LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 La fragua
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16: La fragua 16: La fragua 16 La fragua El rabino terminó de compartir el arsenal restante de aparatos con que contaba para llevar a cabo su trabajo: más sublimadores, lámparas, baños de agua, pesados morteros de fundición, coladores, batidores, vasos de mil y una formas…, sin contar con una serie de auxiliares como soportes.
—¿Habéis fabricado todo vos?
—preguntó Nicolás, incrédulo ante la multitud de material presente.
Acabó agotado ya de solo deambular por ese batiburrillo de faunas impresionantes, entre utensilios caducos e instrumentos de materiales extraños.
—Sí, todo cuanto veis lo han hecho estas dos.
—Movió las manos al aire—.
Aquí construyo las herramientas —reveló, dirigiéndose hacia el fondo de la sala.
La zona de metalurgia era un enclave básico de todo laboratorio, equipada con los útiles del alquimista: las pinzas, el martillo, las tenazas y tijeras, indispensables para faenar.
Calentó una barra de hierro en la fragua.
Cuando el metal estuvo al rojo vivo, lo dejó sobre el yunque, y con un martillo le dio forma con múltiples golpes, hasta que forjó unas tenazas.
Presto, gotas de sudor cayeron por su rostro y cabellos debido al esfuerzo y el calor.
Mientras disfrutaba del arte con que se manejaba su amigo, Flamel tuvo otro atisbo.
La figura del rabino, salpicada por ráfagas de vivos fogonazos y el tintineo del mazo batiendo sobre el yunque, devenía una metáfora del arquetípico camino del Iniciado: el forjado del metal, por la acción purificadora del fuego, era el proceso de transmutación del alma en un renovado estado interior que sucedía a todo hombre a lo largo de la Obra, condición sine qua non a la posterior transmutación de los metales.
Los filósofos eran los atemporales Señores del Fuego, elemento que dominaban para purificar las escorias, sanando los metales de su estado innoble a una maduración perfecta, y que se reflejaba en sí mismos mortificando las impurezas de su ego.
Un pensamiento inquietante cruzó por la mente de Nicolás: la metalurgia era también un trabajo que debería desempeñar como alquimista y, al imaginarse sudando en cada golpe, suspiró: —Así que un alquimista debe ser herrero… —Y vidriero —remató con un amargo retintín en su gruesa voz, señalando por el suelo las cañas de acero hueco que usaba para el soplado del vidrio.
Nicolás emitió un suave jadeo de resignación.
Los adeptos lo fabricaban todo ellos mismos, desde un simple vaso, hasta el propio laboratorio en los bajos de sus casas.
—Nadie dijo que sería fácil —comentó Canches, dando los últimos toques a las tenazas—.
¡Listas!
—celebró su nueva herramienta.
Las volteó unas cuantas veces, contemplando el hierro trabajado con la viva luz que las llamas regalaban, y aceptó el resultado con una mueca de aprobación.
—¿Creéis que conseguiremos descifrar el contenido del libro?
—preguntó Nicolás.
—¡Claro!
Déjeme ver.
—El rabino tomó el manual y tradujo del griego—.
Aquí dice: Ora, lee, lee, lee, relee, trabaja y encontrarás.
Eso debe referirse a la lenta y trabajosa vía de la alquimia.
—A lo mejor, que diga tres veces «lee» tiene algún sentido.
—Deben de ser las tres fases principales de la Obra, que incluyen siete más en su interior.
El discípulo, ansioso, saltó a otra cosa: pasó una página y señaló el grabado de una pareja que recogía el rocío retorciendo unas sábanas empapadas.
La misma estaba pintada en el laboratorio, justo en el muro que tenía delante.
—¿Qué significa esta imagen?
Canches se acercó a la pared para comparar las dos ilustraciones, y corroboró su parecido.
—Hay varias interpretaciones.
Algunos alquimistas creen que alude al rocío de la lluvia como elemento a introducir en el inicio de la Obra.
—Indicó la cortina de agua precipitándose desde el cielo—.
Otros van más allá: el rocío es una metáfora del espíritu dentro del huevo.
»Al principio de la Obra, los vapores despedidos son intensos y se posan en las paredes del vaso, formando gotitas de rocío, como la lluvia que vemos en la imagen.
Aunque creo que ambas apreciaciones son acertadas.
Flamel embebía de la sabiduría que brotaba de la boca de Canches y cada respuesta generaba más preguntas en su interior, como si su hambre por el conocimiento —un agujero negro con una voracidad insaciable y sin fondo en su corazón— se ensanchara en vez de apaciguarse con cada nuevo saber.
Se había adentrado: no habría vuelta atrás.
Desde ese momento, no paró de preguntar.
Así pasaron los días, e incluso madrugadas, recluidos en el laboratorio: descifraron códigos, compararon libros, tradujeron fragmentos, intercalaron espacios de pruebas y fabricación de herramientas; y tejieron un hilo de especulaciones que se convirtió en un laberinto sin salida del que ya nunca podrían escapar.
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