LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 La luz divina
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17: La luz divina 17: La luz divina 17 La luz divina Una vez Flamel recobró la salud, resolvieron viajar a París para trabajar juntos y descifrar la obra completa.
Era perfecto, los dos formaban un equipo inmejorable: uno poseía la experiencia; el otro, el libro que contenía la ciencia del mismísimo Abraham.
Sí o sí tendrían suerte en su empresa.
Antes de abandonar León, el maese insistió en llevarlo a la catedral de la ciudad, de obligada visita.
Para entrar, Canches guio a su discípulo hasta el pórtico occidental.
El Elegido debía acceder al templo por occidente para que siguiera un camino simbólico y ritual hacia oriente en una evolución circular que conducía al Iniciado de las tinieblas a la luz.
Pero antes de acceder, justo a las puertas de ese triple pórtico, Flamel recibió la primera sorpresa.
A simple vista, eran tres portadas de una iglesia cristiana.
En el centro, el Juicio Final; en su parteluz, Nuestra Señora la Blanca.
Y los laterales, dedicados a san Francisco y san Juan.
Al mirar con más detalle, en sus jambas, arquivoltas, tímpanos y demás parteluces, se descubrían símbolos e imágenes calcadas a las contenidas en el Libro Dorado de Abraham.
Lo dejó sin aliento.
A Nicolás le recordó a la catedral de Notre Dame y la clase magistral que había recibido del obispo Guillaume.
Sacó las ilustraciones que traía consigo y las adivinó, una por una, en ese formidable trabajo escultórico.
Encontró La matanza de los inocentes en la portada izquierda.
La cruenta imagen de un niño ensartado en la lanza de un soldado de Herodes convertía el episodio de la infancia de Jesús en una brutalidad, la misma de la ilustración que tenía en las manos.
Fue hacia la portada central: flanqueando la Virgen Blanca, san Pablo y san Pedro, con las llaves del reino en sus manos, el mercurio solar, alegoría de la operación alquímica de la multiplicación, abrir y cerrar, fijar y coagular, acompañados de ángeles con filacterias; unos portaban la corona de espinas sobre la cabeza de Cristo, otros músicos en las arquivoltas, todos con rasgos comunes a los recogidos en su libro.
Hubiese encontrado más, pero Canches, con una ligera sonrisa juguetona que delataba que él ya los había contemplado, lo avisó para entrar.
La Pulchra Leonina era una perfecta caja de cristal sujeta por brazos colocados con primor, al milímetro, con la precisión de un instrumento musical; como las demás catedrales góticas, un compendio hermético cargado de simbolismo en cada piedra, cada nicho, ojiva, enjuta y vidriera.
Levantada no solo por el empeño del amplio gremio de masones —herreros, albañiles, vidrieros…—, sino también por su maestría en la vieja Ciencia Hermética, era un reflejo de la ciudad legionense, adelantada en libertades y cuna de avanzados saberes tecnológicos, lugar de confluencia de los mayores cabalistas de la época, el conocimiento de los monasterios y las agrupaciones de constructores expertos alquimistas.
¡Cómo si no podría erigirse ese universo que desafía unir al hombre a la divinidad!
Una recreación alquimista del mundo y de sus leyes.
La planta cruciforme, representación de los cuatro puntos cardinales y los cuatro elementos, reproducía la figura de un hombre con los brazos abiertos.
Esa cruz latina tendida en el suelo asimismo era el crisol, donde la materia sufre como Cristo su pasión y resucita purificada.
A Flamel le llegó el impacto sensorial de los incontables vitrales, desde los ventanales inferiores de las naves laterales, subiendo al triforio hasta los más altos del claristorio; la luz colorida le golpeó el rostro y penetró en su alma; cuando contempló de cerca los arcanos bíblicos, algo cambió en el espíritu, un destello de luz en su conciencia le hizo intuir que se hallaba en terreno sagrado.
La vegetación grabada en los cristales le tocó el corazón y, recorriendo lentamente la nave, se apoderó de sí el sentimiento de Iniciado, liviano hasta tal punto que sintió que levitaba, amparado por los brazos invisibles del Señor.
Los rayos de luz se filtraban tomando diferentes tonalidades; y confluían en la atmósfera en una orquesta de colores que se antojaban celestiales.
Transportado, percibió la catedral como un receptáculo, una esfera fecunda para aquella luz, inmaterial, que fertiliza y penetra: la sacralidad, la misma esencia de Dios.
El efecto del mayor conjunto de vidrios medievales era en sí mismo una operación alquímica de transmutación del Iniciado.
Construidos a manos de los vidrieros alquimistas del gremio de masones, con la ayuda e intervención de las virtudes de la Piedra Filosofal —que teñía el cristal de colores—, transferían a la luz sus cualidades divinas.
Deambular por el templo se convertía en un baño del poder del Lapis Philosophorum.
Esos hombres habían sido los primeros peones en la Gran Obra, los arquitectos que, con materiales ordinarios, piedra a piedra, levantaron una obra diva y soberbia.
La propia entraña de la catedral era el atanor, encargado de transformar al adepto que irrumpía en su espacio inmenso, el cual, «robado» a las piedras de los muros, se reducía al mínimo posible; y alcanzaba el templo un summum lumínico que superaba a las mismas catedrales francesas.
El paso de la oscuridad de la piedra de las antiguas iglesias a la luz de los vitrales convertía a las góticas en verdaderos símbolos de la Piedra de los Filósofos.
Y el efecto transmutador, místico incluso, que producía en numerosos visitantes, capaz de cambiar un alma atea en creyente en una sola visita, era el primer contacto directo para muchos, sin saberlo, con la Piedra Filosofal.
Cuando Nicolás reparó en el gran rosetón, la voz de Canches susurró en su oído, sacándolo de su estado hipnótico: —Ante vos, los colores de la Obra.
—Sonrió al ver el estado de éxtasis en que se hallaba su amigo.
—¿Todos ellos?
Verificó la cantidad de tonos de las vidrieras: amarillo, verde, azul, naranja, rojo…, un arcoíris que se reflejaba en forma de haces luminosos en su faz, resplandeciendo en un centelleo colorido; entendió por qué su maestro había insistido en llevarlo a ese lugar: aquello no podía ser explicado con palabras, sino vivido en primera persona.
—Todos.
—Se enterneció al comparar a Flamel con el peregrino cuando vaga en medio de la noche y se fascina ante un firmamento cuajado de una abigarrada miríada de estrellas—.
En la Obra, la materia sufre su propia transformación, pasando por este espectro cromático.
El rosetón es un jeroglífico del fuego alquímico y la duración de la cocción de la materia inicial.
»Los alquimistas lo llamamos la Rueda, por la naturaleza cíclica de los procesos que se repiten incesantes en el laboratorio.
Es un signo ígneo de los dos fuegos que se precisan en la Obra: el de rueda, el fuego elemental que el adepto mantiene constante en el atanor, y el fuego secreto de los filósofos.
Por ello, la luz blanca del exterior deviene en embriagadores colores, por la acción secreta y mágica del fuego impregnado en los cristales.
—¡Me hacen sentir!
—No están coloridos por métodos comunes.
Los vidrieros consiguen en sus hornos que el espíritu se fije en la materia y se coloree a sí misma.
Cuando eres tocado por la luminosidad que se filtra por esos vitrales —el rabino cabeceó embargado de emoción— que transmutan la propia luz física (lumen) en luz espiritual (lux), sientes una caricia divina.
Empapado de color, maese Canches cerró los ojos e inhaló profundo para deleitarse con la experiencia, como si quisiera aspirar esa luz mágica para llevársela consigo.
Flamel lo imitó, y ambos tomaron un rato ese «sol» de la Piedra Filosofal.
Después, rondando por el ábside, en los espacios de las enjutas leonesas, descubrió parejas de dragones, otros animales y elementos del universo alquimista.
Uno de ellos le evocó una imagen recogida en su libro: dos dragones, uno alado y otro áptero, enzarzados en el furioso combate que supone la fusión entre azufre y mercurio.
Avistó muchos más: un león enfrentado a un dragón —en el laboratorio, el azufre que se une con el mercurio, el mismo significado que el anterior—; y otros solitarios o entreverados con otros personajes o bestias.
Nicolás lanzó una mirada cómplice a su maestro: no fue necesario intercambiar palabra alguna.
No habían terminado.
Bautizado por el fuego de la luz alquímica, cortesía de los masones, Canches lo llevó a la parte subterránea de la catedral leonesa.
Había visto el alma y el espíritu del templo, le faltaba el cuerpo.
Así el hombre guarda secretos, la bella Leonina tenía sus pasadizos oscuros.
Para alumbrarse, el maese sacó una lámpara de aceite de su talega y la encendió.
Descendieron por una escalera secreta a la cripta de Puerta Obispo, desconocida todavía para el mundo.
Emplazada sobre restos de anteriores construcciones, se encontraron con un complejo balneario romano.
Los baños de las grandes termas legionarias, cuya dimensión superaba al perímetro del templo catedralicio, invitaban a ser explorados.
Las ruinas inducían a recrear escenas del pasado: soldados relajándose en aguas calientes y aire vaporado, rememorando bravucones las heroicidades de sus gestas… No interesaban al rabino.
Los esperaba la Virgen Negra.
Tras un fino lienzo en la cavidad abierta en la roca, escondida y conocida para muchos alquimistas, la Madre esperaba para bendecir a su Elegido con su espíritu.
Y su Hijo…; la encarnación de la sustancia universal, personificada en Jesucristo en sus brazos, era también la tierra negra, el caos de la materia primordial que debe transmutarse.
El altar no tenía desperdicio.
En cada detalle de la policromía de la Virgen se leía un símbolo hermético.
La oscuridad de la estatua —la tez mate y los ojos foscos— venía a indicar la putrefacción primera de la sustancia, el Iniciado recién llegado con la escoria que debe ser retirada.
Y en su silencio escondía un misterio; en su condición de humana, fue escogida para la experiencia iniciática más perturbadora: la encarnación de aquello que es más que humano, el Cristo.
Por eso es dueña y representa la más grande conquista de los Elegidos: lo deífico gestado en la esfera terrenal.
Sus ropajes, una saya blanca con motivos rojos, aludían a las siguientes fases, la Albedo y Rubedo.
Los joyas y accesorios dorados, junto con los rayos solares de su cabeza, el oro que deviene de la Obra.
En la cripta bajo tierra, el espacio subterráneo propio de las catedrales medievales, los Iniciados acudían para redimirse a sus pies.
Sin obedecer más que a su instinto, Flamel se arrodilló y rogó en su fuero interno para obtener su permiso.
Canches bendijo al pupilo colocándole una mano sobre la cabeza; desde el silencio, por respeto a no turbar su sosiego, ambos corazones le imploraron bienaventuranza en la odisea hermética a la Majestad, Matrona de la saga de los Filósofos.
Ese ritual del viaje iniciático auguraba auspicioso para aquellos que, antes de poner la mano en el arado del Magisterio de la alquimia, descendían a encomendarse a la Negra para volver a ascender, morir para renacer, un primer eslabón del humilde que comprende que debe rectificarse en el camino recto.
En suma, un acto simbólico del VITRIOL de los filósofos: «Visita el interior de la Tierra y, rectificando, encontrarás la piedra oculta».
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