Los Ecos de la Guerra - Capítulo 8
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8: Hasta que nos volvamos a ver 8: Hasta que nos volvamos a ver Una muchacha de cabellos verdes emergió al costado de Ranann.
Todo su ser emanaba una energía tan intensa que pintaba su forma con un resplandor verde que delineaba su contorno etéreo.
Sus orejas eran alargadas, tan finas como las de un elfo.
Llevaba un vestido con tonalidades blancas y verdes que la asemejaba a los mismos ángeles.
Solo le faltaban las alas.
Mientras lo miraba esbozaba una cálida sonrisa.
―Ranann… Creí que nunca tendría que volver a ver tu desagradable rostro.
Me duele saber que sigues sin pudrirte como la basura que eres.
Rannan se quedó mudo.
La dulzura en su voz contrastaba con aquellas ásperas palabras.
Conocía la lengua afilada que tenía Sylvaria y no se dejaba engañar por su apariencia delicada.
―Tampoco yo esperaba otro encuentro ―admitió, conteniéndose―.
Han sucedido demasiadas cosas durante mi ausencia.
Aunque ninguna tiene peso ahora.
¿Qué juego os traéis entre manos?
―Esa pregunta no me corresponde.
―La joven alzó un dedo y lo apoyó en su mentón con afectación teatral―.
Y si deseas la respuesta… me temo que tendrás que enfrentarte a su desprecio.
Si es que acepta entablar una conversación contigo, claro.
Cruzó los brazos sin dar importancia al ardor que le recorría las cicatrices.
Aquel dolor ya no arrancaba muecas.
―Supuse que también llegaría aquí, pero por lo que veo no llegamos en el mismo momento.
No entiendo qué pretende trayéndoos a este mundo.
―Eso no es de tu incumbencia.
Sylvaria ladeó la cabeza con gesto burlón y comenzó a rodear a Ranann en círculos, dejando tras de sí estelas de energía, como si tejiera retazos de luz en el aire.
Ranann intentó seguir sus movimientos, pero cada vez que la enfocaba, ella se desvanecía en un parpadeo y reaparecía detrás de él, o a su costado.
Con un sobresalto, se encontró con su nariz pegada a la de Sylvaria ―¿Aún no te arrepientes de lo que hiciste?
―preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.
Ranann cerró los ojos un instante, y en la oscuridad de sus párpados vio rostros que prefería olvidar.
Cuando los abrió, su mirada era tan fría como antes.
Dejó escapar un suspiro y la apartó como quien toca el aire haciendo que la figura de la muchacha se distorsionara levemente como ondas en el agua.
―Si pudiera empezar de cero, volvería a tomar la misma decisión.
―Su voz apenas fue un susurro ―.
Le juré lealtad eterna a mi señor.
Incluso si eso significaba dejar todo atrás, no me arrepiento de nada.
―Dices eso, pero no fuiste capaz de protegerlo.
Menuda mano derecha… Ranann se enfureció ante las palabras de Sylvaria.
Era la primera vez que perdía los nervios en mucho tiempo.
Alzó el puño y lo descargó contra el espacio que ocupaba la joven, pero ni siquiera consiguió que ella pestañeara.
Su risa flotó con la misma alegría venenosa de siempre.
Ranann chasqueó la boca ante su burla.
Desvió la mirada con disgusto hacia la mujer inconsciente en el suelo.
La sangre seguía suspendida en mitad del aire, como si el tiempo fuera de aquel espacio se hubiese detenido por completo.
―Discúlpame por quitarle la vida a tu portadora ―susurró con la voz más serena de la que disponía.
―No es nada.
Siempre habrá alguien dispuesto a aceptarme.
Por cierto, deberías agradecerme que no haya querido acabar contigo en la caseta.
―Debí suponer que sería cosa tuya.
Es imposible que un humano sea capaz de sentir mi Éther tan fácilmente ―Una sonrisa se ensanchó en el rostro de Ranann―.
De todas formas, ¿no crees que te has vuelto bastante débil?
Apenas he usado fuerzas para derrotarte.
Por primera vez en toda la conversación la muchacha se enfureció, aunque no terminó convirtiéndose en una mueca de enfado.
―¡Eso no es verdad!
―comenzó a golpear a Ranann provocando que este sintiese no otra cosa que una brisa en la parte golpeada.
Al ver que Ranann solo sonreía con complicidad desistió y se apartó de él danzando en el aire―.
Esa mujer apenas podía usar una parte de mi poder y he gastado mucho curando a los soldados que trataste de matar.
―Conque están vivos… Supongo que eso es bueno.
Sylvaria se quedó viendo el rostro calmado de Ranann y una pequeña sonrisa, esta vez sincera, cruzó sus facciones.
Dio media vuelta, encaminándose hacia un rincón refulgente, donde la luz verde y blanca se intensificaba.
Sus contornos comenzaron a desenfocarse.
Justo antes de desaparecer se detuvo y esbozó otra sonrisa, más amplia.
―Por qué tuviste que abandonarla… ―susurró.
―¿Has dicho algo?
―No te importa ―contestó mientras empezaba a descomponerse en centellas de maná.
Ranann se quedó quieto, observando cómo sus rasgos se diluían en miles de partículas danzantes―.
Para la próxima vez que vuelva a saber de ti, espero que sea porque te has quitado la vida.
«Al menos podrías tener unas últimas palabras más dulces.» Y entonces desapareció.
El entorno de la habitación cambió una vez más, volviendo a sus matices oscuros por la tenue iluminación de las antorchas y de las velas sobre las mesas.
A sus espaldas, la sangre retenida reanudó su caída, goteando hasta el suelo con un sonido que recordó a un reloj al que acaban de dar cuerda.
Ranann se acercó una vez más hacia el núcleo de resonancia.
Unas grietas se formaron en él y antes de que pudiese tomarlo se destruyó por completo.
Maldijo mientras se arrodillaba por el dolor que volvió.
Tras unos cuantos segundos, se incorporó, mirando a su alrededor.
Regresó al rincón donde se encontraba la vitrina.
Un vistazo bastó para que una mueca de incredulidad torciera su boca.
El contenedor yacía hecho pedazos, sus soportes retorcidos como si los hubieran forzado.
La reliquia que vino a buscar desapareció sin dejar rastro.
No tuvo margen para buscar pistas, pues pasos resonaron en la escalera de acceso, casi retumbando en los peldaños de piedra húmeda.
―¡Por aquí!
―gritó la voz de un hombre.
Se apresuró hacia la ventana abierta por la que el ladrón escapó.
Su cuerpo se desplomó en la fría nieve del exterior, con un golpe amortiguado, pero a la vez doloroso.
―¡Ascendente, Seryth!
Las voces retumbaban desde la ventana del piso superior.
Cerró el puño sobre la herida del costado y se obligó a correr, a pesar del ardor que punzaba cada músculo.
Solo le quedaba huir.
Avanzó a trompicones, la nieve metiéndosele en las botas y helando sus sentidos.
Dejar aquella ciudad se convirtió en lo único que importaba.
Siguió el rastro que dejaron los Terracones momentos antes, dirigiéndose hacia el claro oculto donde sabía que los demás skarnianos aguardaban su regreso con el pensamiento de que habría tenido éxito en la misión.
Sin embargo, esta vez no fue así.
Falló.
Emergió al fin del bosque, los pies atrapados por raíces al entrar en el claro protegido por los pinos ancianos.
El silencio lo recibió.
Los carromatos seguían en el mismo lugar donde los abandonaron.
Junto a ellos, los Terracones descansaban, cubiertos por una fina capa de nieve recién caída que suavizaba sus contornos monstruosos.
Pero algo no encajaba.
El aire, a pesar del frío intenso, olía a sangre fresca, un aroma metálico y nauseabundo.
Volvió los ojos al suelo.
Manchas oscuras se extendían sobre la nieve virgen, próximas al límite del claro.
El rastro carmesí lo condujo hacia una franja más densa del bosque, donde los troncos se alzaban gruesos y cubiertos de musgo endurecido por el hielo.
Dio un paso tras otro, cada vez más lento, hasta alcanzar un recodo.
La escena se desplegó ante él.
Cadáveres rompían el blanco con la brutalidad de una pintura arrojada.
Cuerpos humanos esparcidos sin orden, miembros torcidos, armaduras hundidas por impactos que no ofrecieron margen de respuesta.
Los ojos vacíos apuntaban al cielo gris, sin entenderlo.
Cerca, varios Skarnianos se inclinaban sobre los muertos como aves negras, arrancándoles las pertenencias con manos acostumbradas a profanar.
Dagas, espadas, bolsas vacías, incluso las botas cubiertas de barro.
Todo servía.
Nada quedaba.
A poca distancia, un carromato humano reposaba de lado, como un escarabajo derribado.
Una de sus ruedas de madera se astilló, arrancada de cuajo.
Los dos caballos que lo tiraban yacían en un charco de sangre que empezaba a congelarse, sus cuellos torcidos en ángulos imposibles y antinaturales.
Otros Skarnianos hurgaban con avidez en el interior, sacando fardos envueltos en tela y cajas de madera.
Entre todos aquellos para Ranann el que más destacaba se trataba de Kórvath.
Plantaba una bota pesada sobre el pecho de un humano muerto y reía a carcajadas.
Era un sonido desagradable para sus oídos.
―¡Débiles!
―bramaba, alzando un hacha de doble filo manchada de sangre oscura y congelada―.
¡Creyeron poder emboscarnos en nuestro propio refugio, pobres ilusos!
¡Ningún humano puede hacer frente a la furia Skarniana!
¡Su estupidez les ha costado la vida!
Ranann se quedó viendo a Kórvath sintiendo cómo de alguna manera algo era distinto en él.
Por un instante la cola le pareció unos centímetros más larga, sus garras más afiladas y algunas escamas se esparcían por lugares donde antes no se hallaban.
Ignorándolo a él y su jactancia nauseabunda, buscó con la mirada a Azrath.
Lo encontró de pie, un poco apartado del grupo principal, observando el saqueo con una expresión indescifrable en su rostro.
Se acercó a él, arrastrando los pies, cada paso una agonía que le recordaba sus heridas y su vergüenza.
―¿Qué ha ocurrido aquí?
Azrath se giró al oírlo.
Su mirada descendió por el cuerpo de Ranann sin mostrar sorpresa ni juicio.
Observó los jirones colgando de su ropa, la suciedad incrustada en la tela, la sangre reseca que formaba costras sobre heridas aún abiertas.
―Solo un pequeño contratiempo ―contestó el skarniano, mostrando una sonrisa que Rannan consideraba fingida―.
Me sorprende que hayas regresado con vida.
Aunque, por tu aspecto, la retirada no es que fuera muy limpia.
―¿Quién ha dicho que huyese?
La sonrisa de Azrath se desmoronó.
―¿Dices que has conseguido la reliquia?
varias cabezas se giraron en su dirección.
Entre ellas, la de Kórvath.
Rannan en ningún momento sintió miedo por las palabras que estaba a punto decir.
―No pude obtenerla.
El rugido estalló a su izquierda.
Un alarido grave y animal.
Kórvath, cubierto aún de sangre ajena, abandonó su presa sin dudarlo.
Saltó hacia Ranann con todo el cuerpo lanzado hacia delante, las garras alzadas como si buscaran desgarrar la tierra misma.
Ranann no alcanzó a levantar defensa.
Y, aun así, el golpe no le alcanzó.
El puño de Kórvath se estrelló contra la palma de Azrath.
El impacto detuvo el avance con una brutalidad muda.
El Skarniano lanzó un gruñido, pero no avanzó ni un paso más.
―Tranquilízate, Kórvath Azrath ni siquiera se dignó a mirarlo.
Sus ojos permanecían fijos en Ranann.
Retiró la mano que frenaba al skarniano.
Kórvath retrocedió un paso, todavía gruñendo y lanzando miradas asesinas a Ranann, pero obedeciendo sin rechistar la autoridad de su líder.
―Explícate, Ranann ―ordenó Azrath.
Su voz, aún baja, mantenía el filo del control absoluto.
Ni rastro de furia ―Tus sospechas se confirmaron.
Un Ascendente custodiaba el objetivo Le hice frente… y conseguí abatirla.
Pero el combate atrajo a alguien más.
El artefacto ya no se encontraba allí cuando quise alcanzarlo.
Azrath asintió, procesando la información sin revelar juicio alguno.
Parecía aceptar la explicación, o tal vez sospechaba que aquella versión podía sostenerse, por ahora.
Kórvath soltó un bufido.
Se acercó a Ranann sin contenerse, con movimientos que imitaban la violencia de una bestia a punto de morder.
Invadió su espacio, resopló sobre su rostro.
Su aliento caliente, con un desagradable hedor a carne cruda y furia contenida, golpeó el rostro del asesino.
―Es imposible que este enclenque haya derrotado a un Ascendente.
¡Nadie sobrevive a un duelo directo con un Ascendente, y menos un humano como tú!
¡Mientes para ocultar tu cobardía!
Ranann sostuvo la mirada.
Ni un paso atrás.
―No gano nada mintiendo.
―¡Entonces prueba tus palabras!
―espetó Kórvath.
La mandíbula se tensó, los colmillos casi rozaron la piel de Ranann―.
Si realmente la derrotaste, tendrás su núcleo.
¡Entrégalo!
Es lo mínimo que puedes ofrecernos como compensación por tu incompetencia.
Ranann buscó en una bolsa interior de su túnica desgarrada.
Extrajo un puñado de fragmentos afilados, de un material cristalino opaco y oscuro.
Los sostuvo en la palma abierta, ofreciéndolos.
Kórvath se los arrebató y los observó de cerca, frunciendo el ceño con creciente confusión y furia.
Los trozos eran irregulares, fracturados, sin el brillo característico ni la forma geométrica perfecta de un núcleo de resonancia intacto y pleno de poder.
―¿Te ríes de mí?
―gruñó Kórvath.
―El núcleo se fragmentó antes de que pudiera tomarlo ―explicó Ranann con la voz tensa―.
Esto es todo lo que pude recuperar de entre los escombros.
La paciencia de Korvath llegó a su límite.
Apretó el puño con una fuerza aplastante, pulverizando los fragmentos cristalinos hasta convertirlos en un polvo fino y oscuro que se escurrió entre sus garras escamosas y se perdió sobre la nieve.
Se acercó aún más a Ranann y sus enormes garras apresaron con brutalidad el cuello de su túnica, levantándolo del suelo sin esfuerzo aparente.
Lo dejó suspendido en el aire, los pies colgando patéticamente a un palmo de la nieve.
Acercó su rostro al de Ranann hasta que sus frentes casi se tocaron.
―¡Mientes!
―bramó, el aliento fétido golpeándole la cara, zarandeándolo con violencia―.
¡Un núcleo no se destruye, así como así!
¡Resisten cientos de lunas!
¡Tú lo robaste para ti, y ahora intentas engañarnos con estos cuentos!
―Suéltalo ―interrumpió Azrath, tan calmado como amenazante.
Su mirada hizo que Kórvath se encogiera, acobardado y lo depositó una vez más sobre la nieve, aunque sin ninguna delicadeza―.
La energía que sentía hasta hace unos minutos se ha desvanecido por completo.
No hay duda de que Ranann se enfrentó al Ascendente y, de alguna forma, lo derrotó.
Es una lástima no haber recuperado la Piedra Magnus, o siquiera el núcleo intacto, pero al menos hemos privado a los humanos de una de sus piezas más valiosas.
―¡Eso no es lo que acordamos!
―protestó Kórvath, aunque su voz perdió el filo anterior.
Señaló a Ranann con una garra acusadora―.
¡Se le pagó una suma considerable por adelantado para traer la reliquia, no para venir con historias de combates gloriosos y excusas baratas!
¡Necesitamos resultados, no bajas enemigas que no nos aportan beneficio directo!
Azrath lo ignoró por completo esta vez, como si fuera una mosca molesta zumbando a su alrededor, indigna de su atención.
Metió una mano en un bolsillo oculto de su haori y extrajo una pequeña piedra de un vibrante y profundo color verde esmeralda.
La arrojó hacia Ranann con parsimonia, quien la atrapó sin dificultad y la sostuvo en la palma, sintiendo un leve calor emanar de ella.
Su superficie era lisa, casi orgánica al tacto.
La miró, confundido.
―Es un Vitalshtar ―explicó Azrath, respondiendo a la pregunta no formulada en la mirada de Ranann―.
Úsalo.
Te ayudará a sanar tus heridas.
Francamente, me sorprende que aún te mantengas en pie después de un encuentro así.
Puede que te haya subestimado.
Ranann reconoció el nombre.
Escuchó hablar de ellas alguna vez.
Artefactos forjados por los Ferranos.
Se decía que cada piedra almacenaba un enlace específico que se liberaba al ser destruida la gema que lo contenía.
Nunca sostuvo una en sus manos, y menos aún un Vitalshtar, una de las más codiciadas por sus asombrosas propiedades curativas.
Cerró los dedos alrededor de la gema fría.
La rompió con decisión, y los fragmentos se disolvieron en su mano.
Un aura verde envolvió todo su cuerpo, extendiéndose por sus músculos y huesos.
Aún sentía ardor y su cuerpo protestaba, pero eso aliviaría algo de su tormento.
Transcurrirían horas antes de recobrarse por completo, pero al menos la herida no lo incapacitaría.
Una vez que la energía del Vitalshtar se integró por completo en su ser, absorbida hasta la última partícula, el aura verde que lo envolvía parpadeó como una llama al viento y comenzó a deshacerse.
Kórvath permanecía inmóvil, observándolos con los puños todavía apretados y la mandíbula tensa.
Se debatía entre expresar más su furia o aceptar la decisión de Azrath.
Decidió optar por una sumisión a regañadientes, aunque resentida.
Incapaz de contener del todo su frustración acumulada, descargó una violenta y súbita patada contra una piedra suelta medio enterrada en la nieve a sus pies.
La roca salió despedida con fuerza y rodó hasta detenerse junto a los pies de Ranann.
―Ya hemos perdido suficiente tiempo aquí.
Partiremos de inmediato ―anunció Azrath dirigiéndose a todo el pelotón.
Ranann soltó un resoplido llevándose una mano al costado herido, palpando la zona bajo la ropa desgarrada.
Un latigazo de dolor agudo persistía bajo la superficie adormecida por el Vitalshtar.
Sentía el flujo familiar y reconfortante de su propio Éther interno trabajando ya bajo la piel que aceleraba la reparación de tejidos.
Aún le quedaba un largo camino para sanar por completo, pero podía moverse.
Alzó la vista hacia Azrath, encontrando su mirada impasible, y su propia expresión se endureció.
―Os acompañaré hasta encontrar la próxima ciudad o aldea segura.
No quiero pasar un momento más en este lugar.
Después de eso, nuestros caminos se separarán.
Me perderéis de vista.
Para siempre.
Azrath lo miró por un instante largo y silencioso.
Luego, asintió una sola vez aceptando sus términos sin discutir.
Se giró sin más y, con un gesto a sus guerreros más cercanos, comenzó a marchar de regreso hacia los carromatos.
Los demás lo siguieron en silencio.
Manos rápidas recogieron pertenencias, hojas melladas y cualquier arma humana que resultase útil.
Kórvath se detuvo un momento.
Le lanzó a Ranann una mirada envenenada por el rencor, luego se dio media vuelta y desapareció tras Azrath, sin abrir de nuevo la boca.
Ranann se dirigió hacia uno de los carromatos del fondo.
Evitó, otra vez, el que transportaba a Kórvath.
Subió con esfuerzo, arrastrando los pies, y se dejó caer entre los bultos apilados en un rincón en penumbra.
El hedor a tela húmeda, cuero fermentado y raíces secas le dio la bienvenida.
Encogió el cuerpo, procurando que lo olvidaran.
Los Terracones despertaron del letargo con gruñidos apagados.
Los látigos restallaron.
Las bestias empezaron a moverse, sus patas retorcidas marcaban el ritmo sobre la nieve con un crujido lento e irregular.
La caravana se internó entre los árboles sin prisa.
Las copas altas tamizaban la luz, dejando que los troncos formaran columnas en sombras que se deslizaban con ellos.
Ranann se dejó llevar por el traqueteo monótono y repetitivo.
El dolor remitió a un nivel soportable, gracias al Vitalshtar y a su propia capacidad de recuperación.
Ya no era una tortura insufrible, solo una molestia constante.
Podía soportarlo.
Miró los jirones que le colgaban de los brazos.
La túnica colapsaba en sí misma, empapada, rota, cubierta de manchas secas que cambiaban de tono con la luz.
Quizá era el momento de reemplazarla.
El botín seguía a buen recaudo, suficiente para cubrir ropajes nuevos…
incluso después del fracaso.
Sabiendo que aún quedaba bastante para llegar a la siguiente ciudad decidió dormir esperando que el viaje se le pasara mucho más rápido.
Y fue justo en el momento en el que cerró los ojos que todo su cuerpo se sobresaltó.
Se irguió de repente jadeando como si hubiese tenido la más cruel pesadilla.
No fue ningún sonido del exterior sino un sobresalto en su Éther interno.
Los vellos de su nuca se irguieron de golpe, erizados como las púas de un animal asustado.
Hacía mucho, muchísimo tiempo que no percibía una perturbación así en su flujo.
Años.
Demasiados como para que fuera una simple casualidad.
Con rapidez, se incorporó ignorando la protesta de algunos de sus músculos magullados y pegó el rostro a una de las estrechas rendijas del carromato.
Sus ojos escrutaron con urgencia la oscuridad exterior.
Y entonces, una voz pasada resonó en lo más profundo de su consciencia.
Un nombre, la figura de un hombre olvidado con los años surgió en su memoria.
―Mi señor…
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