Los Ecos de la Guerra - Capítulo 7
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7: Ascendente 7: Ascendente Al traspasar la ilusión, una cámara abovedada se desplegó ante Rannan, tan vasta que las antorchas distantes parecían constelaciones perdidas en el cielo de piedra.
Al contrario que en otras partes del bastión, el suelo resplandecía cubierto por mosaicos intrincados.
Al avanzar un poco más divisó el objeto que buscaba.
El manto de terciopelo negro que lo cubría absorbía la luz circundante, creando un vacío visual que lastimaba los ojos al contemplarlo.
Se aproximó con pasos medidos y lo contempló por unos instantes antes de retirarlo de un tirón.
Ante sus ojos, una vitrina cristalina resplandecía con una luz que no provenía de ninguna fuente externa, sino de la gema que custodiaba en su interior.
La Piedra Magnus pulsaba con un ritmo hipnótico, como si fuera el corazón de algún dios dormido.
Su superficie irradiaba matices cambiantes: del azul profundo del océano nocturno al dorado cegador del sol al mediodía.
Acercó el rostro al cristal hasta que su aliento empañó la superficie.
Por primera vez en años, su máscara de indiferencia se desmoronó por completo.
El destello iridiscente pulsaba al ritmo de su corazón.
Una sonrisa fría se dibujó en sus labios, pero la sensación de triunfo duró menos que un suspiro.
El silbido del acero cortó el aire.
Una daga se materializó junto a su cuello.
Con un movimiento sutil, el arma quedó atrapada entre sus dedos, deteniéndola a escasos centímetros de la yugular.
El metal tembló, traicionando la fuerza con que fue lanzado.
El susurro de pasos acercándose por detrás rompió el silencio, seguido de la voz de una mujer.
―Lo lamento, pero la torre no acepta visitas en estos momentos.
Le resultaba familiar, demasiado familiar.
Ranann no respondió.
Su cuerpo permanecía inmóvil, aunque su mente ya tejía rutas de escape ―Levanta las manos y date la vuelta lentamente.
Si haces un movimiento extraño, no dudaré en usar mi enlace para acabar contigo.
Obedeció despacio, la daga todavía atrapada entre sus dedos.
Al darse la vuelta sus sospechas se confirmaron.
Era ella, la misma guardia de antes.
―Lo supe en cuanto apareciste en el portón ―continuó ella, avanzando hacia él―.
Sabía que escondías algo, pero no imaginé que tu farsa alcanzase tales alturas.
―Curioso ―respondió Ranann, la sombra de una sonrisa asomándole en la comisura―.
De todos mis engaños, diría que este se lleva los aplausos.
Aunque, he de admitir que no esperaba cruzarme contigo tan pronto.
Por desgracia nuestro encuentro no dudará mucho.
Tengo algo de prisa.
El siguiente paso no fue un paso, sino un borrón.
Su figura se deshizo en una estela oscura.
La guardia giró.
Demasiado tarde.
El filo ya rozaba la curva de su cuello.
Lo justo para helarle la piel.
Lo suficiente para recordarle que el siguiente aliento podría terminar en una garganta abierta.
―¿Te rindes ahora o… prefieres que hagamos esto más interesante?
―susurró, con el acero acariciando con delicadeza la piel de la mujer.
Antes de que la hoja fuese hundida en la carne, una capa de escarcha brotó de las grietas, reptando por las piernas de Rannan hasta envolver sus extremidades.
En un suspiro, alcanzó la cintura y el cuerpo dejó de responder.
Forzó un movimiento, más la escarcha no cedió.
―No sé qué clase de trucos habrás usado para llegar hasta aquí o cómo has logrado acabar con el escuadrón de guardias.
Pero te aseguro que no escaparás de este lugar con vida.
La mujer se giró y sus dedos rozaron el mango de una hoja que descansaba en su cintura.
Delgada, demasiado fina para tratarse de una espada corriente.
Ranann pudo sentir cómo el Éther se condensaba a su alrededor.
No la había notado antes.
No por torpeza, sino porque ella había elegido revelarse solo ahora.
Esa mujer era peligrosa.
El asesino bufó.
Concentró el Éther en la mano aprisionada.
Tan pronto como lo hizo, el hielo comenzó a vibrar hasta resquebrajarse, reventando en cientos de pedazos punzantes que salieron disparados en todas direcciones.
La mujer se cubrió el rostro con el antebrazo, protegiéndose de las astillas heladas.
Al bajarlo, Ranann ya no se encontraba en su campo de visión.
El agua derretida goteaba sobre la piedra.
El corazón de la mujer latió con fuerza mientras evaluaba toda la sala.
El silbido de un tajo rasgó el aire.
Ella se agachó con reflejos afilados, sintiendo una hoja de Éther que le rozó el mentón, dejando un corte superficial.
Unas gotas de sangre rodaron por su barbilla, desvaneciéndose en la manga de su armadura cuando las limpió.
―Jamás vi el Éther emplearse de esa manera ―dijo, sin ocultar el asombro, mientras un paso hacia atrás delataba su precaución―.
¿A qué escuela pertenece el estilo que manejas?
―Yo no uso esas tonterías.
Rannan evitó los charcos, moviéndose como un soplo que escapaba de la vista.
En un parpadeo, el contorno de su cuerpo se volvió impreciso, difuminándose en el aire saturado de humedad.
La mujer dejó que una corriente helada se extendiera por su brazo, frenando el repentino ataque.
Ranann, impasible, movió el brazo y extendió una corriente de Éther que corrió por el brazo de la mujer.
Un hormigueo serpenteó por él, provocando escalofríos y un ligero mareo.
Ella abrió la boca con sorpresa.
Un descuido así podía costarle el combate.
Deshizo el hielo de su brazo para evitar que su propia energía se sobrecargase, soltando un gruñido que reveló la tensión de su mandíbula al recibir el ataque sin protección.
Pero no dudó.
Reunió fuerzas en la mano libre y una ráfaga helada emergió de la punta de sus dedos.
El aire se enfrió en un latido y una barrera congelada se formó frente a ella, bloqueando el avance.
Lo observó forcejear contra la pared de escarcha.
Ranann se lanzó contra la pared, concentrando su Éther una vez más y desintegrando la superficie.
La mujer tensó los músculos de las piernas y se impulsó hacia un costado, girando en semicírculo para rodearlo y creando una hoja de hielo.
La blandió y descargó un tajo diagonal contra el flanco de su oponente.
Pero Ranann, desapareció de nuevo, dejando una estela en el aire.
La hoja chocó con la columna, arrancando esquirlas de mármol.
Un espeso silencio se instaló en la sala, atravesado solo por el goteo persistente del agua y la respiración agitada de la mujer.
―Demasiado lenta ―susurró la voz, surgiendo a su espalda.
Su mano tocó el hombro de la mujer con un brillo azulado.
Ella reaccionó descargando una ola de escarcha desde su interior.
Ranann se apartó antes de quedar atrapado, aunque el hielo mordió parte de su brazo, frenándolo unos instantes.
―Me has hartado… El aura que envolvía a la mujer comenzó a desvanecerse tomando la forma de un águila con cristales de hielo adornando diferentes partes de su cuerpo.
Se agachó y le susurró algo que Ranann no logró escuchar.
De repente el ave alzó el vuelo para salir de la sala.
Mientras Ranann desviaba la atención hacia el vínculo, el acero susurró al salir de su funda.
Ningún grabado cubría el filo.
Una espada corriente, con un mango más delgado de lo habitual.
La sostuvo ante el rostro, entrelazó los dedos sobre la guarda y canalizó una gran concentración de Éther.
Rannan sabía que no podía dejarle hacer lo que quisiera por lo que se lanzó hacia ella, pero la gran energía que desprendía le hizo retroceder.
No podía acercarse.
El metal pareció ondular, deshilándose en un resplandor esmeralda, hasta que la espada se alargó y adquirió la apariencia de un látigo estriado.
Espinas finas surgieron de los eslabones y treparon por la cadena como escamas.
La transformación no se detuvo allí.
El pelo de la mujer se abrió como hierba y tonos verdes conquistaron cada hebra.
Las pupilas reflejaron el mismo fuego, un resplandor verdoso.
Las orejas crecieron hasta afilarse en puntas que recordaban a las de los elfos.
Ranann no necesitó pensarlo.
Aquella figura no escondía su naturaleza.
La Ascendente que tanto buscaba se alzaba ahora a pocos pasos.
La espada-látigo se agitó entre sus manos y las piezas articuladas se desplegaron.
Los eslabones se extendieron como tentáculos y una espina se anudó a la muñeca de Rannan.
Espinas más pequeñas se clavaron en su piel y sintió que sus reservas de Éther menguaban a medida que la cadena se iluminaba.
Trató de revertirlo al concentrar energía en el anclaje, pero la cadena respondió con mayor fuerza.
Antes de que la extracción pudiera progresar más allá de lo recuperable, Ranann cortó la conexión con la hoja formada en su otro brazo Levantó la mirada.
La mujer seguía allí, suspendida en su forma nueva.
Ranann, sin moverse, sintió cómo su rostro se endurecía.
Una mueca de repulsión se le marcó en los labios.
―Qué bajo habéis caído… ―murmuró en un tono apenas audible―.
Y pensar que ahora debéis depender de otros… ―¿De qué hablas?
―preguntó ella, arqueando una ceja.
―Nada importante.
Ranann desapareció una vez más de la vista de la mujer, pero esta vez no se amedrentó.
Estaba mucho más calmada.
Cuando reapareció para asestarle un golpe, la Ascendente ya lo esperaba con la mirada.
Lanzó su látigo, agarrando la pierna.
Tiró con fuerza, y él salió despedido.
Rodó por el suelo polvoriento, notando piedras clavarse en su costado.
Se incorporó con el aliento entrecortado.
―No lo termino de entender del todo, pero de alguna manera parece que puedes romper los enlaces.
Sin embargo, tu poder tiene una pega.
No sirve de nada si no eres capaz de tocarme y aunque destruyas mis látigos se regenerarán antes de que siquiera puedas acercarte.
―La mujer devolvió su látigo con un chasquido hacia ella, enrollándolo entre sus brazos―.
Ya no te servirá de nada ocultarte.
Mis espinas siempre te encontrarán.
Ranann chasqueó la boca, levantándose con cuidado.
―Había olvidado lo asqueroso que era tu poder, Sylvaria.
La mención de aquel nombre tomó por sorpresa a la Ascendente.
―¿Cómo sabes su…?
Ranann aprovechó la ocasión para lanzar un hilo de Éther que se ocultó tras las enredaderas, pero ella lo detectó.
Vides pobladas de espinas emergieron del suelo, destrozando los hilos y buscaron las piernas.
Él saltó hacia un costado, pero las lianas se extendieron, sacudiendo el polvo, dispuestas a atraparlo.
Espinas sueltas se clavaron en su antebrazo cuando, con un movimiento desesperado, bloqueó el avance de uno de los zarcillos.
―Intenta lo que quieras.
No serás capaz de escapar.
―La voz de la mujer sonó acompañada de un tintineo metálico, producto de su espada―látigo al rozar contra las piedras.
Ranann sintió el primer contacto de las enredaderas drenando pequeñas chispas de su Éther.
Una parte de su esencia chisporroteó, atravesando las espinas y subiendo por los tallos.
Gruñó, aferrándose a la convicción de que no podía permitir que absorbieran más.
Con un tirón abrupto, liberó el brazo y retrocedió, dejando un reguero de sangre sobre el suelo.
―Me subestimas ―musitó, llevándose la mano a la espalda.
Ladeó la cabeza, evaluando la posición de Sylvaria y las enredaderas que formaban un semicírculo, listas para cercarlo―.
Ya te derroté en el pasado.
Aunque no tenga toda mi fuerza, puedo hacerlo otra vez.
―¿De qué hablas?
Yo nunca me he enfrentado a ti.
La Ascendente desenrolló la espada―látigo, y los segmentos metálicos se estiraron con un silbido cortante.
Envió un latigazo diagonal hacia Ranann, intentando enganchar su pierna o el torso.
El golpe resultó más veloz de lo esperado.
Ranann concentró su propio Éther, generó un parpadeo instantáneo a su alrededor para distraerla y flexionó las rodillas.
El latigazo rozó su costado, arrancándole parte de la tela del manto.
―¡Contesta!
¿Quién eres?
Extendió la palma hacia el suelo y, como un latido gigantesco, brotaron nuevas vides espinadas, rodeando a Ranann con una extensa cortina de verdes letales.
Él, con los dientes apretados, saltó hacia un costado, pero las enredaderas crecieron entre las grietas, formando una cárcel que impedía por completo su escape.
Se vio forzado a detener su carrera de forma brusca.
―¡Responde!
La mujer liberó la hoja―látigo con un movimiento en diagonal.
La cinta metálica formó una onda sinuosa, y las enredaderas aprovecharon la distracción para arrastrarse bajo los pies de Ranann.
Sintió un pinchazo afilado en el pie derecho, seguido de otra acometida serpenteante dirigida al hombro.
Endureció los músculos y logró desviar el golpe con un giro de cadera, pero las vides persistieron.
Maldijo mientras algunas puntas rodeaban su pierna, otras buscaron su muñeca izquierda.
Se encogió, protegiendo todo su cuerpo con Éther.
―No escaparás.
La Ascendente retrajo la hoja―látigo y lanzó un nuevo azote, decidida a atrapar el cuello.
Se impulsó con un salto diagonal y sintió las enredaderas morderle la pantorrilla, pero no retrocedió.
Se acercó lo suficiente para lanzar un tajo frontal.
La Ascendente elevó los brazos para bloquear el impacto, y en ese momento percibió un cambio inesperado: la hoja de Ranann… no existía.
El filo se desvanecía.
Con un sobresalto, retrocedió un paso, intentando reaccionar ante lo que pensó que sería un corte letal.
Su mirada se ensombreció por la duda.
Ranann tiró con su mano derecha de una de las enredaderas, esforzándose por acercarse más a ella, engañándola con una supuesta desesperación.
Las espinas se hundían un poco más en su carne, drenando energía, pero no se detuvo.
El chasquido del látigo resonó.
La Ascendente quería capturar el brazo.
Él se inclinó, permitiendo que la trampa cerrara la distancia.
Volvió a tensar el filo―látigo para envolverle el torso y, en ese momento, Ranann se irguió.
Su mano derecha, libre, se extendió sin contemplaciones hacia el rostro, cuya concentración se enfocaba en maniobrar las enredaderas.
El destello en sus pupilas reflejó su desconcierto al notar cómo se plantaba frente a ella.
Un brillo mortecino surgió de la mano, y un siseo recorrió las venas que se extendían bajo la piel de la Ascendente.
Las enredaderas se agitaron, intentando separarlos.
Varias se enroscaron alrededor de Ranann, lacerando su espalda y hombros.
Cada espina le arrebataba parte de su energía, mas no lograron apartarlo de su presa.
Un crujido escalofriante se propagó por el cuerpo de la mujer, como si sus tejidos se quebraran.
Ante la sobrecarga de Éther el color verde de su cabello titiló.
Las enredaderas trataron de cerrarse en torno a Ranann, pero la vibración de su mano difundiéndose por el cuerpo de la mujer provocó un bloqueo en la energía que controlaba las vides haciendo que comenzaran a temblar.
―¡Suéltame…!
―siseó la Ascendente―.
¡Suéltame!
Soltó un alarido.
Quiso zafarse, aunque los músculos le fallaron al sentir que la sobrecarga de Éther devastaba su interior.
La desintegración se extendió a lo largo de su torso, surcando grietas que borraron la armadura y devoraron los tallos espinosos.
Logró retirar la mano y resbaló sobre el suelo.
El hombro derecho se negaba a obedecerle.
Cada palpitación le exigía un gemido de dolor, aunque se mordió la lengua para reprimirlo.
Tocó el suelo con una rodilla.
El látigo de acero colgaba inerte en su mano, mientras los restos de espinas y vides se marchitaban.
Sus ojos temblaban, luchando por mantenerse abiertos.
Maldijo, apenas con fuerzas para alzar la voz.
Ranann inclinó la cabeza con la respiración entrecortada.
Se llevó una mano al costado, y notó la sangre que manchaba su cintura y su pierna.
Retiró la mano con un temblor.
Apretó los dientes, sin dejar de observar cómo la figura ante él se desplomaba.
Sintió que sus pulmones vacilaban, pero todavía tenía que terminar con la vida de la Ascendente.
Incluso con la sobrecarga de Éther no logró destruir su núcleo.
Mientras la sangre goteaba al caminar, formó con lo que le quedaba de energía una hoja en su brazo izquierdo.
El brillo era más tenue que antes y la hoja se extendía escasos metros.
Apenas le quedaba energía después del combate.
La mujer se irguió con pesadez.
La espada le vencía la muñeca, plomo vivo en los dedos.
Algunas hebras de su cabello conservaban ese fulgor vegetal, un verde apenas visible entre la humedad.
Uno de sus ojos recuperó el matiz original; las orejas se encogieron, abandonando su forma afilada.
Frente a ella, Ranann avanzaba con paso errático.
―¡No te acerques!
Desde la espalda de la mujer surgieron látigos esmeralda, delgados como tentáculos.
La energía apenas sostenía su forma.
Sin apenas esfuerzo los cortó de lleno, deteniendo su avance y acabando con la última esperanza de la mujer.
―¿Quién…
eres…?
―preguntó con un hilo de voz, Ranann no pronunció palabra.
Acercó el antebrazo hacia el pecho de la mujer y una hoja se creó al mismo tiempo que atravesaba el corazón.
Sangre comenzó a brotar de la boca de la Ascendente, manchando el suelo con tonos carmesíes.
Cuando sus ojos dejaron de brillar, hizo desaparecer la hoja y el cuerpo se desplomó.
Un sonido sordo marcó el final del combate.
El charco creció bajo ella.
Ranann experimentó un hormigueo escalofriante en el pecho, sabiendo que tendría secuelas por culpa de ese combate.
Si solo hubiese tenido toda su fuerza, habría sido diferente.
Habría terminado con ella en apenas segundos.
Avanzó hacia el cuerpo tendido de la Ascendente.
Junto a él, el arma que antes blandía tomó la forma de un orbe pulido con un núcleo pulsante de color verde; el núcleo de resonancia.
Aquel orbe albergaba ahora el poder contenido del guardián sagrado.
Cuando intentaba apoderarse del núcleo de resonancia, un escalofrío descendió por la columna vertebral.
El entorno de la sala se transformó a su alrededor, disipando todo sonido y congelando el aire y el tiempo.
Conteniendo el aliento, reconoció con amarga familiaridad la fuente de tal energía.
―Ha pasado tiempo… Sylvaria.
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