Los Ecos de la Guerra - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 El canto del desierto
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6: El canto del desierto 6: El canto del desierto El silencio del desierto nunca era verdadero silencio.
Bassel llegó a comprender aquella verdad cuando la soledad se convirtió en su única compañía constante y la supervivencia en la única lección que importaba.
Los granos de arena le hablaban mientras se deslizaban entre las piedras.
Se erguía en la cresta de la duna que dominaba el valle donde las caravanas comerciales solían detenerse para reagruparse antes de adentrarse en las profundidades más traicioneras de Zayrhan.
El sol matinal transformaba las infinitas ondulaciones del desierto en un océano de rubí líquido que se extendía hasta el horizonte.
Podía oír cada uno de los susurros que las arenas llevaban en su abrazo eterno, voces de quienes caminaron por esas rutas antes que él.
Los muertos tenían historias que contar, si uno sabe cómo escuchar.
Si uno poseía la fortaleza suficiente para no perderse en el coro de lamentos.
El desierto no miente, pero los hombres sí.
Una de las frases favoritas de Keth’Miran, el hombre que se comportó como un padre cuando el verdadero no pudo serlo.
De pequeño no comprendía el peso de aquellas palabras, pero se vio obligado a aprender su significado de la manera más cruel posible.
Cuando las acciones de una sola noche lo convirtieron en alguien incapaz de confiar en su propia realidad, en sus propios recuerdos, en la solidez del suelo bajo sus pies.
¿Qué haces cuando tu mente muestra cosas que podrían ser reales pero que al mismo tiempo podrían ser falsas?
¿Y qué ocurre cuando no logras distinguir entre ambas?
Cuando ni tan siquiera eres capaz de confiar en tu propia verdad.
En tu propia versión de lo que consideras como una.
Sus ojos dorados escrutaron el horizonte.
Catalogó cada movimiento en la distancia, evaluó cada cambio en el patrón del viento, distinguió entre las sombras naturales y aquellas que podrían ocultar depredadores.
Aún portaba las marcas de su linaje grabadas en la piel morena de sus antebrazos.
Serpientes estilizadas se enrollaban en torno a soles ardientes.
Esas marcas se convirtieron en una ironía cruel, pues ya no tenía tribu que honrar ni hogar al que regresar.
Su pelo rojo, entretejido en las trenzas tradicionales de los Aradim, ondeaba con la brisa matinal.
Un elemento extraño contaminaba el aire de esa mañana, una tensión que vibraba por debajo del silencio aparente como las cuerdas de un laúd tensadas más allá de su punto de ruptura.
Cerró los ojos y permitió que el canto del desierto lo envolviera.
Aquella habilidad que tenía desde pequeño lo llegó a aislar durante mucho tiempo.
Aislado por visiones y susurros que solo él percibía con claridad devastadora.
Los otros niños lo evitaban, susurrando entre ellos que la locura lo consumía.
¿Quién no lo pensaría?
Tal vez tenían razón.
Tal vez la línea entre el don y la locura es más delgada de lo que muchos admitían.
¿Cómo puede estar alguien seguro de que las voces que escucha en el viento no eran solo ecos de una mente fracturada?
No importaba a quien le preguntase, pues solo él conocía la respuesta y, aun así, era incapaz de responderla.
Solo existió una excepción en todo el pueblo.
Nazirah.
El nombre surgió en su mente sin previo aviso, como siempre lo hacía, trayendo consigo una avalancha de recuerdos que durante tres años intentó enterrar.
Un esfuerzo que resultó tan inútil como construir muros contra el viento.
Nazirah, nueve años mayor que él, fue la única persona además de Keth’Miran que no lo trató como un aberrante.
En lugar de retroceder cuando él murmuraba respuestas a voces que nadie más escuchaba, ella se acercaba y le preguntaba qué escuchaba.
Fueron sus manos las que le enseñaron a trenzar el pelo.
Fue su presencia quien lo acompañó durante aquellas terribles noches, cuando las voces eran demasiado molestas como para permitirle conciliar el sueño.
Su mera presencia era lo que lo calmaba siempre.
Y sin embargo también tuvo que ser ella la que lo vio cometer un crimen.
Aquel rostro seguía anclado en su memoria con una claridad que dolía.
Lo había visto erguido sobre el cadáver de Keth’Miran, las manos cubiertas de rojo.
¿De quién fue la culpa del asesinato de Keth’Miran?
Ni siquiera ahora lograba vislumbrar el paisaje real de aquella noche.
Las respuestas permanecían ocultas tras un velo de imágenes rotas, escenas truncadas que no encajaban entre sí.
Los fragmentos de memoria que poseía parecían piezas de un rompecabezas al que le faltaban un gran número de piezas.
Si hubiera sabido con seguridad que era culpable, podría haber aceptado su castigo.
Si hubiera sabido con certeza que era inocente, podría haber luchado por limpiar su nombre y regresar a su lugar.
Sin embargo, no lo tenía del todo claro.
¿De verdad él asesinó a Keth’Miran?
Al hombre que lo cuidó como si se tratase de su propio hijo… Las pruebas eran concluyentes.
Incluso mientras la duda lo carcomía por dentro, la información que le daba el desierto llegaba con una gran claridad.
Y en este momento, le estaba diciendo que algo se acercaba bajo las dunas.
Llegaría pronto.
Abrió los ojos y comenzó el descenso por la cara este de la duna.
La arena se deslizaba bajo sus pies descalzos, cada grano una nota en la sinfonía constante del desierto.
Formaciones rocosas se alzaban en la distancia, sus superficies pulidas por vientos cargados de arena fina, capaz de colarse hasta en los huesos.
Entre esas maravillas de piedra, cactus gigantes extendían sus brazos espinosos hacia el cielo, creando islas de sombra donde aprendió a descansar durante las horas más crueles del día.
A medida que descendía, la sensación de expectación se intensificó, haciendo que los vellos de sus brazos se erizaran de manera involuntaria.
Algo le hizo detenerse de forma tan abrupta, que pequeñas avalanchas de arena se deslizaron desde sus pies hasta el vacío que se extendía más abajo.
Demasiado irregular como para ser algo natural.
Sus pies tocaron el borde de la depresión.
El suelo vibraba.
Hincó una rodilla en la tierra resquebrajada y extendió la palma contra el suelo.
El contacto le transmitió una frialdad anómala.
La vibración aumentó, más viva bajo su piel.
Entrecerró los ojos.
El pulso cambió.
Algo se acercaba desde abajo, volviéndose más fuerte.
Bajo tierra, esperando, acechando.
Se incorporó, su mano nunca abandonando la empuñadura de su arma, mientras sus ojos barrían el terreno circundante.
El momento llegó con una explosión de arena que lo cubrió todo.
El siseo estalló.
La tierra se abrió en el centro de la cicatriz serpenteante, y de las profundidades emergió un Dunamorte.
Su forma bulbosa y redondeada, casi veinte metros de longitud y tan gruesa como un árbol centenario.
Escamas negras cubrían cada pliegue, y al deslizarse, el roce entre ellas desencadenaba un estruendo metálico que sonaba hasta melodioso.
La sinfonía del Dunamorte.
También conocida como la sinfonía de la muerte.
Centenares de hombres fueron embaucados por aquella melodía y también perdieron la vida al hacerlo.
Se dice que el sonido puede llegar a afectar al cerebro.
De su cráneo deformado brotaba un único orbe, tan vasto como la rueda de un carro de guerra.
En su interior ardía una luz anaranjada como lava atrapada bajo cristal.
Allí, en ese núcleo ardiente, aguardaba la verdadera amenaza.
Bassel lo miró.
Por una fracción de segundo, su alma se encogió de terror.
Cegó su visión con las vendas que llevaba enrolladas al antebrazo, los dedos temblando sobre el nudo improvisado.
Mirar al ojo de un Dunamorte no conducía a la muerte inmediata.
Pues esta llegaba después.
Incluso con los ojos vendados, podía sentir el peso de la mirada sobre él.
El espadón oscuro salió de su vaina, el acero cantando una nota pura mientras cortaba el aire.
El Dunamorte atacó con una velocidad que desafió toda lógica para algo de su tamaño.
Su cabeza se precipitó hacia Bassel, las fauces abriéndose lo suficiente como para tragarse una casa entera.
Pero Bassel ya no estaba allí.
Las fauces se abatieron contra el suelo que abandonó segundos antes, produciendo un sonido similar al choque de dos montañas.
Los colmillos perforaron la arena endurecida sin esfuerzo.
Al retirarse, dejaron tras de sí un puñado de cráteres humeantes.
De ellos brotó un líquido verde esmeralda que convertía la arena en una pasta verde burbujeante y fétida.
Bassel completó la rodada y se incorporó en posición defensiva, el espadón alzado en vertical.
La criatura era colosal, lo que significaba una fuerza devastadora pero también movimientos lentos al cambiar de dirección.
Necesitaba aprovechar ese instante para tratar de hacerle el mayor daño posible.
El mayor problema era su letal veneno, pero tenía que hacer contacto.
Su piel escamosa parecía impenetrable, pero incluso las mejores defensas tenían puntos débiles.
Mientras analizaba a su oponente, la cola masiva emergió de las arenas como un látigo gigantesco, moviéndose en un arco que lo habría aplastado contra las rocas cercanas si no hubiera saltado en el último momento.
Aterrizó en la espalda de la criatura, sus pies encontrando equilibrio en las escamas resbaladizas mientras hundía el arma entre dos placas de la armadura natural de la bestia.
El acero penetró varios centímetros antes de encontrarse con una resistencia que hizo que todo su brazo vibrara.
El Dunamorte rugió, un sonido que hizo que las rocas circundantes se agrietaran, y se retorció con una violencia que amenazó con lanzar a Bassel por los aires.
Se aferró a la empuñadura de su arma con ambas manos, empleando el filo clavado como ancla mientras la criatura se contorsionaba.
Cada movimiento enviaba ondas de choque a través de su cuerpo, amenazando con dislocarle los hombros, pero el dolor era solo otra voz más.
Bassel canalizó toda su furia hacia el espadón oscuro.
La hoja se hundió otros cinco centímetros, liberando un chorro de sangre oscura.
El Dunamorte emitió un grito, un lamento de dolor y furia.
En ese momento de agonía pura, la bestia se arrojó contra una formación rocosa, sacrificando su comodidad por la oportunidad de aplastar al insecto que se atrevió a herirla.
Bassel no fue capaz de reaccionar cuando ya tenía su espalda estrellada contra la roca.
Su agarre se aflojó, y la hoja se deslizó libre mientras él rodaba por la superficie áspera de la piedra.
Cuando se detuvo en la base de la formación rocosa, necesitó varios segundos para reorientar sus sentidos.
Podía sentir la humedad de la sangre filtrándose a través de las rasgaduras en su túnica.
El Dunamorte se deslizó hacia atrás, su cuerpo arrastrando surcos profundos en la arena.
La herida en su lomo seguía abierta; el líquido oscuro brotaba sin pausa y formaba un charco que humeaba al tocar el suelo.
Sin embargo, el coloso no mostraba señales de flaqueza.
El daño no lo ralentizó.
Lo desató.
Bassel se alzó entre jadeos, una mano envolviendo el mango de su espadón.
No alcanzó a plantarse del todo cuando la bestia se lanzó otra vez.
Pero esta vez lo hizo de forma diferente.
La criatura comenzó a girar, lenta al principio, pero cada vuelta reducía el círculo.
Un anillo escamoso le cerraba el paso.
En cada revolución, los colmillos escupían veneno contra la arena, no con la intención de herir, sino de cercar.
El veneno desgarraba la superficie, fundía los granos hasta convertirlos en lodo ardiente de tono esmeralda.
El espacio menguó hasta volverse casi inexistente.
Las opciones se reducían con cada segundo.
Podía saltar por encima del anillo de veneno, pero el Dunamorte, parecía estar esperando justo eso.
Cuando completó su círculo y se irguió para el ataque final, Bassel vislumbró lo que buscó durante todo el combate: el punto débil que toda criatura poseía.
Bajo la mandíbula, justo donde las escamas se abrían para permitir el movimiento, una franja de carne más clara, más tierna.
Un objetivo pequeño, no más grande que el puño de un hombre, visible solo cuando la criatura adoptaba esta postura de ataque elevado.
Al descender para el ataque final, Bassel se lanzó hacia arriba, su espadón trazando un arco perfecto hacia el punto vulnerable.
La hoja se acercaba a su objetivo con precisión, mientras las fauces se abrían para recibirlo en un abrazo letal.
El espadón encontró su marca, penetrando en el punto vulnerable bajo la mandíbula de la serpiente y liberando un géiser de sangre oscura que pintó la arena circundante.
La criatura rugió y se retorció en una agonía que sacudió el suelo como un terremoto menor.
Pero incluso mientras la vida se escapaba de su ser, el Dunamorte tuvo fuerza suficiente para un último acto.
Escupió veneno hacia el torso descubierto de Bassel, aunque insuficiente como para afectarle.
El Dunamorte ejecutó unas pocas convulsiones finales antes de quedar inmóvil.
Ahora, la criatura parecía más pequeña, menos terrible, otro habitante del desierto que encontró su final bajo el sol implacable.
Quizás un poco más grande que el promedio.
Todos regresan a la arena.
Incluso los monstruos.
Incluso él lo haría.
Bassel se acercó al cuerpo, colgando su espadón a la espalda.
El combate drenó más de su energía de lo que anticipó, y los efectos residuales del veneno aún pulsaban a través de su ser.
Pero no era el veneno lo que más le molestaba.
―Otro día… en que las voces no se callan.
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