Los Ecos de la Guerra - Capítulo 25
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
25: Partida 25: Partida El frío nocturno se filtraba a través de la ropa, enviando escalofríos que serpenteaban por la piel expuesta.
Kayn se abrazó a sí mismo, frotando los brazos con movimientos rápidos que apenas generaban calor.
Su respiración se escapaba en pequeñas nubes de vapor que se disolvían al instante en la oscuridad.
Los escalofríos recorrían su espalda en oleadas, uno tras otro, recordándole que debería haber pensado en ponerse un abrigo antes de salir.
Pero claro, en aquel momento de euforia no se le pasó por la cabeza.
Estornudó.
Se limpió la nariz con el dorso de la mano Sus padres aún no regresaban, aunque no tenía claro cuánto tiempo llevaba allí sentado, esperando.
Una ráfaga de viento helado lo golpeó, haciéndolo tiritar de nuevo.
Se abrazó con más fuerza para intentar entrar en calor, sintiendo como la humedad de la ropa le enfriaba aún más la piel.
Las articulaciones protestaron cuando se incorporó.
Se sacudió con torpeza el polvo seco y las hojas húmedas que se acumularon en sus pantalones.
Miró una vez más hacia el camino oscuro que llevaba a las puertas de la aldea, dudando por un instante.
Sabía que quedarse allí sería una tortura, una espera inútil.
Así que, a pesar de su decisión inicial de evitar a todo el mundo, de esconderse de las miradas y de la despedida, optó por acercarse al lugar donde los demás se reunían para partir.
Solo para mirar desde lejos.
Su casa se encontraba cerca del punto de encuentro; apenas le llevaría unos minutos llegar sin ser visto si actuaba con extremo cuidado.
Bordeó las últimas casas y llegó sin ser detectado a las puertas de la aldea.
Allí encontró a todos los aldeanos y a los futuros estudiantes esperando junto a los carromatos que los llevarían hasta la academia.
Varios domadores revisaban los arneses de los Terracones.
Antes de que alguna mirada curiosa pudiera descubrirlo, se escondió entre unos arbustos altos y frondosos que bordeaban la plaza, apartando con sumo cuidado algunas hojas mojadas y ramas bajas para ganar un resquicio de visibilidad.
Junto a los carromatos reconoció la silueta de Rolland.
El hombre se acomodaba en la cabina del vehículo delantero.
Sus ojos recorrían cada línea del pergamino desplegado entre sus manos, mientras sus dedos se deslizaban por el borde del papel.
Los chicos iban y venían cargando los últimos equipajes en los vehículos asignados.
Otros conversaban con entusiasmo con sus familias o amigos.
Algunos se abrazaban con fuerza; otros derramaban lágrimas silenciosas.
Resultaba lógico; la mayoría de ellos no se volverían a ver hasta las vacaciones de invierno, si es que sus estudios y deberes les permitían regresar.
El corazón de Kayn se contrajo al ver a Burst cerca del segundo vehículo, Grok descansando a sus pies como una pequeña sombra peluda.
Su mejor amigo llevaba una mochila que parecía demasiado grande, y su rostro mostraba esa sonrisa nerviosa que Kayn conocía tan bien.
Entonces vio a sus padres acercándose.
Su madre tenía los ojos enrojecidos, aunque intentaba disimularlo con una sonrisa valiente.
Su padre, por el contrario, mantenía la misma expresión de siempre.
Pong se acercó a Grok y pareció decirle algo que probablemente solo los guardianes entendían.
Desde su escondite y aguzando el oído, Kayn pudo llegar a escuchar algunos pequeños fragmentos de la conversación que mantenían.
Vio a Thalia acercarse un último paso a Burst y envolverlo en un cálido y maternal abrazo.
―Te vamos a echar mucho de menos, Leo.
Come bien, estudia mucho y no te metas en demasiados líos ―le susurró mientras lo estrechaba―.
Promete que nos escribirás.
Y si alguna vez, por la razón que sea, necesitas volver a casa…
―No va a necesitar volver ―interrumpió Gael―Recuerda mi consejo.
Mantente lo más alejado posible del director Rolland si no quieres que tu vida en la academia sea un infierno.
―Lo tendré en cuenta.
Leo agachó la cabeza.
―Gracias por todo lo que habéis hecho por mí ―dijo, y por primera vez desde que Kayn lo conocía, su voz tembló ligeramente―.
Sé que no soy vuestro hijo, pero aun así… ―Eres de la familia, Leo ―lo cortó Thalia―.
Y siempre lo serás.
Esta será tu casa sin importar donde estés.
―Más te vale entrenar duro cada día y aprovechar esta oportunidad que se te ha dado ―intervino Gael mientras posaba una mano grande y firme en el hombro de Burst―.
La Academia de Domadores no es ningún juego, ¿entiendes?
Te exprimirán hasta sacar lo mejor de ti.
No desperdicies ni un solo día.
―Me esforzaré al máximo ―dirigió una mirada cómplice y llena de afecto a su pequeño guardián―.
¿Verdad que sí, compañero?
El osezno gruñó y trepó por la espalda de Burst hasta posarse en su hombro.
Thalia se acercó a Gael, entrelazando su brazo con el de él mientras observaban al joven que pronto partiría.
―¿Estás seguro de que no quieres que te prestemos algo de dinero?
―insistió ella―.
No tenemos ningún problema en ayudarte.
Sabemos por experiencia que la matrícula inicial y el mantenimiento en la Academia son bastante caros…
―Lo siento, pero no puedo aceptarlo.
Sé que ese dinero es el que habéis guardado para la matrícula de Kayn.
Le pertenece a él.
No a mí.
Ya encontraré alguna manera de ganar algo.
Las palabras de Burst hicieron que Gael y Thalia se sintieran un poco culpables.
Ellos también deseaban que su hijo se encontrara allí, junto a Leo, preparándose para subir al carromato.
Notando el ambiente tenso y algo incómodo que se creó sin querer, Burst alzó la voz con un optimismo quizá algo forzado pero bienintencionado.
―No os preocupéis por él.
Kayn no es de los que se da por vencido, así como así.
Lo conocéis tan bien como yo.
Guardad ese dinero.
Le hará falta cuando emprenda su viaje.
Antes de partir, Rolland hizo un repaso para comprobar que todos los alumnos se encontraban allí.
Recorrió todo el grupo con la mirada, deteniéndose en cada rostro por un instante.
Una vez que terminó, alzó la voz.
―Muy bien, ya estamos todos.
Subid a los carromatos.
Burst al escucharlo se dirigió de nuevo hacia Gael y Thalia.
―Parece que me tengo que ir ―dijo tomando su maleta y ajustando la correa de su mochila.
―Cuídate mucho ―pidió Thalia.
―No os preocupéis por mí, pero hacedme un favor: Decidle a Kayn que más le vale no hacerme esperar demasiado.
Burst les dedicó una última sonrisa, hizo una leve pero respetuosa inclinación de cabeza y, sin más dilación, subió con agilidad al carromato asignado, desapareciendo en su oscuro interior.
Gael y Thalia se quedaron un momento observándolo en silencio y al acercarse al lugar donde se encontraba Kayn, este se vio obligado a esconderse mucho más.
«¿Me han visto?», pensó mirando de reojo cómo Thalia se giraba con lentitud hacia su esposo y la expresión de su rostro se tornó seria.
―Kayn me ha hablado sobre los Santuarios ―comenzó Thalia en voz baja.
Gael en un principio temió por su vida, pensando en negarlo, pero al ver los ojos de su esposa asintió en silencio.
―Ya sabe lo principal ―prosiguió Thalia, y su voz tembló ligeramente, no de miedo, sino de una emoción contenida durante mucho tiempo―.
¿Cuándo le piensas contar la verdad?
El por qué realmente tuviste que abandonar la guardia real.
El cómo perdiste tu brazo.
Gael se tensó al oír la mención directa de su brazo y agarró la manga que caía libre.
―Ahora no es el momento ni el lugar…
―intentó evadirse, lanzando una mirada incómoda a su alrededor.
―Tú eres quien le ha abierto la puerta.
Le has dado una esperanza que tú mismo sabes mejor que nadie lo que cuesta perseguirla, el precio terrible que puede exigir.
¡Merece saber la historia completa!
¡Merece saber a qué se enfrentará!
¿Le contaste acaso que sí encontraste uno de esos Santuarios?
Que apenas lograste salir con vida…
Kayn se tensó al escuchar aquella conversación.
¿Lo había escuchado bien?
Gael bajó la mirada, su semblante sombrío, derrotado por la cruda verdad expuesta por su esposa.
El antiguo capitán parecía pequeño y vulnerable en ese instante.
―No…
―confesó―.
No se lo conté todo.
Solo le dije que los busqué durante años y no los encontré.
Era más fácil así.
No pude confesarle que fracasé.
Que perdí mi brazo y casi mi vida por perseguir esa misma leyenda maldita que ahora, irónicamente, le he puesto delante como una tabla de salvación.
Me siento…
me siento como un maldito hipócrita.
¿Cómo puedo siquiera pensar en querer enviar a mi propio hijo a un lugar del que ni siquiera yo, en la cima de mi fuerza y habilidad de entonces, fui capaz de salir entero?
¿Qué clase de padre hace algo así?
Levantó la vista hacia su esposa, sus ojos habitualmente firmes y severos ahora atormentados, buscando consuelo, absolución, una respuesta que él mismo no encontraba.
―¿Soy un buen padre, Thalia?
Dime la verdad, por favor.
A veces…
a veces dudo tanto de mis decisiones con él…
Yo apenas conocí a mi padre así que no sé cómo debo hacer.
Thalia le tomó el rostro curtido entre sus manos con ternura, obligándolo a mirarla directamente a los ojos.
―Por supuesto que lo eres.
Aunque metas la pata en muchas ocasiones eres el mejor padre que Kayn podría tener.
Eres estricto, sí, a veces incluso demasiado impulsivo para mi gusto, lo admito.
Pero sé que lo haces porque lo quieres con locura, porque quieres que sea fuerte, que sepa defenderse, que sobreviva en este mundo cruel.
Yo tampoco quiero que se enfrente a algo tan peligroso, pero soy incapaz de quitarle su sueño ahora que tú le has mostrado esa puerta.
Por eso, a partir de ahora lo apoyaré.
Aunque a ser posible preferiría que volviese de una pieza.
―Me encargaré de ello.
Oculto entre los arbustos, Kayn escuchó los últimos retazos de la conversación de sus padres.
Sintió unas ganas repentinas y abrumadoras de llorar; solo un pensamiento cruzaba por su cabeza: «Idiotas.» Un grito breve y autoritario de uno de los conductores de los carromatos resonó en la explanada.
Era la señal.
Los pesados vehículos comenzaron a moverse casi al instante, con un chirrido lastimero de ejes y madera protestando bajo el peso, tirados por robustos Terracones.
Poco a poco los vehículos fueron ganando velocidad, alejándose de las familias que agitaban las manos para despedirlos.
Algunos estudiantes comenzaron a asomar sus cabezas por las ventanas o las aberturas traseras de los carromatos, agitando las manos en señal de despedida.
La mirada de Kayn se fijó en Lyra como si se tratara de la única estrella brillando en el cielo nocturno.
Cuando sus ojos se encontraron, ella le dedicó una sonrisa suave y levantó la mano en un gesto de despedida.
Trató de responder con el mismo gesto, pero al hacerlo, unas ramas le rasparon la piel de la mano, dejando pequeñas gotas de sangre que se perdieron en la tierra.
Molesto por su propia torpeza, suspiró con frustración, observando cómo los carromatos se alejaban con rapidez, impulsados por la sorprendente velocidad que podían alcanzar los Terracones una vez que tomaban ritmo en terreno llano.
Los vio serpentear por el camino principal que salía de la aldea, acercándose a la falda oscura e imponente de la montaña.
«Yo también me haré más fuerte», pensó, observando cómo las luces traseras de los carromatos se perdían en la lejanía, convirtiéndose en puntos diminutos y parpadeantes al pie de la montaña.
En un abrir y cerrar de ojos, todo a su alrededor se iluminó con una intensidad cegadora.
Una luz blanca y pura, más brillante que mil soles de mediodía, bañó la explanada.
Fue como si se hubiera hecho de día de repente, por una fracción de segundo.
Y entonces, un sonido ahogó todo lo demás.
¡BOOM!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com