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Los Ecos de la Guerra - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Infiltración
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4: Infiltración 4: Infiltración Varias horas transcurrieron bajo un manto de nubes grises que arrojaban copos delicados sobre el paisaje, cubriéndolo todo con una fina capa de nieve recién caída.

El único sonido constante, aparte del rumor del viento silbando entre las ramas de los pinos escarchados, provenía del avance de los Terracones, cuyas pisadas resonaban sobre la nieve compacta.

El aliento escapaba de los labios de Ranann formando pequeñas nubes blancas en la quietud invernal.

Entornó los ojos, protegiéndolos de los copos que ahora golpeaban con más fuerza, su mirada barriendo la vasta extensión que se desplegaba, siguiendo la cicatriz oscura del camino que serpenteaba hacia las murallas de la ciudad fortificada de Buldor.

Incluso desde aquella distancia, la ciudad rebosaba actividad constante.

Columnas de humo negro y denso ascendían por las chimeneas de incontables talleres y forjas donde herreros y artesanos doblegaban el acero y hierro.

Evitando el sendero principal de la ciudad, Azrath se dirigió hacia un camino lateral apenas visible por la nieve que lo cubría.

Pronto, la vegetación los engulló por completo.

Detuvo el carromato al borde de un claro, donde los pinos centenarios alzaban sus ramas cargadas de nieve y entrelazaban las copas hasta cerrar el cielo, protegiéndolos de miradas desde las almenas de la ciudad.

Uno tras otro, los skarnianos descendieron.

Ninguno habló.

La nieve crujía bajo sus botas mientras se acercaban al centro del claro.

Las figuras se alinearon en media luna.

Cuando todos estuvieron reunidos, expectantes, con el vaho de su respiración flotando frente a sus rostros, Azrath alzó la cabeza.

―¡Muy bien!

¡Atacaremos de frente!

―gruñó con convicción, clavando la mirada en los suyos―.

¡Aplastaremos a cualquiera que ose interponerse en nuestro camino!

¡Su sangre regará esta tierra y tomaremos por la fuerza lo que nos pertenece!

¡Buldor probará hoy la furia de los skarnianos!

¡Por Skarnia!

―¡Por Skarnia!

―clamaron los skarnianos al unísono.

Desde la retaguardia, Ranann exhaló sin ruido.

Avanzó hacia el frente, apartando con una mano las ramas, que dejaron caer pequeños cúmulos blancos sobre sus hombros.

―¿En línea recta a las puertas?

―Su sarcasmo cortó las risas cercanas―.

Esperaba algo más elaborado.

No creía que la estrategia de un príncipe skarniano se redujera a un asalto frontal digno de bárbaros desesperados.

Las escamas de Kórvath crujieron con un chasquido seco.

Su cuello giró con lentitud medida, y clavó la mirada en Ranann.

El silencio se propagó entre los skarnianos como una amenaza velada.

Nadie logró discernir si escuchaban una burla o una advertencia.

―Si todos os lanzáis al mismo tiempo, os descubrirán en un abrir y cerrar de ojos ―continuó Ranann con la paciencia de quien habla con un grupo de niños testarudos―.

Según el tratado, ni siquiera tenéis permitido pasearos por estas tierras.

¿Queréis desatar otra guerra?

Si os descubren, los guardias rasos serán la menor de vuestras preocupaciones.

La guardia real no tardará en llegar.

Y creedme, no os conviene probar su acero.

Además ―añadió, con un ligero encogimiento de hombros―, no puedo garantizar que podré contener al Ascendente, si es que se encuentra allí.

Mucho menos si tengo a un pelotón atacándome por la espalda.

Kórvath gruñó.

Vapor caliente escapó de sus fauces, ondulando el aire frente a él.

No ocultó los colmillos.

―¿Qué propones?

―preguntó Azrath, sin desviar la mirada de Ranann.

―Dejadme a mí encargarme de esto solo.

Vosotros quedaos aquí esperando a que vuelva.

No os pediré más monedas.

Con lo que me habéis dado basta.

La propuesta circuló entre los skarnianos con un murmullo cargado de escepticismo.

Kórvath dio un paso adelante, hundiendo en la tierra húmeda unas garras que humeaban.

―¿Para qué he venido hasta aquí, entonces?

―Su rugido de inconformidad resonó en el claro―.

Me prometieron sangre y el botín de la ciudad.

No me arrastré hasta aquí para quedarme quieto como un maldito dobber encadenado.

Azrath soltó una leve risa y levantó una mano antes de que Kórvath pudiera seguir avanzando.

―Tranquilízate, Kórvath.

Lo que propone Ranann tiene sentido ―dijo Azrath, sin apartar la mirada de la oscuridad que se abría más allá del claro―.

Él puede moverse entre humanos sin atraer miradas.

Y si esas habilidades suyas son tan buenas como dicen, no necesitaremos ensuciarnos las manos.

Hizo una pausa, luego dejó caer la voz con desdén.

―Y si cae… solo confirmará lo que ya sospechábamos.

Otro charlatán entre tantos.

Hallaremos a otro que pueda cumplir nuestras peticiones.

Kórvath entrecerró los ojos, un gruñido sordo en su garganta.

Su cola se agitó tras él, y los colmillos relucieron cuando lamió la sangre seca de su labio.

―¿Y mientras tanto qué?

¿Nos limpiaremos las garras entre nosotros?

Yo no crucé el mar para quedarme esperando en un rincón.

Vine a cazar humanos.

―Sus garras rasparon el tronco más cercano con un chillido seco―.

Quiero oírlos gritar mientras desgarro su carne.

―En el caso de que las cosas se compliquen siempre podremos encontrar un modo de acercarnos a la muralla sin provocar una matanza innecesaria.

Si Ranann da la señal, entraremos.

Si no… improvisaremos.

Ranann se giró hacia ellos con una media sonrisa que apenas rozó sus labios.

―Tranquilos.

Dudo que necesitéis intervenir ―comentó al tiempo que se alejaba―.

Nunca he fallado en mi trabajo y esta no será la primera vez.

Aun con su comentario, el pyroskarniano se contuvo, clavando una mirada intensa en la nuca de Azrath.

La cola serpenteó y sacudió unos helechos antes de enrollarse a los pies de su dueño, mientras el resto intercambiaba miradas de duda.

Algunos acariciaron el filo de sus dagas o se ajustaron las protecciones de escamas, tensos por la sugerencia de permanecer en segundo plano.

Azrath se volvió por última vez.

―Cuando tengas la reliquia, asegúrate de traerla aquí.

No cometas el error de quedártela o de vendérsela a otro.

Te aseguro que las consecuencias serían…

desagradables para ambos.

El asesino no respondió.

Se alejó con pasos pausados.

Las botas crujieron sobre hojas secas en el momento en que penetró en la arboleda.

Kórvath contempló su espalda, debatiendo entre seguirlo o golpear las rocas cercanas para descargar su furia.

Al final, inclinó la cabeza y giró hacia Azrath, refunfuñando por lo bajo.

**** Las murallas oscuras de Buldor se alzaron frente a Ranann.

Desde su refugio, tras la roca, estudió con atención los movimientos pausados de los centinelas que patrullaban en las almenas.

Sus siluetas recortadas contra el cielo nocturno evidenciaban lanzas largas.

Al pie del muro, dos guardias enfundados en cotas de malla conversaban con tranquilidad.

Parecían muy inmersos en la charla.

Uno se frotaba las manos por el frío, el otro pateaba el suelo.

Rutina.

Aburrimiento.

Rannan se obligó a mantener la respiración pausada, condensando en silencio el aliento frío frente a su rostro.

Su mirada calculaba todas las opciones posibles con rapidez, sopesando alternativas y midiendo riesgos.

¿Escalar en línea recta?

Las grietas y los ladrillos desgastados prometían un ascenso posible, pero la posición de los guardias lo complicaba.

¿Esperar al cambio de guardia?

Quizás, aunque cada minuto inmóvil en ese frío glacial entumecía poco a poco sus músculos, restándole precisión.

En el cielo, los primeros destellos del sol comenzaban a asomar.

Dos horas, tal vez menos para que la ciudad se llenase.

No tenía mucho tiempo.

Un viento cortante le trajo el aroma de aceite quemado de las antorchas que iluminaban la muralla con un débil resplandor.

Decidido, se deslizó entre los arbustos con movimientos calculados.

Evitaba cualquiera piedra o rama que pudiese revelar su presencia.

Cualquier sonido podría ser fatal.

―¿Quién anda ahí?

La voz provino de uno de los guardias, llevando consigo un matiz femenino.

Ranann quedó inmovilizado, atrapado por la ironía de un destino que se burlaba en voz baja.

Alzó las manos despacio, las palmas mostradas al vacío, en un intento por demostrar que ningún filo lo acompañaba.

En su rostro, compuso la expresión del campesino extraviado que llegó a perfeccionar en una docena de ciudades.

Siempre con éxito.

―No busco problemas ―aseguró, modulando la voz con un cansancio fingido―.

Llevo desde que se puso la luna recorriendo estos senderos helados, buscando a alguien que pueda venderme medicinas.

Los dos guardias intercambiaron una mirada desconfiada.

La guardia de cabellera azabache que emergió de las sombras poseía el tipo de belleza que habría inspirado baladas en tiempos de paz.

Alta, de rasgos nobles.

Sus ojos, de un azul gélido, capturaron la atención del intruso.

La armadura que llevaba resultaba sencilla, oscura, ajustada al cuerpo y diseñada para proteger sin limitar la libertad de movimiento.

Una prenda de guerra, sin vanidad.

Aun así, daba igual qué metal envolviera el cuerpo de un enemigo.

Todos caían igual.

―¿Medicinas?

―repitió ella―.

¿Para qué enfermedad exactamente?

―Veneno… de serpiente escarlata, señora ―confesó sin apartar los ojos del suelo empapado.

La mentira fue entretejida con una voz que se agrietó al borde de la garganta―.

Me atacaron en el camino.

Apenas me quedan algunas monedas, pero espero que sean suficientes para poder pagarla.

Los ojos del guardia parecieron suavizarse, un destello de compasión humana que le recordó a Ranann por qué odiaba esta parte del trabajo.

Por su parte, la mujer arrugó la frente, dudando de su veracidad.

Desvió la mirada hacia el horizonte, donde las sombras comenzaban a adueñarse del bosque, y luego volvió a examinar con ojo crítico al extraño.

No confiaba en él, estaba claro.

―Ven ―La mujer gesticuló hacia una caseta de madera carcomida―.

Protocolo de seguridad.

Nada personal.

―Se lo agradezco ―respondió Ranann.

Aunque en el fondo un ligero nerviosismo lo estremeció.

No planeaba perder más tiempo con un interrogatorio.

Sopesó la situación, calibrando la distancia y el movimiento de sus posibles víctimas.

Podría degollar al de más cerca y clavar la mano en el pecho de la mujer… Pero lo pillarían de inmediato.

Dio varios pasos, siguiendo al guardia con el semblante más colaborador, mientras la otra, con la lanza sujeta, lo observaba con gesto sospechoso.

Lo llevaron hasta una pequeña caseta con lo esencial para pasar las noches.

Un par de bancos de madera, mordisqueados por la carcoma, flanqueaban la puerta; encima de uno se apilaban viejas túnicas manchadas de barro.

Un hornillo casi frío ocupaba una esquina, con brasas apagadas dispersas por el suelo.

El guardia de semblante más amigable extendió un brazo hacia un taburete y soltó un leve bufido.

―Siéntate.

Debes estar agotado.

Tenía la sonrisa fácil de quien nunca ha matado a nadie.

Ranann reconoció esa expresión porque una vez adornó su propio rostro.

Cuando el mundo aun le parecía un lugar lleno de bondad.

Cuando no era más que un niño ingenuo que era engañado por cualquiera.

Pero eso era un pasado que deseaba olvidar.

Cumpliendo su papel de aldeano bondadoso, aceptó el ofrecimiento del guardia y se acomodó en el taburete.

Hubiera preferido no detenerse, pero el candado que sellaba la salida trasera cortaba su única ruta de escape convencional.

Al otro lado de los muros, el murmullo de pasos apresurados le indicó que el resto de los guardias continuaba con su ronda nocturna, indiferentes al extraño enfermo que ahora permanecía retenido.

―No te muevas ―advirtió la mujer de la lanza, alzando la punta hasta que quedó peligrosamente a un latido de su garganta―.

No me obligues a usar esto contigo.

Algo en la cadencia de sus palabras encendió todas las alertas de Rannan y por un segundo consideró cortarle el cuello.

Pero, fue capaz de calmarse.

Existían muy pocas personas que eran capaces de alterarlo de esa manera.

Le extrañaba que una simple guardia fue capaz de tal cosa.

La mujer se le acercó y sus manos comenzaron a explorarlo de arriba abajo, examinando los pliegues de su ropa, buscando algo que estuviera fuera de lugar.

―¿Nombre?

―preguntó con un tono desconfiado.

―Dorrim Evano, señora ―mintió, introduciendo un jadeo entre sus palabras―.

Vengo de una pequeña aldea al norte de aquí.

Salí hace tres noches en busca de hierbas y medicinas; mi madre está muy enferma, y no hay en nuestro pueblo remedio que pudiera aliviarla.

Por desgracia, en el camino me asaltaron unos bandidos.

La mujer arrugó la frente, escéptica, sus manos bajando por los costados del hombre, palpando con fuerza.

Sus dedos se detuvieron de golpe, rozando la empuñadura de un pedazo de metal escondido bajo los harapos.

―¿Y esto?

―preguntó ella, extrayendo la hoja rota con precaución―.

¿Qué busca un aldeano humilde con un arma quebrada?

―Pertenecía a mi difunto padre ―respondió con un jadeo convincente.

Su voz tenía la justa medida de melancolía, suficiente para conmover, pero no tanto como para levantar sospechas―.

Desde que murió la llevo conmigo, aunque esté rota.

Si fuerais tan amable de devolvérmela, os estaría eternamente agradecido.

Aunque con algo de duda, depositó de nuevo el filo roto entre los pliegues de la ropa.

―¿Qué edad tienes, Dorrim?

―preguntó, reanudando el registro con movimientos cada vez más bruscos, palpando ahora las mangas y los bolsillos del joven.

―Hace poco alcancé los veinticinco años ―respondió él con voz suave, intentando parecer cansado y asustado, encogido bajo las manos implacables de la mujer―.

Aunque supongo que, después de estas noches en el camino, parezco tener unos cuantos más encima.

Ella resopló, aunque en sus ojos apareció un destello fugaz de simpatía.

―¿Vienes del norte, dices?

―continuó preguntando con tono casual, como si lo hiciera solo para mantenerlo distraído mientras terminaba de registrarlo―.

¿De qué pueblo?

―De Sotavento, un pequeño poblado cerca del bosque.

Dudo que hayáis oído hablar de él; no suele aparecer en los mapas.

―No, no lo conozco ―admitió, tanteando sus botas en busca de algo oculto―.

¿Y cómo es que los bandidos te dejaron ir, Dorrim?

¿Acaso mostraron piedad contigo?

―Piedad ninguna.

Me dieron por muerto después de despojarme de todo lo que llevaba.

Les hice creer que no sobreviviría a la noche, y así hubiera sido de no encontrar refugio en un barranco.

La mujer pelinegra permaneció en silencio unos instantes, observándolo con detención.

Por un momento, la esperanza de Ranann de salir indemne de aquel encuentro comenzó a crecer, hasta que un tintineo metálico rompió la quietud.

Alzó la mirada, y entonces la vio.

Frente a sus ojos levantó una pequeña bolsa que él mismo llevaba consigo, y la sacudió con suavidad.

El tintineo inconfundible de las monedas resonó con estridencia en la habitación, tan claro como el repique de una campana.

―Qué extraño… ―comentó ella dejando caer la bolsa y esparciendo las monedas sobre una mesa―.

Para haber sido asaltado parece que aún conservas una buena cantidad de monedas ―Entrecerró los ojos, estudiándolo con renovado interés―.

¿De dónde sacaste tanto dinero?

¿Acaso los bandidos fueron tan torpes como para dejar atrás semejante fortuna?

Ranann tragó saliva, notando cómo la respiración se le aceleraba de forma imperceptible.

La habitación parecía haberse vuelto más estrecha, sofocante bajo aquella mirada inquisidora.

Se debatió entre acabar con la vida de aquella mujer, pero al hacerlo tendría que enfrentarse a todos los guardias de los alrededores.

Sin embargo, no podía correr ese riesgo.

No sabía dónde podría encontrarse el Ascendente.

Podría estar cerca.

―La encontré en el camino ―respondió, desviando un poco la vista―.

Entre las pertenencias de alguien menos afortunado que yo.

Lo asesinaron poco antes de que llegara.

Su cuerpo yacía entre los árboles, aún tibio.

Tomé las monedas con la esperanza de pagar las medicinas de mi madre.

La mujer entrecerró los ojos aún más, examinando con frialdad la respuesta.

―Así que, según dices, robaste a un muerto… ―su voz sonó baja, cargada de sospecha―.

¿Esperas que me crea semejante cuento?

―No espero que me creáis ―respondió, manteniendo firme la mirada―.

Pero es la verdad.

El muerto no necesitaba ya esas monedas; mi madre sí.

Ella permaneció silenciosa, sopesando la bolsa en su mano con gesto pensativo.

Por fin, una sonrisa irónica cruzó sus labios.

Aseguró la bolsa en su propio cinturón, lejos del alcance de Ranann, y retrocedió sin apartar la mirada de él.

―Quédate aquí ―ordenó―.

Nos conviene que el capataz escuche esta historia de tu boca.

Veamos si a él también lo convences.

―Desvió la mirada hacia su compañero que se limpiaba el sudor de la frente con un papel―.

Asegúrate de mantenerlo vigilado.

Si notas que hace algo raro, tienes permiso para empuñar la lanza.

El guardia, sin muchas ganas, inclinó la cabeza mientras la mujer salía por la puerta, no sin antes dedicarle una última mirada al asesino.

El cerrojo chirrió al cerrarse de nuevo.

Una vez que el hombre confirmó que no había nadie cerca, se hundió en el banco de madera y dejó la lanza recostada contra su hombro derecho.

Sus párpados no tardaron ni cinco segundos en descender y él volvió a alzarlos con esfuerzo.

Más allá de los muros, la voz de otro centinela retumbó dando órdenes desganadas que implicaban un cambio de turno o la inspección del portón.

Rannan permitió que sus ojos se posaran sobre el hombre que le servía de carcelero temporal.

El calor atrapado entre las paredes de la caseta, sumado a la falta de aire y el rumor monótono de la lluvia resultaba soporífero.

La fatiga terminó sucumbiendo al guardia.

Echó la cabeza hacia atrás hasta encontrar respaldo en la madera y sus rasgos se relajaron.

Rannan aprovechó para tantear el cerrojo de la puerta trasera.

Un candado pesado lo sellaba.

Nada sencillo de forzar sin alertar a todos los guardias de los alrededores.

La lanza resbaló unos centímetros, golpeando el muslo del hombre que dormitaba.

El guardia exhaló un gemido y parpadeó una última vez antes de hundir la barbilla contra el pecho.

Ranann deslizó con cuidado el pie por el suelo hasta posar la punta de la bota contra la lanza medio ladeada.

La apartó apenas un palmo, en caso de que el soldado despertase con un sobresalto y quisiera asestarle un golpe a ciegas.

Después, esperó.

La puerta delantera seguía trabada con firmeza; no tendría salida por ahí a menos que la abrieran.

La rendija que daba a la calle reflejaba unas gotas de la llovizna.

Su instinto lo incitaba a huir por la ventana, pero no resultaba tan grande como para permitirle pasar sin desmontarla.

Hacerlo haría mucho ruido.

Pegado a la piedra maciza, inspiró despacio.

Dobló los dedos y describió un arco con la mano, disipando la corriente de Éther y comprimiéndolo hasta formar un caparazón de sombras que heló su piel.

Su respiración se volvió pausada, el corazón latiendo solo tres veces por minuto.

A medida que se acomodaba, oyó pasos detrás de la puerta.

Alguien introducía una llave en la cerradura.

Contuvo el aliento.

Un chasquido, un crujido de metal y la puerta se abrió.

Entraron dos figuras.

Una pertenecía a la mujer pelinegra que prometió regresar con el capataz.

La otra correspondía a un hombre de hombros anchos, mirada gastada de quien se ha pasado media vida al servicio de un muro de piedra y una espada.

―¿Dónde se metió el forastero?

―soltó el hombre, de pie ante la puerta abierta.

El guardia somnoliento despertó con un respingo, frotándose los ojos hinchados.

Entre confusión y torpeza, miró a su alrededor y se quedó estupefacto al comprobar que el prisionero no se hallaba en el taburete.

―¿A dónde…?

Ah… ―murmuró desconcertado―.

Habrá ido a orinar.

Señaló con torpeza la puerta entornada junto al hornillo.

Tras ella se alzaba un pequeño cuarto mal ventilado que hacía las veces de retrete.

El hombre arrugó el ceño y echó una ojeada al cuartucho que apestaba a humedad y desechos viejos.

Ranann permanecía agazapado detrás de un pesado arcón de madera, inmóvil y en completo silencio.

Su respiración era apenas un suspiro, y ni siquiera él mismo podía escuchar los latidos de su corazón.

Deslizó con lentitud su mano hacia el cinturón de la mujer que permaneció en todo momento junto a la puerta.

Sus dedos alcanzaron la pequeña bolsa que le arrebataron momentos antes.

Sintió el leve peso metálico bajo sus dedos y lo retiró con suavidad sin que nadie se diera cuenta de su presencia.

Sin embargo, una extraña sensación de incomodidad recorrió su cuerpo.

La ignoró.

No esperó más.

Aprovechó para deslizarse detrás de ellos.

Un simple paso ágil bastó para salir con discreción mientras el capataz revisaba la letrina interior y atravesó las calles sin que los guardias de los alrededores lo encontrasen.

Sus risas resonaban a los lados, rebotando en las paredes.

Prosiguió hacia el corazón mismo de la ciudad, deslizándose con ligereza sobre adoquines cubiertos por mugre y moho, esquivando charcos estancados que reflejaban la luz mortecina de los faroles.

Penetró en un callejón angosto, donde la humedad ascendía por las paredes y un olor acre se mezclaba con las cloacas de una tapa de alcantarilla que parecía fuera de su sitio.

Sus pasos resonaron con un tenue chapoteo al pisar charcos estancados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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