Los Ecos de la Guerra - Capítulo 24
- Inicio
- Todas las novelas
- Los Ecos de la Guerra
- Capítulo 24 - 24 Canción para calmar una tormenta
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
24: Canción para calmar una tormenta 24: Canción para calmar una tormenta 10 años antes Aquella noche, Bassel tampoco era capaz de dormir.
Las voces que resonaban en su cabeza se clavaban de manera repetida en su consciencia.
Una sinfonía de lamentos, gritos ahogados y palabras fragmentadas que llevaba escuchando desde hacía ya tres años.
Con el tiempo aprendió a soportarlas, pero nunca era capaz de silenciarlas por completo.
Debía convivir con ellas.
Durante el día, cuando el bullicio de la aldea y las tareas cotidianas llenaban sus sentidos, las voces se reducían a un murmullo constante, como el zumbido de insectos lejanos.
Pero las noches…
las noches eran diferentes.
Sobre todo, noches como esa.
Cuando la aldea se sumía en el silencio, las voces crecían en intensidad.
Se volvían más claras, más urgentes, más desesperadas.
Algunas parecían lamentarse por pérdidas que nunca experimentó, otras clamaban por venganza contra enemigos que no conocía.
Voces que susurraban secretos sobre lugares que nunca visitó y otras que pronunciaban nombres que hacían que su corazón se acelerara sin razón aparente.
El rugido conjunto de todas ellas lo mantenía despierto durante horas, obligándolo a presionar las palmas contra sus oídos en un gesto inútil que sabía que no serviría de nada, porque las voces no venían del exterior.
Eran voces que le hablaban directamente, que conocían su nombre, que comentaban sus acciones.
Pero el aspecto más frustrante de todo era que, a pesar de poder escuchar cada palabra con una claridad cristalina, él no podía responder.
Las voces parecían existir en un plano donde podían observar y comentar, pero donde sus intentos de comunicación se perdían en el vacío como gritos en una tormenta de arena.
El viento del exterior rugía, arrastrando consigo toneladas de arena rojiza que golpeaban el cristal de su habitación con persistencia.
Los granos diminutos se filtraban a través de las grietas más pequeñas entre las piedras, acumulándose en montículos dorados sobre el alféizar de la ventana y creando un susurro constante que habría sido reconfortante para cualquier otro habitante de Zayrhan.
Para él, sin embargo, ese sonido natural del desierto se perdía bajo el estruendo interno que no conocía tregua ni respiro.
Yacía sobre su cama, las sábanas de lino empapadas en un sudor frío que contrastaba de alguna manera con el calor que su cuerpo irradiaba.
Sus manos se aferraban a los bordes de la tela con desesperación.
«¿Por qué no pueden callarse?» Las tormentas del desierto siempre intensificaban los episodios, pero nunca había experimentó algo de tal magnitud.
Era como si cada grano de arena que el viento lanzaba contra su ventana llevara consigo una voz adicional, un fragmento más de esa sinfonía infernal que lo mantenía en vilo entre la consciencia y la locura.
El tiempo ya carecía de todo significado.
¿Cuántas horas llevaba así?
El muchacho cerró los ojos con tanta fuerza que pequeñas explosiones de luz coloreada estallaron detrás de sus párpados, pero el gesto resultó inútil.
Fue entonces cuando el suave crujido de la puerta de madera interrumpió tanto el rugido exterior de la tormenta como el estruendo interior de su tormento personal.
La puerta se abrió y por ella entró una figura femenina envuelta en una túnica blanquecina.
Nazirah avanzó hacia él.
Su cabello, liberado de las trenzas descendía hasta la mitad de la espalda.
En la débil luz que se filtraba a través de las contraventanas, sus ojos dorados brillaban con preocupación.
―¿No puedes dormir?
Su voz apenas se elevó por encima de la cacofonía mental que lo atormentaba.
Intentó moldear palabras, pero el dolor no se lo permitía.
Su cabeza se movió en un asentimiento mudo.
Nazirah se aproximó a su cama.
Al alcanzar el borde, se detuvo.
Sus ojos evaluaron la situación del pequeño.
Su cuerpo se deslizó junto al suyo sobre la estrecha superficie, el peso distribuido de manera que no lo obligara a moverse de la posición que encontró tolerable.
Sus dedos comenzaron a moverse a través de su pelo.
―Cuando era pequeña, yo también tenía mucho miedo durante las tormentas de arena.
Solía esconderme bajo las mantas y contar los segundos entre los rugidos del viento, esperando a que terminara.
La respiración de Bassel empezó a seguir el compás de aquellas caricias.
Primero de forma imperceptible.
Luego con una cadencia tan natural que parecía no pertenecerle.
No entendía cómo ocurría.
Solo sabía que el pecho ya no dolía tanto.
Que el aire entraba mejor.
Que los dedos sobre su piel parecían arrastrar parte del peso que llevaba encima.
―Lo cierto es que mi madre solía cantarme una canción en noches como esta ―dijo Nazirah, los dedos aun moviéndose con ritmo constante sobre su piel―.
¿Te gustaría escucharla?
Bassel asintió lo que hizo a Nazirah sonreír.
―Bien, a ver si recuerdo como era… Su voz salió baja.
Apenas un murmullo.
La melodía era simple pero conmovedora.
La respiración se acompasó al ritmo del canto.
No pensaba ya en si aquello tenía sentido, ni en las voces.
Solo escuchaba.
Lo hacían sentirse como alguien entre brazos maternales con tormentas que pasaban.
Poco a poco las voces retrocedían, dejando pequeños resquicios de silencio que el pequeño agradecía con toda su alma.
Como si la canción hubiera creado un campo de protección a su alrededor, una barrera invisible pero tangible que mantenía a raya a los espíritus inquietos que clamaban por su atención.
La canción continuó, pero Bassel ya solo la disfrutaba mientras Nazirah acariciaba su cabeza.
Cuando la última nota se perdió en el silencio, Nazirah no dijo nada.
Solo dejó que el eco se deshiciera por completo antes de mover un solo músculo.
Bassel parpadeó.
La cabeza se sentía más ligera.
Las voces seguían ahí, pero apagadas, lejanas, como si habitaran otro cuarto del que ya no podían salir.
Nazirah lo observaba sin decir una palabra.
Los ojos atentos, fijos en los pequeños detalles: la tensión que abandonaba poco a poco sus mejillas, la respiración más constante, el modo en que la mirada dejaba de huir.
―¿Mejor?
―preguntó, los dedos aun deslizándose por su pelo.
Bassel asintió.
―Sí… gracias ―susurró―.
Siento haberte despertado.
Ella negó con la cabeza.
La sonrisa apareció despacio, sin apuro.
Algo en esa expresión le hizo entender que disculparse era inútil.
Que, para ella, todo aquello ya había valido la pena.
―No te preocupes, Bassel ―dijo Nazirah.
La voz salía baja, sin esfuerzo―.
No me despertaste.
Yo tampoco podía dormir.
Desvió la vista hacia la ventana.
La tormenta seguía allí.
El viento arremetía contra los cristales con la misma furia de antes.
La arena dibujaba formas momentáneas sobre el vidrio, figuras que nacían y desaparecían sin dejar rastro.
Bassel siguió su mirada.
Por primera vez desde que todo había comenzado, notó la intensidad de esa tormenta.
El rugido.
La presión constante.
Aquello no era un fenómeno pasajero.
Era una de esas tormentas viejas, capaces de tragarse pueblos enteros y cambiar la forma del desierto.
―¿Tú tampoco puedes dormir?
―preguntó.
Era extraño imaginar que Nazirah, pudiera tambalearse por dentro.
Para su sorpresa, ella asintió.
―Sobre todo en noches como esta.
―¿Te dan miedo las tormentas de arena?
Nazirah vaciló.
Los dedos dejaron de moverse sobre su cabello.
Por un instante, el cuerpo pareció tensarse apenas.
―No exactamente…―respondió al fin―.
Más bien… me traen malos recuerdos.
―¿A qué te refieres?
Nazirah se quedó en silencio durante un largo momento, y Bassel pudo ver algo trabajando detrás de sus ojos.
―Bassel.
―Dime.
―Nunca te he contado nada de mi pasado, ¿verdad?
Bassel negó.
Y entendió que tenía razón.
A pesar de todo lo compartido, de la cercanía, Nazirah seguía envuelta en bruma cuando se trataba de su historia.
La recordaba desde siempre junto a Keth’Miran.
Después perder a sus padres, se volvió como una hermana mayor, madre, refugio.
Nueve años los separaban.
―Fue una noche como esta ―empezó―.
Tenía más o menos tu edad cuando una tormenta terrible alcanzó mi aldea.
No éramos muchos, pero vivíamos bien.
Creíamos conocer el desierto.
Pero esa noche…
él nos demostró lo equivocados que estábamos.
La voz de Nazirah se volvió más baja.
Los ojos fijos más allá del cristal.
―Una tormenta de arena azotó toda mi aldea aquella noche.
Pensamos que era una normal, como otra cualquiera.
Pero a medida que se acercaba, la tormenta se hizo más grande, más intensa.
Mi padre y mi hermana habían salido a buscar agua.
Cuando la tormenta llegó, creímos poder resistirla.
Pero se agrandó.
Y luego… desapareció todo.
Casas, calles, rostros.
Cuando el viento se calmó, solo quedaban arena y escombros.
Nunca volví a verlos.
De no ser por Keth’Miran, que me encontró entre los restos, habría desaparecido con ellos.
Cuando volvió a mirar a Bassel, el pequeño tenía los ojos cerrados y una expresión de calma que rara vez se le veía.
Nazirah sonrió al verlo así.
―Que descanses, Bassel ―murmuró.
Le acomodó la manta, tratando de no despertarlo.
Permaneció junto a él durante varios minutos más, asegurándose de que realmente alcanzó un estado de descanso profundo antes de considerar retirarse a su propia habitación.
Mientras lo observaba dormir, una pequeña lágrima cayó desde su ojo hasta aterrizar en la almohada.
Se levantó.
Caminó hacia la puerta.
Antes de cruzarla, volvió la vista una vez más.
Finalmente, satisfecha de que estaría bien por el resto de la noche, Nazirah se levantó silenciosamente de la cama y se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió una vez más para mirarlo, memorizando la imagen de su rostro sereno.
―Espero que algún día puedas perdonarme.
Cerró la puerta detrás de ella y, por primera vez en mucho tiempo, las voces en la cabeza de Bassel lo dejaron en paz.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com