Los Ecos de la Guerra - Capítulo 27
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27: Vive 27: Vive Un rugido brotó de lo más profundo de su ser, un grito de dolor y furia que resonó en toda la aldea.
No pensó en nada al momento que su mano encontró una espada corta, perteneciente a algún caído.
―¡Te mataré!
Las lágrimas no se detuvieron.
Se lanzó sobre Kórvath.
La primera estocada fue torpe, predecible.
El monstruo la desvió con un gesto perezoso, una garra alzada como quien espanta a un insecto.
Kayn no frenó.
Lanzó otra embestida.
Y otra.
El brazo no obedecía ya a la razón, solo a un pulso enloquecido que le golpeaba las sienes.
La espada cortaba el aire, una y otra vez, sin dirección.
Sin fin.
Las lágrimas se mezclaban con el hollín, trazando líneas calientes en su rostro sucio.
Sus golpes carecían de técnica, de estrategia, de cualquier cosa que no fuera la necesidad desesperada de hacer daño al monstruo que había destruido todo cuanto quería.
Kórvath dio un paso atrás.
Luego otro.
Esquivaba cada golpe con suma facilidad.
El acero ni rozaba la carne.
Los pies de Kayn resbalaban, su respiración se volvía errática, su brazo temblaba con cada intento.
Pero no se detenía.
No podía hacerlo.
―¿Esto es todo lo que tienes, cachorro?
¿Estas patéticas sacudidas?
La provocación solo encendió más la furia del muchacho.
Se lanzó hacia adelante con un grito salvaje, la espada describiendo un arco amplio que buscaba la cabeza del skarniano.
Kórvath se echó hacia atrás con desdén, pero subestimó la longitud del brazo joven.
El filo mordió su mejilla izquierda.
No fue más que un rasguño, una línea superficial que apenas atravesó las escamas exteriores.
Pero fue suficiente.
La sangre del skarniano brotó en un hilillo delgado, manchando el rostro.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier rugido.
Kórvath se llevó una garra a la herida.
Cuando vio la sangre en sus dedos, algo cambió en sus ojos.
La diversión desapareció, reemplazada por una furia pura.
―Sucia alimaña…
El zarpazo llegó más rápido de lo que los ojos podían seguir.
Las garras atravesaron la camiseta de Kayn, hundiéndose profundamente en la carne joven.
El muchacho no tuvo tiempo ni de gritar antes de que cinco líneas se abrieran a través de su pecho.
Retiró las garras ensangrentadas, contemplando con satisfacción cómo la sangre brotaba del pecho destrozado.
El dolor consumió a Kayn al instante.
Sus piernas perdieron toda fuerza, y cayó de rodillas.
El mundo se volvió borroso, teñido de rojo en los bordes.
Sus manos temblaron hacia el pecho en un intento desesperado de contener la hemorragia, pero la sangre se filtraba entre sus dedos.
Intentó gritar, llamar a su padre o a cualquier que pudiera salvarlo de aquella pesadilla.
Pero de su garganta solo brotó un gemido ahogado que se perdió entre el crepitar de las llamas.
La espada que había empuñado con tanta furia se deslizó de sus dedos entumecidos, golpeando el suelo.
«¡Joder!
¡Cómo duele!», pensó, retorciéndose de dolor.
Nunca había sentido nada igual.
El dolor lo desgarraba por dentro como si se estuviera quemando.
«Mierda, mierda, mierda.
Si esto sigue así… voy a… voy a…» Kórvath levantó su garra ensangrentada, listo para dar el golpe final, para aplastar el cráneo del insolente y ahora agonizante cachorro humano que osó desafiarlo.
―Adiós, mocoso.
Kayn apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la garra del Skarniano se abatiera contra él.
Cerró los ojos pensando que aquel era su fin.
Pero el golpe mortal nunca llegó.
Una figura se interpuso.
El acero cantó al cortar el aire, y Kórvath, sorprendido por la repentina acometida, intentó esquivar la estocada.
Sus reflejos respondieron, pero no lo bastante rápido.
La punta afilada de la hoja mordió su rostro, extendiendo la cicatriz que Kayn le había causado.
Se extendió desde la comisura de sus labios hasta la sien.
―¿Sigues vivo?
―gruñó Kórvath, llevándose una garra al rostro herido.
Estuvo a punto de perder el ojo.
Kayn entonces abrió los suyos, justo lo suficiente para observar la espalda de su padre.
Se mantenía firme a pesar de que su ropa se encontraba hecha jirones y múltiples heridas surcaban su cuerpo desnudo.
En su única mano, la katana brillaba con un resplandor azulado, más tenue que antes.
Kayn sintió un momento de esperanza al verlo vivo.
Con las últimas fuerzas que le quedaban, luchó por incorporarse.
No podía dejar que su padre enfrentara solo a aquel monstruo.
Sus dedos ensangrentados encontraron la empuñadura de la espada corta que había soltado, aferrándola con manos temblorosas mientras jadeaba por el esfuerzo que le costó el simple acto de cerrar los dedos.
Con pasos vacilantes, comenzó a acercarse hacia donde su padre mantenía a raya a Kórvath con movimientos pesados.
―Papá…
Yo también puedo pelear…
Gael lo miró por encima del hombro, y en esos ojos verdes que tanto se parecían a los suyos, Kayn vio algo que lo desarmó.
No reproche, no desilusión.
Solo una tristeza infinita.
―Kayn, lo siento mucho…
―murmuró, y antes de que él pudiera comprender el significado de esas palabras, una fuerza abrumadora lo golpeó, lanzándolo por los aires.
Mientras volaba por el aire pudo ver cómo el vínculo entre su padre y Pong se deshacía.
Ambos guardián y domador cayeron de rodillas, agotados por el esfuerzo de ese último uso desesperado del enlace.
Kayn aterrizó con brusquedad en el suelo empedrado a varios metros de distancia.
Reconoció el mismo camino que esa mañana había cruzado corriendo hacia la plaza central, lleno de ilusiones y sueños.
Ahora se encontraba envuelto en llamas, transformado en un sendero hacia el infierno.
Se incorporó tambaleante, aturdido por el lanzamiento inesperado, y el horror lo golpeó al ver cómo más skarnianos emergían de entre las ruinas.
Se lanzaron hacia su padre como una jauría hambrienta, rodeándolo desde todos los ángulos posibles.
Gael bloqueó el primer ataque, después el segundo, pero sus movimientos se volvían cada vez más lentos, más desesperados.
Sin el poder de su enlace, sin su guardián, no era más que un hombre con un solo brazo enfrentándose a una docena de monstruos sedientos de sangre.
―¡Papá!
Un zarpazo encontró al guerrero.
Gael se tambaleó mientras la sangre brotaba de una herida que se extendía desde su hombro hasta su codo.
Los skarnianos se acercaban.
Kayn quería ayudar, correr hacia su padre, hacer algo más que simplemente observar.
No lo entendía.
¿Cuándo se había vuelto tan débil?
¿En qué momento había comenzado a temer cuando las cosas no salían como quería?
Creía tener el valor de un hombre, pero no era más que un niño.
Cuando finalmente encontró el valor para moverse, algo cayó justo delante de sus pies con un sonido metálico.
―¡Idiota!
Te he dicho que huyas.
―La voz de Gael resonó por encima del rugido de la batalla, cargada de una autoridad que había comandado soldados en cien campos de batalla diferentes.
Incluso herido, incluso derrotado, seguía siendo el capitán que había protegido el reino durante años―.
¿No querías convertirte en un domador?
¡Explícame cómo piensas lograrlo si mueres aquí!
¡Vete!
¡Vive!
¡Hazte fuerte!
¡Cambia de una vez por todas este mundo de mierda!
Kayn bajó la mirada hacia la oscura hoja clavada en el suelo.
Aquella katana, la que perteneció a su abuelo y que ahora empuñaba su padre hasta el último momento, se encontraba frente a sus ojos.
Siempre soñó con heredarla algún día, con ser digno de portar tal legado.
Pero no así.
No de esa manera.
―Considéralo tu regalo de cumpleaños.
Las palabras de su padre fueron apenas un susurro, pero llegaron hasta él con claridad.
«Soy un cobarde», pensó, mientras sus dedos, cubiertos de su propia sangre y la de su madre, se cerraron por instinto alrededor del mango frío y familiar de la espada.
Apretó la mandíbula, arrepentido por la decisión que tomaba.
Desenterró la hoja y dio media vuelta, corriendo lo más rápido que sus piernas le permitían hacia la plaza principal.
Solo conocía un lugar donde podría perderlos de vista, un refugio donde ni siquiera los skarnianos podrían encontrarlo: El bosque Thaluren.
Los rugidos de los Skarnianos se mezclaban con el sonido del metal al chocar, el gemido del viento entre los árboles y el latido ensordecedor en sus oídos.
Pero, de repente, el ruido comenzó a desvanecerse.
Los gritos, el estruendo…
todo desaparecía.
La entrada del bosque se alzó ante él.
En su recorrido golpeó uno de los carteles de advertencia y se adentró con toda la velocidad que sus piernas le permitían en el lugar.
El bosque se cerró a su alrededor.
Cada inhalación forzada le quemaba los pulmones, pero no podía detenerse.
No, ahora.
Las ramas bajas arañaban su piel y desgarraban su ropa ya hecha jirones, mientras las raíces retorcidas emergían del suelo para hacerlo caer.
Pero el miedo puro y la imagen grabada a fuego de su padre enfrentándose solo a la horda lo impulsaban a seguir adelante.
Los arañazos no importaban, el cansancio tampoco.
No quería mirar atrás.
No podía permitírselo, porque sabía que, si lo hacía, vería las llamas consumiendo lo último que quedaba de lo que alguna vez fue su hogar.
Su respiración se volvió cada vez más pesada, más errática, incluso a pesar del ardor de la herida en su pecho.
Podrían encontrarlo en cualquier momento si dejaba un rastro claro, si se detenía a descansar, y entonces el sacrificio de su padre habría sido en vano.
Tenía que seguir.
Tenía que sobrevivir.
La oscuridad ya consumió todo el bosque.
Ni siquiera se planteó la idea de que apareciese un colmitormenta.
Tras haber tenido delante a semejantes criaturas, aquello sería como toparse con un Sokra molesto.
Tropezó de nuevo, esta vez cayendo de bruces contra la tierra húmeda.
El sabor de la sangre llenó su boca al morderse el labio, pero se obligó a levantarse una vez más.
Cada vez que caía, sus rasguñadas y ensangrentadas manos lo ayudaban a alzarse de nuevo.
Entonces, entre la maraña retorcida de troncos que lo rodeaban, una luz parpadeó en la distancia.
Pensó que podría tratarse de alguna Thaluren, pero el tono era demasiado cálido.
En su estado no era capaz de distinguirlo bien.
Sin embargo, aquel destello fue suficiente para encender una chispa de esperanza en su pecho.
Podría ser una fogata, una casa, cualquier cosa que significara refugio.
Sus ojos, se fijaron en ese punto luminoso como si fuera una estrella guiando a un navegante perdido.
Pero las fuerzas comenzaron a fallarle.
Sus pasos se volvieron torpes, y la visión se le nublaba.
Las piernas le temblaban e incapaz de aguantar más, se desplomó de rodillas sobre el frío suelo.
«Mierda, ¿por qué justo ahora?» Golpeó sus propias piernas con los puños, una y otra vez, como si pudiera arrancarlas de la parálisis a fuerza de dolor.
Pero los músculos seguían dormidos, negándose a obedecer.
El cuerpo entero le dejó de responder.
Se dejó caer.
La tierra húmeda lo recibió con un susurro helado que se coló por la ropa rasgada, calándole hasta los huesos.
El crujido de las hojas podridas bajo su espalda sonó como el cierre de una puerta.
Creyendo que todo había terminado, escuchó unos pasos acercándose.
Primero pensó que su mente deliraba, pero el sonido se hacía más claro, más cercano.
Hojas secas crujiendo bajo unas botas.
Los pasos no llegaban solos, sino acompañados de la luz que parecía acercarse cada vez más hacia Kayn.
Una sombra tomó forma.
Alta.
Delgada.
Negra.
Caminaba directo hacia él.
Kayn intentó enfocar, distinguir un rostro, un gesto.
Nada.
Todo se emborronaba.
El pánico se apoderó de él al ver la sombra detenerse justo a su lado, inclinándose con sobre su cuerpo inmóvil.
Intentó hacer responder a su cuerpo, pero cada una de sus articulaciones estaba muerta y en poco tiempo él también lo estaría.
Entonces, la oscuridad lo engulló.
FIN DEL VOLUMEN 1
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