LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Maese Canches
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14: Maese Canches 14: Maese Canches 14 Maese Canches A primera hora, ambos feligreses partieron de la posada.
Al trotecito de sus burros, anduvieron unas calles.
Nicolás supo que se adentraban en el barrio de La Judería porque solo se cruzaban con hombres que vestían su tradicional atuendo con el inconfundible turbante o la kipá.
Enfilaron por estrechas callejuelas, algunas zigzagueantes y con empinadas escaleras, que alternaban pasajes y patios interiores de piedra.
Se encontraba bien entre sus paisanos.
Sobre su estado febril, entrar allí suponía una inyección de aire fresco; aquella aljama leonesa —dentro del núcleo urbano, pero a la vez falta de plena integración— le hacía sentirse en casa, mas le recordaba la condición de su gente, desplazada en tierra de nadie y a lo largo de la historia; olvidados de la mano de los hombres, pero no de la de Dios, que los había escogido como pueblo predilecto desde el inicio de los tiempos.
Los cantos hebraicos venidos de una sinagoga a lo lejos le removieron el fuerte y arraigado sentimiento de identidad.
En su mente rondaron citas bíblicas que autentificaban la inquebrantable alianza con su pueblo, y aquel repaso exaltó la fe y la esperanza de, algún día, abrazar la tierra prometida del Señor.
Con ello, recobró algunas de las fuerzas perdidas.
Presto estaban en casa del médico.
Fauriel lo dejó en la puerta y se fue a lomos de su asno, de regreso a Francia.
Nicolás permaneció mirando cómo se alejaba por ese camino empedrado en cuesta, hasta que su silueta se difuminó en la lejanía y no quedó rastro del mercader, como si el horizonte lo hubiera engullido, una imagen que le evocó al ocaso en Fisterra; y dudó de si aquel hombre había sido de carne y hueso, y no una mera ensoñación, fruto de su soledad y su estado acatarrado.
Una corriente de aire gélido le golpeó el rostro, una bofetada que lo devolvió a la realidad.
Miró la casa que tenía enfrente y recordó por qué estaba allí.
Tocó con el puño y, antes de que sus nudillos rozaran la madera por segunda vez, un judío mayor y de apariencia macilenta entreabrió la puerta lo suficiente para asomar la mitad de la cabeza.
Lo primero que advirtió Nicolás fue su aspecto cansado, sucio y sudoroso, que no cuadraba con la profesión de doctor, sino más bien con la de forjador.
—Vengo de parte de Fauriel.
—Tosió enérgicamente, tapándose la boca con las manos por educación.
El anciano permaneció mudo.
Al ver que no se inmutaba, el escribano se explayó un poco más: —Lo conocí ayer en la posada y me envió a usted por mi resfriado.
—Pase —farfulló con voz agria.
Abrió la puerta despacio, como si una parte de él no quisiera recibir a aquel desconocido.
Con ceñudo semblante y porte desabrido, lo miraba adusto y hasta desafiante; no se percibía en él ningún signo de simpatía hacia Flamel.
Nicolás asumió que lo admitía por el mercader, pero no se molestó.
Solo quería curar su constipado.
Entró en la morada y los ojos se fueron a los ejemplares que había en una librería: montones de tratados y manuales de toda clase.
Al dar un paso hacia ella, el casero lo paró con un gesto seco de la mano, acompañado de una mirada hacia una estera de esparto llena de zapatos; debía quitarse las sandalias para deambular por la vivienda.
—¿Puede pagarme?
—pidió el médico en tono arisco y sin rodeos, escarmentado de otros peregrinos que acudían a él sin poder costear sus servicios.
—¡Por supuesto!
—aclaró el escribano, cambiándose el calzado por una de las zapatillas de entre aquella colección.
Enseñó unas monedas para respaldar sus palabras.
—¿Cómo se llama?
—Nicolás Flamel.
—Maese Canches.
—Le tendió la mano.
El galo notó un miembro rígido y frío, a conjunto con el estado interno del doctor; al mirarse los dedos, advirtió que con el apretón se los había pringado de roña negra—.
Siéntese.
Flamel acató la orden y el anciano le abrió la boca para inspeccionar la garganta.
Examinó unos breves segundos y concluyó moviendo la cabeza de arriba abajo: —Una buena inflamación.
—¿Va a darme algún medicamento?
—¿Cuánto tiempo lleva con síntomas?
—Le tocó la frente para comprobar si había fiebre.
—Unos días.
—Necesita reposo, eso es todo —determinó lo que ya había deducido al recibirlo en la puerta.
—¿Está seguro?
—Los peregrinos creen que Dios va ayudarlos en su tortuoso camino, pero el cuerpo necesita comida, horas de sueño y descanso.
Había algo en Canches que perturbaba.
En el gesto de su boca se atisbaba un sello de tristeza, un sinsabor de algún mal recuerdo o un sueño no cumplido.
Sus ojos afligidos y voz áspera contaban una historia de decepción que la mayoría carga en secreto a sus espaldas y va minando el alma; la suya parecía haberse vaciado por completo.
Flamel pensó en qué revés habría atravesado para que se leyera la frustración en cada palabra, mirada, gesto, pose y palmo de piel; pero, como no le conocía, solo especuló.
—Le daré unas hierbas para acelerar la curación, pero, si no descansa, no surtirán el menor efecto —sermoneó, dejando al descubierto su cansancio de recibir viajeros que acudían a él para no hacer caso de sus consejos.
Se acercó a un mueble y sacó las hierbas del cajón.
Las envolvió en una bolsita de tela y se las dio.
—Dos infusiones al día.
Flamel volvió a buscar en su zurrón la escarcela para sacar unas monedas y pagarle los honorarios, y en la maniobra se cayó el manual al suelo.
Canches lo recogió para entregárselo y se le trastocó la expresión.
Las imágenes de la portada, relacionadas con alquimia, despertaron un interés que se manifestó en nerviosismo.
Ese hombre había resucitado: algo le importaba lo suficiente como para sentir alguna emoción.
—¿Qué es?
—ordenó, acuciado por la sed de saber, en un tono que a Flamel no le gustó.
—Ah, bueno, es un tratado… —balbuceó al tiempo que se lo tomaba de las manos y lo escondía en el zurrón—.
Debería irme.
—¡Es alquimia!
—aseguró con su habitual voz hosca, y Nicolás creyó que condenaba el libro.
—¿Conoce esta ciencia?
—preguntó sin fiarse del médico.
—Sí.
¿Y usted?
—No voy a negarle que también me atrae.
—¿Dónde ha obtenido ese tratado?
—Lo he escrito yo.
Es una parte copiada de una obra que llegó a mi librería y quisiera descifrar.
—Déjeme ver —exigió, extendiendo la mano con la palma hacia arriba.
—No sé si puedo confiar en usted, no le conozco.
—Yo tampoco.
Aun así, acabo de admitirle que poseo conocimientos de este arte.
Se gestó una tensión incómoda en la habitación.
Los hombres adoptaron el papel de dos jugadores delante de una tabla de ajedrez, estudiando a su oponente y trazando su próximo movimiento, una estratagema para ganarse al otro y defender sus intereses a la vez.
Flamel consideró que, si ambos se habían abierto, debía darle una oportunidad al anciano.
—Está bien —se aflojó en un suspiro, seguido de otro buen arranque de tos—.
He venido de París a tierra hispana porque llegó hasta mí un libro que soy incapaz de descifrar.
Contiene fragmentos escritos en griego y las imágenes encierran mensajes que desconozco.
—¡¿Ha venido de tan lejos?!
Déjeme ver el libro.
Nicolás se lo entregó con recelo encubierto.
Su retoño era un tesoro que no podía compartir sin sentir que, de algún modo, estaba siendo profanado.
Canches devoró las pocas páginas en un santiamén, como si la vida se le fuera en ello, ante la mirada quejumbrosa del Iniciado.
—Puedo ayudarle en la traducción —suspiró hondo porque había saciado una profunda hambre interna—, pero debe ser sincero.
Intuyo que sabe más de lo que dice.
Flamel barajó la decisión de si debía complacerle.
Al sopesar que a lo mejor ese hombre era la última esperanza para volver a casa con algún conocimiento, desembuchó: —Me lo entregó Abraham el Judío.
—¡¿Qué?!
—Canches se quedó de una pieza.
Se sentó, abrumado por el shock, en una postura desgarbada.
Abraham era conocido entre los sabios cabalistas amantes de la alquimia.
En sus viajes a España, se había puesto en contacto con algunos de esos alquimistas escogidos y les había entregado una copia del Libro Dorado.
Pero el secretismo sobre la identidad de esos Iniciados entre la comunidad judía era infranqueable, ya que los Elegidos se guardaban de confesar que lo eran.
Por tanto, la visita de ese galo constituía una oportunidad que el médico jamás hubiera pensado alcanzar: la posibilidad de acceder a los secretos del Libro Dorado de Abraham.
—He llevado conmigo estas pocas páginas copiadas como precaución por si me asaltaba una banda de malhechores por el camino.
El manual completo está en casa.
Canches parecía abstraído en otro pensamiento; tras unos segundos, suspiró, embargado por la colosal revelación.
—Eres un Elegido, ¿verdad?
—Lo miró entre aterrado, incrédulo y sobrepasado.
—Lo soy —terminó Flamel, sobrecogido por la evidencia de que el médico tuviera conocimiento de su más preciado secreto.
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