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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 León
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13: León 13: León 13 León Era de noche y se hallaba exhausto.

Hacía unos días había contraído un resfriado que lo tenía sumido en un estado febril, en gran parte por el exceso de calor del día y el contraste del frío de la noche.

Al llegar a la ciudad, se dirigió a la primera posada que encontró.

No había comido casi nada en todo el día, por lo que pidió la cena al posadero nada más entrar.

Se sentó en una de las mesas vacías y, durante el tiempo de la espera, que se le hizo eterno, calló los rugidos del estómago bebiendo un par de vasos de vino en dos largos sorbos.

En el albergue había otros viajeros que se habían parado a reposar tras la intensa jornada de peregrinación; algunos iban a Santiago y otros volvían a casa, pero para Flamel era como si no existiesen; solo había espacio en su mente para el plato que esperaba con famélica desesperación.

Cuando llegó la sopa, un desconocido se acercó a su mesa.

—Fauriel —se presentó sin más con acento francés, y se sentó con Nicolás.

—¿Nos conocemos?

—preguntó, tomando rápidas cucharadas del caldo caliente.

Por el deje del escribano, Fauriel supo que también era galo.

—Disculpe mi osadía, pero le he visto solo y, como me encuentro en la misma situación, he pensado que mi compañía podría serle grata.

—Por supuesto.

Me llamo Nicolás.

¿Qué le trae por estas tierras?

—Soy mercader de telas, natural de Boulogne.

Vengo por negocios a León con asiduidad.

—Somos vecinos, pues; soy de París.

—¡Siempre es agradable encontrar a un paisano fuera de casa!

Paso mucho tiempo lejos de mi tierra, y me llego a encontrar solo y desubicado.

—Es exactamente como me siento.

¡Gracias a Dios que vuelvo a casa!

El escribano atacó el segundo plato, que justo le acababan de poner sobre la mesa; el entrante se lo había soplado de un solo asalto.

—¿Habéis concluido ya el camino?

—dedujo el mercader.

—Sí, vengo de Santiago.

¡Ha sido una experiencia trascendental!

—Un intenso fulgor de dicha asomó a sus ojos en forma de un brillo inusual, pero el pensamiento sobre el fracaso en la alquimia lo barrió de un plumazo.

—¿Pero?

—Fauriel percibió el cambio en su semblante.

—También he venido en busca de ayuda sobre un tema: la alquimia.

El mercader dirigió la mirada cavilosa hacia un punto alto y remoto, que corroboró a Nicolás que estaba rumiando.

Tras un veloz repaso a su extensa lista de contactos, confirmó con voz decrépita: —No conozco a nadie que sepa de esa ciencia, lo siento.

—Descuide.

Por lo que he podido comprobar, pocos la conocen —dijo entre ruidosos estornudos.

—¡Vaya!

¡Habéis cogido una buena!

—se inquietó Fauriel—.

Debería veros un médico.

Conozco al mejor de la ciudad; si queréis, mañana le visitamos —se ofreció, pero al ver el mutismo de su paisano, añadió para convencerlo—: Vive cerca de aquí, en el barrio de La Judería.

—Es un gesto muy considerado, señor, pero creo que se me pasará —agradeció al tiempo que apuraba el tercer vaso de vino y se engullía el último trozo de carne.

—¡Insisto!

En mis años de viaje he visto a peregrinos morir por menos.

No quisiera llevar en la conciencia no haber ayudado a un hermano de mi país —dijo con voz categórica, dejando al descubierto las dotes de persuasión que todo negociante necesita poseer—.

Tiene que ser a primera hora porque parto mañana mismo.

Flamel accedió con un cabeceo y reventó en un ataque rabioso de tos, al punto de casi exhalar los pulmones por la boca.

Junto al sudor febril que le resbalaba en abundancia por la frente, se convenció de que había tomado una decisión acertada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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