Los Ecos de la Guerra - Capítulo 23
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23: Feliz cumpleaños 23: Feliz cumpleaños Un suave golpe contra el cristal despertó a Kayn.
Sus párpados se alzaron con lentitud, adaptándose a la penumbra que inundaba la habitación.
El resplandor tenue de la luna se colaba entre los pliegues de las cortinas.
Se incorporó despacio, apoyando el peso sobre un codo, tratando de discernir si aquel ruido resultó ser real o producto de su mente adormecida.
Esperó en silencio durante unos segundos, pero la quietud nocturna permaneció inalterada.
«Debo habérmelo imaginado», pensó, dejándose caer de nuevo sobre la almohada, cerrando los ojos con la esperanza de retomar el descanso interrumpido.
No tenía idea de qué hora era o cuánto tiempo transcurrió desde que se acostó.
Sus padres quizás ya regresaron luego de despedir a los que se marchaban.
La puerta de su habitación continuaba entreabierta, pero no recordaba haber oído movimiento alguno.
Sintió una leve punzada de culpa por no haberse despedido de sus amigos.
En especial, de Lyra.
Pasaría demasiado tiempo antes de volver a verla.
Quizás no tomó la mejor decisión, pero ya era demasiado tarde para pensar en eso.
Se revolvió en la cama, dispuesto a dejar atrás esos pensamientos.
Mañana sería otro día, el primero de una nueva vida.
Diferente, sí, pero solo sería cuestión de acostumbrarse.
Cuando apenas comenzaba a sumergirse de nuevo en el letargo, otro golpe, más fuerte esta vez, resonó con claridad en el cristal.
No fue producto de su imaginación.
Ahora estaba seguro de ello.
Se incorporó con un espasmo, preguntándose quien haría ruido a esas horas de la noche.
Las sombras de la habitación se cerraban aún más sobre sus ojos cuando soltó las piernas fuera de la cama.
La madera helada mordió las plantas de sus pies descalzos.
Avanzó a oscuras, en dirección al ventanal.
Estiró la mano con cautela mientras con la otra se frotaba los ojos.
Apenas un pliegue de la cortina cedió cuando algo golpeó el vidrio con un chasquido apagado.
El cristal vibró frente a su rostro.
Casi sin fuerza, pero la suficiente como para provocarle un respingo.
Descorrió del tirón la cortina y abrió la ventana de par en par, permitiendo que la fresca brisa que llegaba desde las montañas invadiera la habitación.
Se inclinó hacia fuera.
Entonces, otra piedra salió disparada desde abajo y le golpeó en la sien con un impacto seco y doloroso.
Retrocedió de un salto, tambaleante, con los dedos apretados contra la herida.
Maldijo a quienquiera que estuviese abajo y justo cuando estaba a punto de gritarle, reconoció una voz.
―¡Perdón, Kayn!
¿Te encuentras bien?
El rostro bajo la luna lo dejó paralizado.
El dolor en su sien se borró y se quedó mirando su figura envuelta en un resplandor planteado.
Su pelo dorado, antes recogido con cuidado, descendía ahora en ondas sueltas, llevado por el viento.
Su mirada turquesa, fija en la ventana.
No vestía joyas ostentosas ni galas de nobleza que resaltasen su belleza.
Solo un vestido azul claro, con mangas largas que rozaban sus muñecas.
El colgante del cuello, sencillo, reflejaba un destello carmesí.
Sostenía un guijarro entre los dedos, que dejó caer al suelo tan pronto como Kayn lo vio.
Él tragó saliva.
La voz apenas logró abrirse paso por su garganta irritada.
―Lyra…
―Los dedos seguían explorando la hinchazón en su sien―.¿Qué haces aquí?
Pensé que ya habríais partido.
Ella ladeó la cabeza.
Una sonrisa asomó en sus labios, frágil como el reflejo de una gota.
Desapareció con un encogimiento leve, casi imperceptible.
―Digamos que… las cosas no salieron como se esperaba.
Burst se empezó a encontrar mal de estómago y tuvo que regresar a casa un momento.
Cancelaron la salida por ahora.
―Otra vez comió algo que no debía.
―La mueca escapó antes de poder contenerla―.
Supongo que solo aprende por las malas.
Soltó una risa breve e involuntaria.
Burst tenía la costumbre de comer cosas en mal estado.
Algo frecuente si vivías solo.
Por lo general, su amigo solía aparecer por su casa a pedir algo decente para comer, pero presentarse allí hoy no pareció la opción más sabia.
La risa de Lyra brotó después, suave, contenida.
No llegó a ocuparle los ojos.
En su lugar, un destello efímero, casi un amago, murió en silencio antes de volverse llama.
Mientras ella jugueteaba con su pelo, Kayn se detuvo a contemplarla.
La luz de la luna resaltaba la línea suave de su mandíbula y dibujaba con sutileza la delicada curva de sus mejillas.
Algo en la forma en que sus ojos atrapaban la luz como un lago reflejando un cielo estrellado, o en cómo mordía el labio inferior, le hizo verla especialmente hermosa aquella noche.
Más que cualquier otro día.
―Me contó que no pensabas despedirte ―confesó Lyra, la vista fija en los guijarros del patio―.
Me pareció injusto marcharme sin…
bueno, sin decirte adiós.
Él rozó la sien con los dedos.
La piel ardía todavía.
―Te lo agradezco, pero…
¿era necesario apedrear mi ventana?
Ella bajó el rostro, los labios entreabiertos.
El calor le trepó por la nuca hasta las mejillas.
La oscuridad disimuló el color.
La voz, no tanto.
―Toqué la puerta más de una vez.
Nadie contestó, y supuse que, si te encontrabas dormido, solo así responderías.
A Kayn no le extrañaba no haber escuchado los golpeteos.
Ya le costaba a veces oír la voz de su madre desde la cocina, mucho menos escuchar golpes suaves desde la puerta.
―Está bien…
Dame un momento, bajo enseguida.
Se giró para apartarse de la ventana, pero la voz de Lyra lo detuvo antes de que pudiera moverse.
―¡No hace falta!
―gritó ella, levantando una mano―.
Solo quería despedirme.
Seguro que en nada ya nos tenemos que ir.
Bueno, no te molesto más.
Qué descanses.
―¡Espera!
Antes de que su mente pudiera procesarlo con lógica, antes de que pudiera sopesar las consecuencias o la absoluta estupidez del acto que estaba a punto de cometer, su cuerpo se movió por puro instinto, impulsado por una emoción que no lograba controlar.
El borde de la ventana apenas ofrecía superficie suficiente para apoyarse, pero eso no lo detuvo.
El grito ahogado y alarmado de Lyra desde abajo se deshizo en el viento al mismo tiempo que los pies perdían contacto con la precaria seguridad de la madera.
El vértigo de la caída fue breve pero angustioso.
El impacto contra un arbusto deformó las ramas con un chasquido y amortiguó parte del golpe, aunque no impidió que un dolor punzante se extendiera por sus huesos, sobre todo en la zona del trasero y alrededor del tobillo.
Un gemido escapó de su garganta antes de que pudiera reprimirlo.
Se incorporó con cuidado en medio de la hierba empapada, tanteó la parte dolorida y confirmó que todos sus huesos se encontraban en su sitio.
Antes de que terminara de enderezarse del todo, escuchó los pasos acelerados y casi desesperados de Lyra corriendo hacia él sobre la grava del camino.
Al levantar la vista, la vio allí, plantada frente a él en cuestión de segundos, sus labios entreabiertos.
Suspiró de alivio al verlo bien.
―¿Se puede saber qué pensabas?
¿Te has vuelto loco o qué?
―exclamó furiosa, pero al verlo frotándose la cabeza, le extendió una mano para ayudarlo a levantarse―.
¿No tuviste suficiente con lo del colmitormenta?
―He sobrevivido a cosas peores ―dijo con cierta obstinación, llevándose la mano a un costado en un intento frustrado por disimular la punzada de dolor que recorría su cuerpo.
Sacudió con impaciencia la maleza que se adhirió a su ropa, quitando con rápidos manotazos las pequeñas ramitas que aún se aferraban a su pelo y a los pliegues de su camiseta.
De pronto, las palabras de Lyra regresaron a él, y se detuvo en seco, mirándola con cierto desconcierto―.
Espera…
¿cómo sabes lo del colmitormenta?
Lyra curvó los labios en una clara y severa señal de reproche y cruzó los brazos sobre el pecho, adoptando una postura que imitaba a la perfección la de su propia madre cuando se enfadaba.
―¿Creías que no me iba a enterar de la herida en tu hombro?
―replicó con una leve sonrisa acusadora―.
Burst me lo contó todo.
No te servirá de nada mentir.
«Ya puedes entrenar en la academia, Burst.» Kayn se vio obligado a inclinar la cabeza, incapaz de sostener por más tiempo la firme mirada de Lyra, cuyos ojos turquesas centelleaban con esa misma seriedad maternal que tan bien reconocía en Thalia.
Al igual que con ella, sintió que cualquier excusa resultaría inútil.
Lyra dejó escapar un nuevo suspiro, desviando la atención hacia la ventana aún abierta y agitándose con la brisa.
―¿Por qué no usaste la puerta como una persona normal?
Si es que tienes algo de normal, claro.
Kayn notó cómo la garganta se le estrechaba.
Una presión invisible que subía desde el pecho, atrapada entre las costillas.
La punzada del tobillo se mezcló con un vacío en el estómago, como si el cuerpo quisiera huir mientras él seguía quieto.
Tragó con dificultad y volvió a mirarla.
―Porque pensé que te irías.
―No apartó lo ojos ni un segundo―.
Quería verte antes de que eso pasara.
Lyra se quedó viéndolo sin saber qué decir, como si su cerebro tardara un par de latidos en procesar esas palabras.
Su postura perdió rigidez poco a poco, y aunque intentó mantener firme su expresión, la dureza en sus ojos se resquebrajó con lentitud.
Un tenue rubor se extendió por sus mejillas, perceptible incluso en la pálida luz de la luna.
―Pero…
sí estoy aquí.
El silencio que se extendió entre ambos se volvió denso, y en ese instante Kayn tomó conciencia de su propia respiración agitada.
Los latidos se acumulaban en su pecho con tanta fuerza que resultaba complicado disimularlos, como si cada pulsación pidiera a gritos escapar de su cuerpo.
Trató de calmar ese tamborileo interior, pero sus esfuerzos parecían inútiles.
Tenía que decirlo.
Era ahora o nunca.
Su última oportunidad.
―Lyra, yo…
Necesito decirte algo.
Ella alzó la mirada.
Sus ojos se encontraron con los de Kayn.
No dijo nada, solo esperó, los labios entreabiertos.
―Yo te… El tiempo pareció detenerse.
En la mente de Kayn aparecieron los momentos compartidos.
Desde el día en el que sus miradas se encontraron aquella mañana de primavera hacía ya cuatro años.
Su pecho se agitó con la certeza absoluta de que, si no decía nada ahora, jamás encontraría otra oportunidad como aquella.
«Vamos, ¿a qué estás esperando?
La tienes frente a ti.
Díselo de una vez.
Antes de que sea tarde.
Si no lo haces se irá y todo quedará atrás.
Pasaréis a ser simples conocidos.
¿En serio quieres eso?» Pero el miedo lo paralizó, congelando cada músculo de su cuerpo salvo su mente, que se agitaba con dudas.
¿Y si ella no sentía lo mismo?
¿Y si al confesar lo que sentía destruía aquella amistad que tanto valoraba?
Sintió cómo la determinación se deshacía en su interior, del mismo modo que la arena se escurre entre los dedos, hasta que ya no quedó rastro alguno.
―Te deseo mucha suerte en la academia ―terminó diciendo.
Lo invadió una amarga sensación de derrota, semejante al agotamiento de un guerrero que, tras horas de lucha, deja caer la espada sin fuerzas para alzarla una vez más.
Por un breve instante, un destello extraño, algo parecido a la desilusión, cruzó la expresión de Lyra.
Pero antes de que pudiera analizarlo mejor, ella dibujó en sus labios una sonrisa cálida y amable.
«Cobarde» ―Muchas gracias.
Si te soy sincera, estoy muy nerviosa por ir.
En la academia Theronai solo se gradúan los mejores y yo…
no sé si podré estar a la altura.
Tengo miedo de no dar la talla y quedarme atrás…
Kayn levantó el rostro, sorprendido por aquellas palabras.
El abatimiento que hasta entonces lo dominó se disipó con lentitud, dando paso a una inesperada firmeza.
―¿A qué viene esa actitud?
¿Desde cuándo eres alguien que se echa atrás de esa forma?
Ni siquiera lo has intentado todavía.
El aire abandonó los pulmones de Lyra en una exhalación larga.
Sus ojos se alzaron, encontraron los suyos.
Las pupilas vacilaron y las palmas de Kayn comenzaron a cosquillear.
―Llevas leyendo libros desde que te conozco.
Estoy seguro de que serás de las más inteligentes y… ―desvió la mirada hacia la ventana―.
También de las más populares, supongo.
Cuando sus ojos regresaron a ella, una sonrisa despertó en los labios de Lyra.
La expresión se extendió por su rostro.
El calor trepó por el cuello de Kayn, tiñendo sus mejillas de carmesí traidor.
―Gracias.
Necesitaba que alguien me dijera eso.
Bueno, ¿y qué harás tú mientras no estamos?
Supongo que no te quedarás aquí de brazos cruzados.
―Claro que no.
Pienso seguir entrenando con mi padre tanto como pueda.
Además, he pensado en presentarme a la prueba de admisión de algún gremio.
―Seguro que te aceptan sin problemas.
―Para mí que lo más difícil va a ser convencer a mi madre de que me deje.
No me quiero imaginar la cara que pondrá cuando se lo diga.
―Seguro que aceptará.
―Ojalá tengas razón.
Lyra lo miró con picardía.
―¿Qué te parece si, cuando vuelva, tenemos un combate tú y yo?
―¿Un combate?
¿Contigo?
Ella asintió emocionada, y el muchacho lo meditó por un instante.
Jamás pensó escuchar algo así venir de su boca.
Hasta ahora se limitó a observar cuando Burst y él tenían algún enfrentamiento.
Tal vez la aparición de un guardián en su vida le hizo cambiar de parecer.
―Bueno, por mí no hay problema…
―murmuró, aun procesándolo.
―Entonces es una promesa ―con un gesto veloz, Lyra extendió la mano y enlazó su dedo meñique con el de Kayn.
El contacto hizo que su corazón latiera con fuerza.
Podía sentir la calidez de su piel, la suavidad de sus dedos―.
La próxima vez que nos veamos ya no seré la misma.
¿Quién sabe?
Tal vez me vuelva más fuerte que tú y todo.
Kayn relajó los hombros y dejó salir una sonrisa ligera.
―Mas quisieras.
Ambos rieron, y por un momento, todo parecía como antes.
El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez no resultaba incómodo.
El viento sopló de nuevo, agitando la melena plateada de Lyra, que ondeó como una cascada.
―Será mejor que me marche.
Dejé a Sor con mis padre y seguramente esté como loco esperándome.
―Ah…, claro.
El joven sintió una punzada de tristeza.
Quería alargar ese momento, quedarse hablando con ella toda la noche si fuera posible, pero sabía que no podía ser.
Aun así, se sentía agradecido de que Lyra viniera a despedirse de él.
―Cuídate mucho, ¿sí?
Prometo escribirte.
―Claro, tú también.
Ella asintió y, tras una breve vacilación, se inclinó hacia él.
Antes de que pudiera reaccionar, sintió el suave roce de sus labios en la mejilla.
El contacto fue breve, pero suficiente para que su corazón se acelerara sin control.
―Feliz cumpleaños ―susurró Lyra al separarse.
Sus miradas se cruzaron de nuevo.
Kayn intentó decir algo, cualquier cosa, pero su voz se desvaneció junto con su capacidad de pensar.
Lyra se alejó con pasos apresurados.
Kayn la observó desaparecer, su mente aun luchando por procesar lo que acababa de suceder.
Con el corazón aún agitado, se dejó caer de espaldas sobre la hierba.
El manto nocturno se extendía sobre su cabeza.
«No lo he imaginado, ¿verdad?
Ella me ha besado…», se llevó una mano a la mejilla, aun sintiendo el calor del contacto.
«Entonces si me hubiese declarado, ¿ella…?».
Kayn se encontraba muy alterado, tratando de ordenar sus emociones.
«No, no me puedo hacer tantas ilusiones.
Solo fue un simple beso en la mejilla.
Una despedida entre amigos.
Eso es.
No es nada más que eso.
¿Verdad?» Se incorporó con lentitud, notando de nuevo el dolor en su tobillo y en el trasero por la caída.
Miró en dirección al camino por el que Lyra desapareció, pero ya no quedaba rastro de su silueta.
Probablemente toda la aldea se encontraba reunida en la entrada, despidiendo a los que partían.
Todos menos él.
Con un suspiro, se dirigió a su puerta y trató de girar el pomo.
La madera crujió, pero no cedió.
―No me digas que… Volvió a intentarlo, esta vez con más fuerza.
Sus esfuerzos resultaron en vano.
No cabía duda, se encontraba cerrada con llave.
Su madre la cerró al salir, pero él no tenía las llaves consigo.
Quizás saltar por la ventana no resultó tan buena idea después de todo.
Se dejó caer hasta quedar sentado, la espalda apoyada contra la puerta.
Una risa amarga escapó de sus labios.
El frío de la noche comenzaba a calar en sus huesos.
Desvió la mirada hacia la ventana de su habitación, considerando intentar escalar hasta ella.
Pero su tobillo dolía, y después de todos los golpes que recibió, físicos y emocionales, no se sentía seguro de querer arriesgarse a otro.
Se abrazó las rodillas, contemplando el camino bañado por la luna.
Pensó en Lyra, en lo que podría haber sido si hubiese tenido el valor de hablar.
Quizá aún tenía una oportunidad.
Quizá…
―Esto apesta…
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