LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 El viaje de Francia a tierra hispana
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11: El viaje de Francia a tierra hispana 11: El viaje de Francia a tierra hispana 11 El viaje de Francia a tierra hispana El milagro del Camino está en que convierte en mágicas las cosas normales.
Refrán popular sobre el Camino de Santiago.
Uno de ellos parecía saber a dónde se dirigían; iba comentando que pasarían por Orléans, Tours y Nantes, donde cogerían una embarcación para llegar a España.
No iban a completar el camino tradicional entero a pie; acortarían la ruta avanzando parte del viaje por mar.
De todos modos, no escaparían de estar meses en marcha y de acabar extenuados.
Aun sin mapa, el guía se sabía orientar; gozaba de un instinto nato para conducir a aquellos hombres al destino.
Además, lo acompañaba el firmamento: tomaba las estrellas como puntos de referencia para conducir a su rebaño.
La primavera había comenzado, contaban con la ventaja del tiempo propicio.
De pueblo en pueblo, jornada tras jornada, infinidad de pasos fueron pisados bajo el caluroso sol del día; por las noches, sus cuerpos mortificados recibían el descanso merecido, que los revivía para emprender un nuevo ciclo de tormentoso deambular.
Día a día, aparecían nuevas llagas y ampollas en los pies, que convertían la andadura en un desgarrador martirio; unos se sentían tal cual pasearan sobre una alfombra cosida de brasas criminales que les desgajaba la piel; algunos, ya en carne viva, se veían forzados a dejar al resto atrás para reposar un tiempo y recuperarse.
Cuando llegaron a Nantes, había pasado cerca de una semana y hubo una baja: un enfermo que no soportó las inclemencias de un duro trayecto que incluso en un joven fornido causaría estragos.
La peregrinación era una selección natural de los más fuertes; muchos la empezaban, pero no todos la concluían;era una prueba arriesgada a vida o muerte que dejaba un reguero de enfermos y cadáveres.
Por suerte, a lo largo del camino había hospitales y cementerios suficientes para atender a los menos afortunados.
Pararon solo por las noches en posadas, monasterios o en casas de campesinos hospitalarios que se sentían en la obligación moral y cristiana de acoger a esa estirpe de hombres movidos por la fe.
En Nantes tomaron un barco que los llevó a las costas asturianas.
Viajar por mar fue igualmente duro porque, aunque pudieron descansar de los prolongados maratones, las condiciones eran pésimas: la falta de salubridad era notable y la alimentación, deficiente y escasa.
Ya en tierra hispana y con unas cuantas bajas más a las espaldas, Flamel resolvió dejar atrás al grupo y comprar un asno para completar el recorrido.
Sopesó que valía la pena correr el riesgo de ir solo si con ello ganaba tiempo con la ayuda de un animal de carga.
Pasó por Oviedo y de allí a León, descubriendo el paisaje propio de la península y el encanto de sus gentes, siempre dispuestas a dar cobijo a un necesitado peregrino.
La variedad de parajes, tanto de llanura como de montaña, le brindaron un clima propicio para su desarrollo espiritual; meditaba por los senderos, a lomos del asno como alma errante, abstraído en su mundo particular.
Su pasado, sus orígenes, aspiraciones, ideales, convicciones y el porvenir fueron revisados de un modo que, debido a la cotidianidad de la rutina, nunca antes había tenido ocasión de contemplar.
A veces, caía en trance.
Los límites de la realidad física se desintegraban, espacio y tiempo se evaporaban, y en comunión mística pasaba a formar parte del paisaje: una gratificación inesperada para aquellos que se internan por dilatado trecho de tiempo en la sacralidad de la naturaleza.
A lo largo de su peregrinaje, estuvo acompañado de buena estrella: no lo asaltaron los bandidos, tampoco se extravió, tuvo accidentes ni cayó enfermo por el consumo de agua y alimentos a los que no estaba acostumbrado, peligros habituales que sorteaban día a día los aventureros, y por los que tantos valientes habían perdido el pellejo.
El camino era para héroes y, a pesar de los riesgos, se realizaba con desaforada bizarría, aunque algunos presos lo recorrían obligados para cumplir su pena impuesta por un juez.
La gran afluencia de esa ruta, por encima incluso de Roma o Jerusalén, reflejaba los valores y la mentalidad del hombre en esa época: religioso hasta la médula.
Bajo su lente, el valor de la vida terrena era relativa y, si para venerar a un santo se perdía, no se consideraba tan dramático.
Lo que sí encontró fue alguna que otra mesnada de peregrinos, que lo ayudaron guiándolo en algún tramo y lo rescataron algunas horas de su introspección.
En León, que contaba con una comunidad cabalística sobresaliente, aprovechó para visitar cuantas sinagogas iba encontrando, con la esperanza de dar con expertos en lenguas.
Aunque la estancia se dilató por un mes, durante el cual se puso en contacto con muchos y verificó lo que Guillaume le había dicho sobre ellos, no halló a ninguno que pudiera o quisiera ayudarlo con lo que él necesitaba.
Pasó por Astorga, Ponferrada y Lugo.
Antes de llegar a su destino final en Santiago, viajó unos días hacia el noroeste hasta alcanzar la costa de A Coruña.
Solo se trataba de unos pocos pasos en comparación con el extenso trayecto que llevaba recorrido.
Como buen peregrino, debía primero ir al cabo de Fisterra, el final del mundo para todo cristiano, donde el sol se despeña en el mar tenebroso.
En plena Costa da Morte, el escarpado y peligroso litoral se extendía a través de decenas de kilómetros de faros, pueblos pesqueros, vertiginosos acantilados y rías, ensenadas y playas salvajes de furiosa oleada, salpicadas por sus vientos en un bucle infinito entre terribles tormentas.
El itinerario por esa franja de litoral gallego bañado por el Atlántico sumergió a Nicolás en un viaje atrevido, cual navío surca una marejada embravecida, por una ruta de contrastes y mil paisajes, de la que se enamoró por su magia y su peligro, su historia, misterio, misticismo, los mitos, supersticiones, leyendas y tragedias; la cegadora niebla, meigas, dólmenes, indómitas corrientes repletas de bestias marinas; monstruos acechando a los marineros valientes que osaban encararse a su fiereza para nunca regresar; sus traicioneras rocas que acababan con las vidas de innumerables navegantes, y cíclopes y gigantes que despiertan cuando llega el ocaso para mostrar el camino desde la costa a ultramar.
Pero el alquimista, protegido por la Providencia, no fue salpicado por otra cosa que sus limpias aguas, el aire puro y las bendiciones de un paisaje sobrecogedor, esculpido por el oleaje y los vientos a lo largo de milenios.
Llegó a una lengua de tierra rocosa adentrada en el mar, en esa época considerada el punto más occidental del mundo conocido: el cabo Finisterre.
Mirase donde mirase, la vista oceánica se presentaba infinita; comprendió por qué se había bautizado al lugar con el título de «Finis Terrae».
Paralizado ante la insondable vastedad, así los navegantes dejan tierra firme y se embarcan para explorar, intuyó un receso en el curso de su vida que obligaba a aventurarse a un nuevo sino; el cabo auguraba un salto de lo viejo hacia un incógnito futuro, abierto a tantas opciones como rumbos posibles.
Al igual que los demás peregrinos allí presentes, como un primer paso a modo iniciático, quemó sus ropas para morir y renacer bajo una nueva luz, libre de toda carga para cumplir sus votos a los pies del sepulcro del apóstol.
Pilas de ropa ardían en pequeñas piras: la costa quedó repleta de fogatas que la adornaban de vida.
En ofrenda, las cenizas fueron arrojadas al agua como parte del ritual.
Antes de irse, se sentó y permaneció meditabundo, con la vista extraviada en las trémulas lenguas de fuego, de las que se elevaban danzarinas espirales de humo, y que se reflejaban sobre el vasto espejo de la orilla marina.
Se entretuvo contemplando sus sombras, luces rojas y destellos de plata balanceados por la brisa, que se prendían y se apagaban sin cesar, ocasión que el cabo aprovechó para obsequiarle con un último presente: una puesta de sol especial.
Quedó conmovido al divisar cómo el astro rey era devorado por el océano en un festín de rojos color sangre, un fenómeno sin par que presentaba la muerte de la estrella en las entrañas de aquella inmensidad monstruosa; y que dejó a todos embelesados.
Si bien, Flamel fue más allá.
Vislumbró una metáfora de aquel prodigio en su interior: su viejo yo había sido transmutado y redimido por la carrera, ahora más liviano y refinado que el que poseía antes de partir, como si el camino hubiera engullido sus escorias; y sintió un sincero agradecimiento que brotó desde lo más profundo del corazón en un derrame de lágrimas.
A modo de cierre del ritual, se bañó en las frías aguas de una playa vecina para dejar atrás, no solo el polvo del trayecto, sino más bien el pecado y el pasado; cantidad de viajeros se purgaron en el mar cristalino y asimismo peligroso; para muchos, el primer aseo en todo el periplo.
Por la capa de mugre rancia y roñosa que cubría sus cuerpos, como una vetusta piel impregnada del sudor apestoso del viaje, podría pensarse que era la primera vez en su vida.
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