Los Ecos de la Guerra - Capítulo 26
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26: Pesadilla 26: Pesadilla Una enorme bola de fuego incandescente descendió desde la cima de la montaña cercana.
Impactó contra todos los carromatos que apenas comenzaban a subir la ladera de la montaña.
La explosión fue tan brutal que los vehículos estallaron en miles de pedazos en todas las direcciones posibles.
Varias bolas de fuego más se alzaron hacia el cielo, visibles a kilómetros.
Llamas rugientes, fragmentos de madera astillada y metal retorcido al rojo vivo.
Restos irreconocibles de carga y de ocupantes, volaron en todas direcciones como metralla mortal, creando una lluvia infernal sobre la ladera ahora en llamas.
Gritos desgarradores comenzaron a resonar en la aldea, y casi al mismo tiempo, un estruendo ensordecedor resonó por todo el valle, haciendo temblar el propio suelo bajo los pies.
―¡Nos atacan!
―clamaron los aterrados lugareños, seguido casi al instante por el chillido de la campana de la aldea.
Las llamas de la explosión inicial, impulsadas por el viento comenzaban ya a devorar las casas de madera más cercanas a las puertas de la aldea, extendiéndose con una voracidad aterradora.
A pesar del pánico, Kayn mantenía la vista fija en el fuego que ahora consumía los carromatos, sus ojos iluminados por aquel fulgor abrasador.
Los gritos de la gente resonaban como un eco distante y apagado en su mente aturdida.
Se encontraba paralizado.
Congelado en el sitio, agazapado entre los arbustos, temblando sin control.
Todo ocurrió tan rápido, tan inesperada y brutalmente rápido, que apenas lograba empezar a comprender la magnitud del desastre.
¿Se encontraban todos muertos?
¿Burst y Lyra también?
Desde su posición, imposible saberlo con certeza, pero la simple idea le aterraba.
―¿Qué está pasando…?
―murmuró, incapaz de apartar la mirada.
Mientras la aldea quedaba envuelta en llamas, una horda de Skarnianos emergió entre el humo negro.
Era la primera vez que veía a uno con sus propios ojos, fuera de las páginas de los libros que solía leer Lyra.
Solo los conocía por ilustraciones burdas, a menudo exageradas o contradictorias, donde se les describía como una raza semi―inteligente, bárbara y cruel.
Habitantes de las Llanuras Desoladas.
Tenerlos frente a él resultaba infinitamente más aterrador que cualquier dibujo o descripción leída.
Se hundió aún más entre los arbustos, con la respiración agitada.
El miedo lo consumía.
Los Skarnianos avanzaron por las calles embarradas, ignorando las llamas, los ojos brillando con una malicia fría y calculadora bajo la luz parpadeante del fuego que se reflejaba en sus escamas.
Se abrieron paso entre la gente, asesinando sin piedad a hombres desarmados, mujeres aterradas, ancianos indefensos o niños llorando que intentaban huir desesperados o que se cruzaban en su camino.
―¿Dónde están los domadores?
―gritó alguien en la entrada, pero el caos era tal que nadie respondió.
El mismo hombre que gritó, al ver que nadie acudía, comenzó a correr hacia la oscuridad del bosque, buscando refugio entre los árboles.
Pero uno de los Skarnianos se lanzó hacia él y, con un movimiento brutal y certero de sus largas garras, le desgarró el pecho de lado a lado con una facilidad pasmosa.
La sangre oscura salpicó el suelo embarrado, formando un charco viscoso y brillante sobre el que el hombre cayó sin vida.
Kayn no lo entendía.
¿Por qué unos Skarnianos atacarían un lugar como Brumavilla?
Era una aldea pequeña, aislada sin siquiera poder militar.
Los Skarnianos no ganaban nada atacándoles.
Solo perderían el tiempo.
Entonces, ¿por qué?
¿Por qué, de entre todos los lugares posibles del continente, debían atacar precisamente su hogar?
No tenía ningún sentido lógico ni estratégico.
¿Por qué el destino había decidido ser tan cruel con él?
Los gritos desesperados de los aldeanos se mezclaban con el crepitar de las llamas.
Algunos domadores intentaron enfrentarse a los invasores y lograron derrotar a varios, pero pronto cayeron, superados en número y fuerza.
Kayn se encogió aún más entre los arbustos.
Su respiración se entrecortaba por la falta de aire, casi ahogándose por el humo, picándole en los ojos y la garganta.
El calor de las llamas cercanas hacía que el sudor resbalara por su frente y le nublara la visión.
Quería irse de allí, pero el miedo lo congelaba, lo mantenía agachado en aquel lugar.
Incapaz de moverse, incapaz de pensar con claridad, incapaz de hacer nada más que observar el horror.
Los rugidos guturales y triunfantes de los Skarnianos resonaban por toda la aldea, cada uno más aterrador que el anterior.
De entre las llamas una figura emergió.
Gael, quien avanzaba con Pong a su lado y mantenía una mirada tan seria como imponente.
Los Skarnianos más cercanos, que saqueaban un puesto volcado, al verlo aparecer así, un guerrero solitario y desafiante surgiendo de la nada, se giraron sorprendidos y luego con burla se lanzaron hacia él sin piedad.
Con un movimiento apenas perceptible, Gael hizo desaparecer a Pong en un destello fugaz blanco y una brillante aura azulada comenzó a envolver su cuerpo.
Desenvainó una espada que brillaba bajo la luz de las llamas.
Kayn la reconoció enseguida: era la hoja de su abuelo.
Su profundo color negro, decorado con marcas rojas en forma de picos, resultaba inconfundible.
Si su padre blandía aquella hoja ahora era porque sabía lo peligrosas que eran aquellas criaturas.
Uno de los skarnianos más cercanos arremetió primero, rompiendo filas con una velocidad bestial, buscando destriparlo de un golpe.
Sin embargo, Gael esquivó con un movimiento lateral, rozando las escamas de la criatura con la palma de su mano.
La bestia rugió furiosa al fallar su embestida inicial y lanzó otro zarpazo que parecía imposible de esquivar a tan corta distancia.
Pero cuando las garras estaban a punto de rasgar el uniforme de Gael lo evitó con una precisión casi sobrenatural.
Confundido, el atacante siguió intentando golpearlo con furia ciega, lanzando tajos y estocadas con sus garras, pero cada intento chocaba inútilmente contra esa barrera intangible que lo mantenía a raya.
Otro intentó aprovechar para atacar por la espalda.
Gael giró sobre sus talones con agilidad, esquivando el primer golpe por centímetros.
En el preciso instante del giro, su mano rozó también el hombro escamoso del segundo atacante.
Un tercero intentó un ataque más bajo, buscando las piernas del hombre.
Este retrocedió un paso rápido, elegante, y su mano derecha trazó un arco descendente, tocando sus cuernos.
Gael se movió entonces con calma deliberada hacia el centro del pequeño grupo que ahora lo rodeaba.
Los Skarnianos marcados, recuperados de su sorpresa inicial, intentaron converger sobre él desde distintas direcciones, buscando abrumarlo con números.
Pero al acercarse demasiado entre sí, una misteriosa fuerza los repelía unos de otros.
Chocaron, tropezaron, se empujaban sin querer, incapaces de coordinar su asalto o siquiera de mantener el equilibrio.
―¡No podemos tocarlo!
―gritó uno de los Skarnianos, tropezando hacia atrás y cayendo sentado sobre el suelo.
Uno de los skarnianos marcados trepó al techo bajo de una casa cercana libre de ser devorada por las llamas y saltó desde allí, intentando caer sobre Gael desde arriba, con las garras preparadas para destrozar.
Sin siquiera necesitar mirarlo, fue detenido en seco a mitad de su salto, como si hubiera chocado con un techo invisible, y luego fue repelido con una fuerza brutal hacia atrás, estrellándose contra el tronco grueso de un árbol cercano.
Quedó allí colgado.
―¡A distancia!
¡Usad ataques a distancia, idiotas!
¡No os acerquéis más!
―rugió otro que retrocedió varios pasos y abrió sus fauces.
Una llamarada surgió de su garganta, volando hacia Gael.
Saltó hacia atrás, esquivando por poco el calor abrasador de aquella llama que impactó donde él se encontraba segundos antes, derritiendo la piedra del suelo y levantando un vapor nauseabundo.
En medio del esquive, su mano derecha rozó el suelo a sus pies, tocando varias astillas grandes de madera rota y algunas piedras sueltas esparcidas por la batalla.
Cuando los otros Skarnianos marcados, animados por el ataque a distancia de su compañero, intentaron avanzar de nuevo para rodear a Gael mientras este parecía ocupado, fueron repelidos no solo por la proximidad de Gael, sino también por el punto marcado en el suelo, creando una eficaz y sorprendente zona defensiva a su alrededor.
Por un momento, Kayn creyó que su padre tenía todo bajo control.
Los invasores retrocedían.
Sin embargo, de entre las llamas emergió una figura mucho más imponente que las demás.
Al contrario que en el resto de los skarnianos sus escamas se esparcían en muchas más partes del cuerpo, sus cuernos eran más alargados y una cola se movía a su espalda.
―¿Se puede saber qué hacéis, panda de incompetentes?
―rugió el recién llegado con una voz grave.
Se acercó con paso lento y amenazador a uno de los Skarnianos que retrocedió, golpeándolo con desdén con el dorso de su garra acorazada.
―Señor Kórvath…
―balbuceó el subordinado, retrocediendo ante la mirada fulminante de su líder.
―¿Un simple humano lisiado os está dando tantos problemas?
―espetó Kórvath, fulminando con la mirada a sus guerreros acobardados―.
¿Y vosotros os hacéis llamar skarnianos?
Patético.
Me dais asco.
Los skarnianos bajaron la cabeza, sin atreverse a siquiera responder o a mirarlo a los ojos.
En realidad, Kórvath nunca esperó respuesta.
Avanzó hacia Gael, cada pisada dejando una leve huella quemada en la tierra.
Gael, que aprovechó esos segundos para recuperar el aliento y evaluar al recién llegado, se preparó, irguiéndose y empuñando con firmeza la katana con su única mano, esperando a ver cuál sería el primer movimiento de la criatura.
Aquel no era como los otros, podía sentirlo por el aura que desprendía.
―Eres bastante bueno para ser un humano…
y manco ―comentó Kórvath, deteniéndose a unos respetuosos pero amenazantes metros de distancia.
Una sonrisa cruel que mostraba hileras de colmillos afilados se dibujó en sus fauces―.
Aunque viendo tu estilo de combate, siento que he oído hablar de ti alguna vez.
Eres Gael Ashborne.
¿verdad?
El antiguo y famoso capitán del escuadrón cinco de la guardia real.
¿Quién me iba a decir que te encontraría en una aldea tan apartada?
―Me sorprende que alguien, proveniente de las Llanuras Desoladas, conozca siquiera mi nombre ―replicó Gael, su voz firme, tranquila, sin dejarse intimidar por el tamaño del enemigo―.
Aunque, ahora ya no soy capitán de nada.
Estoy retirado.
Soy un simple guerrero que protege su hogar.
―Es una verdadera pena ―dijo Kórvath, relamiéndose―.
Y yo que pensé que podría divertirme un poco contigo esta noche…
Probar mis garras contra aquel que terminó con la vida de mi padre.
―¿Vienes por venganza?
―¿Venganza?
No, a mí no me interesa nada de eso.
Si mi padre perdió contra ti fue porque era más débil.
Es una deshonra para los skarnianos por haber perdido contra un simple humano.
No siento ningún deseo en vengarlo , pero eso no quita que disfrutaré torturándote.
―Hablas como si la victoria ya fuera tuya ―replicó Gael con calma, pero su mirada fría y desafiante encontró la del Skarniano, y la falta de temor en ella pareció enfurecer a Kórvath.
Cargó hacia él, lanzando un ataque feroz con sus garras afiladas.
Gael intentó realizar un movimiento evasivo similar al que utilizó con los otros, buscando el ángulo para tocarlo con su mano, pero Kórvath no era como los otros.
Esquivó el intento con una gran agilidad y lanzó un zarpazo lateral que Gael apenas logró bloquear con su hoja.
Aun así, la fuerza del impacto fue brutal, y las garras rasgaron la gruesa manga del uniforme y la piel de su antebrazo.
Un corte superficial apareció y la sangre comenzó a empapar su manga.
La apertura mínima, apenas un resquicio, bastó.
Kórvath avanzó como un látigo, intentando clavar su ventaja en el hueco creado por el choque y la punzada que crispó a Gael.
Este no se apartó.
Giró en seco sobre el talón, las botas raspando contra la piedra.
El impulso le tensó los hombros, lo empujó hacia delante.
La empuñadura de su espada se estrelló hacia el rostro del skarniano.
Al mismo tiempo, la mano libre se desplegó directa al pecho.
Kórvath retrocedió por instinto un paso para evitar el golpe contundente en la cara, y en ese breve instante de desequilibrio defensivo, la palma abierta de Gael tocó las escamas.
Solo un roce.
Suficiente.
La marca se activó.
Kórvath quiso contraatacar, pero una barrera invisible lo expulsó con violencia.
Resbaló, torciéndose apenas un pie.
Al recuperar el equilibrio, apretó la mandíbula.
Ya no podía tocarlo.
Al intentar atacar de nuevo, una fuerza invisible lo empujó hacia atrás con un golpe seco.
Los pies resbalaron sobre la piedra suelta y apenas logró no caer de bruces.
Cerró los puños.
No podría tocarlo.
No sin más.
―Interesante…
Muy interesante…
―La voz de Kórvath reptó por el aire, entre dientes y garras―.
Así que esta es la habilidad de Gael Ashborne, el enlace de Dualidad.
Lástima que te falte la otra mitad.
Gael no respondió.
No tenía tiempo.
El aura del enlace seguía latiendo en su piel, inestable, efímera.
Con un grito ahogado en el pecho, se lanzó al frente.
La espada trazó un arco desde su hombro derecho, buscando el hueco en las escamas.
La cola de Kórvath se alzó entonces, viva como una serpiente de acero.
Golpeó el costado de Gael, robándole el aliento en el acto y lanzándole contra la ruina humeante de una pared.
El aire se le escapó de los labios al intentar moverse.
La visión, borrosa.
El cuerpo, entumecido por el dolor.
A tientas buscó la espada, pero antes de alcanzarla, un estruendo sacudió el suelo frente a él.
Las garras del skarniano se hundieron en la tierra y levantaron una densa nube de escombros, polvo, tierra y ceniza que envolvió a Gael por completo, cegándolo y asfixiándolo.
La ceniza se pegó a la piel sudada, se coló por la nariz y los ojos, raspándole los pulmones como grava caliente.
Retrocedió a ciegas, tosiendo, con el pecho ardiendo, mientras los dedos temblaban al intentar abrirse paso entre la cortina de polvo.
La voz burlona de Kórvath resonó desde algún lugar lejano.
Una roca afilada se dirigió hacia Gael con gran velocidad.
Por instinto, extendió su mano y tocó el proyectil causándole algunos daños por la repulsión.
La roca se detuvo durante un latido y fue devuelta con la misma fuerza con la que llegó.
Lo último que escuchó fue el sonido de la roca rompiéndose en pedazos.
Se puso de pie y agarró la katana que antes perdió.
Estando en clara desventaja, Gael decidió hacer algo que sorprendió a Kórvath.
Envainó su espada y la devolvió a su cintura.
Sin apartar la mano del mango, cerró los ojos.
Kórvath no hizo preguntas.
Una presa fácil que había perdido las fuerzas, eso fue lo único que pensó.
Lanzó un rugido y se abalanzó sobre él.
Entonces, cuando todo parecía perdido para el humano, se movió con una velocidad y precisión que incluso con todas sus fuerzas no tenía.
Sin apenas esfuerzo, esquivó el ataque mortal incluso antes de que llegase a aproximarse.
Se deslizo bajo las garras y contraatacó con una estocada que encontró una brecha entre toda la armadura de escamas, dejando un corte profundo.
Por primera vez en todo el combate, Kórvath retrocedió.
Sus pupilas alargadas se fijaron en Gael.
La expresión de aquel humano no mostraba desesperación o el pánico de un guerrero acorralado.
Aquellos ojos ardían con la confianza de quien cree poder obtener la victoria.
Una mirada que Kórvath despreciaba por encima de todas las cosas.
Sin apartar los ojos de Gael, alzó la garra hacia el pecho desgarrado.
Los dedos reptaron entre la sangre caliente.
Luego los alzó, lentos, y dejó que la lengua se deslizara entre las zarpas teñidas de rojo.
Una sonrisa brotó, inhumana.
Estiró las comisuras con una calma que heló a Gael hasta la médula.
Aquello no era burla.
Era hambre.
Las llamas crepitaban a su alrededor, devorando los restos de lo que una vez fue Brumavilla.
Gael ajustó el agarre de su espada, el acero brillando ahora con un aura azulada.
Sin más dilación, se lanzó hacia adelante.
Su movimiento cortó el aire como un rayo, y la hoja trazó un arco perfecto hacia el costado expuesto del skarniano.
Kórvath reaccionó por instinto, pero el enlace de Gael ya actuaba.
La marca invisible que había grabado en el torso de su enemigo respondió al llamado, y una fuerza repelió la espada en el último instante, cambiando su trayectoria hacia el cuello vulnerable.
Kórvath se echó hacia atrás, pero no lo suficiente.
El filo mordió las escamas de su garganta, abriendo una línea carmes.
La criatura rugió, más de furia que de dolor, y su cola serpenteante se alzó.
Pero cuando se quiso dar cuenta, Gael ya no se encontraba ante él.
Rodó hacia la izquierda, aprovechando el impulso de su ataque fallido para esquivar el coletazo que habría partido en dos a un hombre menor.
La cola golpeó el suelo de piedra con tal fuerza que levantó una nube de fragmentos y polvo.
Sin darle respiro a su enemigo, Gael activó la marca una vez más.
La repulsión lo impulsó hacia arriba con violencia.
Su espada descendió como una buscando enterrarse en la criatura.
Las garras de Kórvath se alzaron para interceptar el golpe, pero el acero las atravesó como si fueran papel.
―Maldito seas, humano ― gruñó, retrocediendo mientras la sangre goteaba de sus dos garras mutiladas ―.
Ya es suficiente.
El aire comenzó a ondular alrededor de Kórvath.
Sus escamas rojizas adquirieron brillo y al cerrar los puños de su brazo intacto, este se volvió del color del hierro al rojo vivo.
Cada respiración quemaba los pulmones de Gael.
El calor que emanaba de aquella criatura provocaba que respirar frente a él fuese un desafío.
Kórvath inhaló con un rugido grave.
El pecho se le infló como un fuelle oscuro.
Cuando abrió la boca, un torrente de fuego líquido se derramó hacia Gael.
Se lanzó a un lado, rodando entre los escombros.
El fuego rozó su espalda, y hasta ese roce superficial bastó para chamuscar los bordes de su camiseta.
Buscó refugio tras una viga de madera que aún mantenía su estructura.
El refugio no duró.
Kórvath avanzó como una tormenta de calor y furia, cada paso dejando huellas humeantes en la piedra.
Sus puños incandescentes golpearon la viga, y la madera estalló en una explosión de astillas ardientes.
Gael rodó de nuevo, pero esta vez no fue lo bastante rápido.
El puño derecho de Kórvath lo alcanzó en el costado.
El impacto lo lanzó varios metros, pero no fue el golpe lo que arrancó un grito de su garganta.
El calor atravesó su camisa como si no existiera, quemando la carne hasta el hueso y estrellándolo varios metros atrás.
Gael se incorporó.
Sus dedos encontraron la espada que había resbalado de su agarre y se levantó con las fuerzas que le quedaban.
―¿Qué ocurre, Gael Ashborne?
¿Eso es todo lo que puede hacer un excapitán de la guardia real?
―se burló, mientras Gael jadeaba en silencio―.
Patético.
Vosotros los humanos sois tan frágiles como insectos.
No tenéis nada que hacer contra la furia y el poder de las Garras de Skarnia.
Con un rugido, liberó todo su poder.
Una explosión de calor sobrenatural irradió desde su cuerpo.
Todo en un radio de diez metros se convirtió en cenizas al instante.
Gael apenas tuvo tiempo de lanzarse hacia atrás antes de que la oleada de calor lo alcanzara.
Su camiseta se desintegró, y la piel de su pecho y brazos se llenó de ampollas dolorosas.
Pero siguió en pie.
Siguió luchando.
Porque no podía permitirse fallar ahora.
Kórvath se alzó entre las cenizas mirando a un Gael que le costaba hasta respirar.
La criatura cargó, y esta vez Gael no tuvo fuerzas para esquivarlo.
El puño izquierdo de Kórvath se estrelló contra su estómago.
El impacto lo dobló por la mitad, expulsando todo el aire de sus pulmones en un gemido agónico.
Antes de que pudiera recuperarse, el segundo puño encontró su rostro.
Gael voló hacia atrás rebotando una vez contra el suelo antes de quedar inmóvil entre los escombros de lo que una vez fue la panadería de la aldea.
Desde su escondite, Kayn contemplaba la escena con los ojos llenos de terror.
Su padre…
Aquel a quien consideraba invencible había sido derrotado en cuestión de segundos por un skarniano.
Quería correr hacia él, ayudarle de alguna forma, pero sus piernas no respondían.
El miedo lo mantenía paralizado.
Korvath se inclinó hacia el humano derrotado.
Sus garras envolvieron la cabeza como si fuera una fruta madura lista para ser aplastada.
Alzó al hombre y lo estampó contra el suelo con una fuerza desmedida.
El impacto resonó en los oídos de Kayn.
Una grieta delgada se extendió desde el punto donde la cabeza de su padre golpeó la piedra, Gael yacía inmóvil, un hilo de sangre oscura escapando de la comisura de sus labios.
Cerca, entre los escombros, Pong yacía.
El panda guardián respiraba con dificultad, su pelaje blanco manchado de sangre y hollín.
Sus pequeños ojos negros reflejaban la misma derrota que se extendía en su domador.
«Si tan solo tuviera un guardián», pensó Kayn.
Kórvath seguía aplastando a Gael y luego pisó su pecho.
Presionó despacio, saboreando cada segundo de humillación.
Gael forcejeó, el pecho aplastado contra la tierra caliente.
El único brazo que aún respondía empujó con furia contra la pierna escamosa que lo inmovilizaba, pero la carne firme del monstruo no cedió ni un ápice.
El brazo temblaba, no por falta de voluntad, sino por el simple límite del cuerpo.
«¿Qué debo hacer?», se preguntó Kayn, aún escondido como un cobarde.
La pierna no se movía, la espada no estaba, y su padre seguía allí, arrodillado frente a esa criatura, con la espalda doblada y el rostro ensangrentado.
No podía quedarse mirando mientras la persona que consideraba invencible era humillado, torturado y tal vez asesinado ante sus propios ojos.
Los dedos arañaron el suelo como si buscaran una grieta donde colarse.
Tenía que moverse, levantarse, gritar, algo.
Cualquier cosa.
Pero el cuerpo no respondía.
Solo el miedo, la rabia y esa horrible certeza de impotencia que le quemaba la garganta.
Los músculos no respondieron.
Rígidos, tensos, como si la carne se hubiera fundido con el hueso.
Cada orden del cerebro se estrellaba contra una pared invisible.
Nada se movía.
Solo el pecho alzándose a trompicones, el aire entrando por la fuerza, áspero, como cuchillas.
Quedó clavado en el suelo, atrapado dentro de su cuerpo.
No podía mirar hacia otro lado.
No podía cerrar los ojos.
Cada segundo lo arrastraba más hondo en ese abismo de quietud, y lo obligaba a contemplar cómo todo se desmoronaba delante de él.
Como todo lo que amaba, desaparecía.
Poco a poco.
―¡Kayn!
Una voz quebró incluso el rugido de las llamas.
Kayn giró, y allí estaba.
Su madre corría entre los restos calcinados, esquivando brasas y tablones humeantes.
El vestido rasgado se agitaba al viento, y el hollín le cubría las mejillas.
Los ojos brillaban húmedos, buscándolo entre el caos.
Cruzó el infierno solo para encontrar una casa vacía.
Y luego salió de nuevo, sin pensar en el fuego que la rodeaba, solo con el pensamiento de poder encontrar a su hijo.
Saber que aún respiraba.
El miedo que paralizaba a Kayn se transformó en algo diferente.
La remota posibilidad de ir a ayudar a su padre se desvaneció en cuanto la vio.
Porque por más que tratara de negarlo, estaba aterrorizado.
No era como otras veces.
Como cuando fue atacado por aquella criatura en el bosque o cuando tuvo que enfrentarse al colmitormenta esa misma tarde.
Aquello era algo que ni en sus peores pesadillas habría pensado que podría pasar.
Las piernas respondieron.
Corrió.
Se arrojó al cuerpo de su madre, se hundió en su abrazo, igual que lo haría un niño pequeño.
―¡Kayn!
―la voz de su madre tembló con fuerza contenida mientras lo apretaba contra sí―.
Qué alegría… Pensé que te había perdido.
Kayn se aferró a las ropas de su madre con toda la fuerza que tenía.
Cerró los ojos con fuerza.
Tal vez, si lo deseaba con suficiente fuerza, al abrirlos todo habría terminado.
Thalia comenzó a acariciarle suavemente el pelo.
―No te preocupes, todo saldrá…
Las palabras murieron.
Algo cálido se pegó a la camisa de Kayn con una humedad pegajosa que se extendía demasiado rápido.
Pensó que serían lágrimas.
Pero las lágrimas no corrían de esa manera.
Miró sus manos.
Los dedos temblaban, manchados de un rojo tan intenso que parecía quemar.
La sangre chorreaba por las palmas, dibujando caminos entre las uñas.
Aunque no quería hacerlo, alzó la mirada.
El rostro de su madre seguía allí con una sonrisa, pero los ojos carecían de brillo.
Detrás de ella, Kórvath se alzaba.
Una sonrisa cruel curvaba sus labios mientras contemplaba la reacción de Kayn.
Las garras aún chorreaban.
Cinco cortes limpios atravesaban el pecho de Thalia.
―Hola…
Thalia empezó a caer.
Sus manos, que un instante antes acariciaban la cabeza de Kayn, resbalaron por sus hombros y los dedos se soltaron.
Kayn no la perdió de vista en ningún momento.
Ni siquiera cuando tocó el suelo.
Sus propias piernas le fallaron y se arrodilló.
La sangre de las manos goteó sobre la tierra.
―Mamá…
Esperó a que ella respondiera como siempre lo hacía.
Esperó a que sus ojos brillaran o que sus labios se moviesen.
Que de ellos saliera un “todo saldrá bien” Pero por mucho que esperó, la respuesta nunca llegó.
Nunca lo haría.
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