LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Partida hacia Santiago
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10: Partida hacia Santiago 10: Partida hacia Santiago VIAJE A ESPAÑA 10 Partida hacia Santiago Dos meses después, el tiempo necesario para preparar el viaje, aprender un poco el castellano y encontrar un ayudante fiable al cargo de la librería, Flamel se marchó hacia España.
Se atavió con el hábito pardo, la concha en el sombrero de amplias alas —alzado en la frente— y un zurrón a la espalda; en una mano la calabaza bien cargada de vino y en la otra el bordón —una vara de avellano—, tal y como todo preciado peregrino debía lucir.
Solo Perenelle estaba al tanto de la misión en la que se embarcaba su marido.
Con excusas inteligentes, disuadió a los amigos y vecinos, que mucho pidieron e intentaron sonsacar el motivo de tan repentino viaje.
Fue fácil ocultar la verdad bajo el pretexto de la marcada religiosidad de su marido y alegó que, al estar cerca de la cincuentena, lo había sacudido la urgencia de visitar la tumba del santo apóstol en Compostela.
Hubiera ido solo, pero era arriesgado; cantidad de asaltantes irrumpían en los caminos como aves carroñeras al acecho de fáciles presas.
Partió desde Saint Jacques de la Boucherie, iglesia dedicada a Santiago el Mayor y punto desde el cual los viajeros parisinos emprendían la ruta de peregrinaje.
Esa mañana, había en la capilla una treintena, preparados para iniciar el camino: unos, por devoción; algunos, por sus votos; otros, por penitencia; y unos pocos, como última esperanza para obtener un milagro que revirtiese su tortuosa enfermedad.
Comerciantes, campesinos, monjes, letrados, vagabundos…, una pequeña congregación de hombres que nada tenía en común, aparte de su vestimenta peregrina, estaba presta a recibir la solemne misa que se oficiaba con motivo de su partida.
Las gentes del pueblo se hallaban allí reunidas para presenciar el gran momento, expectantes ante un suceso de tal significado y magnitud.
Podía percibirse en los rostros de los peregrinos su alma inflamada, que se extendía por la iglesia como una energía enfebrecida, fruto de una colectiva exaltación por los delirios de grandeza ante los ojos de Dios.
Como la mera llama de una vela puede alcanzar cuanto tiene a su alrededor, ganando vida en su expansión, ellos se incendiaban entre sí en una misma luz.
Reinaba en la atmósfera una fe que prendía a quien se acercara al grupo, que, si bien silencioso, clamaba su lealtad a la Iglesia en cada paso, gesto, pose, rictus de sus bocas e incluso los suspiros exhalados con ardorosa e indeclinable abnegación; por servir, por acercarse más a su Señor, por ejercer de instrumentos ciegos a una religión de la que estaban convencidos, aun cuando ninguno había sido testigo del más mínimo milagro; y no era preciso, su juramento al santo era inquebrantable como el acero.
Los sacerdotes bendijeron los bordones y zurrones, trazando el signo de la cruz con incensarios oscilantes.
Acompañaban con cantos, tintineo de campanas y las distintivas plegarias a Santiago para que les otorgara la necesaria protección durante el camino.
El recinto se invadió de perfumadas nubes humeantes que reptaron hacia el techo, como si en ofrenda hubiesen recogido sus súplicas y las elevasen a las alturas para ser llevadas a la presencia de Dios.
Al terminar el acto religioso, salieron de la capilla en un ordenado rebaño.
Los feligreses los acompañaron un corto tramo, en el que se sintieron como si también fuesen los afortunados de partir.
Había llegado el momento.
Flamel solo se giró una vez para distinguir entre la muchedumbre a la única persona que a su corazón le pesaba despedir.
Su primera separación desde que la había conocido era ya un hecho.
Cuando descubrió entre la multitud los humedecidos ojos de Perenelle, los suyos, preñados de paradójica emoción y tristeza, le dijeron todo cuanto ella tenía que saber.
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