubeó.
―¿Aún no te lo he dicho?
―No, que yo recuerde.
Cuando la muchacha respondió, las voces irrumpieron sin aviso en la consciencia de Bassel, impidiéndole escuchar la de la chica. Una marea de dialectos desconocidos golpeó el interior de su frase, cada frase cancelando a la anterior.
Bassel tomó el espadón apoyado contra la pared rocosa de la cueva y atrajo a la muchacha hacia él con su brazo libre. Ella se sonrojó, apenas un rubor, pero no se apartó.
―¿Qué estás…? ―comenzó a preguntar.
―Silencio ―cortó Bassel―. Algo se acerca.
―¿A qué te refieres? Yo no escucho nada.
―Será mejor que te quedes a mi lado si no quieres morir.
Cerró los ojos, buscando concentrarse mejor en las voces de su cabeza que ahora se habían convertido en un coro de advertencias. Los cerró con más fuerza, tratando de filtrar la información útil de entre los numerosos susurros que decían miles de palabras. Las voces hablaban de una presencia masiva moviéndose bajo la arena.
Algo se acercaba. Algo grande. Y no era solo uno.
Múltiples presencias se movían bajo la superficie, criaturas masivas que navegaban por la arena con la misma facilidad que los peces por el agua. Sus formas creaban distorsiones en los patrones naturales del desierto.
Bassel se lanzó hacia la izquierda, arrastrando a la chica consigo justo cuando una bestia colosal atravesó la arena donde estuvieron parados, emergiendo con unas fauces que podrían haber engullido a un caballo entero. La criatura abrió agujeros de entrada y salida con sus enormes mandíbulas, creando túneles que se desmoronaron tras su paso.
El ataque falló por centímetros. Fragmentos de roca y arena llovieron sobre ellos mientras la bestia se sumergía de nuevo en la arena, preparándose para otro asalto.
―¿Qué es esa cosa?
Se aferró aún más al brazo de Bassel.
―Una pesadilla del desierto ―respondió Bassel sin soltarla.
Su forma recordaba a un gusano titánico. En su rostro se abría una cavidad circular llena de múltiples hileras de placas córneas, afiladas y dispuestas como pétalos mortales que triturarían todo lo que atraparan. A cada lado de su boca, dos gigantescos apéndices en forma de garras se arqueaban hacia adelante, diseñadas para atrapar presas o perforar rocas con facilidad espantosa. De sus flancos sobresalían espinas óseas retráctiles, que usaba para impulsarse por la arena o para emboscar desde abajo con precisión letal.
No tenía ojos visibles en el sentido tradicional. Se guiaba por las vibraciones del suelo, por el ritmo de los pasos temblorosos y los ecos lejanos que se propagaban a través de la arena y la roca. Su nombre provenía de su modo de cazar. Se decía en las leyendas más oscuras que donde la pesadilla del desierto pasaba, la arena nunca volvía a asentarse del todo, permaneciendo inquieta como si recordara el paso de la criatura.
La pesadilla del desierto se sumergió de nuevo en la arena, desapareciendo igual que había aparecido. Pero Bassel sabía que seguía ahí. El silencio resultaba más ominoso que cualquier rugido. Significaba que estaba cazando, acechando, esperando el momento perfecto para atacar.
―Necesitamos salir de aquí ―murmuró.
El deslizamiento de arena logró formar un muro desigual frente a la entrada. Un corte certero bastaría para abrir paso, pero corría el peligro de que la cueva se derrumbase al hacerlo. No tenían mucho tiempo para pensar. La criatura daría la vuelta tarde o temprano, probablemente desde un ángulo diferente para maximizar sus posibilidades de éxito.
El suelo vibró. No un temblor abierto, sino un cosquilleo preciso bajo las botas. Una señal. El cuerpo gigantesco maniobraba de nuevo, deslizando toneladas de músculo bajo la arena.
Los susurros estallaron en la mente de Bassel, trazando rutas de escape. Ocho segundos para que atacase desde abajo. Justo donde estaban parados.
―Cuando te diga, salta hacia la derecha ―le susurró a la muchacha.
La criatura volvió a arremeter, pero esta vez Bassel estaba preparado. Saltaron hacia un lado justo cuando las mandíbulas emergían del suelo como una trampa mortal, abriendo más agujeros en el proceso. En el rostro se abría una cavidad circular llena de múltiples hileras de placas.
Bassel se mantenía a la defensiva, usando los susurros para anticipar los ataques de la criatura mientras protegía a la chica de los fragmentos de roca que volaban con cada embestida. Cada una era diferente a la anterior, dirigida hacia donde la criatura predecía que estarían basándose en sus movimientos previos. Era claramente un depredador experimentado, acostumbrado a cazar presas que intentaban escapar.
La danza mortal continuó. Bassel y la chica saltaban, se agachaban y corrían por el espacio cada vez más reducido de la cueva mientras la criatura destruía su refugio. Pedazos del techo comenzaron a caer cuando los ataques constantes debilitaron la estructura de la caverna.
―¡El techo va a colapsar! ―gritó la chica, señalando las grietas que se extendían como telarañas por encima de sus cabezas.
Tenía razón. Los ataques lograron comprometer la integridad estructural de la cueva. En cuestión de minutos, todo el espacio se convertiría en una tumba de roca y arena.
Fue entonces cuando el suelo bajo ellos terminó derrumbándose.
La sección central de la cueva, debilitada por los ataques repetidos del monstruo, cedió con un rugido ensordecedor. Bassel apenas tuvo tiempo de agarrar a la chica antes de que la superficie rocosa se desintegrara, enviándolos a ambos hacia las profundidades de lo que se reveló como una caverna mucho más vasta. Sintió la sensación de caída libre mientras él y la chica se precipitaban hacia las profundidades, rodeados por una cascada de rocas y arena que los siguió en su descenso.
Mientras caían al vacío, acompañado por el grito de la muchacha, logró mirar hacia abajo para ver que estaban en verdaderos problemas.
Enormes fauces se abrían debajo de ellos, provenientes de otra pesadilla del desierto, pero muchísimo más grande que la que estuvieron evitando. Un gigante con mandíbulas que podrían haber tragado una casa entera sin dificultad.
La muchacha gritó, aferrándose todo lo posible a Bassel.
―¡Vamos a morir!
―No te preocupes.
―¿Cómo no voy a preocuparme? ¡Estamos cayendo directo a las fauces de esa cosa!
―Confía en mí.
Antes de que la muchacha pudiera replicar, notó como el cuerpo de Bassel comenzaba a brillar.
«Maestro, lo siento, pero voy a tener pedir prestada tu fuerza.»
Su cabello rojizo comenzó a adoptar un tono blanquecino que se extendía desde las raíces hacia las puntas como escarcha cubriéndolo todo. Su piel se oscureció varios tonos, adquiriendo el bronceado profundo de alguien nacido bajo soles más despiadados.
El metal pesado y ancho de su espadón se remodeló a sí mismo, volviéndose más delgado y ligero. Su nueva forma recordaba a una katana con un filo de color rojo que parecía pulsar con vida propia.
La primera pesadilla del desierto emergió de las paredes de la grieta y arremetió contra ellos mientras aún caían. Pero Bassel ya no era el mismo hombre de antes. En lugar de evadirlo, se apoyó sobre el lomo de la criatura, usando su impulso para catapultarse hacia arriba en un arco imposible. La fuerza de su salto envió a la criatura estrellándose contra las paredes rocosas con un sonido que reverberó por toda la caverna como el rugido de una avalancha.
En medio del salto, la muchacha se escapó de sus brazos, pero logró agarrarse a una protuberancia rocosa en la pared de la grieta, salvándose de las fauces gigantescas que aguardaban abajo.
Más pesadillas del desierto, alertadas por el caos, emergieron de túneles ocultos en las paredes de la grieta. Bassel las enfrentó en el aire, moviéndose entre ellas, cortándolas con su espada. Su nueva forma le proporcionaba una agilidad y velocidad que antes no poseía.
«Aquí está pasando algo raro»
A pesar de que la joven se encontraba indefensa en su percha rocosa, ninguna de las criaturas dirigía sus ataques hacia ella. Todas, sin excepción, enfocaban su furia en Bassel, como si respondieran a algún imperativo que lo marcaba como la única amenaza verdadera en la caverna.
¿Qué estaban buscando realmente? ¿Y por qué ignoraban por completo a una presa tan vulnerable?
A medida que realizaba cortes con la espada, el filo se calentaba, acumulando energía térmica con cada movimiento. El metal comenzó a brillar, primero con un resplandor sutil que se intensificó hasta convertirse en una luminosidad casi cegadora. La temperatura del arma aumentaba de manera proporcional a la violencia del combate.
Una vez que el filo se calentó lo suficiente, alcanzando un punto donde el metal parecía estar al borde de la fusión, Bassel sintió que el momento había llegado.
Alzó la espada por encima de su cabeza.
―¡Solsticio! ―gritó con una voz que resonó por toda la caverna.
Una columna de fuego masiva descendió desde su espada como una cascada, un torrente de llamas tan intenso que transformó la arena en vidrio y convirtió las formaciones rocosas en lava fundida. La columna se extendió en todas las direcciones, creando una explosión de calor y luz que alcanzó cada rincón de la caverna subterránea. Las pesadillas del desierto fueron consumidas al instante, sus chillidos de agonía mezclándose en una sinfonía de destrucción que duró apenas unos segundos antes de ser silenciada para siempre.
La criatura masiva que esperaba devorarlos recibió el impacto completo del ataque. Su rugido de dolor sacudió toda la estructura subterránea, provocando avalanchas menores que llenaron el aire de polvo y fragmentos rocosos. Cuando las llamas se extinguieron, lo que quedaba era un túnel carbonizado que se extendía hacia la superficie, ofreciendo una ruta de escape que no existía momentos antes.
Bassel logró dirigir su caída hacia una formación rocosa que le proporcionó apoyo. Su cabello recuperó el color rojizo natural, su piel regresó a su tono original, y su arma volvió a adoptar la forma familiar del espadón. Sin embargo, el cansancio que siguió a la manifestación de tal poder era evidente en cada línea de su cuerpo.
El derrumbe de arena siguió al colapso de las criaturas. Una cascada dorada comenzó a fluir desde los niveles superiores, amenazando con sepultar toda la caverna bajo toneladas de sedimento del desierto. La joven, que había logrado mantenerse aferrada a su protuberancia rocosa durante el caos, perdió el agarre cuando una porción de la pared se desmoronó.
Bassel la vio caer y se movió para rescatarla. Sus dedos rozaron los de ella por un momento, pero la fuerza de la cascada la arrastró antes de que pudiera asegurar un agarre firme. La vio desaparecer en el torrente dorado, su grito ahogado por el rugido de millones de granos en movimiento.
El resto del colapso lo obligó a buscar refugio tras una formación rocosa masiva que logró resistir el ataque de fuego. Cuando la avalancha se asentó, despertó en una cámara enterrada, montañas de arena bloqueando la mayoría de las salidas.
Lo que más le preocupaba era el destino de la muchacha. Pensaba en donde podría haber terminado o si seguiría con vida cuando escuchó una voz a sus espaldas.
―¡Eso fue impresionante!
Giró sobre los talones, arrastrado por una punzada que le recorrió la nuca.
La misma chica estaba allí, sin polvo cubriéndole el rostro o la más mínima arruga en la ropa. Ni una sombra de arena adherida a los pliegues, ni un mechón desordenado. Ni una marca. Ni una grieta. La misma expresión calma. Los ojos igual de claros.
El cuerpo de Bassel se tensó.
―¿Cómo…?
Recordaba. Cada segundo. La cascada devorándola. El chillido ahogado. El momento exacto en que su brazo no logró alcanzarla. La vibración del suelo bajo sus pies mientras todo se desplomaba. Las paredes habían engullido su figura y en cambio. Ella estaba allí. Justo frente a él.
La observó. No solo con los ojos, también con el instinto. Algo no encajaba. Como si la luz que la tocaba no obedeciera las mismas reglas. Como si sus bordes se suavizaran donde el mundo debía recortarla.
Quiso preguntarle qué fue lo que pasó. Pero la pregunta murió en su garganta, y una más urgente tomó su lugar.
―¿Cuál es tu nombre?
Ella ladeó la cabeza.
―¿Otra vez? Te lo dije antes.
Bassel se quedó mirándola, lo que la incomodó un poco.
―Te lo diré, pero más te vale no olvidarlo de nuevo.
Permaneció alerta, atento a cualquier susurro que taladrase su cabeza como la última vez. Lo extraño era que las voces callaban.
―Mi nombre es Shira y soy de Thalvareth. Supongo que no la conoces.
Thalvareth.
El nombre resonó en su interior con una familiaridad que lo perturbaba, como el eco distante de una canción de la que apenas recordaba fragmentos. Había escuchado ese nombre antes, hacía mucho tiempo, en algún lugar. Pero de no lograba recordar donde. La memoria permanecía demasiado lejana en el interior de su mente.
Cerró los ojos. Buscó el recuerdo entre la niebla. Lo rozó, pero este retrocedió como una figura tras un velo húmedo. La memoria permanecía anclada justo fuera de alcance.
Y entonces, un rostro surgió.
El de Nazirah.
«¿Por qué vienes ahora?»
Sin embargo, no fue solo su rostro lo que ocupaba sus pensamientos, sino también los extraños grabados de sus brazos. Bassel giró la cabeza y miró los brazos desnudos de Shira.
El mismo patrón o casi. Una línea que giraba hacia la izquierda en lugar de la derecha. Un glifo adicional, oculto bajo la curva del codo. Las diferencias apenas visibles, pero ahí estaban.
―La conozco.
―¿De verdad?
―Sí. Pero… ¿estás segura de que ese es tu pueblo?
Estudió el rostro de Shira con una nueva intensidad, buscando alguna pista que pudiera ayudarle. Un nombre parecido. Podría ser. No sería extraño y sería una respuesta mucho más coherente que la que él ingenió.
La muchacha en cambio pareció incluso algo molesta por la pregunta.
―Por supuesto que estoy segura. Es mi hogar.
El nombre volvió a resonar en su memoria, pero esta vez a través de las palabras de Nazirah.
“Thalvareth es el lugar más hermoso que puedas imaginar. Me encantaría que pudieses verlo con tus propios ojos. Pero, eso ya no es posible porque…”
Porque ese pueblo…
Ya no existe.
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