Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Los Ecos de la Guerra - Capítulo 9

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Los Ecos de la Guerra
  4. Capítulo 9 - 9 El día prometido
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

9: El día prometido 9: El día prometido Unos golpes firmes atravesaron la madera, arrancando a Kayn de su profundo sueño.

Despertó como si alguien hubiera usado su cabeza como yunque durante toda la noche.

Sus manos buscaron refugio entre las sábanas ásperas, enterrando el rostro en la almohada.

―Kayn, ¿no crees que ya has dormido suficiente?

La voz de una mujer se filtró desde el otro lado de la puerta Kayn entreabrió los ojos, parpadeando ante la tenue luz que se filtraba por las cortinas casi cerradas.

Un suspiro pesado escapó de sus labios mientras el cansancio lo aferraba al colchón.

Apenas consiguió pegar ojo la noche anterior.

Aunque no terminaba de recordar por qué.

Thum Thum Thum Los golpes se repitieron, esta vez con más insistencia que antes.

Se encogió bajo las mantas, ocultando el rostro entre los pliegues del colchón, mientras el zumbido insistente del otro lado de la puerta le arañaba los oídos.

Las esperanzas de que el silencio lo salvara se desmoronaron al oír el crujido de la madera que evidenciaba la entrada de alguien en la habitación.

Levantó la mirada con desgana.

Una silueta femenina cruzaba el umbral.

El pelo, castaño claro, le caía por los hombros como un río detenido.

Sus ojos de color ámbar brillaban con ternura mientras observaba al joven tendido en la cama.

―¿Hasta cuándo piensas seguir ahí tirado?

―preguntó Thalia Kayn se giró, dándole la espalda, y se hundió aún más entre las sábanas.

Ella suspiró y se dirigió a la ventana.

Corrió las cortinas de un tirón, permitiendo que los rayos del sol inundaran la habitación, bañándola en tonos dorados.

El brillo reveló cada rincón: estantes llenos de libros, espadas de madera apoyadas en la esquina y un armario abierto y con numerosas prendas desperdigadas.

Un pequeño destello de enfado cruzó por los ojos de Thalia al verlo de reojo.

La luz golpeó de lleno los ojos de Kayn.

Gruñó una vez más, aferrándose a la almohada para evitar ser cegado.

―Cinco minutos más, mamá…

Thalia sonrió, negando con la cabeza mientras posaba las manos en la cintura.

―Bien, pero no me obligues a subir de nuevo ―advirtió con suavidad―.

O haré que Pong te saque rodando.

Aunque su rostro mostraba una sonrisa juguetona, la amenaza iba en serio.

No sería la primera vez que Pong se lanzaba a su cama, casi rompiéndole la columna vertebral.

A ser posible no quería repetir la experiencia.

Thalia se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando abierta la puerta tras de sí.

Minutos después, Kayn se incorporó, sentándose al borde de la cama sin permitir que sus pies tocaran el frío suelo de madera.

Se frotó los ojos con los nudillos, intentando despejarse.

Buscó las zapatillas con los pies y se levantó, estirando los brazos por encima de la cabeza.

Llevaba puesto su pijama habitual, con un tierno panda estampado en el centro de la camiseta.

Abandonó la habitación, caminando por el pasillo sin preocuparse por domar la maraña rebelde de mechones que insistían en cubrirle los ojos.

Cruzó la puerta del baño y permitió que el agua helada corriera por sus manos antes de lanzársela al rostro con fuerza.

El frío le hizo estremecerse, pero logró ahuyentar los vestigios de sueño que aún persistían.

Al levantar la vista, el espejo le devolvió la imagen de un joven de pelo castaño claro con unos ojos verdes todavía adormilados.

A Kayn no le gustaba peinarse.

Prefería conservar el pelo con el que se despertaba cada mañana, aunque eso a su madre no le hiciera mucha gracia.

Tras un segundo chorro de agua y un leve parpadeo, buscó una toalla y se secó el rostro, notando cómo la frialdad se colaba en sus huesos y al mismo tiempo lo reanimaba.

Descendió las escaleras tras cruzar el umbral del baño.

La luz del amanecer inundaba la estancia, deslizándose por las ventanas abiertas.

En el sofá de cuero cuarteado, Gael devoraba con la vista cada palabra del periódico.

A su lado, Pong jugueteaba con una rama aún húmeda, robada del jardín.

Hundía los dientes con tal empeño que la corteza crujía entre sus mandíbulas.

―Buenos días, hijo ―Gael no levantó la vista del periódico―.

Feliz cumpleaños.

Kayn respondió con una sonrisa que aún conservaba algo de sueño en los bordes.

―Gracias, papá ―se acercó al sofá y pasó la mano por la cabeza redondeada del panda―.

Buenos días a ti también, Pong.

El guardián no se inmutó; levantó la vista solo un instante, lo justo para confirmar que aquella voz le pertenecía a quien debía importarle, luego regresó a la rama con renovado empeño.

Kayn continuó acariciándole la cabeza bajo la atenta mirada de su padre, quien dejó a un lado el periódico.

―¿Preparado para el día de hoy?

―preguntó.

Kayn ladeó la cabeza, la mano aun atrapada en el suave pelaje.

Gael alzó una ceja.

Una chispa burlona asomó en su expresión.

―La ceremonia de vinculación, Kayn.

No me irás a decir que lo olvidaste.

Kayn se quedó pensativo por unos segundos hasta que su mente despertó del todo.

El color subió por las mejillas del muchacho como si alguien hubiese encendido un fuego bajo su piel.

Se llevó la mano a la frente, derrotado por el descuido.

Gael soltó una carcajada que atravesó la habitación Sin embargo, su felicidad no duró mucho tiempo.

―Mira tú por dónde ―Thalia se acercó a ellos limpiándose las manos en un delantal repleto de manchas de harina―.

Esa mala memoria me recuerda a alguien que conozco muy bien.

La risa traviesa de Thalia provocó que la expresión risueña de Gael se apagara al instante, dando paso a un rubor que competía con el de Kayn.

―Si no recuerdo mal, querido ―continuó ella, disfrutando cada palabra―, fuiste tú el último en llegar a la ceremonia.

Kayn se volvió hacia su padre.

Los labios de Gael se curvaron en una media sonrisa.

―Bien…

Reconozco que tenía tantas ganas de hacer la prueba que no pude pegar ojo en toda la noche.

Cuando me desperté la ceremonia ya casi había terminado.

―Se encogió de hombros, como si todavía intentara justificarse ante su yo más joven―.

Por poco no llego.

―Por no mencionar ―agregó Thalia, entre risas contenidas―, que saliste de casa tan rápido que ni siquiera te diste cuenta de que todavía llevabas puesto el pijama.

Deberías haberlo visto, Kayn Cuando logró establecer el vínculo con Pong, empezó a gritar emocionado “¡Lo he conseguido!”, todo orgulloso en… calzoncillos frente a toda la aldea.

Con solo recordarlo, Thalia no pudo evitar volver a reírse de la situación.

―Creía que ese episodio ya estaba olvidado…

―murmuró Gael, desviando la mirada hacia Pong en busca de algo de complicidad―.

Aunque, al final, ambos lo logramos, ¿verdad compañero?

Alargó el puño hacia el panda, que se limitó a arrancar una hoja nueva de la rama, indiferente a la conversación.

La leve mueca de frustración de Gael provocó otra risa en Thalia.

―Después de semejante espectáculo, era lo mínimo que te merecías.

Kayn apenas escuchaba lo que sus padres decían.

Su mente se encontraba absorta en lo que sucedería en unas pocas horas: la ceremonia de vinculación.

Se imaginó de pie frente a todos, logrando establecer el vínculo.

Sintió un hormigueo solo de pensarlo.

Apenas podía controlar la emoción que sentía.

―¡Yo también lo conseguiré!

―anunció de repente, repleto de entusiasmo.

Sus padres, sorprendidos por su grito inesperado, intercambiaron miradas.

Gael esbozó una sonrisa antes de dirigirse hacia él.

―Vale, pero tampoco tengas tanta confianza.

A ver si te vas a llevar una sorpresa.

Kayn no prestó atención a su advertencia.

No podía imaginar que algo fuese a salir mal.

Deseaba que llegara la hora de partir cuanto antes.

―Está bien, basta de charla.

El desayuno ya casi está listo ―anunció Thalia, adentrándose de nuevo en la cocina.

Gael se levantó del sofá, estirando los brazos como un oso despertando de la hibernación.

―Será mejor que comas algo.

No querrás enfrentarte a la ceremonia con el estómago vacío.

Sinceramente, no te lo recomiendo.

Algunos pueden incluso desmayarse.

Kayn siguió a su padre hasta la cocina.

Allí, el aroma dulce del sirope y las tortitas recién hechas inundaron sus sentidos, despertando aún más su apetito.

El estómago le rugió en respuesta.

Se dejó caer en la silla junto a la ventana, donde la luz del sol entraba a raudales.

Sobre la mesa, su madre colocó un vaso de zumo recién exprimido y un plato rebosante de tortitas esponjosas que desprendían un intenso vapor.

Desde pequeño, le preparaban ese desayuno en su cumpleaños, una tradición que jamás faltaba.

Esa vez no iba a ser la excepción.

―No te quedes embobado mirando la comida.

Cómetelas rápido o se van a enfriar ―advirtió ella, colocando una mano suave en el hombro de su hijo antes de regresar a la cocina.

Kayn tomó el tenedor, hundiéndolo en la pila de tortitas que se deshacían bajo la presión.

Vertió un generoso chorro de sirope sobre ellas, observando cómo el líquido dorado se escurría por los lados.

Gael se sentó frente a él, acomodando su silla con un leve chirrido.

Pong se colocó en la silla a su lado, como si fuera un bebé bastante grande.

A Kayn le pareció bastante gracioso.

Desde que tenía memoria, el compañero de su padre era más que un simple guardián; formaba parte de la familia.

Pasó innumerables tardes corriendo por el jardín con él, jugando al escondite entre los árboles o trepando por las rocas cercanas al arroyo que bordeaba las afueras de la aldea.

A veces incluso intentaron entrenar juntos, aunque Pong siempre resultaba ser mucho más fuerte y ágil.

Recordaba cómo lo levantaba con facilidad, provocando carcajadas tanto en él como en Gael.

Thalia regresó con una taza de café humeante, cuyo aroma intenso contrastaba con el dulzor del sirope sobre las tortitas.

Colocó la taza frente a su esposo y le dio un suave apretón en el hombro.

Kayn no entendía cómo a los adultos les podía gustar tanto tomar café.

Era una bebida demasiado amarga; la última vez que lo probó estuvo a punto de vomitar.

Desde aquel día juró que nunca volvería a tomar café.

Gael alzó la taza y sopló con cuidado sobre el vapor que ascendía en espirales.

Justo cuando los bordes de cerámica rozaban sus labios, sintió una presión invisible sobre él.

Levantó la vista.

Pong lo miraba desde el otro extremo de la mesa.

Los ojos del panda, oscuros y redondos como esferas de obsidiana pulida, lo taladraban al tiempo que sacaba la lengua.

Inclinó la cabeza.

Gael apartó la taza, empujándola hacia el centro de la mesa, fuera del alcance inmediato del pequeño ladrón peludo.

Pong gruñó por lo bajo, cruzó los brazos y desvió la mirada hacia las tortitas de Kayn.

Para su desgracia, ya casi no quedaban.

Durante unos segundos, el silencio reinó alrededor de la mesa, interrumpido solo por el sonido de Kayn devorando su desayuno sin piedad.

Sin embargo, su mente seguía lejos de allí, absorta en la ceremonia que se llevaría a cabo en unas horas.

―¿En qué piensas?

―preguntó Gael, observándolo con curiosidad.

Kayn levantó la vista, tragando el último bocado de tortita que tenía en la boca antes de responder.

―En qué forma tendrá mi vínculo.

―Ya veo…

―murmuró Gael, dando un sorbo al café.

Parecía querer decir algo más, pero se limitó a mirar por la ventana, donde los primeros rayos del sol iluminaban el jardín trasero.

Kayn no notó la inquietud en su mirada; su mente se encontraba demasiado ocupada.

Después de terminar el vaso de zumo de un solo trago, se levantó de la silla, haciendo que esta chirriara contra el suelo al ser arrastrada.

―Voy a darme un baño ―anunció, limpiándose la boca con la manga del pijama.

Al salir de la ducha, Kayn atrapó una toalla y se envolvió el torso sin prisa.

El vapor aún flotaba en el aire como un velo espeso, y el espejo del baño mostraba solo una silueta desdibujada, sin rostro.

Con la palma abierta trazó un círculo sobre el vidrio empañado.

Su reflejo emergió poco a poco.

Se secó lo más rápido que pudo y cruzó el pasillo hacia su habitación.

Sobre la silla junto al escritorio descansaba la ropa elegida la noche anterior.

Sobre la camisa, vistió una chaqueta larga de tela oscura, de un azul tan profundo que casi parecía negro.

Tenía un diseño simple, con líneas en los hombros.

Los pantalones, negros también, permitían cada movimiento sin estorbo.

Cualquier prenda le servía, salvo los vaqueros.

La rigidez de esa tela lo asfixiaba.

Lo ataban, y lo que más temía era perder la libertad de moverse.

Terminó de vestirse en cuanto se colocó el colgante al cuello.

El cristal azulado pendía de una cuerda trenzada.

Lo conservaba desde hace cuatro años tras un desafortunado incidente en el bosque.

Lo llevaba todos los días, no existía día que se le olvidase.

No por nostalgia.

Sino porque cada vez que lo sentía sobre el pecho, recordaba que aún respiraba.

Llegó la hora de irse.

En la entrada, sus padres lo esperaban.

Gael vestía un chaleco de lana ceñido al torso junto con una camisa blanca que asomaba por el cuello y las mangas.

A su lado, Thalia ajustaba la bufanda alrededor del cuello, las mangas del vestido azul recogidas hasta los codos.

El aliento se le escapaba en volutas ligeras, señal clara de que el frío en Brumavilla mordía como siempre.

Kayn forcejeaba con los cordones en su habitación.

El nudo se resistía.

―Kayn, ¿vienes o qué?

―llamó su madre desde el recibidor.

―¡Ya voy!

―echó a correr escaleras abajo.

El pie resbaló en el penúltimo escalón y por poco besa el suelo.

Se irguió al instante, con una mueca culpable―.

Me distraje en el baño, lo siento.

Cuando estaba por acercarse a sus padres, algo lo frenó.

La vista se le enganchó en el brillo metálico que descansaba sobre la mesa de madera pulida, cerca del perchero.

Una katana descansaba en su pedestal, la hoja reflejando su rostro.

―Casi lo olvido…

―Se acercó e hizo una reverencia frente a la espada―.

Buenos días, abuelo.

Hoy por fin ha llegado el día de mi ceremonia de vinculación.

¿Sabes lo que eso significa?

Muy pronto podré convertirme en domador, igual que tú y papá.

Su emoción se detuvo mientras miraba la espada.

―Si te soy sincero, estoy muy nervioso, pero…

estoy seguro de que todo saldrá bien.

Eso es lo que papá siempre dice.

Aunque ya sabes que no se puede confiar mucho en él.

―¡Kayn, por última vez, muévete o llegaremos tarde!

―la voz de Thalia volvió a resonar, esta vez con una ligera impaciencia.

―¡Voy enseguida!

―elevó la voz antes de bajar el tono―.

Parece que ya tengo que irme, abuelo.

Cuando vuelva, vendré a contarte cómo fue.

Deséame suerte.

Posó la mano sobre la empuñadura de la katana, sintiendo el frío metal bajo sus dedos mientras contemplaba su reflejo.

Algún día empuñaría esa hoja, pero por ahora se conformaba con mirarla.

Kayn cruzó la puerta y echó a correr por el sendero, dejando atrás a sus padres.

Los pasos se perdieron entre los árboles del jardín, y el silencio volvió a envolver la entrada.

Gael y Thalia se miraron.

No dijeron nada al principio.

Solo cuando el viento removió las hojas a sus pies, una risa suave rompió el momento.

―Hay que ver lo mucho que quiere a tu padre ―comentó Thalia, acomodándose un mechón detrás de la oreja―.

Nunca pierde la oportunidad de hablar con él.

Gael asintió con una sonrisa de orgullo.

El padre de Gael participó en la Guerra de la Discordia.

Kayn jamás lo conoció, y Gael apenas si conservaba algún recuerdo verdadero.

La guerra se lo llevó demasiado pronto.

Lo único que regresó fue la espada.

Una mañana, sin previo aviso, apareció en el umbral.

Nadie la trajo.

Nadie llamó a la puerta.

Solo estaba allí, envuelta en tela sucia, apoyada contra la madera como si regresara sola al lugar al que pertenecía.

El filo mostraba muescas, el acero apagado por el tiempo, pero aún cargado de ecos.

Cada corte, cada batalla, cada nombre olvidado seguía allí, atrapado entre la empuñadura y la hoja.

Gael la heredó.

Y aun sin haber visto nunca al hombre que la blandió por primera vez, Kayn creció con la imagen nítida.

Las historias que su padre le contó de niño se encajaron en su interior como raíces.

Ahora, al marchar hacia la ceremonia, deseaba con todo su ser hacerlas florecer.

―Hoy será un gran día para él ―añadió Thalia, observando cómo su hijo los esperaba con impaciencia en la puerta.

―Sin duda ―respondió Gael, aunque una sombra de preocupación cruzó por sus ojos―.

Pase lo que pase, permaneceremos a su lado.

Thalia ladeó la cabeza y le ofreció una sonrisa cargada de afecto.

Lo sujetó del brazo, y juntos enfilaron hacia la salida, reuniéndose con Kayn, que no paraba de lanzar miradas al camino mientras contenía la impaciencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo