Los Ecos de la Guerra - Capítulo 5
- Inicio
- Todas las novelas
- Los Ecos de la Guerra
- Capítulo 5 - 5 La trampa del Bastión
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: La trampa del Bastión 5: La trampa del Bastión El contorno del Bastión se alzó imponente entre las demás construcciones, coronado por un techo punzante.
Una gran concentración de Éther rodeaba la estructura.
Esquivó unas escaleras deterioradas, cuyos tablones podridos amenazaban con ceder bajo sus pies, y se deslizó por un pasaje oscuro hasta alcanzar la base de la torre.
El portón permanecía entreabierto.
Deslizó los dedos sobre el pomo, disipando la sombra que lo cubría.
El cerrojo cedió con un crujido leve, permitiéndole adentrarse en el edificio sin esfuerzo.
«Demasiado fácil.», pensó mientras sus pasos resonaban en el interior.
«Nada es nunca tan fácil.» Dentro, lo recibió el olor a madera vieja.
Sus pasos resonaron sobre el suelo de piedra mientras ascendía por la escalera en espiral, rozando con los dedos las paredes frías y erosionadas por el tiempo.
Continuó hacia el siguiente rellano, donde se encontró un pasillo desprovisto de movimiento.
Varias puertas cerradas se alineaban a ambos lados.
Ninguna custodiada.
Avanzó con precaución, inspeccionando cada centímetro con la mirada hasta que notó una puerta entreabierta, colgando de una bisagra oxidada.
Al empujarla, el polvo se removió, revelando un pasillo abandonado con estanterías vacías y pergaminos desgarrados esparcidos por el suelo.
Su Éther se agitó con un mal presentimiento.
Unos pasos resonaron en el lugar.
Voces se alzaron en murmullos, seguidas de juramentos en tono bajo.
Comprendió en ese instante que ya no permanecía solo y que su incursión dejó de ser un secreto.
―¿Quién anda ahí?
Al volverse, vio a cuatro guardias que bloqueaban su salida.
Uno de ellos, robusto y fornido, portaba una armadura de cuero endurecido, reforzada con hombreras de acero plateado.
En cuanto advirtió la presencia del intruso, alzó la espada.
Sus tres compañeros formaron un semicírculo compacto, lanzas apuntando hacia adelante, los ojos estrechados y alerta.
La concentración de Éther a su alrededor los delataba como domadores.
Sin más palabras, uno de ellos embistió con energía, la lanza en alto, dispuesto a empalarlo.
Con facilidad, Ranann se deslizó fuera de la trayectoria.
Apenas desplazó los pies cuando la palma de su mano se posó en el peto metálico del agresor, y en ese mismo instante, un torrente de Éther irrumpió desde su interior.
El cuerpo del guardia se sacudió con violencia, arqueándose hacia atrás y dejando tras su caída, un torrente de sangre que desembocó con fuerza en el suelo.
Los otros guardias retrocedieron, las lanzas temblando en sus puños por el terror y sus gargantas bloqueadas.
No parecían entender lo que acababa de ocurrir frente a sus ojos.
El miedo los paralizó.
Uno de ellos maldijo y se lanzó al ataque, canalizando electricidad a lo largo de su arma.
En el instante en que la punta chisporroteante de la lanza intentó alcanzarlo, Rannan canalizó su Éther con precisión, proyectando una hoja luminosa desde su antebrazo.
En un movimiento elegante, cortó el espacio entre ambos.
La hoja atravesó la armadura y la carne con facilidad, silenciando en un instante la tormenta eléctrica que recorría la lanza.
El soldado cayó de rodillas, un grito quebrado escapando de sus labios antes de desplomarse sobre la piedra, rodeado por una oscura aureola carmesí.
El último soldado se quedó petrificado.
Sus pupilas dilatadas reflejaban el horror absoluto.
Con un gemido de pánico, arrojó su arma al suelo y echó a correr con todas las fuerzas que pudo reunir.
―¡Socorro!
Su enlace se deshizo al instante, y una salamandra rojiza surgió de la nada para seguir sus pasos, tan aterrada como su domador.
Pero el asesino no pensaba permitir que escapara tan fácil.
Extendió el brazo, y de su mano nació un hilo afilado que dibujó una curva letal en el aire y cercenó el cuello del soldado.
La cabeza rodó hasta detenerse contra la pared, los ojos aún abiertos en una expresión de pánico.
La salamandra se detuvo de forma abrupta, su cuerpo parpadeó entre lo tangible y lo etéreo, hasta que se desvaneció como polvo arrastrado por el viento.
Ranann se irguió y observó por última vez los cadáveres esparcidos en el suelo, manchados por la violencia que él mismo provocó.
Sin embargo, algo lo dejó confundido.
Cuatro guardias lo arrinconaron, pero solo tres cuerpos yacían en el suelo.
Tanteó sus alrededores esperando alguna clase de emboscada, pero el ataque nunca llegó.
«Quizás solo escapó.» Ignorando la desaparición del guardia, prosiguió su camino a través de un corredor silencioso y húmedo, los muros antiguos, cubiertos de grietas y manchas de moho.
Varios candelabros pendían del techo abovedado, coronados por glifos.
Estatuas de mármol extendían sus sombras por las paredes.
Algunas de hombres, otras de bestias sin forma.
El pasillo lo condujo a una puerta solitaria, de madera.
El único camino que tenía.
Tomó el pomo y la abrió, esperando que allí se encontrase lo que venía a buscar.
Un brillo repentino le obligó a taparse el rostro con su antebrazo.
Apenas pasó un segundo cuando se desvaneció.
«¿Una trampa?» Pero no.
Solo era una biblioteca.
Una que se extendía hacia el infinito como la imaginación de un dios loco.
Estanterías se alzaban hasta perderse en las sombras del techo abovedado, mientras filas interminables de libros descansaban en repisas de madera ennegrecida por el tiempo, cubiertas de polvo.
Avanzó entre los pasillos silenciosos.
El tapiz bajo sus pies amortiguaba cada paso.
Sus dedos rozaron el lomo de un tomo de gruesa cubierta rojiza.
Sin título aparente.
Lo extrajo con delicadeza, limpiando primero la sangre que manchaba sus manos con los jirones de su túnica.
Un soplo dispersó la capa de polvo acumulada antes de abrirlo.
Las páginas amarillentas mostraban el tiempo transcurrido.
En ocasiones se permitía esos momentos de nostalgia, recordando aquellos tiempos en los que era un estudiante más.
Pero, ya no tenía sentido pensar en ello.
Todo por lo que luchaba quedó atrás cuando el destino decidió convertirlo en lo que era ahora.
Los textos narraban épocas que Velthara intentaba olvidar.
La Guerra de la Discordia.
Veintidós años de contienda cruel, una sucesión de batallas que sacudió todo el mundo.
Los gobernantes de las cinco coronas sumergieron sus dominios en un caos que devoró incluso alianzas milenarias.
Las páginas describían ciudades que ardieron en una sola noche y llanuras donde los cuervos se hartaron de carne humana, mientras hermanos de sangre se despedazaban por poder.
Los relatos destilaban traición: generales que vendían a sus tropas por oro manchado de sangre, nobles que abrían las puertas de sus fortalezas a cambio de promesas vacías.
Campesinos alzados con hoces oxidadas por proteger sus casas.
Solo cuando las coronas comprendieron que la aniquilación total se cernía sobre Velthara, sellaron un tratado de paz.
Una estúpida y falsa paz.
Devoró cada palabra que lo transportaba a batallas que jamás presenció.
Por un instante fugaz, el peso de su misión se desvaneció.
Cerró el volumen y lo devolvió a su lugar, girándose hacia la puerta del fondo.
Al otro lado, un corredor se desplegó ante él, aunque algo en su disposición le resultó familiar.
Avanzó unos metros más cuando, de pronto, sus botas se hundieron en algo viscoso.
Bajó la mirada.
Un charco escarlata se extendía bajo sus pies.
Sangre fresca.
La misma que él derramó instantes atrás.
Recorrió con la mirada las paredes cubiertas de tapices antiguos que colgaban desgarrados y llenos de polvo, así como aquellos ventanales rotos, sellados por cortinas raídas que se balanceaban con suavidad al impulso de una brisa inexistente.
Escrutó cada rincón, en busca de grietas que dejasen escapar la luz o pasajes ocultos tras los muros que ofrecieran escape.
Pero no encontró nada.
Solo aquella, la misma que acababa de cruzar, ahora orientada hacia una dirección que desafiaba toda lógica arquitectónica conocida.
Volvió sobre sus pasos, cruzando de nuevo la misma puerta para confirmar que sus sentidos no lo engañaban.
El pasillo que se desplegó ante él espejaba al anterior.
Las mismas grietas serpenteando por la piedra, los mismos charcos de humedad acumulándose en las hendiduras del suelo.
Avanzó un paso.
La suela tocó una mancha viscosa idéntica, en el mismo lugar.
Se giró con violencia.
La cruzó de nuevo, acelerando el paso mientras sus pisadas resonaban contra las piedras.
El ruido importaba poco ahora.
En cuanto atravesó el umbral, el corredor volvió a recibirlo con las mismas paredes.
«¿Qué clase de truco es este?» Una repentina presión cálida rozó su rostro, alertando sus sentidos justo a tiempo para lanzarse al suelo, rodando sobre su hombro derecho y evitando por escasos centímetros una violenta bola de fuego que impactó contra el muro de piedra con un siseo enfurecido.
Un segundo impacto lo alcanzó entre los omóplatos antes de que el dolor del primero se desvaneciera del todo.
La fuerza del golpe lo envió de rodillas contra el suelo de piedra, sus rótulas golpeando contra la superficie irregular.
Giró de inmediato, pero no encontró a nadie.
Solo una puerta a sus espaldas y un corredor sin salida.
Un silbido agudo rajó el aire a su derecha.
Se lanzó hacia el costado izquierdo, sintiendo cómo el viento del proyectil le acarició la mejilla.
La flecha se estrelló contra la pared detrás de él con un golpe seco que liberó esquirlas de piedra.
Maldiciones brotaron de sus labios mientras corría hacia adelante.
Esquivó por instinto las nuevas saetas, algunas le rozaron la ropa y piel, abriendo cortes superficiales en los brazos.
Otras encontraron carne en sus piernas, trazando líneas carmesí que empaparon la tela.
Cerró los párpados, reuniendo toda su concentración y permitiendo que el Éther comenzara a fluir en su interior.
Necesitaba mantener la calma e ignorar todo lo que ocurría a su alrededor.
Un movimiento sutil del aire cerca de él, apenas perceptible, lo hizo reaccionar.
Giró de golpe, extendiendo la mano hacia lo que parecía un espacio vacío, pero que él sentía con claridad.
Sus dedos se cerraron alrededor de algo sólido, invisible pero real.
Un grito ahogado, sorprendido y asustado, resonó cuando estrelló contra el suelo aquello que atrapó, haciendo que la piedra temblase ante la fuerza abrumadora del impacto.
Contornos borrosos se dibujaron en el aire.
La ilusión que ocultaba al atacante parpadeó, revelando durante un instante la silueta de un hombre retorciéndose en el suelo por el dolor.
Un silbido cortó el aire a su espalda.
No necesitó girarse.
Alzó la mano y los dedos se cerraron en torno al proyectil antes de que rozara siquiera el vello de su antebrazo.
La madera crujió en su puño.
Aprovechó el impulso y devolvió la flecha en la dirección por la que vino, alcanzando de lleno algo sólido, pero invisible.
Un alarido desgarró el silencio.
El cuerpo de una mujer se desplomó a pocos pasos, sacudido por espasmos, la sangre manchando la piedra como tinta recién derramada.
Avanzó hacia ella, pero apenas fue capaz de completar dos pasos cuando un nuevo brillo incandescente brotó de la penumbra.
Sin tiempo para esquivar, tomó el cuerpo aún aturdido del primer enemigo, lo sujetó con ambas manos y lo alzó ante sí como escudo.
El destello ígneo se estrelló de lleno contra la espalda inerte del desafortunado hombre y un calor infernal reventó por el otro lado del cadáver con un estruendo ensordecedor.
La fuerza del choque cubrió de cenizas la vestimenta de Ranann.
Un segundo le bastó para averiguar el origen de la llamarada.
La silueta del segundo atacante se dibujó con nitidez al fondo del corredor.
―Ahí estás.
Echó el cuerpo humeante a un lado.
Se impulsó hacia el agresor y de pronto, un zumbido metálico resonó en la estancia cuando se encontraba en el aire.
Del muro emergieron cadenas largas y retorcidas que se enrollaron en sus brazos, frenando su impulso por completo.
El rechinar dio paso a otro latigazo que atrapó sus piernas, inmovilizándolo y haciéndole caer sobre las losas.
Las cadenas se aferraron con tanta fuerza que no logró mover ni un dedo.
Maldijo intentando girar el cuello para orientarse.
El contorno de las paredes se difuminó de pronto y una secuencia de siluetas irrumpió en la estancia.
Doce figuras con armaduras negras lo rodearon en un instante.
Portaban alabardas, hojas anchas y lanzas de punta acerada.
Sus yelmos tenían viseras hendidas que ocultaban los ojos, pero resultaba evidente que no vacilarían en descargar la fuerza de sus armas.
Ni siquiera se molestó en pensar de dónde salían.
Uno de ellos se adelantó.
―No esperaba hallar a alguien tan necio como para irrumpir en este lugar el día de la ceremonia de vinculación.
Una cicatriz en forma de medialuna le hendía la mejilla.
El borde carmesí de su capa, junto con el emblema cosido en el hombro, sugería el mando de capataz o jefe de cuadrilla.
Aquel mismo rostro apareció antes, junto a la mujer de la caseta.
Ahora, ni rastro de ella.
Ranann hincó la rodilla en el suelo.
Los grilletes le apretaban los tobillos, mordiendo la piel con cada intento de liberarse.
―No suelo llevar un calendario conmigo, así que carecía de tal información.
Y aún con ella en mente, este día me resulta igual de sucio que los demás.
La sangre cae todos los días.
El hombre chasqueó la lengua e inclinó la cabeza.
―Búrlate cuanto quieras, pero tu insensatez solo te abrirá la puerta del calabozo.
Allí tendrás tiempo de pensar sobre los actos que has cometido al irrumpir en este sagrado lugar.
Las armas rodeaban a Rannan en un anillo cerrado.
Ningún vacío por el que escabullirse.
Detrás de los visores, las sonrisas se adivinaban por la curvatura de los cascos.
―En nombre de la guardia de Buldor, quedas arrestado.
Si opones resistencia, tenemos permiso para atacar.
No creas que saldrás impune de este lugar.
Un ceño apenas perceptible le tensó el entrecejo.
La media sonrisa que siguió, gélida como el filo de un cuchillo, no nació en los labios.
Ranann frunció ligeramente el ceño, y sus labios se curvaron en una media sonrisa fría.
―¿Arrestado?
―repitió con desdén, forzándose a alzar la voz por encima del estrépito de las cadenas―.
Si creéis que unas cadenas pueden contener lo que soy, entonces la ignorancia será vuestra tumba.
Un bufido escapó de uno de los guardias.
El capataz extendió el brazo.
―¿Te burlas de mi advertencia?
―su voz retumbó en la sala, cargada de incredulidad.
Alzó los dedos y señaló al prisionero―.
¡No juegues con nosotros, desdichado!
¡Si intentas algo, despídete de tu vida!
Ranann bufó una vez más y entonces un leve fulgor se arremolinó a su alrededor.
―Tú y cuantos más…
El fulgor plateado brotó de su cuerpo como niebla luminosa.
La temperatura descendió hasta que el aliento se volvió visible y las llamas titilaron.
Un viento imposible agitó sus cabellos mientras mantenía la cabeza erguida, desafiando el peso del metal.
―¿Qué está haciendo?
―susurró un guardia―.
Las cadenas del capataz son inquebrantables…
Ni siquiera un aberrante podría… Las pupilas de Ranann se clavaron en el que hablaba.
Un chasquido metálico resonó cuando movió los hombros.
Sus labios se curvaron en una mueca salvaje.
El capataz alzó la mano para mantener a raya a su escuadrón.
―¡No avancéis todavía!
Que no diga luego que no le dimos una última oportunidad para rendirse.
―Clavó la mirada en Ranann―.
Será mejor que no hagas nada extraño o…
El fulgor se sacudió con un chisporroteo, como relámpagos atrapados bajo un manto de luz pálida.
El capataz se echó hacia atrás de forma instintiva.
―¿O qué?
―¡Ya basta!
―exclamó―.
¡Acabad con él!
La formación avanzó a la vez, lanzas por delante.
En el centro, Ranann tensó la musculatura y empezó a forcejear, en un intento desesperado de soltarse.
Un chasquido hueco recorrió cada eslabón de la cadena que lo sujetaba.
Las cadenas no se rompieron, sino que se desintegraron como si nunca hubiesen existido.
Un par de soldados se adelantaron hacia el objetivo que ya no yacía inmóvil.
Él se incorporó de un salto evaluando a sus presas.
Uno a su flanco derecho, el otro desplazándose por la izquierda, listos para asestar un golpe letal desde dos ángulos.
El primero descargó un tajo que dejó una estela de escarcha tras de sí, buscando sorprender a Ranann, quien materializó su hoja de Éther desde el antebrazo para desviar el acero.
Su codo ascendió, destrozando la mandíbula enemiga antes de que la hoja encontrara el corazón.
Un hilillo escarlata brotó del cuerpo antes de desplomarse contra la pared.
«Uno menos.» ―¡Desgraciado!
La lanza del segundo buscó su vientre, pero Ranann esquivó flexionando las rodillas y redirigió la punta con el antebrazo.
Un destello fugaz cerca de su oreja le indicó la llegada de otra lanza, y se impulsó a un lado.
La punta trazó un silbido que rozó el aire donde estuvo medio segundo antes.
Una esfera ígnea rugió hacia él.
Rodó bajo el proyectil, sintiendo cómo el calor rozaba su espalda.
Antes de que el atacante pudiera recargar, se materializó ante él y hundió los dedos en su garganta.
El fuego se extinguió con un gorgoteo final.
«Dos menos.» Apenas recuperado, sintió temblar el suelo bajo sus pies.
Fragmentos rocosos emergieron como dientes pétreos, girando en una danza mortal.
Alzó el brazo, pero varios lo alcanzaron, abriendo surcos en su hombro y pierna izquierda.
Con un gruñido de rabia, se abalanzó hacia el domador corpulento, evadiendo un nuevo ataque de proyectiles.
En un parpadeo estuvo frente al enemigo y, con una precisión letal, hundió la hoja en su pecho.
El hombre cayó, tosiendo sangre.
A su lado, una criatura de piedra tembló hasta disiparse como polvo.
Un estallido de viento y polvo acompañó la caída.
«Tres.» Se limpió la cara antes de que dos espadachines se lanzaran a la vez, uno a baja altura y otro apuntando al cuello.
Desvió el tajo elevado mientras dejaba caer el peso sobre la rodilla, esquivando la estocada baja por milímetros.
Una pirueta lo llevó al flanco del primero y usó la base del filo de Éther para golpear la nuca del primer agresor, dejándolo inconsciente.
El otro, desorientado, volvió a lanzar un tajo, pero Ranann se desvaneció con un paso lateral y hundió su mano derecha en la garganta enemiga, desgarrando su tráquea.
Sangre manchaba la túnica y heridas superficiales ardían en sus extremidades.
De pronto, otro guardia lo lanzó contra la pared con violencia.
Tosió sangre sobre la piedra húmeda y cayó de rodillas.
Uno de los soldados rugió, lanzándose hacia él, esperando tomarlo por sorpresa, pero él lo apartó con un golpe.
Se limpió la sangre de los labios con el dorso de la mano.
Levantó la mirada, observando con atención las restantes siluetas.
Cualquiera en su situación sabría que estaba en aprietos, pero para Ranann… Las cosas solo se ponían emocionantes.
Se impulsó hacia adelante.
El soldado más cercano se lanzó directo a su abdomen y él golpeó el asta desviándola hacia otro soldado.
El acero perforó el pecho del desafortunado.
Antes de que el asesino accidental pudiera procesar el horror, Ranann le estrelló el cráneo contra la pared, dejando un mural escarlata sobre la piedra.
«Siete.» Un rayo helado rozó por milímetros su cuello.
Giro sobre sí mismo, tocándolo al pasar, canalizando su Éther para disipar la esencia del ataque.
El hielo se desvaneció en su palma.
Aprovechó el instante de confusión para zigzaguear entre dos guardias que intentaron atraparlo.
Se deslizó por debajo de sus ataques, cortando los tendones de sus rodillas.
Cayeron como marionetas rotas.
«Nueve.» Una cadena de fuego chasqueó desde atrás.
Se lanzó hacia adelante, rodó contra el suelo para evitar los anillos flamígeros y se puso en pie de un salto.
Sabía que no podía acercarse sin arriesgar ser envuelto en ese látigo de calor.
Por eso avanzó en diagonal, fingiendo retroceder, lo que atrajo al soldado a seguir atacando con un barrido horizontal que dejó grietas humeantes en la pared.
En el ángulo muerto del atacante, salió disparado.
Movió la mano libre para tocar la cadena al vuelo.
El fuego chisporroteó, pero al contacto con su palma, se difuminó en un remolino.
El soldado abrió la boca para gritar, sin saber cómo reaccionar, y Ranann empujó el puño contra su mentón, dejando un estallido de dolor que retumbó en los huesos del pobre hombre.
«Diez.» Un zumbido agudo resonó a su derecha, seguido de un violento chispazo.
Giró justo a tiempo para ver cómo una flecha electrificada se incrustaba en la pared.
Por poco, logró esquivar la siguiente.
Se lanzó en zigzag, impulsándose con una rodilla mientras otra ráfaga de flechas pasó silbando.
Una de ellas rozó su costado, dejándole un corte abierto.
El arquero preparó otra flecha que Ranann atrapó en el último instante, absorbiendo la carga antes de extinguirse en su puño.
Con un giro veloz, devolvió la flecha contra su atacante con precisión mortal, clavándosela en medio del pecho.
Mientras caía al suelo, el soldado gritó por última vez.
«Once.» Solo quedaba uno ahora, el capataz.
El hombre que hasta hace unos momentos mantenía una postura firme y decidida propia de un líder ahora sostenía un arma demasiado pesada para sus manos.
Sus ojos suplicaban un milagro ante la imagen que todo su cuerpo ensangrentado acababa de presenciar.
Cada músculo de su cuerpo retrocedía de manera involuntaria.
―¡Alto…
no te acerques!
―Su voz quebrada sonó más suplicante que amenazadora.
La punta de la lanza apuntó a duras penas al pecho de Ranann, sin convicción―.
¡Puedo encadenarte de nuevo!
¡No…
no creas que has vencido!
Su otra mano se alzó, llena de vacilación, y una nueva tanda de cadenas salió disparada desde la nada.
Ranann continuó su avance.
La única respuesta que dio fue una mínima inclinación de cabeza al rozarle una de las cadenas la mejilla.
Un hilillo de sangre tibia le resbaló por la cara.
El vínculo del hombre se deshizo.
Su guardián se manifestó como una pantera musculosa, con el pelaje tan oscuro como la medianoche.
Se interpuso entre Ranann con un rugido intimidante mostrando los colmillos.
Un simple paso bastó para que pasara de largo.
El guardián derrapó con sus garras en el suelo mojado de sangre y escombros.
Tomó impulso una vez más, pero esta vez Ranann no mostró benevolencia.
De un puñetazo mandó a volar al guardián estampándolo contra la pared.
Continuó avanzando hacia el hombre con el rostro lleno de un miedo indescriptible.
Las gotas de sudor se mezclaban con las lágrimas que brotaban de sus ojos.
El capataz, con su mente al borde del pánico, trastabilló hacia atrás y terminó cayendo de rodillas, hecho un ovillo al borde del colapso.
―Por favor…
―gimió, la voz despedazada por el terror.
Abrió los dedos y dejó caer la lanza, que resonó contra el suelo de piedra antes de deslizarse fuera de su alcance―.
Ten piedad…
Te lo ruego.
Mi esposa…
Estamos esperando un hijo.
Nacerá en cinco meses.
Necesito estar ahí.
Necesito estar vivo para cuando venga a este mundo.
Por favor…
perdóname la vida.
Ranann lo observó en silencio sin sentir nada que no fuera repulsión.
El honor en los hombres se perdió y aquello que tenía ante sí era prueba de ello.
―No alces un arma si no estás dispuesto a morir por ello.
Ni siquiera se inmutó cuando cargó la hoja contra el cuello del hombre sin dejar que sufriera lo más mínimo.
La cabeza rodó hasta detenerse frente a sus botas.
Los ojos abiertos no mostraban furia ni miedo, solo el vacío de alguien que ya no luchaba por nada.
Un cuerpo sin llama no merecía castigo.
Quizá, en otro tiempo, la compasión le habría permitido vivir.
Pero eso no eran más que tiempos que nunca volverían.
En cuanto el domador cayó, el vínculo lanzó un bramido ahogado, el último.
Luego se quebró como humo empujado por viento.
«Doce.» El silencio regresó, roto solo por el goteo constante de sangre que caía desde las armas abandonadas.
Los cadáveres se desperdigaban por la sala como marionetas rotas, sus ojos abiertos reflejando las llamas temblorosas en charcos que se expandían hacia las grietas de la piedra antigua.
Ranann se enderezó, su respiración entrecortada.
Sus ojos fríos barrieron el resultado de la obra que él mismo creó.
No sentía satisfacción ni remordimiento.
En realidad, no sentía nada.
Dejó de preocuparse por esas cosas desde hace mucho.
Giró sobre sus talones y abandonó aquel lúgubre escenario.
El pasillo principal descendía hacia las entrañas de la fortaleza como una garganta pétrea que amenazaba con devorarlo.
Se detuvo al final del corredor, donde la oscuridad se solidificaba en una muralla impenetrable.
Sus sentidos le susurraban que algo no encajaba.
Cerró los ojos y dejó que su Éther se expandiera, explorando la realidad oculta, tanteando las sombras.
La energía se concentró en sus palmas, irradiando un fulgor azulado.
Extendió los dedos hacia adelante, y estos atravesaron la pared como si fuera aire.
Una sonrisa amarga curvó sus labios cuando descubrió la verdadera trampa del lugar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com