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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - Capítulo 2: El encargo de los Skarnianos
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Capítulo 2: El encargo de los Skarnianos

36 años después

Ranann se encorvaba sobre un taburete cojo, rodeado por el humo y el calor pegajoso de la taberna, una perdida entre las callejuelas de la ciudad nocturna de Magona. El lugar se sostenía a duras penas. Las paredes de madera crujían con cada embate del viento, acompañadas por el murmullo constante de voces embriagadas. Las vigas del techo se mecían con una cadencia irregular, insinuando un colapso que nunca llegaba, pero siempre amenazaba.

La única luz provenía de velas medio consumidas, tenues llamas atrapadas en faroles oxidados. Bailaban como insectos moribundos, devoradas por el soplo helado que se colaba entre las tablas flojas. Cada respiro de aire apagaba una más. Y, aun así, el lugar se negaba a quedarse en silencio.

En una mesa cercana, un grupo de hombres jugaba al Monch. Sus rostros tensos seguían cartas y fichas de hueso que tintineaban como dientes al frío. Apostaban las pocas monedas que les quedaban, deseando que la siguiente mano los salvara de irse con los bolsillos vacíos. El repiqueteo rítmico de las piezas se fundía con los murmullos arrastrados de la clientela. De vez en cuando, una risa aguda cortaba el aire como una navaja mal afilada, justo antes del chasquido meticuloso de las cartas al ser barajadas. Las manos que lo hacían no temblaban. Las manos de un hombre que ya lo había perdido todo no suelen temblar.

―¡Cuerno de Sokra! ―bramó una voz rasposa desde una de las mesas del fondo.

Un hombre de barba enmarañada y mirada febril arrojó sus fichas contra la mesa. Las piezas golpearon la madera con un sonido hueco, similar al chasquido de huesos quebrándose. Rebotaron una, dos veces, antes de detenerse. El rostro del jugador, arrugado por años de pérdidas mal digeridas, se estiró en una sonrisa torcida. Los labios se curvaron, sí… pero los ojos, hundidos y apagados, no acompañaron el gesto.

Desde su rincón, Ranann alzó apenas la mirada por encima del borde de su jarra. Lo justo para contar tres hombres junto al afortunado jugador. Dos ocultaban dagas en fundas desgastadas, semienterradas en la tela floja de sus ropas. El tercero apilaba las fichas ganadas.

El ganador tragó saliva, inseguro, al ver la mano que acariciaba el pomo de una de las dagas. Un chasquido final de naipes y fichas precedió el regreso de la atención a las peleas cotidianas.

Volvió la vista a su cerveza. Observaba el lento ascenso de las burbujas en su jarra, diminutas esferas doradas que explotaban en fugaces destellos antes de desvanecerse. Un espectáculo efímero, insignificante y, sin embargo, lo entretenía más que cualquier otra cosa en aquel antro de mala muerte.

Nadie se le acercaba. Al contrario, lo esquivaban. No lucía emblemas ni estandartes. Nada que lo atara a algún señor. Las ropas que vestía, alguna vez elegantes, se vieron reducidas a un amasijo de harapos deshilachados, sin forma ni distinción. No se molestaba en sustituirlas. ¿Para qué hacerlo? Su vida no exigía dignidad, y esas prendas, si un día se limpiaran, terminarían manchadas de sangre tarde o temprano.

Agitó la cabeza para alejar el persistente zumbido de las moscas que volaban describiendo lentas órbitas alrededor de su rostro, atraídas por el pestilente olor que desprendía. No recordaba la última vez que tocó agua con más propósito que limpiar una hoja. Para un asesino común, oler a animal muerto sería un suicidio. El sigilo carece de sentido si pueden olerte a varios metros de distancia.

Pero él no necesitaba sigilo. Nadie gritaba cuando llegaba demasiado rápido como para ser olido.

Bebió un sorbo de su cerveza, sin disfrutar del sabor. Ni él sabía por qué seguía bebiendo. Tal vez porque la rutina pesaba menos que hacerse preguntas como: ¿por qué seguir respirando?

Una carcajada estalló a su izquierda. Alguien golpeó una mesa con una jarra vacía y el grupo central alzó los brazos en un brindis ruidoso. Nadie en esa taberna recordaba que el mundo seguía ardiendo más allá de esas paredes astilladas. Seguían bebiendo. Seguían riendo.

Noches como esta se acumulaban una tras otra, siempre de la misma forma, oculto tras el borde de su jarra. Poco quedaba de su antiguo nombre. Ya no significaba nada. La herencia que lo acompañaba desde la infancia se evaporó como un mal sueño que escapa entre los dedos al despertar.

En su memoria flotaban figuras rotas: un padre de mirada dura, una madre que quizás sonreía. Dos hermanos… o hermanas. No estaba del todo seguro. Solo un rostro de su antigua vida persistía.

El de la única mujer que llegó a amar.

Todo lo demás se desvaneció del mismo modo en que la lluvia borra los colores de un mural olvidado. Todo desde que dejó de ser él… y se convirtió en esto.

El Monch continuaba. El anterior vencedor sostenía las cartas como si quemaran, deseando salir de aquel lugar cuanto antes. Sus dedos temblaban. Los otros dos intercambiaban miradas que ya no necesitaban palabras.

―No me fío de ti ―musitó uno de los jugadores, acercándose al otro―. Vi el modo en que moviste las cartas antes. ¿Crees que estas velas no alumbran lo suficiente para ver tus trampas? Juega limpio si pretendes salir de aquí con la misma cantidad de sangre con la que entraste.

La mano enguantada tamborileó en la empuñadura de la daga, lo que hizo al vencedor agitarse por los nervios. Su silla crujió cuando intentó moverse.

Ranann no se giró. No lo necesitaba. El miedo tiene un tono. Un ritmo. Reconocía la voz de quien sabe que su noche terminará mal.

Deslizó una mano bajo la capa. Sus dedos rozaron el fragmento atado al cinturón. Un fragmento inútil de acero, conservado más por hábito que por necesidad. Lo llevaba para que le tuvieran un mínimo de respeto. La gente nunca se esperaría que solo se tratara del fragmento de una hoja. ¿Quién sería tan insensato como para cargar con una hoja inutilizable? Él lo era.

Las armas dejaron de tener utilidad mucho tiempo atrás. Se bastaba de sus habilidades para matar a cualquiera que se interpusiera en su camino.

Matar. Ese término se volvió tan cotidiano para él como respirar. La primera vez que empuñó una espada, le dijeron que tenía talento. No sintió culpa ni pena al acabar con su primer enemigo, ni con el segundo, ni con el centésimo. Pero con el tiempo, lo que antes disfrutaba se volvió monótono, carente de emoción o de desafío. Los rostros de los muertos se desdibujaban en su memoria, irrelevantes. Llevaba mucho tiempo sin enfrentarse a un enemigo que pudiera sacarle una sonrisa de emoción.

Las fichas, los dados y los naipes seguían marcando el ritmo de la decadencia con cada golpe sordo sobre la madera. De cuando en cuando, un lamento borracho rompía la monotonía. El murmullo habitual se elevó por un instante, quebrado por el chillido brusco de una silla al ser arrastrada sin cuidado.

Otra pelea.

No prestó atención. Si la sangre corría, bien. Si no, también.

Todo era igual que siempre.

Para alguien corriente, esa vida sería sin duda una condena insoportable. No obstante, él logró descartar tales sentimientos al comprender que tanto la compasión como el miedo no eran más que lastres innecesarios. El líquido de la cerveza fluyó por su garganta mientras bebía una vez más.

Su mirada vagó hasta la mesa del rincón, donde un mercader negociaba con dedos cicatrizados el precio de su mercancía. Los brazaletes de hueso que adornaban sus muñecas tintineaban con cada gesto. Aquellos accesorios pertenecían sin duda a los soldados de Karyth. Una vez marcaron a hombres que juraron proteger vidas. Ahora decoraban las extremidades de un simple vendedor.

A los hombres ya no les importaba el honor y vendían lo que se les confiaba por unas pocas monedas.

En otro tiempo, él también sirvió a un señor muy poderoso, aunque su caída sucedió antes de lo esperado. Ahora vagaba. No como mensajero ni como soldado, sino como ejecutor. Alguien a quien se le paga para desaparecer problemas. Mientras su nombre siguiera generando silencio al ser pronunciado, no faltaría trabajo.

Bebió. Un trago largo, sin pausa. El sabor era áspero y sin alma, pero calentaba lo suficiente como para seguir sentado.

Entonces, las puertas estallaron contra la pared con un golpe seco. El viento irrumpió en la taberna, sacudiendo las llamas vacilantes. Las velas parpadearon, al borde del colapso. Dos se apagaron. Un susurro recorrió las mesas. Maderas crujieron. Cuchillos se aflojaron en fundas.

Todas las miradas giraron, con la esperanza de hallar un conocido o un nuevo blanco de burlas.

Un joven de porte altivo surgió de la penumbra, rostro pálido coronado por un pelo oscuro como el hollín. Despeinado, aunque no tanto como la maraña blanca de Ranann. Para él, la apariencia era algo secundario; peinarse era un desperdicio de tiempo para alguien cuyo cuerpo dejó de envejecer décadas atrás. A ojos ajenos, no pasaba de veinticinco.

A cada paso, un leve tintineo rompía el aire estancado de la taberna. Las plumas de fárix que colgaban de sus orejas danzaban al ritmo del movimiento, y sus aretes emitían un susurro metálico, suave pero insistente. Las miradas se alzaron. Curiosas primero. Inquietas después.

Dos katanas gemelas dormían en su cintura, enfundadas en cuero pálido con reflejos nacarados: piel curtida de hidra albina. Las vainas se balanceaban como colas de serpiente bajo su capa.

Recorrió la taberna hasta que sus ojos se posaron en Ranann, quien, indiferente, continuó bebiendo. No tenía interés en la llegada de aquel individuo.

El recién llegado siguió avanzando, pero al pasar junto a la mesa de Monch, desvió la mirada. Las monedas brillaban en la penumbra, apiladas como trofeos mal ganados. El hombre de rostro pálido temblaba, pero no de emoción por su pequeña montaña de fortuna. El joven se acercó. No cambió el ritmo. Solo ajustó un poco la dirección. La vaina de una de sus katanas giró y rozó el brazo del vencedor. Solo un leve toque. Suficiente para mover la tela de su manga.

―Mis disculpas ―dijo sin detenerse.

El jugador afectado alzó una mano, indicando que no existía problema alguno, pero un murmullo estalló a su alrededor, tan súbito que detuvo su aliento. Todos los ojos se fijaron en su brazo. La sacudida logró desplazar la manga y, entre sus pliegues, sobresalían varias cartas escondidas, sus bordes traicioneros brillando bajo la luz como cuchillas de papel.

―¡Tramposo! ―rugió uno de los jugadores al levantarse de golpe. La silla cayó hacia atrás con un estruendo seco, y la tensión estalló como un cristal partido―. ¡Sabía que tu suerte olía a basura!

El acusado parpadeó. Retrocedió. La garganta se le trabó. Miró a sus compañeros de mesa, luego a los rostros agolpados a su alrededor y, por último, a las cartas, todavía colgando de su propia manga.

―¡Esto no es lo que parece! ―balbuceó, intentando ocultar con rapidez las cartas―. No es más que un pequeño… malentendido. ¡Sí, eso es!

Algunos parroquianos golpeaban las mesas con sus jarras, clamando por justicia, mientras otros lanzaban miradas de desconfianza hacia el acusado. Poco a poco, la pequeña muchedumbre se convirtió en un muro humano que bloqueaba toda posible vía de escape.

―¿Malentendido? ―bramó otro de los jugadores―. Pensaste que podrías engañarnos de una manera tan burda. Creí haberlo dejado claro. Aquí las trampas también se pagan.

El color huyó de su rostro. Los ojos, desorbitados, recorrían con desesperación cada cara, cada gesto, buscando compasión, pero no encontró nada. Alzó ambas manos en gesto suplicante, mientras su respiración se aceleraba y el sudor frío empezaba a empapar su frente.

―¡Por favor! ―su voz se quebró al salir, ahogada por el temblor de su garganta―. ¡Piedad, os lo ruego! ¡Os daré todo! ¡Todo lo que gané y más! ¡Por las coronas, no me matéis… no me matéis!

Lágrimas se formaron en sus ojos. No lloraban por culpa, solo por miedo. Solo el instinto de quien sabe que está a punto de ser juzgado sin tribunal. Nadie respondió. Los presentes se apartaron, creando un pasillo por el que pudieran conducir al culpable hacia la puerta.

―La única piedad que recibirás esta noche será que no derramaremos tu sangre en este suelo ―dijo con voz baja y peligrosa uno de ellos. Giró hacia el tabernero, que restregaba una jarra con un trapo mugriento, más atento a las manchas de vidrio que al hombre que iban a arrastrar fuera de su local―. Nos lo llevamos. No queremos causar problemas.

El tabernero asintió sin mirarlos, como quien da paso a la tormenta con la resignación de quien ya ha perdido el techo. Se volvió hacia las estanterías tras la barra y tomó más jarras que necesitaban limpieza, alejándose.

―¡Os lo suplico, no lo hagáis! ¡Os devolveré hasta la última moneda, y el doble! ―gimió el tramposo, revolviéndose como un pez arponeado, los ojos abiertos por el miedo―. ¡Dame una oportunidad!

―Has tenido muchas oportunidades esta noche ―gruñó el hombre de barba espesa, empujándolo hacia la puerta como quien descarta un saco sin valor―. Ahora toca pagar lo que debes.

Las súplicas siguieron brotando, desesperadas, vacías, mientras lo arrastraban. La clientela lo observó en silencio. Unos fruncían el ceño. Otros mostraban una media sonrisa. Algunos reían sin entender, borrachos, celebrando una escena que mañana olvidarían entre resacas. Las puertas se abrieron de par en par con un golpe de madera. El aire nocturno, frío como una sentencia, los envolvió. El acusado desapareció entre los brazos que lo sujetaban, y su voz se deshizo en la niebla de la noche.

Lo último que se escuchó fueron golpes que venían del otro lado de los tablones.

El joven siguió caminando entre el bullicio, como si el reciente caos no existiera. La sonrisa seguía anclada en su rostro, firme, satisfecha, como si saboreara cada chispa del incendio que él mismo encendió con apenas un gesto. Se detuvo ante la mesa de Ranann, quien, a diferencia del resto, permanecía inmóvil.

―Tú debes ser Ranann. ¿Me equivoco?

Ni siquiera se molestó en girarse. En su lugar, alzó dos dedos cicatrizados hacia la barra y el tabernero que se encontraba limpiando unas jarras se detuvo para llenar otra sin hacer preguntas.

―Depende de quién lo pregunte.

El joven se detuvo a escasos pasos. Al sentarse, su haori escarlata se agitó con elegancia, revelando bordados de tormenta y dejando al descubierto un pecho marcado por un tatuaje que serpenteaba sobre sus pectorales. El tono profundo del azul del dibujo delataba el uso de veneno de medusa, una técnica reservada para los expertos de las Llanuras Desoladas. Pero lo que más llamó la atención de Ranann fueron sus ojos: pupilas alargadas, como las de un depredador.

Por su aspecto, bien podría haber sido un skarniano. Sin embargo, al observarlo con más detenimiento, notó que le faltaban los rasgos característicos: ni cuernos, ni cola, ni siquiera la estructura ósea distintiva de su gente.

―Azrath Ryvark. Es un placer.

Extendió una mano en gesto de saludo. Rannan apenas la miró y tampoco se molestó en devolverlo. En cambio, se centró en la espuma de la cerveza. Cuando el silencio se prolongó lo suficiente, Azrath bajó la mano. No parecía ofendido.

Ranann vació la jarra de un solo trago y la dejó caer sobre la mesa. El golpe apagado retumbó en la madera. Se limpió la boca con la manga, manchando aún más su ya sucia ropa.

―Así que eres el hijo de Válthor… ―musitó, sin molestarse en alzar la mirada―. Tiene gracia. Él también solía sonreír así… justo antes de vomitar tras perder el brazo.

Azrath no respondió de inmediato. La sonrisa no se desvaneció de su rostro, pero algo en su expresión se tensó. En un movimiento casi imperceptible, desenvainó apenas seis centímetros de acero. El sonido de la hoja al deslizarse fuera de su funda fue suficiente para cortar las conversaciones en tres mesas cercanas.

El mercader más próximo dejó caer su copa de vino, tiñendo de rojo los pergaminos que intentaba vender. Pero Ranann ni siquiera parpadeó. Su mirada se desvió a la mano izquierda del joven, donde un anillo de ónice tallado en forma de dragón exhalaba pequeñas llamas.

―Creía que todos los skarnianos teníais cuernos ―murmuró mientras el joven volvía a envainar tras ver que su amenaza no llegó a causar reacción alguna―. ¿Eres una clase de híbrido o algo por el estilo?

―Digamos que…

―En realidad no me importa ―atrapó la nueva jarra que el tabernero le ofreció sin siquiera atreverse a mirar a Azrath. Sus dedos recorrieron el borde del barro cocido, sintiendo las imperfecciones y grietas del material. Bebió, dejando que el amargor le llenara la boca antes de continuar―. Dejemos de perder el tiempo. No sé cómo es que me has encontrado, pero si estás aquí es porque tienes un encargo para mí.

Azrath cruzó los brazos con deliberada lentitud. Luego se inclinó hacia adelante, como si el aire entre ellos no bastara y necesitara ver más de cerca. La sonrisa seguía allí.

―Es bastante simple. Queremos que te infiltres en el Bastión Borg y tomes una reliquia guardada en una de sus cámaras interiores.

Ranann no respondió de inmediato. Ladeó apenas la cabeza, como quien escucha una canción demasiado baja para entenderla.

―¿Qué clase de reliquia?

Azrath se llevó la mano al interior de su haori y extrajo un trozo de pergamino doblado con cuidado. Lo extendió sobre la mesa que los separaba, revelando la ilustración detallada de un objeto extraño, una pequeña esfera cristalina.

Ranann arqueó una ceja, estudiando con detenimiento el dibujo. Sus ojos recorrieron las líneas sinuosas y detalladas del objeto, tratando de identificar su función, aunque sin éxito alguno.

―¿Qué es exactamente? ―inquirió, devolviéndole la mirada con evidente recelo―. Es la primera vez que oigo hablar de este artefacto.

Azrath no contestó de inmediato. En lugar de eso, deslizó un dedo sobre el pergamino.

―Se le conoce como Piedra Magnus. Puede parecer un simple pedrusco, pero posee un gran poder en su interior.

―¿Poder? ―frunció aún más el ceño, dedicando una segunda mirada hacia el dibujo―. Parece una baratija decorativa.

―Oh, es mucho más. No es una gema vulgar, ni una joya cualquiera. Si aprendemos a usarla, podría decidir el destino de nuestro reino.

Ranann apartó el dibujo, después de ver todo lo que necesitaba. Hundió un dedo en la espuma de su cerveza. Las burbujas reventaban al contacto, una tras otra, sin dejar más señal que el silencio en sus ojos.

―¿Cuánto tiempo le queda a Válthor para perder la razón?

―Quinientas lunas ―Azrath mostró sus dientes afilados como dagas―. Luego su sangre hervirá lo suficiente y morirá.

―Por eso buscas “poder”… El tiempo de tu padre se agota y tú todavía no has obtenido suficiente gloria como para que te acepte, ¿no es cierto?

―Eres bastante perspicaz… Mi padre lleva demasiado tiempo estancado en tradiciones obsoletas. Pronto perderá la poca fuerza que le queda, y cuando suceda, quiero estar preparado para ocupar su lugar. Pero, para ello, necesito algo más que mi simple nombre o la sangre que corre por mis venas. Debo demostrarle que soy merecedor del trono al contrario que mis dos hermanos.

―No tengo problemas en ayudarte a conseguir ese pedrusco, pero ¿por qué acudes en mi ayuda? ¿Temes ensuciarte las manos?

Sonrió ante la pregunta, confundiendo al asesino. Se quedó mirándolo, volviendo a adoptar su postura despreocupada.

―No creas que esto es tan sencillo como arrebatar una bolsa llena de monedas ―replicó con calma, tomando entre sus dedos largos y escamosos la jarra vacía de Ranann, girándola con delicadeza y examinando su reflejo distorsionado en el fondo―. Ya envié antes a otros como tú, ¿sabes? Hombres capaces, experimentados, incluso algunos con habilidades parecidas a las tuyas. Y ninguno volvió con vida.

―No deberías compararme con el resto… ―le interrumpió, concentrado más en la espuma que en lo que le contaban―. Acabarías llevándote una sorpresa.

Azrath hizo una pausa calculada, midiendo la reacción en el rostro del asesino.

―Existe otro pequeño detalle que quizás quieras tener en cuenta: es posible que tengas que enfrentarte a algo más peligroso que simples guardias.

Rannan inclinó la cabeza, un movimiento apenas perceptible, mientras preservaba la máscara de indiferencia a pesar de la creciente curiosidad que sentía. ¿Cuánto tiempo llevaba sin enfrentar algo parecido a un reto? El camino que eligió lo condujo a adversarios temibles, guerreros cuyo poder podría haber reducido montañas enteras a polvo de un solo ataque.

―Dudo que exista algo que pueda darme problemas en este mundo ―respondió, fingiendo indiferencia.

―Dices eso, pero apostaría todo cuanto llevo encima a que nunca te has medido con un Ascendente.

¿Un Ascendente? La sola mención aceleró su pulso, provocando un cosquilleo de emoción. Se inclinó hacia delante con un interés renovado.

―No he tenido el placer todavía, pero siempre hay una primera vez para todo. ¿Insinúas que debo enfrentarme a uno para cumplir tu mandado?

―Cabe la posibilidad. No es seguro, desde luego. Pero sospechamos que debe ser alguien muy fuerte como para que ninguno de nuestros hombres regresara con vida.

Los pensamientos de Ranann navegaron por las profundidades de la propuesta. Un ascendente… Jamás llegó a enfrentarse a uno. No por falta de voluntad sino porque los contratistas nunca le entregaron semejante objetivo. Sería lo mismo que pedirle a alguien que se clavase su propia hoja en el corazón. Aquellos seres de poder descomunal permanecían envueltos en mitos desde que los últimos ecos de la guerra se desvanecieron. Pocos conocían ahora de su paradero.

La sola posibilidad de cazar a uno despertó una chispa de emoción en Rannan que creía olvidada. ¿Qué ocurriría? ¿Ganaría? ¿Perdería alguna extremidad? ¿Moriría? Por primera vez en mucho tiempo, le emocionó el hecho de enfrentar a alguien. No, no deseaba solo enfrentarlo. Ansiaba verlo desplomarse de rodillas a sus pies, observar como la vida escapaba de sus ojos y clavarle su hoja en el corazón.

Pero por encima de todo, la idea de que otros cazadores pudieran reclamar su presa le revolvía las entrañas.

Azrath soltó una carcajada fría y burlona, sacudiendo la cabeza con incredulidad fingida.

―Ese destello en tus ojos me dice que estás interesado. Entiendo el placer que debe dar la oportunidad de matar a uno de ellos… de probar tu fuerza ante un ser al que llaman semidios. Eso no sucede todos los días ―la mirada del skarniano adquirió un fulgor de seriedad que haría helar la sangre de cualquiera―. Sin embargo, te daré un consejo. Puedo ver que aún eres joven. Tienes toda la vida por delante y, si quieres seguir caminando por estas tierras, te recomiendo que evites enfrentarte a uno. Tu trabajo es sencillo: entras, tomas la reliquia y sales con ella. Si puedes evitar al Ascendente, mejor. Si te encuentras con él… huye.

Ranann se quedó en silencio, sopesando su decisión. Al no recibir respuesta, el joven volvió a alzar la voz.

―Si no crees poder, no te arriesgues. Conozco a otros que…

―Acepto.

La respuesta tomó desprevenido a Azrath como si de alguna manera Ranann no supiera del todo a quién se enfrentaría.

―¿Hablas en serio?

―No aceptaría si no estuviera seguro de vencer. Tengo muy claro cuáles son mis límites. Aunque, por lo que dices, debes confiar mucho en mis habilidades.

―He oído suficientes hazañas tuyas de mi padre para afirmarlo. Ningún skarniano se fía por completo de un humano, pero tú eres un caso aparte.

―Lo que tú digas, pero… ¿de qué cantidad de dinero hablamos?

Un suspiro ligero surgió de la garganta del joven skarniano.

―Desde luego, padre tenía razón ―rebuscó en su túnica y sacó una pequeña bolsa de tela que lanzó sobre la mesa con un tintineo metálico. El peso hizo que cayera enseguida―. Eres alguien muy codicioso.

Los dedos de Rannan se cerraron alrededor de la bolsa de cuero y el metal emitió una nota musical que resonó contra la palma de su mano. Desató el cordón y echó un vistazo al interior para encontrarse con la fortuna que aguardaba en el interior. No era el mejor pago que llegó a recibir, pero sin duda estaba entre los mejores.

―¿Esto es todo lo que vale mi vida para ti?

Azrath frunció el ceño con una molestia apenas contenida. Solo mantuvo aquella sonrisa gélida, suspendida entre los labios como una amenaza sin voz, observando al asesino frente a él. Esperó en silencio.

―Bien ―dijo al fin―. Entonces asumiré que mi recompensa se triplicará cuando regrese.

―Triplicada quedará si regresas con vida y con la reliquia en las manos ―accedió con desgano―. Aunque, sinceramente, no apuesto por eso. Padre hablaba de ti con tanta vehemencia que imaginé a alguien muy distinto. Esperaba un rostro más curtido. No a un muchacho menor que yo.

Ranann no pareció ofenderse en lo más mínimo por aquel comentario. Le resultaba incluso ventajoso que lo subestimaran. Cuanto más bajo pareciera el listón, más brutal la caída de quienes lo contemplaban desde arriba. Cada rostro sorprendido sería un deleite cuando su hoja extinguiera hasta el último aliento.

Azrath, sin dejar de contar las monedas, prosiguió.

―Claro que… ¿Quién sabe? Si realmente logras salir exitoso, quizá hasta te permita ser parte de mis futuros planes.

Ranann chasqueó la lengua y lo miró por primera vez con verdadero desprecio.

―Ahórrate las ilusiones. No tengo ningún deseo de trabajar con lagartos de sangre fría como vosotros. Lo que tuve con tu padre fue una deuda. Contigo no tengo la menor intención de contraer otra.

Desde mucho tiempo antes de que siquiera él llegase a pisar las tierras de Velthara, los skarnianos y humanos nunca llegaron a verse como iguales. Desde tiempos inmemoriales, las Cinco Coronas―Humanos, Elfos, Skarnianos, Ferranos y Aradim―construyeron sus diferencias como fortalezas. La Guerra de la Discordia transformó esas diferencias en grietas impenetrables. Lo que antes fueron fronteras invisibles se solidificaron en muros de desconfianza, y ningún reino, sin importar cuán pequeño o poderoso fuera, toleraba que otra corona que no fuera de la suya pisara su territorio sin permiso.

Azrath sonrió de nuevo, ignorando la hostilidad que desprendía el asesino.

―Como prefieras ―se puso en pie―. El resto de los míos se encuentra en el bosque. Nosotros te acompañaremos hasta la ciudad y distraeremos a los guardias. Del robo te encargas tú.

Los pasos de Azrath se desvanecieron entre las sombras, como si la taberna los hubiera devorado. Ranann mantuvo la mirada fija en el dibujo un instante más, luego lo dobló con cuidado y lo ocultó bajo la ropa, cerca del pecho. La idea de enfrentarse a un Ascendente seguía dando vueltas en su cabeza, produciéndole una mezcla de temor y excitación que le resultaba imposible ignorar.

Se incorporó con calma. Cinco monedas de plata tintinearon sobre la madera al caer. Algunas arrastraban costras de barro seco, otras manchas más oscuras. El tabernero torció el gesto, pero no dijo nada. El dinero sigue siendo dinero, después de todo. Solo se inclinó para recogerlas sin importarle su procedencia.

En el exterior, la noche envolvía la ciudad con nubes que ocultaban la luna. El frío arreciaba con cada ráfaga de viento que atravesaba las calles vacías. Azrath aguardaba bajo el dintel, contemplando el cielo como si calculase la duración de la ruta. Por un instante, ambos intercambiaron una mirada y se adentraron en las calles de Magona.

Las últimas luces de la ciudad quedaron atrás cuando cruzaron los límites y penetraron en el bosque. La humedad calaba hasta los huesos. De vez en cuando, el crujir de una rama seca resonaba entre los árboles.

―¿Dónde aguardan tus camaradas? ―preguntó Ranann.

―Al otro lado del claro. ―Azrath rodeó con la mirada las sombras que se retorcían a su alrededor―. Mi gente no confía en estos parajes humanos.

Avanzó un par de pasos, apartando con la mano algunas ramas densas que bloqueaban el camino. Un leve destello de antorcha surgió más adelante. Ranann lo siguió, hundiendo las botas en el barro mientras un nocturno coro de insectos y aves lejanas los envolvía en un canto monótono.

Ninguno se atrevió a hablar más hasta acercarse a los primeros árboles del claro, donde se adivinaban sombras entre los equipajes y la leña que ardía en una fogata moribunda. Cuatro carromatos impulsados por Terracones reposaban junto a un pequeño arroyo.

Las brasas bajas iluminaron a un puñado de figuras que, a primera vista, parecían humanos. Pero bastaba con fijarse en los cuernos que emergían de sus cráneos ―algunos retorcidos como espirales de carnero, otros afilados y puntiagudos como dagas― para descartar toda duda. En algunos, la piel adquiría una textura con escamas brillantes repartidas por los hombros, brazos o piernas, reflejando destellos en diversos colores. Otros exhibían garras que emergían donde otros poseían uñas normales, diseñadas para desgarrar carne con facilidad.

Ranann se detuvo a estudiar a quienes se convertirían en sus compañeros temporales. Ninguno poseía pupilas alargadas como las de Azrath. Fuera cual fuera la razón de que él las tuviese, no le importaba, aunque uno de ellos, con una cola que recordaba a una serpiente musculosa, atrajo su atención de inmediato. Alto, incluso para los estándares de los skarnianos.

Sería fuerte… pero también un gran peligro.

―Así que este es el asesino del que tanto se habla ―El skarniano que contemplaba gruñó desde las sombras. La capa oscura envolvía su cuerpo, pero no ocultaba el brillo mate de la armadura ligera ni el cinturón cargado de dagas que le cruzaba el torso―. No entiendo por qué arrastramos a un humano con nosotros. Somos skarnianos. Podemos hacer cualquier cosa por nuestra cuenta.

El asesino no respondió de inmediato. Inclinó la cabeza hacia Azrath sin apartar la mirada del skarniano.

―¿Cómo se llama el grandullón? ―preguntó justo cuando el otro escupía al suelo un fluido espeso y oscuro. La vegetación siseó al contacto, marchitándose bajo la quemadura.

―Kórvath ―dijo Azrath sin rodeos―. Un Pyroskarniano. De nuestra infantería, quizá el guerrero más talentoso de cuantos hemos visto en décadas. Un verdadero prodigio entre los nuestros.

Ranann arqueó una ceja.

―¿Un prodigio?

―Así es. Su cola comenzó a crecer después de cumplir los quince. Han pasado cinco años y no ha habido necesidad de cortarle la cabeza. Es algo que no tiene precedentes en nuestro clan.

Los skarnianos no solían vivir durante mucho tiempo. Su esperanza de vida terminaba alrededor de los cuarenta, pero la gran mayoría perecía incluso antes de lograr vivir veinticinco años. La razón: su pérdida de cordura.

La conversación quedó interrumpida por los pesados pasos que se acercaban. Kórvath caminaba hacia ellos, cada pisada hundiéndose en el barro y dejando tras sí huellas humeantes que despedían un tenue vapor. Al detenerse frente a Ranann, la diferencia de altura entre ambos se hizo más evidente: la figura del pyroskarniano se alzaba por encima de los dos metros, un gigante al lado del joven asesino con sus escasos metro sesenta y cinco. Nunca le molestó ser pequeño. A menudo, su tamaño reducido le permitió sobrevivir: escurrirse en lugares estrechos, deslizarse entre sombras y sorprender a sus enemigos.

Kórvath se inclinó, examinándolo con la misma curiosidad que tendría un hombre al comprobar la resistencia de una cuerda antes de usarla.

―Eres muy enclenque para ser un asesino ―Los colmillos asomaron en una sonrisa depredadora―. ¿Cuál es tu nombre?

―Ranann. Solo Ranann.

Un golpe seco estremeció la tierra cuando la poderosa cola de Kórvath golpeó el suelo con indiferencia, levantando una nube de hojas secas que ardieron al instante al rozar sus escamas ígneas. Los skarnianos cercanos retrocedieron casi de inmediato.

―Así que tú también has renunciado a tu apellido… Eso me gusta. Se han pagado muchas monedas por tus servicios, pequeño asesino. Espero que seas tan bueno como dicen. Aunque debo admitir que aun no entiendo por qué has decidido ayudarnos. ¿De verdad traicionarás a los de tu propia corona, así como así?

Ranann se encogió de hombros, fingiendo indiferencia mientras sostenía la fría mirada del gigante.

―Trabajo para quien paga bien. No me importa si el objetivo es el mercader más mísero del pueblo o el mismísimo rey. Por supuesto, me costaría garantizar el éxito si debo hacerlo solo.

El pyroskarniano inclinó la cabeza, evaluando sus palabras con aire calculador.

―¿Cuántos años llevas a la espalda?

―Treinta y cuatro.

―No digas sandeces. No eres más que un mocoso. Apenas habrás vivido cuatro más que yo.

―No tengo razones para mentir.

Por un instante, los ojos dorados del skarniano brillaron con sospecha. Tal vez consideró seguir interrogándolo, pero al final se limitó a soltar un bufido.

―No importa, llevémonos bien, aunque sea por un breve tiempo ―Extendió su mano. Garras sobresalían de sus nudillos―. Puedes llamarme Kórvath.

Ranann no se movió. Ni siquiera pestañeó. Sus ojos recorrieron las escamas rojizas, relucientes bajo la tela como brasas sofocadas. Deslizó la mirada por la tensión sólida del brazo extendido, hasta detenerse en la cola que se agitaba con una parsimonia hipnótica.

―¿Cuánto te queda? ―Alzó el mentón hacia la base de la cola, justo donde la piel reptiliana se mezclaba con la carne―. Tengo entendido que llevas cinco años con ella. ¿No temes pronto perder la razón?

Kórvath esbozó una risa seca. La cola dio otro golpe y lanzó al aire un tocón de madera mal arraigado, el cual cruzó la explanada y acabó volando en dirección al río. El estruendo levantó unos cuantos murmullos entre los suyos.

―No tengo interés en calcular eso. ― murmuró mientras arrastraba un dedo por su cuello, dibujando un gesto que rozaba la locura―. Si llega el momento en que mi mente deje de pertenecerme, que me corten la cabeza si la situación lo requiere. Nadie vive eternamente y yo prefiero vivir poco tiempo, pero hacerlo a lo grande.

Ranann apartó la vista, observando con calma el fulgor en sus pupilas que pronto se volverían como las de un depredador. Dos años, quizá menos para que se convirtiese en una criatura atroz con el único pensamiento de destruir todo a su paso. No podía ver en él otra cosa que una amenaza futura. Nunca confió en criaturas con habilidades inestables, menos aun cuando ellas mismas lo reconocían. Cuanto antes terminase aquel encargo, antes podría perderlos de vista.

Ya no quedaban saludos que intercambiar. Solo miradas esquivas. La mayoría del grupo ignoró a Ranann. Algunos dejaban escapar siseos burlones, risitas ahogadas y comentarios despectivos dirigidos sin disimulo hacia el sin escamas. Otros se limitaron a repasar los filos de sus armas o a rozar con las garras las piedras de afilar, Azrath avanzó desde el centro y, sin necesidad de alzar la voz o dar orden alguna, los skarnianos supieron que llegó la hora de partir. Un movimiento colectivo, casi sincronizado, recorrió las filas de los skarnianos y comenzaron a marchar hacia los grandes carromatos de transporte que aguardaban al borde del campamento improvisado.

Ranann observó con el rabillo del ojo cómo Kórvath se encaminaba con paso decidido hacia uno de los vehículos traseros. En respuesta, él torció su trayectoria y se encaminó al carromato delantero. Azrath ya ocupaba el asiento del conductor, la espalda erguida, las manos apoyadas con calma sobre las riendas.

A una nueva señal gutural de los conductores skarnianos designados, los Terracones tensaron sus poderosos y abultados músculos bajo los pesados arneses. Un temblor palpable recorrió la tierra cuando las enormes criaturas hundieron sus patas. Con un esfuerzo titánico que hizo crujir las gruesas correas de cuero y las juntas de madera de los carromatos. El avance resultó lento al principio, pero pronto ganaron una gran inercia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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