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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 22

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22: Nuevo objetivo 22: Nuevo objetivo La casa emergió tras un seto bajo, con el tejado de madera y piedra.

Frente a la entrada, aguardaban los padres de Kayn, ambos con un semblante tenso.

Al verlo aparecer por el camino, Thalia dio un paso adelante, cruzando los brazos y frunciendo el ceño.

Él avanzó, deseando desvanecerse antes de que su madre percibiera algo raro en su porte o en el modo en que su mano se apoyaba sobre el hombro dolorido.

―¿No te advertí que regresaras temprano?

―Thalia alzó la voz justo antes de que cruzara la entrada de la casa.

Para fortuna de Kayn todavía no se había percatado de la herida de su hombro―.

Los carromatos partirán de un momento a otro.

¿Dónde te habías metido?

―Solo salí a caminar por la aldea ―respondió, desviando la mirada hacia el suelo, buscando una excusa rápida que pudiera sonar creíble―.

En el camino de regreso me encontré con Burst y nos pusimos a hablar un rato.

Perdí la noción del tiempo, lo siento.

Thalia resopló, insatisfecha con la explicación, mientras Gael se acercaba desde atrás, poniendo una mano en el hombro de su esposa en un gesto conciliador.

Sin embargo, al sentir la firme mirada de Thalia, Gael retiró la mano, retrocediendo un poco con una expresión que demostraba haber aprendido bien cuándo no insistir frente al temperamento de su mujer.

Por un instante, Kayn pensó que conseguiría salir ileso de aquella situación.

Pero justo cuando intentaba escabullirse hacia el interior, la mirada penetrante de su madre se clavó en la mano que cubría con torpeza su hombro como si se tratara de una especie de tic.

―Espera un momento ―ordenó, acercándose de golpe y apartando bruscamente la mano de su hijo―.

¿Qué te ha pasado en el hombro?

Al retirar la mano quedó expuesta la herida, cubierta por un pedazo de hoja pegado a la piel por la sangre que ya empezaba a secarse.

Thalia contuvo una respiración temblorosa, mientras sus ojos se ensanchaban por la preocupación.

―Explícame ahora mismo cómo te has hecho esa herida.

No, mejor no digas nada.

Fuiste al Bosque Thaluren, ¿verdad?

¿Cuántas veces te he dicho que no vuelvas a ese bosque sin compañía?

¿Has olvidado lo que ocurrió hace cuatro años?

―Vamos, Thalia.

No tienes por qué enfadarte tanto.

Está bien y eso es lo que importa, ¿no es así?

―dijo Gael tratando de apaciguar el momento.

Kayn agradeció aquel gesto por parte de su padre.

Siempre solía acudir en su ayuda cuando Thalia se enfadaba con él.

Sin embargo, esta vez…

―Tú, cierra la boca ―ordenó haciendo que Galen retrocediera de golpe.

Miró a su hijo de reojo haciéndole entender que ahora estaba solo.

Thalia devolvió la mirada hacia Kayn mientras este permanecía rígido como una estatua.

―Sorpréndeme, ¿qué te ha pasado esta vez?

―Nada sin importancia, solo estaba… ―Contesta.

Kayn agachó la cabeza y soltó un suspiro, consciente de que su madre no abandonaría ese asunto tan rápido.

―Tuve un pequeño encuentro con un…

―desvió la mirada hacia un lado, incapaz de sostener los ojos de su madre―.

Colmitormenta.

Galen se llevó una mano a la cara sabiendo lo que estaba por venir mientras el rostro de Thalia palidecía ante la simple mención de la criatura.

La mano que apoyaba sobre su cadera se cerró en un puño tembloroso, hasta que se acercó para revisar la herida.

Respiró de alivio al ver que no era nada grave.

Gael separó la mirada de ellos como si temiese que algo malo iba a pasar y decidió intervenir, cambiando de tema al percibir la presencia discreta de Burst, quien acababa de llegar detrás de su hijo.

―¿Ya tienes todo recogido para el viaje?

―preguntó Gael, fingiendo despreocupación y esbozando una sonrisa forzada mientras intentaba no mirar la escena entre madre e hijo.

―Tuve que dejar la mitad de mi ropa secándose después de que Grok la mojase toda, así que me quedan cosas por meter en la maleta ―respondió, captando la indirecta―.

No creo que tarde mucho.

―Perfecto, te ayudaré con eso ―respondió Gael, lanzando una última mirada de disculpa hacia su hijo antes de dirigirse hacia la casa vecina, aliviado por no tener que presenciar lo que estaba por suceder.

Esquivó la mirada de Thalia, que todavía rastreaba cada centímetro del hombro ensangrentado de Kayn.

Kayn se quedó quieto, con un hormigueo punzante en los dedos, como si un nubarrón cargado de furia se cerniera sobre él.

No encontraba las palabras adecuadas mientras su madre continuaba observándolo, inmóvil junto a la puerta.

―Esto… ―Entra en casa.

Ahora.

Obedeció sin protestar, consciente de la inutilidad de cualquier resistencia en ese momento.

Caminó hacia el salón principal, notando cómo cada movimiento reavivaba el dolor punzante en su hombro herido.

Al dejarse caer sobre una de las sillas de madera, contempló en silencio cómo su madre tomaba unas vendas limpias, un frasco de ungüento de hierbas y un pequeño recipiente con agua.

―Mira que te tengo dicho que no vayas a ese bosque ―comenzó Thalia mientras depositaba las cosas sobre la mesa―.

No se te pierde nada en un lugar tan peligroso.

¿Es que nunca vas a aprender?

Ni una experiencia cercana a la muerte te ha bastado para entenderlo.

Kayn quiso responder que aquello fue diferente, pero el miedo hacia su madre le hizo asentir con la cabeza.

Permitió que ella retirara la hoja desgarrada que protegía el corte, ahora cubierta de sangre y barro.

Con un suspiro disimulado, Thalia acercó un barreño de madera lleno de agua, sumergió en él un paño y lo escurrió con un movimiento firme.

No alzó la vista mientras, con delicadeza, limpiaba los restos de sangre reseca y la mugre adherida alrededor de la herida.

El roce del trapo avivó un golpe de dolor que Kayn disimuló apretando los dientes, hasta que el escozor de un ungüento penetrante le arrancó un estremecimiento incontrolable.

―No entiendo cómo puedes ser tan temerario ―murmuró ella, casi para sí misma, sin levantar la vista del corte mientras comenzaba a aplicar con suavidad una capa espesa de ungüento calmante y cicatrizante sobre la herida limpia―.

A veces desearía que te parecieses un poco menos a tu padre.

El comentario tocó una fibra sensible en el muchacho, quien apartó la vista hacia el otro extremo de la habitación, mientras su voz brotaba de sus labios antes de poder contenerla.

―Si retrocedo en cuanto veo un colmitormenta, jamás seré capaz de enfrentar un Santuario ―soltó sin pensar, palabras que lo sorprendieron incluso a él mismo en cuanto las oyó resonar en el silencio de la habitación.

El movimiento de Thalia se detuvo de inmediato; sus manos quedaron inmóviles sobre el brazo de su hijo, el vendaje a medio colocar.

La sorpresa brilló en los ojos de la mujer.

Tan pronto como se dio cuenta de lo que dejó escapar sin pensar, volvió a mirar a su madre con nerviosismo.

―No…

no me hagas caso ―se apresuró a corregir, agitando una mano torpemente como si pudiera borrar las palabras que acababan de salir de su boca―.

Hablé sin pensar.

No tenía intención de…

en fin, no sé qué dije.

Pero era demasiado tarde.

Las palabras ya salieron, y su madre las escuchó con total claridad.

Thalia levantó la cabeza, sus manos aún suspendidas sobre la herida del joven.

Y la expresión en su rostro no mostraba enfado, como temió en su pánico inicial, sino de una profunda y repentina preocupación, casi de alarma.

―¿Fue tu padre?

―preguntó ella, su voz apenas un susurro―.

¿Fue él quien te habló sobre los santuarios?

Kayn vaciló solo un instante, atrapado entre la espada de la verdad y la pared de una mentira imposible de sostener.

Luego, bajando la mirada, asintió, sintiéndose como un niño pequeño pillado en una travesura.

Thalia cerró los ojos por un momento, respirando hondo un par de veces, como si intentara asimilar la información, o quizá controlar su propia reacción.

Lejos de mostrarse enfadada con Gael, parecía preocupada, casi angustiada.

El herido, en su confusión, supuso que ella también conocía la historia completa.

―Sospechaba que terminaría revelándote la existencia de esos lugares ―murmuró para sí misma, negando con la cabeza, antes de mirar a Kayn de nuevo, sus ojos llenos de una inquietud que lo desconcertó―.

Aunque pensé que esperaría un poco más para decírtelo.

Es un camino demasiado peligroso.

Tu padre lo sabe mejor que nadie, él…

―Sí, lo sé ―añadió, antes de que ella pudiera seguir―.

Él mismo fracasó durante toda su búsqueda.

Pero eso no significa que a mí me ocurrirá lo mismo ―esas palabras resultaron como un mazazo inesperado para Thalia cuyos ojos se abrieron de par en par por un instante, mirando a su hijo con desconcierto.

El muchacho continuó hablando, ajeno al impacto que tuvieron sus palabras―.

No importa cuánto me cueste.

Yo no seré como papá.

¡Encontraré uno y lo completaré!

Thalia permanecía callada, contemplando con ojos entristecidos a su hijo, perdida en pensamientos que no compartió en voz alta.

La inquietud se apoderó del muchacho, que confundió el silencio con desaprobación o enfado.

―Pero tranquila, no pienso marcharme pronto ―se apresuró a decir nervioso―.

Soy consciente de que necesito entrenar mucho más.

Pasarán años, quizá, antes de que esté listo.

Por primera vez, Thalia levantó la cabeza, dejando que sus ojos encontraran los de su hijo con una ternura profunda y una sonrisa suave y resignada que lo dejó totalmente descolocado.

Kayn sintió una calma extraña extenderse por su pecho, disipando por un momento todas sus dudas.

Pero aquella tranquilidad resultó efímera.

Antes de que pudiera saborearla del todo, la mano de su madre ajustó la venda con un tirón fuerte y decidido, haciendo que soltase un breve quejido de dolor y sorpresa.

Él la miró, confundido y adolorido, mientras ella continuaba asegurando el vendaje alrededor del hombro, todavía con aquella enigmática sonrisa en sus labios, como si nada hubiese ocurrido.

Una vez que terminó su labor, el herido tanteó el hombro, consciente de la incomodidad del vendaje apretado contra su piel.

El sangrado se detuvo por completo.

Su madre se incorporó, recogiendo todo lo que utilizó y guardándolo en una caja blanca.

Él suspiró y dejó caer la cabeza hacia atrás con pesadez, apoyándola en el respaldo alto de la silla de madera.

―Será mejor que nos pongamos en marcha ya hacia las puertas de la aldea ―añadió Thalia, acomodando la caja en el estante―.

Tu padre y Leo seguramente ya nos esperan.

El muchacho mantuvo el cuerpo rígido en la silla, la mirada fija en sus manos apoyadas sobre la superficie de madera, sin atreverse a sostener la mirada de su madre.

La sola idea de ir a las puertas de la aldea y de ver a todos sus amigos mirándolo con lástima le causaba un gran rechazo.

―Prefiero quedarme.

Thalia examinó a su hijo con silenciosa preocupación.

Por un instante pareció dispuesta a contradecirlo, a insistirle, pero tras un momento de duda, suspiró, aceptando la decisión.

―Supuse que dirías algo así ―admitió en voz baja, y su tono ya no contenía enfado ni decepción, solo una suave y compartida melancolía―.

Resulta difícil ver cómo la gente que quieres se marcha a perseguir sus sueños mientras tú te quedas atrás, estancado, varado en la orilla de tu propia vida ―hizo una pausa, y una sombra fugaz de tristeza cruzó su mirada al recordar―.

Yo también atravesé esa misma y amarga sensación en su momento.

Puedes quedarte si quieres ―señaló con la cabeza hacia la cocina, de donde ahora emanaba un aroma delicioso y reconfortante―.

Puedes ir cenando sin nosotros, pero asegúrate de comer antes de que se enfríe.

Kayn le agradeció, observando a su madre alejarse y notando el crujido de la puerta cerrándose a su espalda.

Con pasos pausados, atravesó el corredor y entró en la cocina.

Una lámpara de aceite iluminaba la mesa con una luz tenue que perfilaba los muebles.

Se sentó, sintiendo la madera algo desgastada de la silla contra su espalda.

Ante él, el cuenco de caldo conservaba algo de calor, y el chico entrelazó las manos antes de tomar la cuchara.

El caldo, con trozos de verduras y pequeños restos de carne, ofrecía un sabor ligero pero suficiente para su apetito.

Cuando lo terminó, dejó escapar un suspiro breve y posó la cuchara sobre la mesa.

Se levantó, tomó un vaso de barro y lo llenó con agua de una jarra cercana.

Bebió en tres tragos, sintiendo cómo el frescor limpiaba cualquier rastro salado de sus labios.

Luego se dirigió a su habitación, recorriendo el pasillo apenas iluminado por un candil en la pared.

Empujó la puerta y se adentró.

Tras quitarse los zapatos, los colocó cerca de la puerta y se sentó en el borde de la cama, sintiendo todos sus músculos cansados.

Se tumbó sobre la cama y cerró los ojos.

El colchón crujió de modo tenue, y él soltó el aire con lentitud, intentando desterrar las preocupaciones que rondaban sus pensamientos.

El silencio se extendió por la habitación, envolviendo todo en una quietud incómoda.

Solo se oían sus respiraciones, lentas y pesadas, mientras se reposaba en la cama, esperando quedarse dormido.

Esperando que aquel día terminara de una vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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