LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Santiago
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12: Santiago 12: Santiago 12 Santiago El apóstol Santiago es el bendito Patrón de la Gran Obra.
SAMAEL AUN WEOR Mas para Nicolás no había finalizado la odisea.
Así como muchos terminaban el camino en Fisterra, después de visitar al santo apóstol, él había decidido hacerlo al revés.
Limpio en cuerpo y alma, se dirigió a la catedral de Santiago de Compostela, donde halló más monasterios, mesones, conventos, hospitales y albergues reunidos en un mismo enclave de lo que era posible encontrar en ningún otro lugar.
La ciudad parecía diseñada para recibir a los miles de peregrinos, de todas razas y lugares del mundo, que acudían para saldar sus cuentas, en busca de purificación y redención.
Aquella tierra era el Paraíso, el destino último de toda alma errante al final de la larga aventura.
La catedral lucía imponente como Nuestra Señora de París y también cargada de simbología alquímica en los relieves de la fachada, los grabados, esculturas y vidrieras.
Pero Nicolás no prestó tanta atención a eso en un principio.
Había algo más urgente que llamaba a su consagrado corazón.
Los restos del apóstol Santiago, guardados en un arca de mármol, lo esperaban bajo el altar mayor.
Flamel se acercó cruzando el luengo pasillo de la cripta.
Nadie le había dicho que ese era el altar en cuestión.
No era necesario.
Cualquiera lo intuiría por las múltiples señales.
No había otro espacio en la basílica tan iluminado por celestiales carbunclos, perfumado con fragantes aromas que exhalaban sin cesar y agasajado con presentes por doquier: flores, estampas, limosnas, rosarios…, amén de decenas de cristianos rendidos a sus pies.
Con cada paso, el latido de su pecho bombeaba con mayor fiereza y las piernas le flaqueaban, y la respiración se desmadró.
Estaba a punto de entrar en contacto con un discípulo de Cristo, un hombre que había vivido, caminado y compartido mesa con el amadísimo Maestro, y había tenido el honor de abrazar la palabra recién salida de la sagrada e inmaculada boca de Dios.
Al postrarse ante los restos del santo, simbolizó la culminación de su viaje.
Había valido la pena cada paso, cada gota de sudor y contratiempo a cambio de la gloria de un momento tan trascendente.
Sintió haber sido tocado por el alma de Santiago en su interior, una vivencia religiosa que solo un corazón cristiano podría imaginar; tras la experiencia, nunca volvería a ser el mismo.
Después aprovechó para contemplar los símbolos de la catedral que, tanto por dentro como por fuera, se le regalaban ante los ojos.
En el paseo para encontrar ayuda en su otra misión secreta, habló con sabios enzarzados en discusiones sobre las imágenes del Arte Real; sin el menor resultado.
Compartió sus inquietudes con multitud de peregrinos.
Los había con diferentes niveles de sapiencia: algunos parecían poseer conocimientos verdaderos, pero no eran capaces de arrojar luz sobre las ilustraciones y signos misteriosos de su libro; otros sentían mera curiosidad; y algunos se las daban de eruditos para saciar sus aires de grandeza sin tener la menor idea.
Ninguno sabía griego ni conocía a nadie que pudiera ayudarlo.
Fuera, en el atrio, se topó con una fuente invadida de viajeros que saciaban su sed, cual enjambre de abejas revoloteando alrededor de un panal.
Se acercó a probar suerte con ellos, pero lo único que pescó fue la admirable vista de la construcción de piedra: una espaciosa estructura compuesta de una taza cóncava en la que cabrían quince hombres.
En el centro reposaba una columna de bronce, por cuyo remate surgían cuatro leones que escupían chorros de agua, y que mostraban la magnificencia y el ingenio del inventor.
No se rindió.
Pasó unas semanas en la ciudad, de convento en convento, de iglesia en iglesia, de albergue de albergue, pero nadie sabía griego ni podía descifrar su libro.
Entró en contacto con cientos de rostros, de múltiples nacionalidades y edades, que solo habían ido a Santiago a venerar al santo; en su gran mayoría, ni siquiera habían oído hablar de la alquimia, solo eran hombres de fe.
Habían transcurrido meses desde su partida y, en parte desalentado por no solucionar el enigma, tomó la decisión de regresar a casa con las manos vacías.
Volvería por la misma ruta que había recorrido a la ida, así que de Santiago partió a León.
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