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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Yo no iré
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16: Yo no iré 16: Yo no iré El regreso a casa se extendió ante Kayn como un sendero interminable que, con cada paso, parecía alargarse más y más.

Las calles que en otros tiempos lo acogían con familiaridad ahora se sentías grises y desoladas.

El bullicio que solía envolverlo se desvanecía en un zumbido lejano.

A su alrededor, algunos jóvenes caminaban orgullosos junto a sus guardianes recién adquiridos, sus rostros iluminados por la gloria del éxito.

También existían otros como él, compartiendo el amargo sabor del fracaso, pero Kayn sentía que ninguno sufría tanto como él en aquel instante.

Nadie podía comprenderlo en esos momentos.

―¿Cómo te encuentras?

La voz familiar de Burst, inesperada en su cercanía, cortó la neblina gris de sus pensamientos como una hoja afilada.

Tardó varios segundos en procesar la pregunta, en darse cuenta de que su amigo lo había seguido en silencio desde la plaza, respetando su espacio hasta ese momento.

Se detuvo, pero no se giró de inmediato.

―¿Tú qué crees?

―respondió con una brusquedad que no pretendía, pero que en ese momento no fue capaz de controlar―.

Toda la vida esperando por este día.

Toda una maldita vida… y ahora… da igual, ¿de qué sirve lamentarse?

―Ya, entiendo que sea difícil de… ―¿Difícil?

―Kayn soltó una risa hueca, desprovista de cualquier atisbo de alegría, y se giró bruscamente para encararlo―.

¿Qué va a entender alguien que ha obtenido un guardián tan poderoso?

Si lo único que pretendes es mostrar compasión entonces prefiero que te vayas.

Un silencio incómodo se extendió entre ellos, separándolos más que la distancia física.

Las palabras de Kayn habían sido duras, pero Burst sabía que solo brotaban de la herida abierta de su dolor.

Que él, en realidad no pensaba de esa manera.

Solo era la frustración liberada.

―No estabas así cuando hablaste con Lyra ―murmuró Burst, desviando la vista hacia un lado―.

Fingiste bastante bien que no te importaba.

Aquellas palabras lo irritaron aún más, como si Burst se estuviera burlando de él y de su manera desesperada de enfrentar la situación.

―¿Y qué querías que hiciera?

―espetó, fulminándolo con la mirada―.

¡Lo último que deseaba era que se sintiera triste por mi maldito fracaso!

¿Habrías preferido eso, ¿eh?

¿Qué me echara a llorar como un niño allí mismo, delante de todos?

Así habrías tenido un motivo para reírte―Su voz adoptó un tono lastimero y exagerado, una cruel parodia de debilidad―.

“Estoy fatal, Lyra.

Vosotros habéis conseguido un vínculo y yo no.

Ahora tendré que quedarme solo en Brumavilla mientras vosotros disfrutáis en la academia”.

¿Eso te habría gustado más, idiota?

―Para mí ―replicó Burst, manteniendo la calma a pesar del insulto―, que tu intento de restarle importancia y fingir indiferencia solo consiguió preocuparla todavía más.

Te conocemos muy bien.

Kayn dejó escapar un resoplido y reemprendió la marcha, dándole la espalda de nuevo, como si la conversación hubiera terminado sin posibilidad de apelación.

Burst lo siguió de cerca, sus pasos más ligeros y sigilosos que los del joven, resonando apenas en la calle adoquinada que ya empezaba a vaciarse de transeúntes.

Al notar como seguía escuchando los pasos de su amigo que no parecía tener intención de alejarse, Kayn se detuvo en seco por segunda vez.

Clavó la vista al frente sin dignarse a girarse.

―¿Quieres dejar de seguirme de una vez?

Se supone que esta misma noche partís hacia la academia.

¿No deberías estar haciendo las maletas?

Para sorpresa de Kayn, Burst también detuvo su paso justo detrás de él.

Hubo una pausa cargada, un instante suspendido donde algo pareció cambiar en la postura de su amigo, algo que Kayn no supo identificar de espaldas.

―Precisamente quería hablarte sobre eso… ―dijo en voz baja, con un tono inseguro que contrastaba con su determinación anterior―.

Kayn, no voy a ir a la academia.

Lentamente, se giró hacia Burst esperando que de alguna forma aquello solo hubiese sido producto de su mente alterada, una alucinación nacida de su desesperación.

Se quedó en silencio.

―¿Qué es lo qué acabas de decir?

―Has escuchado bien ―afirmó Burst con firmeza, aunque manteniendo la vista clavada en el suelo adoquinado―.

No iré a la academia.

Me quedaré aquí en Brumavilla contigo.

―Burst… ―susurró Kayn, la voz quebrándosele en la garganta―.

¿Te estás escuchando?

Has conseguido un vínculo, y con un guardián muy poderoso, además.

Tienes todo para convertirte en un gran domador.

¿Cómo puedes siquiera considerar tirar todo eso a la basura?

¡Explícame por qué harías algo así!

Después de todo lo que hemos esperado me estás diciendo que vas a abandonar tu sueño.

Burst levantó la cabeza, mirándolo por primera vez a los ojos con una determinación que Kayn raramente había visto en él.

―No se trata solo de mi sueño.

Ser domador fue una promesa que hicimos juntos hace años.

Tú fuiste quien me incitó a hacerlo.

Sería injusto que solo yo pudiera.

Si tú no puedes serlo, entonces yo tampoco quiero.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Kayn abrió la boca para hablar, para gritar, para razonar, pero las palabras se atascaron en algún lugar profundo entre la incredulidad y la culpa, como si su garganta se hubiera convertido en arena.

No podía permitir eso.

Bajo ningún concepto podía dejar que Burst sacrificara su futuro brillante, su única oportunidad dorada, por él.

Por su fracaso miserable.

―¡Deja de decir estupideces!

―gritó con un volumen que resonó por toda la calle.

Algunas cabezas curiosas se giraron para mirarlos con curiosidad.

Incluso Grok dio un respingo y se aferró con más fuerza al hombro de Burst, asustado por la mirada de Kayn―.

¡Te guste o no esta es la maldita realidad!

¡Tú has hecho un vínculo y yo no!

¡Tú tienes que ir a la academia y yo no!

¡No me vengas con esa idea de que no irás porque yo no voy!

¡Lo único que conseguirías sería destruir tu futuro por nada!

―Me da igual lo que digas―replicó Burst―.

Ya he tomado mi decisión.

Y no la cambiaré.

Me quedo.

―¡Bien!

¡Perfecto!

¡Haz lo que te dé la gana entonces!

―zanjó Kayn.

Se giró en un movimiento brusco, violento, dándole la espalda de nuevo―.

¡Pero si te quedas en Brumavilla ni se te ocurra volver a dirigirme la palabra nunca más!

¡Si mañana te veo por aquí olvídate de que somos amigos!

Y sin esperar respuesta, sin concederle siquiera a Burst la oportunidad de réplica, echó a correr desesperado calle abajo, dejando atrás a su amigo plantado solo en medio de la calzada como una estatua.

Ni una sola vez miró atrás; no deseaba ver la expresión de dolor que sabía que estaría pintada en el rostro de su mejor amigo.

El silencio que le siguió pareció volverse eterno.

Sus pies golpeaban el suelo con una urgencia que no podía controlar, cada zancada un escape hacia adelante, como si pudiera dejar atrás no solo a Burst sino también a todo el dolor que lo consumía.

Siguió corriendo hasta que sus piernas protestaron.

Pero le daba igual, lo único quería ahora era alejarse de todo.

Lo único que quería era desaparecer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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