LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 En el laboratorio clandestino
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15: En el laboratorio clandestino 15: En el laboratorio clandestino 15 En el laboratorio clandestino La mezcla de los elementos con los que trabaja el alquimista tenía lugar en una especie de vaso que, según María la Profetisa, es una especie de matrix o uterus del cual ha de renacer el filius philosophorum, el infans solaris lunaris, nuestra Piedra milagrosa.
El vientre artificial mantenido a temperatura constante que lo acoge es el atanor.
Su forma recuerda al cuerpo humano, y de hecho hay quien localiza este horno en la zona del plexo solar.
El fuego vendría a simbolizar la fuerza vital interior, mientras que el fuelle que se encarga de avivarlo es la respiración regulada.
Para el alquimista, el estado caótico de la materia prima corresponde al descensus ad inferos o regressus ad uterum, la regresión al estado prenatal, embrionario, en cuanto es una vuelta hacia atrás a las profundidades de nuestro inconsciente, al período anterior a lo que en nosotros se revela como «consciente».
Es el triunfo sobre la muerte, es decir, sobre la temporalidad.
Las siguientes semanas, debido a su obstinada insistencia, el escribano se hospedó en casa del médico, que lo atendió como a un rey.
Flamel le fue tomando confianza y le contó todo, salvo el pasado de Abraham, puesto que él le había hecho prometer que nunca revelaría aquello.
Aunque, hablando con Canches, descubrió que ya lo sabía porque entre los círculos judíos la leyenda de ese misterioso personaje se había extendido como el aceite.
En ese tiempo, que sirvió para que se recuperara por completo, el hispano tradujo fragmentos del libro de Flamel y los estudiaron con detenimiento.
Los saberes del doctor sobre alquimia eran incuestionables, amén de poseer un surtido repertorio de manuales que había acumulado a lo largo de los años.
Maese Canches era un rabino converso instruido en cábala que había dedicado su vida a la medicina y a la sinagoga, pero aún más a la alquimia.
Tenía un laboratorio en casa que nunca antes había enseñado a nadie y le mostró por primera vez a Nicolás.
En él había pasado la mayor parte de su existencia haciendo pruebas, esperando a que su sabiduría y la gracia fueran algún día lo suficiente auspiciosas para lograr su mayor sueño.
A medida que pasaron las décadas sin obtener la panacea, su carácter se había ido agriando.
Pero ahora, al final de su vida, la respuesta a sus plegarias parecía haberse presentado bajo la figura de Flamel.
El rabino decidió enseñarle todo cuanto una verdadera guarida de alquimista debía albergar.
Bajaron por unas escaleras que los condujeron al sótano.
—Este es mi santuario —dijo Canches, haciendo un ademán con la mano para invitarlo a pasar.
Sumergido en la oscuridad, Flamel no respondió porque no alcanzaba a ver nada; pero sí oler: la tufarada a laboratorio le golpeó hasta las entrañas, dejándolo parado en seco.
Aquel puñetazo de bienvenida en la nariz ocurría a todo hombre cuando visitaba uno por vez primera.
El olfato no avezado debía habituarse a ese característico aroma corrosivo con fuerte fondo de herrumbre, fruto del cóctel de minerales, ácidos, sales, óxidos, alcoholes y demás químicos que manejaba el alquimista.
A medida que sus ojos se habituaron a la penumbra, y con la ayuda de una triste luz que venía de un horno, miles de objetos aparecieron a la vista.
En un flanco cercano, montones de grimorios apilados y volúmenes repletos de fórmulas, entreverados unos con otros, manuscritos cenizosos y libros enterrados bajo densas capas y capas de polvo.
Al otro, el oratorio, con su Biblia abierta y algunos rosarios colgando del altar.
Imprescindible en todo laboratorio de alquimista, ese es el lugar de refugio para el adepto que, habiéndose iniciado en un camino incierto y pedregoso, plagado de pasos en falso y rectificaciones en un vaivén constante de ensayos en las vasijas, cae a menudo en la mayor desesperación.
Preso de la soledad y el sentimiento de estar abandonado, acude a este rincón para recobrar la fe y recordarse.
Es un consuelo.
Y es que tan solo los ruegos le brindan el sosiego para no desfallecer.
Flamel se adentró en ese inusitado paraje que se antojaba milenario, con telas de araña colgando de muros enmohecidos y rellenando las esquinas, y cuyas sombras envolventes acrecentaban su aire de misterio, así difunde al final del día el precoz anochecer.
Caminaba con cautela y curiosidad, pues aquella caverna de atmósfera hechizada despertaba temor e intriga a la vez.
Sentía haber descendido a una cripta.
Lo primero que le llamó la atención fue la exagerada cantidad de objetos, con los que se tropezaba a cada paso.
En cualquier rincón y sin guardar un orden, invadía un amasijo de instrumentos y utensilios arcaicos, escampados por el alquimista, que, siempre afanado, no tuvo tiempo de guardar.
Sublimadores, hornillos, alambiques de pera y redomas rechonchas que exhalaban emulsiones herrumbrosas, cuyos relentes ácidos hicieron toser a Nicolás.
Sobre una mesa, un laúd y una viola, símbolos de la armonía que regenta en la Obra, cuya música reconfortaba el alma de Canches en los descansos.
En el centro, como corazón ardiente de la cripta, el atanor.
Al fondo, la caldeada fragua de metalurgia.
Aun por las paredes, no fuera a desperdiciarse un solo palmo de espacio, inscripciones en latín a modo de recordatorios motivantes y sapiencia ancestral, y símbolos del Arte Hermético, extendidos como mapas instructores sobre la roca: calaveras, rosas, cráneos, el Sol, la Luna y demás astros, letras hebraicas y un rosario de animales: lechuzas, salamandras, águilas, palomas, corderos, leones… Y, sobre el conjunto, como una síntesis en la clave de bóveda, el mayor de ellos, un cuervo desplegando sus alas, icono de la mortificación de la materia por el color oscuro de las plumas.
Cuando Nicolás alzó la vista hacia el techo, quedó amilanado, e incluso se encogió como para protegerse: el efecto intimidante de la gigantesca ave sobrevolando su cabeza provocó que se sintiera carroña a punto de ser devorada entre las garras del guardián.
Y en sí mismo era un aviso, pues el laboratorio consumiría sus partes groseras en un intento de encarrilarlo hacia la buena dirección.
—¡Es magnífico!
—balbuceó Flamel.
—Este es el «sol» de la Obra —le presentó orgulloso al gran atanor.
El horno de los filósofos era una especie de torre de unos cuatro pies de altura, cubierta por una cúpula reverberante como tapadera, que permitía concentrar el calor.
—¿Veis sus paredes?
—Para que el discípulo se fijara en el grosor, les dio unos golpes con el puño—.
Están hechas con ladrillos de arcilla refractarios, capaces de resistir altas temperaturas.
»Aquí se cuece la materia en diferentes grados hasta alcanzar la Piedra.
El atanor es la muerte de la muerte, la vida eterna y la resurrección —aludió al origen del vocablo acuñado por los alquimistas: thanatos, muerte, con la letra a delante, expresando negación.
Apoyados en un lateral, advirtió fuelles de flancos de cuero raído por el uso, los encargados de insuflarle vida con sus soplos, aunque también había por el suelo, entre un revoltijo de garruchas, tejas y copelas; y cercándolo, recipientes oliváceos hundidos de lleno en la arena o enterrados en fardos de paja que exhalaban humaredas que ascendían hacia la bóveda ojival.
En la campana, se entretuvo mirando una fila de matraces de cuello abocinado o cilíndrico, cucúrbitas, vasijas ventrudas como buenos monjes, selladas y encapuchadas con cera, retortas triangulares, recipientes de cristal henchidos de sustancias en colores irisados y crisoles terracota.
El atanor era parecido al que tenía en su libro, así que se lo mostró a Canches.
La única diferencia que Flamel veía era que el que tenía delante era cilíndrico y el de la imagen cuadrado.
No eran idénticos porque podría decirse que existían tantos como alquimistas.
Al construirse cada uno el suyo, de forma casera y a medida, había tantos modelos como gustos, pero presentaban una estructura similar.
—Todos los atanores comparten un mismo crisol en su interior —clarificó el rabino mientras abría una mirilla a la altura del centro.
Apremiado por la curiosidad, Nicolás se acercó: un recipiente ovoide de vidrio transparente permitía ver la materia colorida, que burbujeaba porque se estaba cocinando; descansaba sobre un lecho de cenizas que actuaba de aislante, evitando que el fuego le llegara de forma directa.
Siguió el movimiento divertido de la sustancia danzante.
Estaba alucinado hasta el extremo; era la primera vez que veía gestarse un futuro proyecto de Piedra Filosofal.
Canches sonrió al verlo tan concentrado, con la boca abierta y los ojos como platos, y acompañó la experiencia con una explicación: —El crisol es un vaso resistente a las más altas temperaturas y las fuertes presiones que se generan en su interior.
Aquí la materia madura hasta el final.
Lo llamamos huevo filosofal.
Debe ser de vidrio para que el alquimista pueda comprobar los cambios de color que sufre la materia a lo largo del proceso.
—Parece un huevo —coincidió al tiempo que parpadeaba para ajustar la visión y movía la cabeza de un lado a otro en busca del mejor ángulo.
—Se debe fabricar con esa forma.
Su aspecto ovoide alude al huevo cósmico del cual nació el universo y cuya influencia astral se requiere para que la Obra llegue a buen término.
—¿Se convertirá en un Piedra?
—preguntó urgido, con el asombro genuino de un niño, con voz juguetona y ojos chispeantes de ensoñación.
El rabino se echó a reír.
—Bueno, ¡de eso se trata tanto esfuerzo!
¡Para eso he pasado más de medio siglo de mi vida aquí abajo!
Dirigió la vista hacia el altar y se santiguó con la esperanza de que el Señor escuchara las súplicas, pero también perdonara sus quejas.
—¿Cómo es posible?
—Los alquimistas tomamos nuestra sabiduría de la fuente hermética, mitad esotérica mitad religiosa, en la que se combinan elementos de la sapiencia y religión egipcia y griega.
Por eso también se llama a la alquimia Ciencia Hermética.
En cada fenómeno natural o sustancia se encuentra, en mayor o menor medida, la materia primigenia, de la cual han surgido todos los cuerpos por medio de innumerables transformaciones.
De Todo, Uno, de Uno, Todo.
Cerró la mirilla para conservar el calor.
Era necesario: la temperatura se debía controlar porque influía en su formación.
—Esta materia prima es el semen o caos universal.
Nace de tres principios, la Santa Trinidad —hizo la señal de la cruz mirando hacia el oratorio—, azufre, mercurio y sal, que se combinan para formar los cuatro elementos.
Señaló una pared, donde los había pintado; colgados de clavijas, a su alrededor se avistaba una curiosa disparidad de cráneos caprinos, pipas, cuernos y vejigas de cerdo.
—Cada uno simboliza ciertas propiedades de la materia.
La tierra corresponde al estado de solidez o fijación; el agua al de la liquidez; el aire a los elementos sutiles y el fuego a una sutilidad aún menos sustancial, especie de apoyatura de la luz y el calor.
Hay un quinto elemento, el éter, el más puro, notablemente corrompido en los cuerpos terrestres.
Hizo una pausa para recargar combustible, que casi se había consumido.
Abrió la puerta inferior e introdujo trozos de carbón de un canasto.
—Volviendo a los tres principios… —Alzó tres dedos al aire, negros de hulla—.
El azufre es el fuego celeste que, introduciéndose en los gérmenes inferiores, crea y fija la forma interior de lo más profundo de la materia.
El mercurio es la sustancia húmeda primigenia, nacida en la semilla de todas las cosas.
Y la sal, el asiento fundamental de toda naturaleza, principio de corporeización que es nudo y lazo de los otros dos, y les da cuerpo.
»Estas tres potencias forman los principios constitutivos de una fuerza creadora original: prima materia elementorum.
De este átomo energético primitivo fluye el universo entero.
Paró de hablar porque la temperatura del horno había descendido.
Tomó uno de los fuelles que había desperdigados por el suelo.
Flamel se recreó en la belleza del movimiento de sus manos en un rítmico vaivén y el sonido del aire al soplar fuerte por la boquilla, una respiración sin pausa y sibilante que insuflaba vida al fuego; pequeñas pavesas salían despedidas y, después de un vuelo, iban a la arena en forma de cenizas.
Tras una buena tanda de soplidos, se retiró el sudor de la frente y retomó la enseñanza.
—El filósofo intenta reencontrarse con este magnum mysterium, la fuerza creadora original y su proceso de desarrollo para poder acelerarla; tal es el propósito de todas sus experiencias.
Se presenta como el hacedor de un universo entendido como grandiosa unidad orgánica y dinámica, y en cuyo movimiento ve una ascensión hacia el Espíritu.
»Este progreso no se verifica con desprecio de la materia, sino con su ayuda.
El hombre, concebido como agente de este proceso es, después de Dios, punto culminante de la creación y preocupación fundamental del alquimista.
—Entonces, ¿se produce el nacimiento de nuestro universo en el laboratorio?
—se asombró por la magnitud de semejante maravilla.
—Así es.
La preparación del Lapis Philosophorum no es sino una puesta en escena de la creación del mundo.
¡El génesis!
—El rabino elevó los brazos para expresar la grandeza.
—¡Pero eso es imposible!
—le salió sin pensar.
Sonaba a blasfemia, un atrevimiento asaz pretencioso para un hombre sencillo como Nicolás.
—¡Lo que es inalcanzable para el hombre es posible para Dios!
—auguró al Elegido, con fe encendida en cada una de las palabras a pesar de haberse consumido en un laboratorio sin haber logrado la Piedra.
Y aún apostrofó, con voz imponente y juiciosa, levantando una mano en señal de potestad, así el santo padre predica en el oficio religioso: —¡A quien se aferra a la gracia divina, se le revelan los mayores misterios de la creación!
—Flamel no replicó.
Se castigó en silencio el haber dudado y siguió escuchando—.
Para transformar un cuerpo en otro trabajamos una sustancia como punto de partida, con el objeto de extraer los tres principios que la constituyen, purificarlos y reunirlos en perfecto equilibrio.
—Chocó las manos para escenificar la fusión—.
De ese modo obtenemos la sustancia primigenia que viene del cielo, la Piedra Filosofal capaz de transmutar y proyectar su divinidad y pureza sobre la materia.
»Hay muchas vías, muchos caminos, casi diría tantos como filósofos —comentó en tono enigmático al tiempo que contraía los labios y enarcaba las cejas—, pero esta es la base de todo trabajo alquímico.
Nicolás había permanecido inmóvil, ni parpadeaba, no fuera a perderse jota de la sabiduría y experiencia que el doctor derramaba generoso sobre él, y que por tanto tiempo había estado buscando en su tortuoso viaje.
Después de mucho, comenzaba a sentir esperanza.
Ese hombre era un alquimista consumado, y solo en él veía una luz para guiar sus pasos y cumplir su promesa.
Al partir, le había prometido a Perenelle que resolvería el asunto, aun le costara hasta la última moneda que llevaba encima.
Movido por la curiosidad, el discípulo tomó un recipiente de una repisa.
Comprobó la dureza del vidrio dando golpecitos con las uñas.
—Parecen resistentes.
—Son redomas.
Van muy bien para las mezclas y para conservar los componentes.
Le presentó más ejemplares en otra de las tantas repisas, llenos de sustancias de todo el espectro de colores.
Aquella estancia podía compararse a la guarida de un mago que, por medio de su empeño, había reunido un generoso surtido de pócimas.
Nicolás retiró la tapa a la redoma para fisgonear y, antes de que Canches pudiera alertarlo, una explosión de humos espumosos reventó en su rostro, que quedó enmascarado en tonos negros y naranjas rojos.
Tosió como si fuera a exhalar los pulmones por la boca, y el rabino voló a por un trapo húmedo.
Se lo pasó por la cara para retirarle el hollín.
Despejada la nariz, y tras unos buenos toques en la espalda, comenzó a respirar mejor.
Por chamba, el potente ácido no le había hecho daño alguno porque no le salpicó, solo la humareda lo había alcanzado.
Maese Canches también fue a por agua y se la ofreció.
Flamel bebió el vaso entre estornudos y escupitajos herrumbrosos.
—No debisteis… —El rabí no pudo acabar de hablar.
Fue presa de un desaforado ataque de risa.
La barba de Flamel había quedado tricolor, y ese detalle sacó a la luz la parte más chistosa de Canches.
Nunca había visto unos pelos como aquellos y, aunque intentaba contenerse, era mirar al galo y desternillarse a carcajadas.
Su discípulo se sorprendió.
Era la primera vez que lo veía reír tan a gusto desde que lo había conocido, y se sintió contento por ello, a pesar de casi haber expectorado el alma en un arrebato de tos.
Estuvieron un rato dando un concierto a dúo, cada uno aportando su propia música, pero Flamel siguió deambulando para explorar.
El incidente no le había quitado las ganas de escudriñar la colección de objetos intrigantes.
—¿Y esto?
—preguntó por otro instrumento que le había llamado la atención.
Los había por todas partes, algunos «espumando» restos de humaredas, como volcanes recién dormidos que todavía escupen unas últimas fumarolas.
De vidrio o cobre, su caldera y el tubo de cuello de cisne le daban una forma sinuosa, que no pasaba inadvertida, como tampoco el hecho de estar maculado de babas verdes derramándose por las paredes —señal de que hacía poco se había usado—; se aglomeraban del mismo modo que la lava forma coladas cuando rebasa los cráteres.
Canches hizo el esfuerzo de no mirarlo para contestar sin estallar de nuevo en una explosión de carcajadas.
—Es un alambique.
A conjunto con las retortas, los instrumentos protagonistas en los procesos de destilación.
El rabí extendió el brazo en un amplio gesto para presentar orgulloso a su ejército de aparatos.
Nicolás echó un vistazo y atisbó, entre aquella copiosa jauría, una caterva de ejemplares que yacían sobre hornillos, de mucho menor tamaño que el atanor, que invadían por doquier; la destilación era, con diferencia, la operación más repetida en el laboratorio.
Maese Canches se dirigió hacia al atanor para que viera tres ejemplares de retortas que había dentro hirviendo.
Al levantar la tapadera, salieron despedidos los vapores que se habían concentrado con un sonido chirriante.
Husmeando entre esas nubes condensadas, Flamel contempló la bella forma de las vasijas esféricas de vidrio, con su largo cuello inclinado hacia abajo, que actuaba de condensador, permitiendo a los gases circulantes fluir y enfriarse.
Aunque también las había de cobre, alojadas a los alambiques de metal, de los que eran parte indispensable.
El maese cerró la cubierta y se acercó a unos cuantos de esos aparatos destiladores.
Se dispuso a hacerle una demostración de su uso.
—Lo primero es calentar la mezcla depositada en la caldera o la retorta del alambique —dijo a la vez que, agachado, encendía uno tras otro los hornillos.
Se paró delante de uno para describirle el proceso: —Al aumentar la temperatura, los productos más volátiles empezarán a ascender por el cuello de cisne —siguió la trayectoria ondulante con un dedo— que termina en un serpentín.
—Señaló el tubo en espiral dentro del condensador—.
Aquí, en el depósito de refrigeración, por el efecto del agua helada, los gases se condensan y se recogen en forma líquida en este vaso final.
De una ojeada, Nicolás descubrió ese recipiente de recogida, en bella forma cilíndrica, entre el resto de alambiques.
En contacto con las fuentes de calor, los fluidos del interior de los aparatos concentraron elevadas temperaturas.
Cual fuentes manando chorros, los caños de salida vertían líquidos en los vasos colectores.
Los humos inundaron la sala, como una locomotora atosigada; se coaguló una calinosa neblina de cariz sepulcral que flotó sobre los hornos, envolviéndolos en una blanca humedad que alteraba cuanto invadía y lo volvía irreal: en escasos minutos, la atmósfera del laboratorio lucía su característico toque sibilino.
A pocos pasos de distancia, el discípulo observaba a maese Canches, que, atrapado entre las nubes de vapores, encarnaba la figura del anciano alquimista meditabundo, de frente grave y larga cabellera blanca, recluso en un universo ajeno, repleto de incógnita.
Un ser perseverante que da la espalda al mundo y se ha olvidado de sí mismo, consumido por la labor que ocurre en medio del más absoluto silencio, en donde su conciencia vigilante se afana, paciente, por consumar el prodigio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com