Los Ecos de la Guerra - Capítulo 18
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: Frustrado 18: Frustrado Pong cargó a Kayn por toda la casa, ignorando por completo las protestas y forcejeos, hasta alcanzar el patio trasero.
Allí, sobre el césped húmedo por la reciente lluvia, lo dejó caer.
Una vez que cumplió su tarea, se alejó un poco y se acurrucó en la sombra de un árbol.
Una vez que comprobó como el vínculo se encontraba a una distancia lejana, Kayn consideró levantarse y volver corriendo a la habitación, encerrarse y olvidarse de todo.
Pero el impulso murió al ver cómo su padre avanzaba hacia el viejo muñeco de entrenamiento, aquel armatoste gastado, remendado con vendas y cuero endurecido.
Había perdido la cuenta de las horas que pasó frente a ese muñeco, puliendo sus movimientos y corrigiendo posturas desde que su mano infantil sujetó por primera vez una espada de madera.
Las protestas de su madre, horrorizada de que Gael le enseñara a blandir un arma a un niño pequeño, permanecían grabadas en su memoria.
¿Pero qué sentido tenían ahora todas esas tardes de entrenamiento?
¿Qué importancia tenían?
Perdido en sus pensamientos, no notó el objeto que volaba hacia él hasta que sus propios instintos decidieron actuar, atrapando con precisión la empuñadura de un arma.
Bajó la mirada, descubriendo con decepción que solo se trataba de una simple espada de madera.
La sostuvo entre los dedos, examinándola con el ceño fruncido.
Normalmente solo entrenaba con madera cuando se encontraba solo.
Con su padre no tenía que contenerse.
El tacto le resultaba hasta placentero, familiar.
Cuando todavía era un niño, un aprendiz que soñaba con empuñar alguna vez el acero.
Ocho años.
Con esa edad, el acero dejó de ser un sueño.
No un palo astillado sino una espada auténtica, con filo y peso suficiente como para hacerse daño.
Años después, la hoja terminó quebrada por un incidente.
Desvió la mirada hacia el colgante.
La piedra azulada atrapaba la luz con una quietud engañosa.
Su pulso se aceleró, recordando aquel día.
El día en que estuvo a punto de perder la vida.
―¿Qué es esto?
―preguntó, alzando la madera.
―Una espada de madera ―respondió su padre con la naturalidad de quien enuncia lo obvio.
El muchacho entornó los ojos.
―Eso ya lo sé.
Me refiero a qué haces lanzándome esto.
No soy un niño.
Contigo siempre entreno con acero ―dejó caer la espada de madera al suelo―.
Pásame una de verdad o no entrenaré.
Gael se frotó la barbilla, fingiendo meditar su respuesta antes de mover su propia arma de madera con una rapidez deslumbrante, apuntando hacia el pecho del joven, deteniéndose apenas a centímetros.
―¿Y arriesgarme a que tengamos un problema con lo alterado que estás?
No, gracias.
Bastante disgustada y preocupada se encuentra ya tu madre como para que le demos tú y yo más motivos de preocupación.
Hoy, usaremos madera.
Sin discusión.
―¿Tienes miedo de que te haga daño?
―El único que saldrá lastimado eres tú.
¿Por qué te crees que cuando entrenamos yo uso espadas de madera?
Kayn resopló al saber que ni empleando el acero podría derrotar a su padre.
Incluso si este usaba madera o su mano desnuda.
Nunca en su vida logró hacerle siquiera retroceder en un combate real.
Para él, era invencible.
―Bien, como tú digas…
Meneó la cabeza y ajustó mejor la espada entre sus dedos.
―Así me gusta ―aprobó Gael con una media sonrisa.
Se despojó de la chaqueta del uniforme con un movimiento ágil, lanzándola al suelo y revelando bajo ella músculos sólidos y bien definidos, forjados por años de riguroso entrenamiento―.
Dejaré que hagas el primer movimiento.
Demuéstrame que no has olvidado todo lo que te he enseñado solo por un mal día.
Dame tu mejor golpe.
Kayn tomó una profunda bocanada de aire, impulsando los pies sobre la hierba, cerrando en un instante la distancia entre él y su padre.
Alzó la madera en un tajo vertical buscando el pecho.
Con un sutil giro de muñeca, la hoja del arma se interpuso en la trayectoria del golpe desviándolo como si se tratara del ataque torpe de un niño que empuña una espada por primera vez.
Aquella facilidad lo enfureció.
Giró sobre sus talones en un intento de sorprenderlo, lanzando un corte horizontal dirigido hacia el costado.
Pero su padre volvió a interceptar la espada de madera, esta vez sin siquiera retroceder un paso, mostrando una serenidad casi insultante.
―¿Eso es todo lo que tienes?
―provocó Gael, dando un paso ligero hacia atrás―.
No me extraña que ningún guardián quisiera hacer un vínculo contigo.
Kayn se apartó un paso, tratando de recuperar el equilibrio y la concentración, pero no pudo resistirse al impulso de volver a cargar contra él.
Esta vez aceleró el ritmo de sus ataques, intentando quebrar la defensa perfecta con movimientos rápidos, casi frenéticos.
Encadenó fintas y cortes desde todos los ángulos que pudo, cada uno más rápido, más agresivo que el anterior con la esperanza de que alguno lograra conectar de casualidad.
A medida que incrementaba el ritmo, su respiración se volvía más entrecortada y pesada.
Sin embargo, Gael neutralizaba con calma cada uno de los asaltos, esquivando o bloqueando sin siquiera sudar.
Viendo que con aquello no lograría nada, bajó su centro de gravedad y ejecutó un barrido bajo con el que pretendía desequilibrarlo.
Pero, como si lo hubiera anticipado desde el primer instante, el hombre dio un salto ligero y preciso, elevándose lo justo para evitar la zancadilla.
Kayn lanzó una estocada directa, aprovechando la apertura que creía haber creado, pero su espada solo atravesó el aire, rozando la barbilla de su padre sin llegar siquiera a tocarlo.
Con un grito, alzó la espada para descargar un golpe vertical con toda la fuerza que pudo reunir.
Gael suspiró con fastidio y levantó la espada, bloqueando el ataque.
Las maderas chocaron en un estruendo seco que reverberó en el jardín, enviando una onda de dolor que sacudió los brazos del muchacho desde sus muñecas hasta los hombros.
Sus pies resbalaron sobre la hierba, obligándolo a retroceder para no perder el equilibrio.
«¿Qué me pasa?», se preguntó, incapaz de comprender por qué sus movimientos parecían tan lentos, tan torpes.
«¿Cómo es que no puedo darle ningún golpe?
Hasta ahora había podido seguirle el ritmo, pero hoy…
¿Por qué?» ―Te estarás preguntando por qué no logras darme un solo golpe, ¿no?
―dijo Gael, sonriendo con leve arrogancia―.
La ira te domina.
En el combate necesitas claridad, no emociones descontroladas.
―¡Ya lo sé!
¡No necesito tus lecciones ahora!
Ignoró el ardor en sus brazos y se lanzó una vez más, abandonando cualquier atisbo de técnica o estrategia.
Sus movimientos se volvieron cada vez más erráticos, desesperados.
Cada golpe más torpe que el anterior hasta que el arma de madera se hizo tan pesada como si fuera de plomo.
Gael esquivó con facilidad una nueva acometida, dejando que pasara de largo, incapaz de frenar su impulso.
Kayn resbaló sobre el césped húmedo, cayendo de rodillas.
Sus manos chocaron con la hierba, y allí se quedó.
Su pecho se agitaba con cada jadeo, el sudor deslizándose desde su barbilla hasta el suelo.
―Desperdicias energías inútilmente ―reprendió Gael con tono firme―.
Necesitas centrarte.
―¡No me digas qué hacer!
Lanzó otro tajo desesperado, pero antes de siquiera poder culminar el ataque, Gael dio un paso rápido y corto hacia adelante, acortando la distancia en un instante.
Golpeó la muñeca derecha del muchacho con la parte plana de su espada de madera.
Fue un golpe seco y preciso que hizo que la madera saliera despedida de sus manos, girando en el aire hasta aterrizar lejos, en el extremo opuesto del jardín.
El impacto no dolió.
Apenas una punzada fugaz, un escozor tibio bajo la piel, pero la precisión insultante, la facilidad con la que su padre lo había desarmado como a un niño, lo hizo sentirse aún más humillado, más inútil, más fracasado que nunca.
Maldijo llevándose una mano al punto donde fue golpeado.
―Ya es suficiente.
Así solo perdemos el tiempo ―declaró Gael, tirando su arma al suelo.
La frustración se acumuló en los ojos de Kayn en forma de lágrimas que no pudo contener más.
Se desplomó de nuevo sobre sus rodillas, sintiendo cómo el césped frío penetraba a través de su ropa.
―¿Por qué…?
¿Por qué no puedo sacarme esto de la cabeza?
―musitó, golpeando el suelo―.
Tenía tantas ganas de que llegara este día…
Solo quería…
solo quería ser un domador…
como tú…
como el abuelo…
¡Soy un completo fracaso!
¡Un inútil!
¡No sirvo para nada!
―Por eso te dije que no te hicieras tantas ilusiones…
Mantenía la mirada baja, los puños apretados con tanta fuerza que las uñas amenazaban con romper la piel.
Sus labios temblaban, no de frío, sino de impotencia contenida.
Gael, de pie a su lado, lo observó en silencio.
No intentó consolarlo con palabras huecas ni palmaditas en la espalda que no significaban nada.
En su lugar, avanzó con paso firme y se detuvo frente a él.
―Escúchame bien.
No eres ningún fracaso.
Olvida esa palabra.
Eres más fuerte que muchos chicos de tu edad.
Sabes tan bien como yo que no eres débil.
―¿Y de qué me sirve todo lo que he entrenado si no puedo ser un domador?
―protestó levantando un rostro cubierto por lágrimas que ya no intentaba ocultar―.
Burst ha conseguido un guardián poderoso.
Lyra también.
¡Yo no he conseguido nada!
¡No tengo nada!
Ni siquiera un simple guardián ordinario…
Gael suspiró, llevándose una mano a la frente, frotándose la sien como si le doliera la cabeza.
Luego, se giró, dándole la espalda por un momento.
―Quería esperar un poco más para decírtelo…
Quizá unos días, darte tiempo para asimilar el golpe de hoy…
pero creo que ya es suficiente ―se giró de nuevo hacia él―.
Voy a ser claro contigo.
Todavía puedes convertirte en domador.
―¿Eh?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com