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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 Fracasado
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17: Fracasado 17: Fracasado Tras cruzar varias calles, Kayn alcanzó la silueta familiar de su hogar.

Era una estructura robusta, construida con madera oscura y piedra grisácea.

Tomó la llave escondida en el bolsillo de su pantalón y tras abrir la puerta, la empujó con el antebrazo sin fuerzas o ánimo para usar la mano.

Tropezó al entrar en el recibidor escasamente iluminado.

Un silencio profundo lo recibió y, por un instante agradeció esa ausencia que no le obligaba a dar explicaciones o a tener que aguantar miradas lastimeras.

Ahora mismo solo quería estar solo.

Se acercó a la escalera.

Cada paso lo empujaba hacia el refugio que había aprendido a llamar hogar cuando ya no quedaban más palabras.

Sin querer, su mirada tropezó con el pedestal.

La katana del abuelo seguía allí, silenciosa, envuelta en ese brillo apagado que los años no conseguían desgastar.

En otro momento ya estaría corriendo hacia ella con las manos manchadas de tierra después de haber mejorado su técnica.

Ahora, la simple idea hacerlo, provocó que su estómago se revolviera como si hubiera tragado veneno.

¿Qué pensaría su abuelo si lo viese ahora?

¿Qué diría el hombre cuyas historias lo inspiraron desde niño al contemplar que su nieto ni siquiera había logrado vincularse con un guardián?

Lo mínimo.

Apartó la mirada, como si temiera que el filo mismo pudiera juzgarlo y encontrarlo indigno.

Al alcanzar su habitación lanzó los zapatos contra la pared sin molestarse en acomodarlos y se desplomó sobre la cama.

Hundió el rostro en la almohada y un suspiro, que ya llevaba tiempo conteniendo, escapó de sus labios.

Durante un instante, el cuerpo le pidió rendirse.

Sintió el deseo insoportable de llorar, de liberar toda esa frustración acumulada en forma de lágrimas.

Pero tan pronto como las sintió tras sus párpados, las reprimió con fuerza.

Llorar no serviría de nada, no cambiaría el pasado.

No le devolvería el vínculo perdido ni borraría las palabras lanzadas hacia Burst.

Solo lo dejaría más expuesto, más débil, más vulnerable.

Sus ojos se fijaron en las vigas de madera del techo, que se entrecruzaban en patrones que conocía de memoria, los mismos que observaba la noche anterior cuando el sueño se le escapaba.

Horas y horas perdidas en la ilusión dulce de imaginar un guardián majestuoso, su forma, su personalidad, las habilidades que le otorgaría… Una fantasía cruel, un sueño desvanecido al contacto con la realidad.

Se llevó una mano a la frente, esperando en el fondo de su consciencia que todo se revelase como una pesadilla que desaparecería tan pronto como volviera a abrir los ojos.

Y entonces, todo volvería a empezar… Se levantaría de la cama y disfrutaría de las tortitas que su madre le había preparado por ser su cumpleaños.

Cuando todos estuviesen listos saldrían de casa.

En el camino se encontraría con Burst y Lyra donde tendría que volver a aguantar alguna discusión entre ellos dos, posiblemente por culpa de Burst.

Finalmente llegarían hasta la plaza central y, de alguna manera, terminaría siendo el último en someterse a la prueba.

Todas las miradas se fijarían en él en cuanto posara la mano sobre el orbe, que brillaría con un color rojizo intenso.

Y entonces, aparecería.

Un animal de melena dorada y rasgos felinos comenzaría a tomar forma frente a él.

Un guardián majestuoso.

Finalmente recibiría los aplausos de la multitud y la sonrisa de aprobación de su padre.

Sería perfecto… Una risa amarga escapó de su garganta.

El intento desesperado por convencerse de que aquello podía ser real se desmoronó.

No estaba atrapado en una pesadilla que se disolvería con la luz del alba, sino en la realidad.

La cruel y dura realidad.

Cerró los ojos una vez más, permitiendo que el sueño lo acogiera.

Quizás al despertar, todos ya se habrían marchado.

Todo habría terminado y él podría empezar de cero.

Cuando empezaba a entregarse al sueño, unos golpes suaves resonaron en la puerta, interrumpiendo el breve silencio en el que se había refugiado.

―Kayn, ¿puedo pasar?

La voz preocupada de Thalia se filtró del otro lado de la madera, amortiguada, aunque no lo suficiente para que él no la reconociera al instante.

Se cubrió el rostro con el antebrazo, conteniendo un suspiro prolongado.

¿Por qué no podían dejarle en paz?

Todo cuanto deseaba ahora era que aquel día terminara sin tener que enfrentar a nadie más, sin recibir miradas de lástima o palabras que no podían solucionar nada.

Ni siquiera se molestó en responder.

Hundió la cabeza aún más en la almohada, esperando que ocurriera un milagro y su madre interpretara el silencio como una súplica muda de que no quería hablar con nadie.

Sin embargo, el milagro no llegó.

La puerta gimió con un crujido leve, y Kayn escuchó cómo ella entraba despacio, cerrándola tras de sí con delicadeza.

―¿Cómo te encuentras?

―preguntó, dando pasos ligeros que la llevaron hasta la cama, donde Kayn permanecía hecho un ovillo.

Kayn se giró un poco más hacia la pared, tratando de evitar el contacto visual.

Thalia se sentó en la orilla de la cama.

Aun así, él no se dignó a girarse ni a mirarla.

―Pensaba en preparar la comida ―Su mano buscó con torpeza la pierna bajo la manta, encontrándola finalmente, acariciándola―.

¿Te gustaría que te haga algo en específico?

Después de todo, hoy es tu cumpleaños.

Prepararé lo que tú quieras.

«Sí, el mejor cumpleaños de todos», pensó Kayn con amarga ironía.

―No tengo hambre.

Fue su única respuesta desde que su madre entró a la habitación, y esperó que bastara para que se fuera y lo dejara en paz.

Lejos de hacerlo, la mirada de Thalia reflejó una tristeza profunda y la impotencia de una madre que no sabe cómo aliviar el tormento de su hijo.

Quería encontrar la forma de hacer que se sintiese mejor, pero por mucho que pensase, las palabras adecuadas, las acciones correctas, parecían esquivarla.

―Sé que es difícil aceptarlo, pero a veces las cosas suceden por algo.

De alguna forma sabías que esto podía pasar.

Incluso tú padre te lo advirtió.

Que él lo consiguiera no quería decir que tú también lo fueras a hacer.

Kayn ya lo sabía.

Claro que lo sabía, se lo habían repetido hasta la saciedad, pero eso no mitigaba su frustración, ni hacía menos injusta la realidad.

¿Pero qué importaba ahora?

¿Qué sentido tenía seguir pensando en el fracaso?

―Burst y Lyra lo consiguieron ―susurró contra la almohada―.

Esta noche partirán a la academia y yo me quedaré solo en esta aburrida aldea donde nunca pasa nada.

Es injusto que ellos puedan marcharse y yo no.

―La vida no siempre es justa, Kayn.

A mí también me pasó lo mismo.

Yo fracasé en mi ceremonia… Un guardián apareció frente a mí, pero no tuve la fuerza suficiente para retenerlo y desapareció delante de mis ojos.

―¡¿Lo ves?!

―Kayn se incorporó de golpe―.

A ti al menos se te apareció uno.

Yo ni siquiera tuve esa oportunidad.

¡Ninguno me quiso!

¿Por qué?

¿Por qué si llevo toda mi vida entrenando y esforzándome más que cualquier otro de la aldea?

¿Qué tiene el resto que yo no tenga?

¿Es que acaso los dioses no me quieren?

―No tiene nada que ver con lo que hayas entrenado o te hayas esforzado.

Tu guardián se determina una vez que naces y no existe nada que pueda cambiar eso.

Sé lo que se siente, pero… a veces incluso por mucho que lo deseemos o nos esforcemos… ―¡Qué vas a saber tú!

¡Ni siquiera te importó en primer lugar!

―soltó Kayn en un arranque de ira que lo sorprendió incluso a él mismo.

Los ojos de su madre se humedecieron al instante, lágrimas amenazando con salir como perlas de dolor.

Cuando Kayn se dio cuenta de lo que había hecho ya era demasiado tarde.

―Perdóname, no quería… El daño ya estaba hecho.

Thalia se levantó, su rostro ensombrecido mientras lo único que Kayn podía hacer era mirarla con pena.

Su madre no tenía la culpa de nada.

Lo sabía.

Entendía lo duro que debía ser para ella verlo así, y él… solo le había gritado.

Gritado como un niño inmaduro que no consigue lo que quiere.

Justo antes de salir de la habitación, ella se giró, mostrando una sonrisa demasiado forzada.

―Perdona por haberte molestado… Voy a preparar la comida, pero no hace falta que bajes si no tienes hambre.

La puerta se cerró con un chasquido sordo.

El eco murió de inmediato, sepultado por un silencio aún más denso que el anterior.

Kayn se dejó caer de espaldas sobre el colchón.

El impacto no alivió nada.

Una presión áspera se le clavó bajo el esternón, como si una piedra hubiera empezado a hundírsele en el pecho.

Clavó la mirada en el techo, buscando en esa superficie agrietada alguna respuesta que se atreviera a surgir.

«Qué imbécil», murmuró para sí, mientras el antebrazo le cubría los ojos como una venda mal puesta.

El tiempo transcurrió lento, aunque Kayn perdió por completo la noción de este.

Quizás fueron minutos o tal vez horas, hasta que un nuevo crujido anunció que alguien más entraba en la habitación.

Un escalofrío lo recorrió al pensar que podría tratarse de su madre de nuevo, pero al mirar de refilón advirtió la figura imponente de su padre entrando sin molestarse siquiera en llamar.

Gael se detuvo frente a él, acompañado de Pong, portando el inconfundible uniforme de la guardia real.

Aquel uniforme gris oscuro que, en otros tiempos, cuando aún servía activamente en campañas, llevaba casi a diario.

Tras su retiro del frente, se volvió una prenda que solo usaba para entrenar.

Quizás porque le recordara aquellos días donde pasaba más tiempo blandiendo la espada que descansando.

Pese a estar oficialmente retirado, su reputación como uno de los grandes domadores del reino permanecía intacta.

Su experiencia como capitán hizo que, incluso tras su retirada, la capital requiriera con frecuencia su presencia para instruir a los reclutas más prometedores de la guardia real.

Dos o tres veces al año.

Allí pasaba semanas, incluso meses enteros si la situación lo requería, dedicado en cuerpo y alma a transmitir sus conocimientos y su técnica con la espada, asegurándose personalmente de que la nueva generación estuviera a la altura.

Kayn siempre odió esas largas temporadas de ausencia.

Le enorgullecía pensar en lo valioso que resultaba su padre para el reino, pero le molestaba que interrumpieran su propio entrenamiento al no poder contar con su ayuda.

A pesar de ello, siempre esperaba con impaciencia su regreso, ansioso por mostrarle los progresos logrados durante su ausencia.

Sin embargo, ahora mismo era la persona que menos quería ver.

―Hola, campeón ―la voz de Gael rompió el incómodo silencio con un tono directo, algo burlón―.

¿Cómo llevas eso de haber suspendido?

La pregunta resultó directa y bastante dura.

Kayn apenas pudo contener una mueca de disgusto, conteniéndose por no insultar de la forma más sutil posible a su propio padre.

¿Insultar a su padre?

Supongo que era lo único que le faltaba para culminar el día.

―No estoy de humor para tus bromas, papá ―contestó, volviendo a enterrar el rostro en la almohada para escapar de su mirada―.

Quiero dormir.

Así que, si no te importa, vete.

No sonó como una petición sino más bien como una orden.

Gael, lejos de obedecer o siquiera inmutarse por el tono de su hijo, mantuvo la puerta abierta.

Se aproximó hasta situarse a escasos centímetros de la cama.

―Tu madre parecía bastante triste cuando bajó hace un rato ―comentó esperando provocar algún tipo de reacción―.

No tendrías por qué haberle hablado de esa manera.

Solo intentaba animarte a su modo porque, en parte, se siente culpable por lo de hoy, ¿sabes?

Cree que la culpa recae sobre ella, porque tampoco pudo obtener un guardián cuando llegó su momento.

Aunque ahora no lo parezca o no hable de ello, le hacía muchísima ilusión que tú lo consiguieras, que realizaras el sueño que a ella se le negó hace tantos años.

El muchacho apretó los labios en un gesto amargo, permaneciendo en silencio.

Esperaba que, si no decía nada, su padre se cansaría y se marcharía.

Pero Gael nunca había sido el tipo de persona que se rendía con facilidad.

―Vamos a entrenar un poco ―propuso, extendiendo una mano hacia él―.

Seguro que te ayudará a despejarte y quizá a olvidarte de ese estrepitoso fracaso.

Lo miró con frialdad de reojo intentando dejar claro que no tenía la más mínima intención de levantarse, mucho menos entrenar.

Su padre, sin embargo, ignoró por completo su negativa y con una simple mirada le indicó a Pong que hiciera lo de siempre.

El panda respondió con un gruñido, se puso sobre dos patas y se lanzó contra la cama de Kayn, aplastando su espalda.

Una vez que ya estaba aturdido y no era capaz de moverse, Pong lo agarró aferrándolo a su suave pelaje sin que Kayn pudiera hacer nada para evitarlo.

Una vez que recobró el sentido trató de zafarse del agarre del panda que seguía a Gael escaleras abajo.

―¡Suéltame ahora mismo Pong!

Pero resultó inútil.

La fuerza del panda superaba con creces la suya, especialmente en su estado actual.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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