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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Colmitormenta
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21: Colmitormenta 21: Colmitormenta Kayn se inclinó para observar la orilla opuesta y, de pronto, un bramido animal emergió de ese rincón.

La maleza se sacudió con furia y una silueta emergió de su escondite, como si las sombras se hubieran condensado en una forma amenazante.

Un Colmitormenta, casi tan alto como él.

Su pelaje gris oscuro se confundía con la penumbra, solo resaltado por finas líneas violáceas que resplandecían con tenue intensidad, recordando a los destellos que preceden a una tormenta.

Clavó sus ojos apagados en Kayn mientras una mancha rojiza brillaba fresca en su frente.

El hocico se levantó para soltar un nuevo bramido, bajo y amenazante.

Kayn se maldijo a sí mismo.

Sus dedos buscaron el mango de una espada que no portaba consigo.

El corazón le palpitó con fuerza.

Su mente, acelerada por la adrenalina, trazó rutas de escape que sabía que serían inútiles, pues ante un colmitormenta aquello era lo peor que podías hacer.

Darle la espalda equivalía casi a pedir que te matara.

Eran demasiado veloces pues sus cuerpos estaban diseñados para la caza y sus sentidos afilados para detectar hasta el más leve indicio de debilidad.

Apenas eran resistentes, pero acertarles un golpe exigía de reflejos y buena suerte.

Kayn tragó saliva.

Se trataba de la primera vez que se enfrentaba a uno él solo.

Nadie vendría a ayudarlo.

Desvió la mirada con urgencia hacia el suelo buscando algo, cualquier cosa que sirviera como arma improvisada.

Un palo, poco más grueso que su antebrazo, se le presentó entre las hierbas.

Se inclinó sin apartar la vista de la bestia y lo recogió.

El tacto áspero y húmedo de la madera se clavó en sus palmas, astillando sus manos.

El colmitormenta flexionó las patas traseras, preparando su salto.

Sus músculos, tensos bajo la piel brillante, vibraron como resortes comprimidos a punto de dispararse.

Las piernas le temblaron, pero se forzó a mantenerse firme.

Si no lograba enfrentarse a una simple bestia por su cuenta, jamás llegaría a ser fuerte.

Tal vez aquello se trataba de una simple coincidencia.

Una prueba del destino.

Respiró hondo.

Tensó las piernas preparándose para el ataque.

El colmitormenta rugió.

Sus garras, largas y curvas, se clavaron en la tierra húmeda de la orilla, dejando surcos oscuros a su paso.

Un destello violáceo recorrió su lomo, relámpagos sutiles que crepitaron en su piel antes de desvanecerse en el ocaso.

Se alzó sobre sus patas traseras, tanteando el próximo movimiento, y luego, sin más advertencia, se lanzó en una curva veloz.

Kayn apenas tuvo tiempo de alzar el palo antes de que la bestia lo embistiera con fuerza.

El impacto vibró en sus brazos, entumeciéndolos hasta los huesos.

Sus pies se hundieron en la hierba empapada, y el peso del colmitormenta lo arrastró hacia atrás, el hocico a escasos centímetros de su rostro.

Un aliento caliente, espeso y cargado de hedor a carne cruda le golpeó la piel, encogiendo su estómago.

Giró el cuerpo en el último instante, barriendo el aire con el palo, obligando a la criatura a girar la cabeza para evitar el golpe.

Un gruñido profundo vibró en la garganta del colmitormenta mientras sacudía la cabeza.

Su lomo se arqueó, un gesto casi imperceptible, pero suficiente para que Kayn entendiera lo que venía.

Saltó, sus garras buscando la carne.

Kayn alzó el palo para bloquear, pero la presión de las mandíbulas de la bestia lo envolvió en un instante.

Un estremecimiento recorrió sus brazos cuando sintió la madera astillarse, más el improvisado garrote aguantó lo suficiente para evitar que los colmillos le alcanzaran el cuello.

Un dolor abrasador explotó en su hombro izquierdo.

Un zarpazo, rápido y certero, logró rasgar su carne.

No fue un corte profundo, pero seguía ardiendo.

Kayn no emitió grito alguno.

Solo un gemido áspero escapó de su garganta cuando sintió la cálida humedad de la sangre empapando su camisa.

Retrocedió tambaleándose, el brazo izquierdo colgando inútil a su lado, aun sosteniendo la rama con la mano derecha.

Luchaba por encontrar alguna estrategia de supervivencia.

Aquella arma improvisada no duraría mucho tiempo.

Su mirada se alzó al cielo, buscando una salida.

Apenas quedaban tenues destellos de luz entre las copas de los árboles.

Los colmitormentas resultaban ser extremadamente sensibles a la luz.

Podrían ser muy buenos cazadores nocturnos, pero bajo el sol eran inútiles.

Si lograba llevarlo a la pequeña zona iluminada, podría aturdirlo y entonces, lograría escapar.

Se lanzó a la carrera.

La bestia le siguió al instante, su velocidad descomunal reduciendo la distancia entre ambos en cuestión de segundos.

El suelo blando de la ribera amenazó con atraparlo en cada zancada, pero se forzó a seguir adelante.

Una embestida lateral lo golpeó de lleno, haciéndole perder el equilibrio.

Sus zapatos se hundieron en el lodo, a escasos centímetros del agua.

Demasiado tarde.

La noche ya se había adueñado del lugar y las únicas luces que quedaban provenían de las suaves y pálidas luminiscencias de las pequeñas Thaluren que flotaban por el claro.

Pero esa luz tenue resultaba insuficiente para ahuyentar al depredador.

Intentó retroceder mientras el colmitormenta lo fijaba, pero tropezó con una roca suelta y se desplomó sobre el río con un chapoteo que le salpicó el rostro.

Burbujas emergieron a su alrededor.

Corrientes inquietas se arremolinaron junto a sus piernas, y un cosquilleo punzante se extendió desde sus tobillos hasta las rodillas.

Las Thaluren se agruparon cerca, agitadas ante la aparición repentina de un intruso.

La bestia saltó hacia él con fauces abiertas, buscando su cuello.

Kayn levantó desesperado la rama astillada, bloqueando en un choque violento las mandíbulas.

Las patas delanteras arañaron el aire.

Su hocico quedó a escasos centímetros del rostro de Kayn.

Maldijo mientras hacía uso de todas sus fuerzas para hacerle retroceder.

Cerró los dientes con furia y, en un último esfuerzo, aflojó la presión por un instante.

Lo justo para permitirle moverse.

Se incorporó apenas y lanzó un rodillazo a la parte baja del torso de la bestia.

El colmitormenta gimió de dolor, retrocediendo y dándole la oportunidad a Kayn para respirar.

El garrote se partió en ese instante, astillas volando en todas direcciones.

La criatura escupió el trozo roto con un resoplido furioso y entrecerró los ojos, evaluándolo de nuevo, como si dudara entre lanzarse de nuevo o buscar otra oportunidad.

Cuando Kayn creía que todo estaba perdido, un crujir de ramas resonó desde un costado del claro.

Desvió la mirada hacia la maleza que se agitaba con brusquedad.

«¿Otro colmitormenta?

Si tengo que enfrentarme a dos no lograré salir de aquí con vida.» La bestia giró la cabeza, distraída por un segundo, lo suficiente para que un fogonazo anaranjado cruzara el claro de repente.

Una esfera ardiente iluminó el área, acercándose de forma peligrosa a la criatura.

Aunque el colmitormenta logró esquivarla en parte, el calor repentino y la luz cegadora fueron suficientes para arrancarle un gruñido de auténtico dolor.

Sacudiendo con violencia la cabeza, aturdido por el brillo repentino que castigó sus ojos sensibles, se vio obligado a desaparecer en la seguridad de los árboles circundantes.

Kayn se quedó sobre el río, las Thaluren reuniéndose a su alrededor, el pecho agitado y el hombro lastimado.

Levantó lo que quedaba del palo, reducido a un pedazo inservible que goteaba savia y astillas.

Lo contempló con los dedos temblorosos y lo dejó caer junto a él, espantando a algunas Thaluren.

Más allá de la orilla, los matojos seguían temblando.

Fijó la vista en aquel punto de vegetación que se agitaba sin cesar y tensó la espalda a la espera de otra embestida.

Alzó una mano con la intención de tantear el suelo rocoso.

Una criatura surgió de la maleza y se abalanzó sobre él, casi sin dar tiempo a reaccionar.

Sintió un impacto contundente en el pecho, seguido por el empuje de garras o zarpas ―no alcanzó a distinguirlo― que lo desequilibraron y lo empujaron hacia el agua.

Cayó entre piedras mojadas, las manos hundidas en la grava en un intento inútil de frenar aquel embiste.

El agua turbia lamía su costado, mezclándose con la mancha escarlata de su herida.

Confuso, parpadeó sin darse cuenta de quién lo atacaba.

Quiso incorporarse, pero el escozor en el hombro lo obligó a jadear.

Entre la bruma de dolor, distinguió lo que parecía un osezno negro sobre la orilla del río.

«Un momento.

Este es…» Antes de poder completar el pensamiento, el pequeño oso negro tomó impulso desde la orilla y aterrizó sobre las rodillas de Kayn, buscando lamerle la cara sin compasión.

―¡Oye!

¡Para…!

―soltó entre risas ahogadas que se mezclaban con sus protestas, sacudiendo la cabeza de un lado a otro con energía para esquivar la lengua mojada.

Frotó el antebrazo contra las gotas que bajaban por su mejilla.

El agua del río seguía escurriendo por su ropa, y ahora se sumaba la baba amable del cachorro.

Un sonido inconfundible sobresalió por encima de la corriente del agua.

―¡Grok!

Sorprendido, se giró para encontrarse con la mirada de alguien que, de alguna forma, no esperaba volver a ver.

Entre los árboles, apareció Burst, con la respiración entrecortada, como si hubiera corrido sin pausa a través del bosque.

Al verlo se quedó sin palabras y durante unos segundos ninguno se atrevió a hablar hasta que Grok lanzó una entusiasta lamida sobre la mejilla del muchacho que despertó una gran carcajada en el mismo.

Lo empujó, esta vez por el pecho peludo.

Retrocedió solo lo suficiente para no perder el equilibrio y usó el antebrazo para apartar al osezno, que insistía en volver con su hocico húmedo, empapando aún más sus ropas.

―Veo que le caes bien Burst se adentró hasta la orilla del agua.

―Eso parece ―admitió Kayn con una mueca de dolor, tendiendo al oso que se retorcía hacia Burst para que este, por fin, lo tomase.

Burst sujetó al pequeño guardián por debajo de las patas delanteras, alzándolo hasta quedar frente a su firme mirada.

―¿Tienes algo que decir en tu defensa?

Te largaste sin avisar.

¿Tienes idea de lo preocupado que me tenías?

Grok desvió la mirada, igual que un niño travieso.

El gesto provocó que Burst apretara los labios e inspirara hondo, tratando de mantenerse serio.

El osezno aprovechó la distracción para trepar con agilidad por el brazo de su domador hasta alcanzar su hombro.

Allí se acomodó hecho una bola peluda y oscura.

Cerró los ojos, indiferente a cualquier regaño, y soltó un pequeño gruñido satisfecho.

Mientras el osezno fingía dormir para ignorar las represalias, Kayn aprovechó para llevarse una mano al costado herido, tanteando la zona bajo la ropa mojada para intentar medir la gravedad del sangrado.

No Al girarse, Burst dirigió su mirada hacia la mancha oscura que se extendía de forma preocupante entre las ropas desgarradas.

―¿Qué te ha pasado?

―Me topé con un colmitormenta.

De haberlo sabido habría traído conmigo la espada ―desvió la mirada hacia Grok―.

He tenido suerte de que tu guardián apareciese.

De no ser por él, ahora mismo sería parte del menú de esa bestia.

Burst suspiró, acostumbrado a la cantidad de problemas en los que él y su amigo se metían a lo largo de su vida.

Se acercó de nuevo a la orilla y le ofreció su mano firme.

―Sal de ahí antes de que te congeles.

El muchacho tomó la mano sin dudar mientras Burst lo ayudaba a incorporarse sobre las piernas temblorosas, saliendo del agua helada.

―¿Te encuentras bien?

―He tenido heridas peores ―respondió con una sonrisa mientras Burst miraba de reojo la cicatriz que el mechón de su pelo tapaba―.

Un día de descanso y estaré como nuevo…

Y tú, ¿qué tal te encuentras?

Debes estar agotado después de que tu vínculo haya utilizado un enlace.

―La sensación es bastante extraña ―contestó Burst, mirándose las manos―.

Fue como si de repente perdiese energías.

Por suerte parece que Grok tiene más control que yo y no me he desplomado.

Solo me siento algo agotado.

Los brazos de Kayn, que permanecían tensos desde la caída, se relajaron por completo al sentir la normalidad regresando a su interacción.

De alguna forma pensaba que no volvería a entablar una conversación con Burst en mucho tiempo.

Que se iría a la academia y al volver ya ni siquiera se llevarían bien.

―Pensé…

―comenzó en voz baja, casi para sí mismo, mirando sus botas embarradas― que ya os habrías marchado.

―Aún falta para la hora de partida.

La mayoría está llevando sus cosas para no tener que cargar con ellas luego.

Vine a buscarte porque asumí que no aparecerías cuando partiéramos.

Tu madre me dijo que saliste temprano, así que empecé a buscarte por todas partes―el oso en el hombro de Burst se removió sin abrir los ojos, se acomodó con un gruñido leve y prosiguió con su siesta improvisada.

Burst lo acarició con dos dedos―.

Perseguía a este granuja que decidió escabullirse y echar a correr por el bosque por su propia cuenta.

Parece que de alguna forma sintió que te encontrabas en peligro y vino a ayudarte.

―Te lo agradezco.

―Agradécele a Grok.

Kayn contuvo la respiración un instante al recordar la conversación de unas horas atrás.

La idea de que Burst pensase por un momento en no ir a la academia todavía le taladraba la consciencia.

―Conque al final irás a la academia, ¿eh?

Burst lanzó una mirada esquiva al río, siguiendo con la vista unas hojas caídas que se dejaban llevar por la corriente.

Una bocanada de viento agitó sus cabellos y sacudió un par de ramas, causando que gotas frías salpicaran el rostro de ambos.

―Siento lo de antes.

―No te preocupes.

Yo también me alteré demasiado rápido.

No me gustaría que, justo ahora que te vas, perdamos nuestra amistad ―con un tono más apacible, tomó aliento y dejó escapar una breve sonrisa.

Mostró alivio al ver que Burst no parecía enfadado.

Luego entrecerró los ojos―.

Aunque…, si crees que voy a rendirme, te equivocas.

Me convertiré en domador.

No me importa el tiempo que me lleve.

―¿Un domador?

Cómo se supone que vas a…

―las facciones de Burst perdieron color en un abrir y cerrar de ojos, como si adivinara en su interior lo que su amigo pretendía.

Su respiración se trabó y sus pupilas se abrieron de par en par―.

Espera un segundo…

No planeas colarte en la academia, ¿verdad?

―Es la única manera ―respondió Kayn, mostrando una seriedad que asustó a Burst.

Sin embargo, la seriedad de Kayn, no tardó en convertirse en una carcajada burlona e inocente.

― ¿De verdad pensaste que diría eso?

No soy tan necio como para hacerlo… al menos si debo hacerlo solo.

―Entonces sí que se te pasó por la cabeza.

―Entre otros cuatro planes donde probablemente terminaría en el calabozo o decapitado.

―No pienso preguntarte por esos planes.

De todas formas, si no vas a colarte, ¿a qué viene eso de que serás un domador?

Kayn exhaló antes de responder.

Una parte suya disfrutaba de esa pequeña broma, pero la urgencia que guardaba en el pecho le impulsaba a explicarse sin rodeos.

―He descubierto una alternativa para convertirme en domador ―declaró con convicción, confundiendo a su amigo―.

Bueno, más bien me la han contado.

―¿De verdad que no vas a hacer algo ilegal?

―insistió Burst ―Es gracioso que alguien como tú me hable de ilegalidades teniendo en cuenta que la mayoría de los problemas del pueblo los causas tú.

―Los ojos de Kayn se desviaron hacia la corriente, donde las thaluren seguían reuniéndose ―.

El caso es que… mi padre me habló acerca de unas estructuras llamadas Santuarios.

Mazmorras llenas de peligros donde habitan unos espíritus que si te consideran digno harán un pacto contigo.

A esos espíritus los conocen como guardianes sagrados.

Muchos lo han intentado, pero o murieron en el intento o fueron rechazados.

La sorpresa de Burst dejó su voz en silencio.

Sus ojos se clavaron en su amigo con un desconcierto que le nubló la mente.

Un viento helado acarició el flequillo de Burst y espabiló sus sentidos entumecidos.

―Oye…

no es que dude de lo que me cuentas o de Gael, pero…

¿y si solo lo inventó con tal de que no perdieses el entusiasmo?

Porque, siendo sincero, me parece muy extraño que nunca haya escuchado de algo así.

En el rostro de Burst se dibujaba la misma reacción que experimentó al oír esa revelación por primera vez.

―Al principio también pensé que mi padre me tomaba el pelo.

Yo tampoco conocía nunca esos guardianes sagrados o sobre los Ascendentes.

Quizás…

solo es una mentira.

Pero, aunque sea un engaño, he decidido intentarlo.

―¿Entonces te arriesgarás a morir en una de esas mazmorras sin la certeza de que existan los guardianes sagrados?

―¿Tengo algo que perder?

―preguntó haciendo que Burst soltara un pequeño suspiro―.

En realidad, no sé si llegaré a salir con vida siquiera, pero me esforzaré todo lo que pueda.

Incluso si el primero de esos guardianes considera que no soy digno, seguiré intentándolo hasta que uno me acepte.

―Hablas como un acosador…

―rió Burst, rompiendo del todo la tensión.

Se acercó y rozó su hombro con un ligero golpe―.

Supongo que yo me iré adelantando.

Te esperaré.

Tratándose de ti, estoy seguro de que lo conseguirás.

―Dalo por hecho ―afirmó con firmeza estrechando el puño de su amigo.

De pronto, sintió un calambre en el hombro.

Se llevó la mano al costado y respiró con fuerza, concentrado en no dejarse llevar por el dolor.

La sangre tintó sus dedos.

―Será mejor que regresemos a tu casa ―propuso Burst―.

Esa herida se ve bastante grave y se te podría infectar.

―Asegúrate de no contarle nada a mi madre.

Mucho menos a Lyra.

―Tienes mi palabra ―contestó Burst, colocándose una mano en el corazón.

―Más te vale.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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