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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Peligroso
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15: Peligroso 15: Peligroso Una vez los ecos finales de la ceremonia se apagaron, el gentío que abarrotaba la plaza comenzó a dispersarse.

Jóvenes buscando a sus familias entre la multitud menguante, algunos con miradas radiantes de orgullo, otros con sombras de decepción en sus rostros.

Tras un adiós apenas murmurado por Lyra, donde Kayn aún no se atrevió a cruzar miradas, se abrió paso junto a Burst entre los grupos que se deshacían, sintiendo cada carcajada y cada conversación alegre como una puñalada en su pecho.

La brisa arrastraba risas lejanas y ecos de felicitaciones, pero cada sonido se convertía en una dolorosa burla dirigida a él.

Al llegar al borde del recinto, Kayn distinguió a sus padres junto a un viejo muro de piedra cubierto de musgo.

Thalia permanecía erguida, los dedos entrelazados frente al abdomen.

Una sombra cruzaba su rostro.

No brillaba en sus ojos ni en sus labios: se alojaba en las comisuras, en la leve tensión de la mandíbula, en el intento frustrado de pronunciar palabras imposibles de encontrar.

El primero en acercarse fue Pong, quien miraba con una expresión de pena a Kayn.

Estuvo a punto de abrazarlo cuando él le hizo un gesto para que no se acercara.

El panda respondió con un gruñido triste y dirigió su atención hacia el oso que permanecía en el hombro de Burst, el cual ya volvió a su forma normal.

Gael, por otro lado, se mantuvo inexpresivo.

Sus ojos pasaron por encima de su hijo sin detenerse, fijándose primero en Burst.

―Enhorabuena, Leo.

Burst se limitó a inclinar la cabeza en silencio.

A un costado, Grok se deslizó con agilidad desde el hombro de su domador hasta situarse frente a Pong.

El panda lo examinó con curiosidad, sus ojos entrecerrados escrutando al guardián antes de emitir un gruñido que Grok devolvió con respeto, reconociendo la superioridad del guardián.

Kayn no se movió.

Se fundió con el silencio, la mirada hundida en las grietas que cortaban el suelo entre baldosas.

Su padre giró al fin hacia él.

Una mano descendió sobre su hombro.

No pidió permiso.

―Parece que no te ha sonreído la fortuna.

Él no ofreció respuesta alguna.

Apretó los labios con fuerza, evitando mirarlo a los ojos.

Incluso el peso de aquella mano le resultaba insoportable.

Gael, buscando animarlo, comenzó a despeinarle con una familiaridad juguetona que, lejos de confortarle, lo enfadó todavía más.

Se zafó con brusquedad, apartando la mano como si quemara, y le lanzó una mirada cargada de resentimiento.

A Gael, sin embargo, aquello no pareció molestarlo.

―No te preocupes tanto ―continuó―.

Si el camino del domador se te cierra, me aseguraré de que te conviertas en un espadachín formidable.

Para el entrenamiento de hoy te tengo una sorpresa preparada.

―No me interesa ―replicó Kayn.

Evitó la mirada directa de su padre, se ajustó la capucha de su chaqueta hasta que las sombras ocultaron la mayor parte de su rostro y hundió las manos en los bolsillos―.

Voy a dar una vuelta.

Sin aguardar permiso ni reparar en el gesto de perplejidad que asomó en el rostro de Gael, Kayn se alejó por las calles adoquinadas.

En otra ocasión habría decidido ir a entrenar sin pensarlo.

Sin embargo, ahora mismo no tenía ganas de hacer nada.

Solo deseaba desaparecer.

Burst vaciló apenas un segundo, dirigió una breve inclinación de cabeza hacia los padres y aceleró el paso para seguir la estela de su amigo, dejando a la pareja atrás.

Thalia permaneció inmóvil, contemplando la figura encorvada y lejana de su hijo con un dolor silencioso reflejado en su mirada.

Al percibir aquella tristeza en su esposa, Gael se aproximó, pasando un brazo cálido alrededor de su cintura y atrayéndola hacia él.

―No te preocupes por él.

Se repondrá.

Es fuerte.

―¿De verdad lo crees?

―susurró ella, incapaz de apartar la vista de la silueta cada vez más distante―.

Es la primera vez que lo veo tan… afectado.

―Es normal.

Llevaba años soñando con convertirse en domador.

Seguir mis pasos, supongo.

Me sorprendería que no sintiera el golpe con fuerza.

Pero… ―su tono se endureció ligeramente― si este único revés basta para que abandone todo interés en volverse fuerte, entonces quizá ese sueño no poseía la fuerza que ambos creíamos.

Quizá solo era una ilusión pasajera.

―Nunca creí escuchar semejantes palabras salir de tu boca ―comentó una voz tras ellos.

Ambos se dieron la vuelta para toparse con Rolland Windwalker, que se había acercado en silencio y ahora acariciaba su barba, clavando en Gael una mirada divertida.

―¡Profesor Windwalker!

―exclamó Gael, enderezándose con el mismo respeto rígido con el que un soldado saludaría a su superior―.

Cuánto tiempo sin verlo.

¿Cómo ha estado?

Ah, disculpe… ahora debería llamarlo director Windwalker, ¿verdad?

Thalia, a su lado, ahogó una pequeña carcajada al notar la incomodidad de su esposo, mientras Rolland soltaba una risa profunda.

―Gael Ashborne, hace muchos años que dejaste de ser mi alumno ―intervino el anciano con un tono relajado―.

Llámame, Rolland, por favor.

Además, sospecho que, dadas las circunstancias, soy yo quien debería mostrar respeto.

Escuché que fuiste capitán de la guardia real.

De no ser por ello, jamás habría sabido de ti en todos estos años.

¿Tan difícil era enviarme una carta de vez en cuando?

Valak y Darel lo hicieron.

―Lo siento por eso… En cuanto a mi puesto… Solo lo ostenté durante la Guerra debido a que nuestro capitán falleció.

Al regresar me lo ofrecieron, pero preferí renunciar.

Tenía interés en… ―miró de reojo a Thalia―.

Cambiar.

Ahora me encargo de entrenar a los novatos que llegan.

En cierto modo, se podría decir que estoy medio retirado.

―Notó la pícara sonrisa asomando en el rostro de Rolland y un sutil escalofrío le recorrió la espalda―.

Pero, que conste que no he dejado de entrenar, ¿eh?

Sigo en forma.

Entonces su mirada se desvió hacia el brazo ausente de Gael.

―Al final no pudieron hacer nada por tu brazo, por lo que veo.

―No.

Lo conservé durante mucho tiempo e incluso hablé con los mejores sanadores, pero ninguno pudo hacer nada.

Después de todo, no perdí el brazo ante algo tan simple como un arma.

Pong, percibiendo la presencia familiar, caminó hacia el anciano y apoyó la cabeza contra su pierna.

Rolland sonrió, inclinándose para acariciar el abundante pelaje del panda, quien cerró los ojos emitiendo un suave gruñido de placer.

―Me alegra ver que Pong sigue bien, aunque me imagino que no has escalado más allá del rango Celeste.

―Lo intenté, pero parece que mi vínculo ha alcanzado su límite.

Por mucho que entrene, ya no noto cambios en mi Éther.

Thalia volvió a reír tras él, disfrutando del pequeño momento de incomodidad de su esposo.

Gael reaccionó al instante, recuperando la compostura.

―Cierto, maestro…

digo, Rolland, permítame presentarle a Thalia, mi esposa.

Ella estuvo presente aquel día de la ceremonia.

¿La recuerda?

―Es un gusto conocerle ―Thalia se inclinó―.

Mi marido me ha hablado muchas veces de usted.

―Oh, la recuerdo a la perfección ―Rolland mantuvo una mirada traviesa―.

¿Cómo olvidar a aquella joven decidida que arrastró en calzoncillos al joven Gael para asegurarse de que no se perdiera su propia ceremonia de vinculación?

Supuse que terminaríais juntos.

Una carcajada franca y sonora sacudió los hombros de Rolland, un sonido que atrajo alguna mirada curiosa.

El rostro de Thalia se tiñó de un adorable rubor carmesí al rememorar aquella escena lejana y bochornosa.

Gael carraspeó con fuerza, ansioso por desviar la conversación de aquel recuerdo y redirigirla a un terreno más seguro.

―¿Y usted qué hace aquí, maestro?

¿Alguna razón en particular para volver a Brumavilla después de tanto tiempo?

―Veo que sigues fijándote en cosas insignificantes.

Siempre te costó más aplicar ese ingenio agudo a los estudios que a las estrategias de combate ―espetó, molestando un poco a Gael―.

Pero sí, respondiendo a tu pregunta, me guía un motivo concreto esta vez.

Aunque suelo elegir aldeas al azar a lo largo y ancho del reino para presidir la ceremonia anual, al revisar la lista de aspirantes de este año un nombre en particular capturó mi atención de inmediato.

Para ser precisos, el apellido Ashborne.

Quizás no era quien pensaba, pero no perdía nada por ir a comprobarlo.

―Ya me parecía a mí que miraba mucho a Kayn.

―Así fue.

Lo observé con atención.

Y, aun sin conocer el apellido de antemano, habría adivinado el parentesco con solo verle la cara.

Los dos compartís esa misma expresión terca, esa mirada desafiante de estar buscando perpetuamente el próximo lío en el que meteros.

La expresión de Gael se nubló; esperaba quizás un halago o, al menos, un comentario menos mordaz, pero recordaba que Rolland no acostumbraba a obsequiar admiraciones gratuitas.

―Es una verdadera lástima que tu hijo no lograra forjar un vínculo.

Creo que nunca, en todas las ceremonias que he presidido, presencié una desilusión tan devastadora.

He visto lágrimas, gritos o personas exigiendo repetir la prueba, pero él… de alguna forma, parecía haber perdido hasta las ganas de vivir, como si la luz misma se hubiera extinguido en sus ojos.

―Le hacía mucha ilusión ser un domador.

Supongo que yo tengo la culpa de haberlo influenciado tanto.

―Es muy posible.

Sin embargo, ambos sabemos, Gael, que no todas las puertas se han cerrado para él.

Que aún dispone de una… posible vía alternativa.

Una senda distinta, más ardua quizá, pero existente.

El comentario, lanzado con aparente calma, sacudió la compostura de Gael como un golpe inesperado.

Permaneció en silencio un instante tenso, tratando de procesar lo que había dicho su maestro.

Se llevó la mano hacia la manga que pendía en su brazo ausente, agarrándola como si quisiese comprobar que seguía sin estar ahí.

―¿No cree que será demasiado peligroso para él?

¿Exponerlo a… eso?

―Si lleva tu sangre, dudo que esa palabra figure en su vocabulario ―replicó Rolland―.

No te estoy pidiendo que lo empujes a la aventura mañana mismo, ni que le reveles todos los secretos de golpe.

Pero sí considero sensato, incluso necesario, que le expongas la posibilidad cuando esté listo para escuchar.

Que le permitas sopesarla, meditar sobre ella cuando el dolor de hoy amaine y pueda pensar con claridad.

Déjale que decida el camino que quiere forjar.

Que sea tu hijo no quiere decir que tengáis que vivir los mismos acontecimientos.

Quien sabe… puede que él logre lo que tú nunca pudiste.

―Consideraré su consejo, maestro ―asintió Gael, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto―.

Se lo agradezco.

Rolland apartó la mirada dirigida al lugar por donde Kayn y Burst desaparecieron momentos antes.

―Ahora que el asunto de Kayn está zanjado… ¿podrías decirme dónde se halla ahora el chico de pelo negro?

Creí haber visto que también se dirigía hacia aquí.

Gael parpadeó, procesando la pregunta.

―¿Se refiere a Leo?

Ah, ya veo.

―Su tono adquirió un matiz de ironía afectuosa―.

El viejo instinto del maestro explotador nunca descansa, ¿verdad?

Ya percibes la chispa en él.

Supongo que planeas nutrir ese potencial… tal como hiciste conmigo en… Lejos de reflejar orgullo o satisfacción por el reconocimiento, una sombra de inquietud cruzó el rostro de Rolland.

Sus hombros parecieron hundirse ligeramente bajo un peso invisible.

―Su potencial… sí, lo percibo ―murmuró, su voz perdiendo parte de su firmeza anterior―.

Es innegable que se volverá muy fuerte.

Sin embargo, hay algo más… algo que me eriza la piel.

―Volvió a fijar la vista en Gael, la preocupación grabada en cada arruga de su frente―.

Sus padres.

¿Sería posible hablar con ellos?

La expresión de Gael se ensombreció, la leve ironía desvaneciéndose como humo al viento.

―Leo carece de padres.

Ahora mismo vive solo en una pequeña casa cerca de la nuestra.

Supongo que yo soy lo más cercano a una figura paterna que posee.

―Bien, entonces te lo contaré a ti.

Pero esto debe quedar entre nosotros.

Se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un susurro confidencial, y al escuchar sus palabras el rostro de Gael se tensó por completo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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