Los Ecos de la Guerra - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Vuelta al bosque Thaluren
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20: Vuelta al bosque Thaluren 20: Vuelta al bosque Thaluren El sol descendía en el horizonte, arrastrando consigo los últimos vestigios del día.
Sentado en el salón, Kayn observaba desde la ventana como el atardecer marcaba el final de un día más.
Tenía los ojos fijos en el exterior, como si allí lograra encontrar algo que le diera respuestas.
Pero no las hallaba en el cielo, ni en las calles ni en el eco de risas lejanas que flotaban entre las casas.
El sillón bajo su cuerpo se sintió de repente asfixiante.
Incapaz de soportar un minuto más entre esas cuatro paredes, se levantó con decisión.
Necesitaba aire fresco, algo que despejara sus pensamientos, aunque fuera por un rato.
Al cruzar la sala, el sonido proveniente de la cocina lo detuvo.
Un murmullo familiar de burbujas rompiendo la superficie de un caldo y el crujido de hierbas frescas al ser picadas con precisión.
―¿Vas a salir?
La voz suave de su madre llegó desde allí, apenas alterada por el crepitar del fuego.
Sobre la mesa, un manojo de tomillo y raíz de clavo aguardaba a ser arrojado a la olla.
Kayn asintió sin molestarse en dar explicaciones y pasó de largo.
―Cuando termine de preparar la cena iremos a despedirnos―mencionó, sin apartar la vista del cuchillo con el que picaba las hierbas―.
Asegúrate de volver pronto y abrígate.
Esta noche hará frío.
―No hace falta.
Solo daré una vuelta.
Los dedos de Kayn se cerraron en torno al pomo de la puerta.
Tan pronto como cruzó el umbral, el aire nocturno y frío lo recibió con un leve zarpazo en la piel, filtrándose por los pliegues de su ropa.
Dejó escapar un profundo suspiro que se convirtió en vaho.
Mientras caminaba por las calles de Brumavilla, un grupo de jóvenes pasó cerca, maletas y mochilas a cuestas, conversando con alegría junto a sus guardianes.
Los de rango menor caminaban a su lado como si fueran mascotas mientras que los de rango ordinario revoloteaban pegados a ellos como sombras.
Los vínculos ordinarios no podían separarse mucho de su domador y, si lo hacían, una fuerza invisible los atraía al instante.
Apartó la mirada.
Sus voces llenaban el aire con una alegría que, para él, resultaba casi dolorosa.
Todos iban hacia la academia, un lugar al que él no podía aspirar.
Aunque intentaba aceptar esa realidad, la frustración persistía, ardiendo en su interior.
Dio media vuelta y tomó otra dirección.
Las casas de madera y piedra se alzaban a ambos lados del camino.
Pocas ventanas permanecían iluminadas.
Algunas tenían pequeños letreros colgando sobre las puertas, nombres casi borrados por la intemperie.
Otras conservaban macetas con flores marchitas.
Casi toda la aldea se encontraba en la entrada donde los carromatos aguardaban.
Todavía quedaba casi una hora para que partieran.
Kayn avanzó hasta la plaza principal, donde la fuente de mármol rompía el silencio con su incesante murmullo.
Sus pasos lo llevaron hasta el pedestal donde su ceremonia tuvo lugar.
Por un momento su mente regresó a aquella misma mañana.
Al momento donde sus sueños se hicieron pedazos.
«Has suspendido.» El recuerdo lo golpeó sin contemplaciones, clavándose en su cabeza con la misma fuerza que el frío en las mañanas de invierno.
Se deshizo de aquellos pensamientos negativos.
Ya no tenía de qué preocuparse.
No todo estaba perdido.
Algún día encontraría la forma de vincularse con un guardián sagrado.
No necesitaba ir a la academia.
Lo conseguiría por sus propios esfuerzos.
Lo había aceptado, pero…
entonces, ¿por qué seguía doliendo tanto?
¿Por qué no era capaz de sentir que las cosas saldrían bien?
¿En qué momento se convirtió en alguien que le tuviese tanto miedo al futuro?
Hasta ahora lo tuvo tan claro que… Casi sin darse cuenta, su mirada se desvió hacia un sendero más allá de la plaza, un trazo serpenteante que se perdía entre la maleza.
Sintió un escozor repentino en la frente, un ardor leve que llegó sin previo aviso.
Se llevó los dedos a la zona, desconcertado.
Sus pies avanzaron de forma inconsciente, alejándolo del murmullo hipnótico del agua.
El sendero se estrechaba más a medida que avanzaba, enroscándose entre los árboles.
Las raíces nudosas emergían, atrapando sus pies, dificultando cada paso que daba.
Algunas ramas bajas arañaron el borde de su abrigo, dejando tras de sí un rastro de pequeñas marcas en la tela.
Entre la maleza, antiguos carteles despintados surgían de vez en cuando advirtiendo con letras casi borradas por la intemperie.
NO PASAR Apenas les dedicó una fugaz mirada e ignoró la advertencia, continuando su camino.
La humedad del bosque comenzó a calarle a través del calzado y el frío se deslizó hasta los huesos cuando cruzó el límite invisible marcado por aquellos carteles.
Dirigió la mirada hacia la última franja de luz que se desvanecía por el horizonte, consciente de que en cuestión de minutos la noche se apoderaría por completo del bosque Thaluren, cubriéndolo con su manto oscuro.
Hacía ya tiempo que no se adentraba por su cuenta en aquel bosque.
Cinco años, desde aquella fatídica noche de verano en la que estuvo a punto de perder la vida.
Cuando era niño solía vagar despreocupado entre los árboles, creyéndose invulnerable, convencido de que el mundo era un lugar simple, donde los sueños se cumplían si así lo deseabas.
Podía recorrer aquel sendero con los ojos cerrados; conocía cada curva, cada árbol y cada desnivel del terreno.
Los niños de Brumavilla jugaban sin parar al escondite entre aquellos troncos robustos, desafiando las advertencias de los adultos sobre criaturas peligrosas que pudieran estar al acecho, sobre todo después de la caída del sol.
Todos, incluido él, creían que solo se preocupaban de más.
Que solo exageraban.
Y durante mucho tiempo, creyó tener la razón.
Que no existía peligro real.
Hasta que un día su propia sangre manchó el suelo entre los helechos.
Aquel día permanecía grabado en su memoria con nitidez.
La criatura que lo había atacado surgió de entre las sombras sin previo aviso, rápida como un relámpago, silenciosa como la propia noche.
No se trataba de una bestia ordinaria; no coincidía con ninguna descripción conocida por los habitantes del pueblo.
Pero Kayn recordaba con claridad aquellos ojos brillantes que enmarcaban un cuerpo hecho de sombras, la sensación helada de sus garras, y la certeza absoluta de que no sobreviviría.
Pero lo hizo.
Y aun a día de hoy no entendía cómo.
Apretó con fuerza la gema que colgaba de su cuello, recordando aquel momento en que su padre lo salvó.
El roce de sus dedos sobre la piedra hizo que la vieja cicatriz de su frente ardiera con fuerza renovada.
Fue lo último que aquella criatura dejó.
La examinaron creyendo que podría tratarse de algún cristal de resonancia, pero incluso en la Academia de domadores no pudieron detectar nada.
No se trataba más que de una simple piedra sin valor que terminó convirtiéndose en un amuleto para Kayn que le recordaba el día en el que estuvo a punto de morir.
Nunca volvió a saber nada de aquella criatura.
Aunque entró varias veces más al bosque acompañado de su padre, jamás volvieron a cruzarse con aquel ser extraño.
Con el tiempo, el incidente se convirtió en una historia para asustar a los más jóvenes, advirtiéndoles sobre los peligros reales que acechaban tras el atardecer.
Aunque algunos ignoraron la historia, otros dejaron de acercarse al bosque con solo escuchar el nombre de Kayn.
Algunos niños del pueblo incluso pensaban que estaba maldito o algo.
Regresó solo.
Sin filo con el que cortar.
Sin protección alguna.
Conocía los riesgos.
No importaba.
El cuerpo pedía ese silencio, como la carne herida busca el agua fría.
Había salido de casa sin intención de venir aquí, pero su corazón lo arrastró hasta allí.
No pensaba regresar por ella.
No creía necesitarla.
Estaría poco tiempo.
Los troncos se abrieron en torno a un claro.
A la luz del día, el sol atravesaba las copas, creando destellos verdes sobre la hierba que brillaba con un matiz intenso.
Pero al caer la noche, las criaturas conocidas como Thaluren dotaban aquel lugar de un resplandor azulado.
Los pequeños seres translúcidos flotaban sobre el río, brillando con un azul pálido, reflejando la luz tenue y simulando ser diminutas estrellas vivas.
Durante un instante fugaz, Kayn pudo ver sombras de días pasados de cuando él y sus amigos visitaban el bosque.
Allí estaba él golpeando el tronco de un árbol mientras el resto hacían cosas de niños.
Sin embargo, aquella visión se evaporó tan rápido como llegó.
Se aproximó a la orilla, inclinándose para observar su reflejo en las aguas cristalinas: el mismo rostro, los mismos ojos, pero con la expresión marchita de alguien que había perdido más de lo que deseaba admitir.
Movió la mano y la imagen se desdibujó en un destello de ondulaciones.
Sintió el frescor que adormeció la piel.
Después sacudió la mano, salpicando gotas.
No había vuelto a hablar con ninguno de sus amigos desde que la ceremonia terminó.
Solamente con Burst y, el resultado no fue el que deseaba.
Tuvo un anhelo de retroceder en el tiempo.
De poder volver instantes atrás y golpear a su antiguo yo para que dejara de lamentarse, de creer que todo estaba perdido.
Porque incluso cuando ya no existía esperanza, siempre quedaba algo con lo que seguir adelante y eso era lo que él ahora se forzaba a creer.
Deslizó la vista por las piedras desparramadas en la orilla y escogió una de forma alargada, la misma que tantas veces usó para conseguir doce rebotes.
Nadie de la aldea había conseguido superarlo.
Apretó la piedra y alzó el brazo, definiendo la posición del codo hasta lanzarla.
Un bote.
Dos botes.
Tres botes…
Y entonces, el cuarto ocurrió con una fuerza desmedida que hizo a la piedra salir disparada, trazando un arco errático antes de perderse entre los matorrales densos que bordeaban la otra orilla del río.
Apenas unos segundos después, un golpe sordo resonó en la maleza, apagado, pero lo bastante firme para que Kayn entornara los ojos con sospecha.
Algo se agitó en la espesura.
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