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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 El sueño de un niño
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3: El sueño de un niño 3: El sueño de un niño Kayn Ashborne yacía sobre el colchón de paja, los ojos fijos en el techo de madera que se extendía sobre su cabeza.

Las sombras proyectadas por la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana dibujaban formas abstractas entre las vigas.

Cada vez que trataba de conciliar el sueño, sus parpados se resistían al descanso que tanto anhelaba.

Nunca se sintió tan nervioso.

Jamás en toda su vida.

Ladeó la cabeza, observando el reloj sobre la mesilla que marcaba las tres de la mañana.

Intentó girar sobre el colchón, que crujió en protesta bajo su peso, primero a un lado, luego al otro.

Nada.

El ciclo de movimientos inútiles se repitió hasta que, frustrado, se incorporó en el borde de la cama.

Sus pies desnudos encontraron las tablas frías del suelo, y durante un momento permaneció inmóvil, contando las veces que repitió ese ciclo.

Cinco, tal vez seis.

La lámpara de aceite titiló en el rincón, su llama temblorosa se aferraba al aire como un suspiro a punto de extinguirse.

Aun así, esa luz débil tejió un sendero suficiente hasta el armario que se erguía contra la pared.

Hundió las manos entre los pliegues amontonados de diversas telas, descartando una y otra vez todo lo que no fuera el chaleco oscuro que siempre llevaba puesto.

Sus dedos separaron camisas que nunca usaba y pantalones que colgaban de perchas.

A su lado, una montaña desordenada de ropa crecía.

Con el chaleco en sus manos, agarró la primera camiseta blanca que encontró sobre el montón y colocó ambas piezas sobre la silla.

La montaña de prendas lo esperaba ahora a sus espaldas.

Incluso si se ponía ahora a ordenarlas, le llevaría hasta que se pusiera el sol.

Pero él quería dormir.

Decidió hacer como si nada hubiese pasado, tomando todo el montón entre sus brazos y lanzándolo de cualquier manera dentro del armario.

De regreso en la cama, descubrió que estaba igual de poco cansado que antes.

Quizás incluso más despierto.

Justo cuando estaba por volver a arroparse con las sábanas, su mirada se desvió hacia el libro que descansaba sobre su escritorio desde hacía ya semanas cogiendo todo el polvo posible.

Bueno, lo haría si no fuera porque su madre le obligaba a limpiar su habitación cada semana.

Recordaba que Lyra se lo había regalado hace no mucho, aunque apenas fue capaz de leer algo.

Quizás aquello era lo que necesitaba en esos momentos.

Una historia con la que distraerse y con la que terminar dormido.

Con el libro en sus manos, se lanzó sobre la cama y abrió una página al azar.

Las palabras se vieron iluminadas por la luz de la lámpara cercana y él comenzó a leer una escena sobre una guerra.

No pasaron ni diez minutos cuando el rugido de su estómago lo arrancó de la lectura.

Aunque tampoco era que estuviera muy concentrado que digamos.

Pensó en bajar hasta la cocina para ir a comer algo, aunque fuera un trozo de pan.

Sin embargo, se detuvo en seco justo cuando estaba a punto de abrir la puerta al recordar la vez que su madre lo descubrió.

Desistió de la idea y trató de pensar en la mejor solución para quedarse dormido.

Llegó a la conclusión de que hacer ejercicio y cansarse lo empujaría al sueño.

Le habría gustado poder entrenar con su espada fuera de casa, pero si no se atrevió a bajar a por algo de comer, sería impensable querer salir.

A menos que saltase por la ventana, claro está.

Pero solo una ocasión de vida o muerte lo empujaría a hacer tal cosa.

Lo mejor que podía hacer en ese momento era aprovechar el reducido espacio de su habitación.

Contó hasta cincuenta flexiones, luego hasta sesenta, sintiendo cómo el sudor comenzaba a perlar su frente y empapaba su pijama con un tierno panda estampado.

En lugar de llegar al cansancio que esperaba, solo consiguió quedar sudado.

Deseaba darse un baño cuanto antes, pero el sonido del agua corriendo despertaría a toda la casa.

Derrotado se desplomó sobre el colchón y miró de nuevo el reloj.

Incluso con todo lo que hizo solo fue capaz de avanzar veinte minutos de la noche.

En otra ocasión, el sueño lo habría vencido sin resistencia, pero esta no era una noche cualquiera.

Llevaba esperando por ese amanecer durante mucho tiempo, y ahora estaba a escasas horas de distancia.

Por fin era el día de la ceremonia de vinculación.

A sus catorce años, como a todos, le llegaba el día de sellar un pacto con un guardián, esos entes espirituales que suplían la carencia humana para forjar enlaces.

Ansiaba ser domador, como su padre, como su abuelo.

La probabilidad no era segura y la academia Theronai esperaba solo a los mejores.

Pero la convicción ardía en su pecho.

¿Qué forma tendría su destino?

¿Qué poder obtendría?

Su respiración se fue aquietando, y el sueño comenzó a reclamarlo, tirando de él hacia otro tiempo.

**** Siete años antes Un pequeño Kayn de siete años caminaba junto a su padre por el laberinto de puestos y vendedores, montado sobre la espalda ancha y reconfortante de Pong, el guardián panda de su padre.

El sol brillaba alto en el cielo, y el bullicio de la gente llenaba el aire con una sinfonía de voces y sonidos.

Los vendedores ofrecían frutas jugosas y carnes especiadas, telas de mil colores y baratijas relucientes.

El chico aspiraba el aroma del pan recién horneado mientras sus ojos, llenos de asombro, recorrían cada recoveco.

En algún punto de aquel laberinto de gente, su padre, Gael, se detuvo frente a un puesto de herrería.

El brillo del acero expuesto se reflejaba en sus ojos esmeralda.

Una fina cicatriz le surcaba la mejilla derecha.

Llevaba una camisa de lino gris con las mangas arremangadas, revelando un robusto antebrazo izquierdo.

Solo uno; el otro lo perdió en la guerra tiempo atrás.

El fuego crepitaba dentro de la forja mientras una hilera de espadas y armaduras colgaban de un soporte de madera.

―Voy a hablar con Flint ―le dijo a su hijo, inclinándose para quedar a su altura―.

Quédate aquí con Pong.

―Yo también quiero ir… ―protestó Kayn, extendiendo su pequeña mano hacia la dirección donde su padre se dirigía.

La respuesta de su padre vino acompañada del gesto que más odiaba en el mundo: que alguien le revolviese el pelo.

El fruncimiento de ceño fue instantáneo, seguido de un manotazo rápido que apartó la mano paternal.

―Cuida de él, Pong ―añadió Gael, haciendo un gesto sutil al panda, que respondió con un gruñido grave.

Los ojos del guardián se fijaron todo lo posible en él y el niño se acurró en su suave pelaje.

No entendía por qué no podía acompañarlo; él también tenía interés en ver más de cerca el acero que, si se acercaba, reflejaría su rostro.

Deseaba tener un arma real y no la espada de madera que recibió cuando cumplió cuatro años.

Quería una hoja afilada como la de Gael, aunque la idea de mencionárselo a su madre le aterraba.

Lo más probable era que le dijese que estaba loco.

Pero a él le daba igual.

Al perder de vista a su padre, decidió entretenerse con los puestos de comida cercanos a los que Pong le llevaba.

Un vendedor agitaba una bandeja llena de bollos dorados y crujientes que hicieron babear tanto al niño como al guardián.

Con la ayuda de Pong, quizás podría ser capaz de tomar uno y salir corriendo antes de que alguien siquiera los alcanzase.

Sin embargo, Pong era bastante reacio a contribuir en cualquiera de sus travesuras.

Lo único que hacía era vigilar que no se hiciera daño.

Fue entonces, cuando algo captó su atención, incluso más que la comida o las espadas.

Una silueta encorvada avanzaba entre la muchedumbre con pasos pesados.

El hombre vestía un saco marrón lleno de cortes y remiendos que dejaban al descubierto brazos y piernas tan delgados que parecían estar al borde de romperse.

Un rostro pálido y demacrado asomaba entre el pelo enmarañado y sucio.

A primera vista parecía gris, pero tenía pequeños mechones con tonos blanquecinos.

Orejas puntiagudas sobresalían en la maraña de pelo sucio.

Fue entonces cuando Kayn descubrió que se trataba de un elfo.

Era el primer que veía más allá de las ilustraciones de algunos libros.

En la taberna escuchó alguna vez hablar de su esclavitud y de los elevados precios por los que se vendían en el mercado.

La curiosidad lo impulsó a bajarse de Pong, aunque el panda parecía intentar retenerlo.

Al acercarse más, comprendió que el elfo no avanzaba con paso libre.

Grilletes de acero oxidado mordían sus tobillos huesudos, forzándolo a dar zancadas cortas y torpes.

Luchaba por arrastrar un pesado cuyos ejes chirriaban bajo el peso de una carga monstruosa, desproporcionada para su figura.

Habría sido una carga más apropiada para un Terracón.

Pero allí estaba él, temblando por el esfuerzo y con su cuerpo esquelético al borde del colapso.

Con cada paso, la carne parecía rendirse un poco más.

El aliento, irregular, colgaba de sus labios como si la misma vida se le escapara por la boca.

Montado en el carro, un hombre fornido sostenía un látigo cuyo cuero estaba cubierto por pequeñas espinas metálicas.

El primer latigazo cayó sobre la espalda desnuda del elfo con un sonido.

Un grito desgarrador emergió de su garganta y reverberó en la calle.

Aun así, no se detuvo.

Si disminuía el ritmo o se detenía, recibía más latigazos aún más fuertes que los anteriores.

―¡Deja de frenarte!

―bramó el hombre desde atrás con una voz áspera y desprovista de compasión―.

He invertido una fortuna en tu patética existencia.

Se supone que los de tu corona poseéis una gran resistencia.

El elfo giró apenas el rostro.

Los labios se movieron con dificultad, pero solo surgieron fragmentos de voz, resquebrajada por la sed, la debilidad, y el dolor que serpenteaba su cuerpo como un veneno.

―Lo… lamento, señor… ―incluso en sus circunstancias la voz seguía sonando de alguna manera melodiosa―.

Es solo que… llevo ya tres días sin… probar bocado… y… apenas me quedan… fuerzas para… No llegó a terminar.

El látigo silbó en el aire y cayó sobre su espalda cubierta de hematomas.

El golpe estalló con tal brutalidad que Kayn cerró los ojos sin darse cuenta.

Cuando los abrió, el elfo se tambaleaba.

Las rodillas dobladas, el cuerpo arqueado, cada músculo esforzándose por no colapsar.

Por un momento pareció que caería y quedaría enterrado bajo la carga, pero los pies permanecieron firmes.

―¿Te atreves a insinuar que la comida que te doy no es suficiente para ti?

―la voz del amo le cayó encima como otro latigazo―.

¿Después de todos los lujos que te ofrezco?

Si no fuera por mí, estarías reducido a polvo en una cantera.

Deberías besar la tierra por el privilegio de ver este sol.

―Señor… jamás quise… ―el elfo se aferró a las correas del carro con manos que temblaban tanto por el miedo como por el agotamiento.

―¡Silencio!

¡No quiero oír más tus excusas!

Los latigazos continuaron sin que él pudiese hacer nada para evitarlo.

No tenía a dónde huir ni podía alzar la voz para protegerse.

Incapaz de soportar la escena, Kayn desvió la mirada y Pong trató de taparle la visión por si se le ocurría volver a mirar.

Era demasiado doloroso para él.

¿Cómo era posible que pudiesen hacerle algo tan cruel a alguien?

La multitud seguía su camino mirando de reojo el cruel espectáculo.

Algunos pasaban sin detenerse; otros formando un círculo de curiosos.

Kayn buscó desesperado algún asomo de compasión similar a la que él sentía.

Aunque fuera una sola persona que compartiera su pensamiento de lo cruel que era eso.

Sin embargo, lo que encontró fue algo que no esperaba y también fue el momento en el que descubrió que el mundo podía ser un lugar más cruel de lo que jamás hubiera imaginado.

Risas y comentarios burlones llegaron hasta sus oídos.

―Se lo tiene bien merecido por no ser capaz de cumplir algo tan simple.

Kayn se giró para buscar al dueño de aquellas palabras, pero la multitud le impidió encontrarlo.

―Era de esperarse.

Los orejas puntiagudas no sirven para nada que no sea hacer el ridículo.

Volvió a girarse, pero no solo eran aquellas dos personas las que comentaban.

Los comentarios crecieron, los insultos se intensificaron y las risas se volvían cada vez más dolorosas.

Intrigados por el bullicio, la gente se acercó y se detuvo como quien asiste a un espectáculo callejero.

Kayn no era capaz de soportarlo más.

Deseó con todas sus fuerzas lanzarse contra el hombre que seguía soltando latigazos al elfo que yacía en el suelo.

Avanzó un paso, sin pensar siquiera en las consecuencias del acto que estaba a punto de cometer.

Pero antes de que fuera capaz de dar otra paso, una mano firme lo sujetó del brazo con fuerza.

Giró con violencia, como si el cuello le ardiera, y se topó con los ojos de Gael.

Esperó encontrar allí el mismo juicio que se derramaba desde las miradas ajenas.

Esperó ese veneno: la vergüenza envuelta en desprecio.

―¿Papá…?

¿Tú también…?

El desaliento brotó en la voz del pequeño, al creer que su padre coincidía con aquella multitud cruel.

Pero los ojos de Gael no apuntaban al mismo objetivo que los demás.

No observaban al elfo, sino que estaban fijos en el hombre del látigo.

No parecía estar disfrutando.

Más bien, parecía estar conteniéndose para no lanzarse contra el hombre y asestarle un puñetazo en la cara que se la abollaría por completo.

Su mano sujetaba con fuerza el brazo de su hijo, pero de tener otra permanecería cerrada en un puño tan apretado que el color de sus nudillos se habría perdido por completo.

―Será mejor que nos vayamos de aquí ―murmuró, sin apartar la vista.

Kayn no dijo nada más y Pong lo agarró por la capucha para colocarlo sobre su mullido lomo.

Mientras se marchaban, echó un último vistazo al esclavo que ahora permanecía tumbado en el suelo tras no ser capaz de resistir los últimos golpes.

El elfo ya no respondía ni emitía sonido alguno a pesar de los gritos de su señor.

La sangre se mezclaba con el polvo del camino, tiñéndolo de un rojo sucio.

Quizás estaba muerto.

En el fondo sería mejor que seguir viviendo en un mundo donde tu dolor es el entretenimiento de otros.

Caminaron hasta que el bullicio se desvaneció en un silencio profundo.

El eco de los latigazos persistía en la mente de Kayn.

Bajó la mirada hacia sus manos temblorosas, impotente.

Gael suspiró y le puso una mano en el hombro.

―Siento mucho que hayas tenido que ver eso.

No era la primera vez que Kayn veía un esclavo, pues en ocasiones los encontraba cargando mercancías o comprando en las tiendas.

También se encontró con alguno cargando un carromato, pero nunca de una forma tan grotesca.

Ninguno gemía así.

Ninguno arrastraba un peso tan grotesco, tan injusto.

Siempre se sintió mal por aquellas personas a las que se les privó de su libertad.

Sin embargo, era la primera vez que presenciaba a alguien disfrutando de su sufrimiento pues hasta ahora todos eran humanos.

Tan humanos como él, tan humanos como el hombre del látigo.

Nunca un elfo.

―¿Por qué nadie a le importa que hicieran daño a aquel elfo?

¿Es porque era de otra corona?

―preguntó de forma inocente.

Su padre asintió mirando a su hijo con una tristeza que cruzaba por sus ojos.

Se tomó unos instantes antes de responder.

―Me temo que sí.

Y eso se debe al odio que ha ido germinando durante años.

Con el tiempo, nos enseñaron a temer y despreciar a quienes son diferentes a nosotros, a verlos como enemigos ―volvió la vista atrás antes de continuar―.

Las personas de allí no veían a alguien sufriendo, sino a alguien que creen que merece ese sufrimiento.

Ven a un enemigo.

Kayn no lo entendía.

Por mucho que lo intentase no le encontraba explicación.

Quizás porque era un niño.

Porque no conocía la realidad del mundo.

A sus ojos se discriminaba a la gente por sus rasgos distintos.

Pero ¿acaso no eran todos habitantes del mismo mundo?

¿No contemplaban el mismo cielo o respiraban el mismo aire?

Podrían ser diferentes en apariencia, pero cuando el acero cortaba su piel, todos sangraban del mismo color.

―Una guerra nació de esa misma ceguera ―comentó Gael―.

Una guerra sin sentido, donde cada corona gritó su derecho a alzarse sobre las otras.

Muchas ciudades quedaron reducidas a humo, y muchas vidas se apagaron sin razón.

Incluso la de tu abuelo.

Al final, viendo que no se llegaría a nada, los líderes decidieron firmar acuerdos de paz.

Estamos libres de guerras por ahora.

Pero, como comprenderás, las palabras escritas en un trozo de papel no se reflejan en los corazones.

No pueden borrar el odio que aún consume a los hombres.

Y lo que acabas de ver es prueba de ello.

―¡No es justo!

¡No deberíamos odiarnos por ser distintos!

Una débil sonrisa se dibujó en el rostro de su padre que suavizó las cicatrices marcadas por las batallas.

Extendió la mano hacia Kayn y revolvió su pelo, aunque ese gesto le hizo enfadarse y tuvo que retirar la mano.

―Me alegra que pienses eso, hijo.

Ojalá todos lo hicieran.

Por desgracia no todos ven el mundo con los ojos de un niño.

Para cambiar el mundo se necesita algo más que fuerza.

Se necesita a alguien que hable cuando otros se encogen, que se mantenga firme cuando el resto agacha la cabeza.

―¡Entonces yo seré ese alguien!

―gritó Kayn con el pecho inflado―.

Me convertiré en domador, como tú, y cuando llegue el momento…

Miró alrededor, hasta que un palo tirado entre las piedras le llamó la atención.

Lo levantó como si portara un arma de reyes, trepó a una roca cercana y apuntó con él a Gael como si blandiera una espada.

―¡Acabaré con el odio que separa a las Coronas!

Ya lo verás.

Gael parpadeó.

La determinación en los ojos del niño le dejó sin palabras por un instante, pero pronto la risa se le escapó en un estallido sincero.

Kayn frunció el ceño, indignado.

Justo cuando alzó el palo para golpearle en el hombro, la mano firme de su padre detuvo el ataque.

―Eso es muy noble por tu parte, pero debes entender que hay quienes ni siquiera tienen intención de perder ese odio.

―No importa.

Cuando me convierta en el mejor domador, haré que escuchen.

Y si no quieren escuchar…

―alzando el palo con ambas manos―, ¡haré que lo entiendan a golpes!

―Dudo que un trozo de madera te sirva para eso.

Señaló el improvisado bastón, y Kayn enrojeció hasta las orejas.

Rápido, lo escondió tras la espalda.

Pero antes de que pudiera responder con alguna excusa torpe, su padre se descolgó la funda que llevaba al hombro y se la tendió sin una palabra.

El cuero pesaba más de lo que esperaba.

―¿Qué es esto?

―preguntó, abriendo la funda con cuidado.

Dentro, una hoja de acero pulido capturó la luz, reflejando su rostro con asombro.

No era madera sino una espada real.

Una tan reluciente que reflejaba su propio rostro sorprendido―.

Una espada… ¿es para mí?

―Aún faltan un par de semanas para tu cumpleaños, pero creo que ya estás listo para portar una ―se acercó a Kayn para revolverle el pelo con ternura, despeinándolo por completo.

Esta vez, no protestó ―.

Feliz cumpleaños, hijo.

―¡Muchas gracias!

―exclamó Kayn, abrazando la hoja enfundada con entusiasmo ―.

Prometo que la cuidaré muy bien.

―Ahora eres oficialmente un domador en entrenamiento ―susurró con orgullo―.

Eso implica responsabilidades.

Así que espero que empieces a tomarte tus entrenamientos con más seriedad.

Kayn apartó la mirada, sus ojos se pegaron al empedrado intentando buscar alguna excusa para escapar.

―Tampoco es necesario apresurarse, creo yo―murmuró, escondiendo la espada tras su espalda, fingiendo una seriedad que hizo reír a su padre.

―Muy bien, joven héroe.

Regresemos ahora a casa.

Tu madre nos espera, y créeme, será mejor que no la hagamos enfadar.

Bastante duro va a ser tenerle que explicar que ahora tienes algo con lo que hacerte daño.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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