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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 19

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19: Otra oportunidad 19: Otra oportunidad ―Quería esperar un poco más para decírtelo…

Quizá unos días, darte tiempo para asimilar el golpe de hoy…

pero creo que ya es suficiente ―se giró de nuevo hacia él―.

Voy a ser claro contigo.

Todavía puedes convertirte en domador.

―¿Eh?

Por un instante fugaz, la esperanza chisporroteó en los ojos del muchacho como una ascua solitaria y casi extinta reavivándose con un soplo de aire inesperado.

Pero la incredulidad apareció aplastando la fantasía formada en su cabeza.

―¿Crees que estoy para bromas?

―replicó, molesto―.

He fallado en la ceremonia.

Si un guardián no ha reaccionado con mi Éther hoy, nunca lo hará.

¡Lo sabe todo el mundo!

¡Es la única forma que existe!

―La ceremonia de vinculación que tú y tus amigos conocéis no es la única manera de poder convertirte en domador.

Existe otra…

Aunque esa sea la más segura.

Lo escrutó sin pestañear, como si pudiera desenterrar la verdad a fuerza de mirada.

Buscó un temblor en los labios, una grieta en la voz, un parpadeo traidor.

Nada.

¿Una forma de convertirse en domador fallando la ceremonia?

Era la primera vez que escuchaba algo parecido.

Un domador era, por definición, el nombre que se le daba a los humanos capaces de mantener un vínculo espiritual con un guardián.

De esa forma los humanos podían rivalizar con las otras Coronas.

Entonces, ¿por qué su padre le contaba algo así ahora, algo que desafiaba los cimientos mismos de todo lo que le fue enseñado, de todo lo que creía saber?

No parecía mentir; su mirada se mostraba directa.

Y, siendo honesto consigo mismo, ¿qué motivo tendría para mentir?

Una parte de Kayn sentía que hablaba en serio mientras de que otra se mantenía en medio de la duda.

Poque aquellas palabras eran demasiado buenas como para ser ciertas.

Gael pudo notar la confusión en los ojos de su hijo y continuó hablando.

―No te preocupes si no lo entiendes de inmediato ―continuó―.

Es normal que esto te parezca extraño.

No es algo que cualquiera de tu edad debería saber.

―Hizo una pausa, como si sopesara cuánto revelar―.

Además, por esta zona no existe registro de algún santuario.

No que yo sepa.

Pero eso no significa que no existan.

―¿Santuario?

―repitió Kayn, la palabra sintiéndose extraña en sus labios―.

¿Qué es eso?

¿De qué hablas?

―Ocurrió tiempo antes de decidir alistarme en la guardia real, antes de participar en la gran Guerra de la Discordia.

Pasé unos años como aventurero.

Recorrí un sinfín de mazmorras.

Criaturas atroces, paisajes retorcidos por el Éther…

creía haber visto todo lo que el mundo tenía que ofrecer hasta que me topé con una anomalía.

Sin embargo, un día mientras me encontraba en una taberna alejada escuché una historia.

Una leyenda, o eso mismo pensé yo.

Como era que empezaba… En una remota aldea, un día una estructura extraña emergió de entre las profundidades al pie de una montaña.

Los habitantes, asustados, se acercaron para ver qué pasaba.

Les aterraba la idea de adentrarse, pero algunas personas se armaron de valor para entrar.

Pasaron los días, y la gente de la aldea esperó que trajeran noticias sobre lo que habían visto, pero nunca se les volvió a ver.

A pesar de todo, más y más personas comenzaron a adentrarse, pero ni una sola logró regresar.

Cuando pensaban que resultaba imposible salir de aquella mazmorra, un día alguien logró salir con vida.

Un hombre lleno de moratones y agotado.

Deshidratado, como si no hubiese bebido en días a pesar de que, apenas unas horas habían transcurrido desde que se adentró en el lugar.

Los habitantes se quedaron confundidos al reconocerlo.

Había entrado con un grupo de doce personas, compuesto por siete domadores.

Sin embargo, solo regresó él.

Por si fuera poco, ni siquiera venía acompañado de su guardián.

Los aldeanos comenzaron a atosigarlo con toda clase de preguntas, pero sus ojos mostraban un gran horror.

El trauma se reflejaba en cada gesto.

Lo dejaron descansar unas horas y luego les contó lo que vio.

Al atravesar aquella puerta sintió que de alguna manera se encontraba en un espacio distinto y que aquel lugar no era una mazmorra cualquiera.

Nunca había visto aberrantes con semejante fuerza.

Pero lo más aterrador fue lo que encontró al final de la mazmorra.

Una vasta cámara, vacía salvo por un único objeto en el centro.

Flotaba en el aire, rodeada de un halo de luz, y cuando extendió la mano para tomarlo…

Algo le habló.

Lo juzgó.

Vio cada acción, cada duda, cada cobardía que había cometido desde que entró.

Como si el lugar mismo lo hubiera observado desde el momento en que puso un pie dentro.

Mencionó los sacrificios de sus compañeros e incluso su cobardía en algunas pruebas.

Y entonces escuchó una frase.

“No eres digno” Cuando se quiso dar cuenta había regresado al lugar por el que entró salvo que ninguno de sus compañeros lo acompañaba.

Tras ese día aquel hombre nunca volvió a empuñar una espada.

Al saber que existía una forma de volver, más gente comenzó a adentrarse, esta vez preparándose mucho más que antes.

Incluso así, pocos lograron regresar de aquel lugar y los que lo hacían, no volvían igual que antes.

Con el tiempo se les comenzó a conocer como Santuarios.

Pasaron casi cien años desde que el santuario había aparecido e incluso se registraron más esparcidos por el mundo.

No solo humanos, sino que otras especies trataron de adentrarse en él, pero ninguna logró salir recompensada.

En ese tiempo, alrededor de diez mil personas perdieron la vida.

La gente comenzó a darlo todo por perdido, pero un día apareció un joven de no más de diecisiete años.

No llevaba mucho armamento y tampoco iba acompañado como otros grupos.

La gente de allí trató de advertirle de los peligros de aquella mazmorra, pero los ignoró por completo.

Cinco días después, el joven que daban por muerto apareció ante ellos.

Pero algo había cambiado.

La puerta de la mazmorra permanecía cerrada.

El joven comenzó a alejarse.

Los aldeanos corrieron hacia él, esperando que les contase lo que había pasado allí dentro.

El muchacho sacó su espada y tras murmurar unas palabras, un enorme espíritu apareció detrás de él.

Pensaron que podría tratarse de su guardián, pero este permanecía en su hombro.

Balanceó su espada y con un simple movimiento abrió un enorme camino que destrozó todo el bosque.

Los aldeanos se quedaron sin palabras, viendo como el joven se alejaba de allí sin decir ni una sola palabra por el camino que acababa de abrir.

Y con el tiempo, otros laberintos comenzaron a ser completados.

Kayn tensó los hombros y tragó saliva.

Aquello sonaba a historia de fantasmas, aunque le resultaba perturbador y fascinante al mismo tiempo.

Frunció el ceño, intentando procesar aquella información tan extraña.

―Entiendo más o menos la historia, pero a mí me parece que no es más que una simple leyenda.

Un cuento para entretener a aventureros como tú.

―Yo también lo pensé durante mucho tiempo ―admitió Gael con una sinceridad sorprendente, mirándolo de nuevo―.

Durante años, creí que no eran más que cuentos.

Pero la idea…

la remota posibilidad de que existieran…

se me quedó grabada a fuego en la mente.

Durante casi dos años completos, antes de decidir sentar cabeza y unirme a la guardia real, me dediqué en cuerpo y alma a buscar esos supuestos Santuarios.

Recorrí toda clase de ruinas, mazmorras e incluso fui estafado por comerciantes con mapas falsos.

Pero… ―Gael tuvo un ligero momento de valoración e instintivamente se llevó una mano a la manga de su brazo perdido.

La apretó con fuerza ―… nunca encontré nada.

Finalmente me rendí.

Me convencí de que solo eran leyendas y decidí alistarme en la guardia real.

Fue en ese tiempo, en medio de la Guerra, cuando aquella vieja leyenda cobró vida de la forma más aterradora posible.

Lo vi.

Por primera vez…

vi un Ascendente.

Kayn se sorprendió recordando haber escuchado aquella palabra en otro sitito, pero por mucho que lo intentase no lograba descifrar donde.

―Lideraba una de las legiones aliadas del norte ―prosiguió Gael, sus ojos fijos en un punto invisible del pasado, reviviendo el recuerdo―.

Y se trataba de poco más que un muchacho.

Más joven incluso de lo que era yo en aquel entonces.

Un joven delgado, de aspecto tranquilo, casi frágil diría yo.

Nada en su apariencia exterior hacía presagiar la tormenta que ocultaba en su interior.

Pero cuando llegaba la hora de la lucha el poder que irradiaba…

resultaba algo sobrenatural, de otro mundo.

Algo que nunca había visto en mis viajes, ni he vuelto a ver desde entonces.

―Sigo sin entender qué tiene que ver todo eso con lo de poder convertirme en un domador.

Gael se quedó en silencio, confundiendo aún más al joven.

―Conoces la forma en que clasifican a los guardianes por fuerza y rareza, desde el rango ordinario hasta el radiante, ¿verdad?

Pong, mi vínculo, ocupa el rango celeste, pero ya no puede ascender más.

―El muchacho arqueó una ceja, sin entender el motivo de aquella explicación que ya se sabía de memoria.

Su padre continuó―.

Los espíritus que habitan en los santuarios rompen el límite, incluso del rango radiante.

Por ese motivo establecieron un rango único para ellos.

―¿Cuál?

―Sagrados…

Guardianes Sagrados.

―La voz de Gael adoptó un tono solemne―.

Dicen que quien alcanza el corazón de un Santuario y obtiene el favor del espíritu que mora en él, crea un vínculo con esa entidad.

Aunque nunca pudimos ver la forma del guardián de aquel joven, su simple presencia se sentía a kilómetros de distancia.

Mucho más intensa que la de los guardianes Radiantes.

Se encontraba en una escala de poder diferente, algo que rompía todas las clasificaciones conocidas.

Kayn sintió cómo su pecho se comprimía ante aquellas palabras.

Una sensación extraña, una emoción que oscilaba entre la incredulidad y la esperanza.

Pero la duda llegó rápido, abriéndose paso a través de su entusiasmo.

Sonaba demasiado bueno para ser verdad.

Demasiado…

conveniente para su situación desesperada.

Frunció el ceño, examinando el rostro de su padre con suspicacia.

―¿No estarás intentando engañarme, ¿verdad?

La voz sonó con un matiz áspero e impaciente.

Aquella mirada, tan afilada como la hoja de una lanza, se posó en el rostro de Gael con la intención de arrancarle la verdad con un simple parpadeo.

―¿Por quién me tomas?

¿De verdad crees que me inventaría algo tan enrevesado solo para calmar uno de tus arranques?

No tengo tanto tiempo libre ―Hizo una pausa, respirando hondo para calmarse―.

Además, para que lo sepas, esta posibilidad remota y peligrosa…

ni siquiera ha sido idea mía del todo.

Fue cosa del maestro Rolland, así que imagina mis ganas de contarle todo esto a tu madre cuando las cosas se calmen.

―¿El director Rolland?

¿Por qué haría algo así?

―No tengo ni idea.

―resopló Gael, encogiéndose de hombros―.

Nunca he sabido qué pasa por la cabeza retorcida de ese anciano.

Créeme es mejor que no vayas a la academia si él está por allí.

Leo lo va a pasar bastante mal.

Escuchar el nombre de su amigo provocó que Kayn se quedara en silencio.

Aún no había contado nada de su reciente discusión y ahora mismo no tenía ganas de hacerlo.

Tampoco creía que de verdad fuese a abandonar la academia y si lo hacía… Tragó saliva con dificultad, sintiendo una punzada en el estómago que le recordó el fracaso de esa misma mañana.

Bajó la mirada de nuevo, avergonzado de su momentánea debilidad, de su vacilación, y arrastró la punta de la espada de madera por la tierra agrietada.

Gael frunció el ceño.

No pronunció palabra esta vez, no hubo más reproches ni lecciones.

Pero su mano grande y callosa, la misma que lo había derribado y desarmado sin piedad momentos antes, se extendió de nuevo y revolvió con un gesto inesperado, el pelo sudoroso y revuelto de Kayn.

Esta vez, sorprendiéndose a sí mismo, el muchacho no la apartó.

―Vamos ―dijo Gael, y su voz sonó más suave ahora, casi amable―.

¿A dónde ha ido toda esa positividad casi arrogante que tenías esta mañana antes de la ceremonia?

Nunca lo sabrás hasta que lo intentes.

La única forma de fracasar de forma segura es rendirse antes de empezar.

¿No decías que serías el mejor domador?

Gael acentuó la última pregunta con una ceja alzada, una leve sonrisa casi imperceptible jugando en sus labios, invitándolo con esa simple expresión a recordar sus propias palabras orgullosas y audaces, pronunciadas en el pasado.

―Pues sí, lo dije, pero no era más que…

―Los zapatos de Kayn rasparon incómodos el suelo.

Su padre continuó sonriendo, observándolo con intensidad, convencido, como siempre lo había estado, de que un solo empujón bastaría para reavivar la llama de su determinación innata.

El silencio se extendió por un momento tenso hasta que el muchacho levantó la vista del suelo―.

De acuerdo, lo haré.

Iré a un Santuario y lograré un vínculo con un Guardián Sagrado.

―La mano que empuñaba la espada de madera tembló, pero no cedió―.

Voy a conseguir ese poder, y llegaré a ser un domador.

Incluso por encima de ti.

―No dudo de tu potencial.

―Gael relajó los hombros―.

Aunque apenas has vivido catorce años, así que nadie planea arrojarte a una cripta mortal mañana mismo.

Necesitas mucha más fortaleza.

Tienes una gran destreza con la espada, pero aun con eso no llegarás muy lejos.

Necesitarás aprender algunos trucos.

Dominar habilidades que van mucho más allá de la esgrima convencional.

Saber balancear una espada con maestría no lo es todo en este mundo.

Debes aprender a sentir y a dominar tu flujo interno.

Tu Éther.

Controlarlo a voluntad.

―¿De qué hablas ahora?

―Todo a su tiempo ―replicó Gael, negando con la cabeza―.

Hoy ha sido un día largo y demasiado intenso.

Tu cuerpo y tu cabeza necesitan descansar.

Mañana hablaremos más sobre el Éther y sobre el nuevo entrenamiento.

O pasado.

Ya veremos cómo te encuentras.

Kayn abrió la boca para protestar, para exigir más respuestas ahora que la puerta de la esperanza se había vuelto a entreabrir de forma tan inesperada, pero la mirada firme y decidida de Gael no parecía admitir discusión en ese momento.

Resopló, frustrado por el aplazamiento, pero también sintiendo un agotamiento profundo que le pesaba en cada músculo.

Asintió a regañadientes y se encaminó hacia la casa, recogiendo su espada de madera del suelo al pasar.

Antes de que entrara de nuevo en la casa, Gael lo detuvo una última vez.

―¿A dónde vas?

―A mi habitación.

¿No dijiste que hoy no habría más entrenamiento?

―¿No piensas que deberías disculparte con alguien?

Él asintió en silencio, sin necesidad de que le dijera más.

El recuerdo del rostro de su madre le desgarró la conciencia.

Un nudo de culpa se instaló en su garganta.

Cambió de dirección y se dirigió hacia el pasillo.

Percibió el olor suave de la comida recién hecha.

Una mezcla de caldo y pan tostado.

Se dirigió al salón.

La cocina se abría ante él, iluminada por la luz que entraba a través de la ventana.

Thalia permanecía sentada junto a la mesa, con la cabeza inclinada y los dedos moviéndose distraídamente sobre el mantel.

Su mirada parecía perdida en algún punto más allá de la ventana.

Kayn se sintió inseguro en aquel momento, pensando en que debería decir para calmar la situación.

Aunque, quizás ella no quería hablarle y tendría todo el sentido del mundo después de como se había comportado antes.

―Mamá…

―La palabra emergió de su boca con un hilo de voz.

Thalia giró el rostro con lentitud, sorprendida.

Ninguna lágrima surcaba sus mejillas, aunque la tristeza se reflejaba sin disimulo en su mirada.

―Kayn…

―respondió, una sonrisa leve asomando en sus labios, aquella que solía ofrecer para reconfortarlo en el pasado, aunque esta vez se percibía algo forzada―.

¿Qué tal el entrenamiento con tu padre?

¿Te ayudó a despejarte?

Él asintió, pero las palabras parecían atascadas en su garganta.

Apartó la mirada hacia el suelo, con la vista puesta en el nudo de sus cordones, buscando la forma de hablar sin que el aire se le atragantara en los pulmones.

―Lo siento mucho ―murmuró al fin, con la voz cargada de arrepentimiento―.

No debí gritarte.

Tú solo intentabas ayudarme y…

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando sintió los brazos de Thalia rodearlo con firmeza, envolviéndolo en un abrazo con la misma calidez que recordaba desde que era niño.

Y entonces, las lágrimas que contuvo brotaron sin contención alguna, humedeciendo la tela del vestido de su madre.

―No te preocupes…

―susurró Thalia, al tiempo que deslizaba la palma por la cabeza de su hijo―.

Sé que no lo hiciste a propósito.

No es fácil aceptar que algo no salga como tú lo deseabas.

―Aun así…

eso no justifica que te haya gritado.

―Se aferró a los brazos de su madre con fuerza―.

Tú siempre has estado ahí para ayudarme y lo único que hice fue pagarlo contigo.

Perdóname.

No quiero que me odies.

Thalia dejó escapar una risa suave, tan cercana a un suspiro que el joven sintió su aliento tibio sobre la mejilla.

Él levantó la mirada y sus ojos se encontraron con la expresión bondadosa que tanto lo reconfortaba.

―¿Odiarte?

Eres mi hijo.

Por mucho que lo intentara no sería capaz de odiarte.

Aunque el mundo entero se pusiera en tu contra, siempre estaré ahí para apoyarte.

Kayn asintió, tragando con dificultad mientras la calidez de esas palabras disipaba parte del peso en su pecho.

Durante un instante, pensó que quizá merecía cargar con esa culpa, como recordatorio de no volver a fallarle.

―Prometo no volver a hablarte así nunca más ―dijo al fin, con la voz quebrada.

Thalia sonrió y lo abrazó con aún más fuerza.

Kayn sintió cómo su propio cuerpo se relajaba, permitiendo que todo el cansancio y la frustración se fueran disipando.

Permanecieron en silencio, enlazados en ese abrazo hasta que se disolvió por sí solo.

El joven retrocedió, tragando con dificultad y secándose los últimos rastros de lágrimas con la manga.

Su madre lo observó con ternura, las manos apoyadas sobre la mesa, sin exigirle nada, sin reproches.

Gael observaba la escena desde la distancia, una sonrisa ensanchada en su rostro.

Sin pronunciar palabra, giró sobre sus talones y ascendió los escalones, dejándolos a solas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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