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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Llegada a Francia
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18: Llegada a Francia 18: Llegada a Francia 18 Llegada a Francia Alcanzaron la costa asturiana a lomos de dos asnos y allí tomaron una galera hacia Nantes.

Había arribado el invierno.

En la travesía, azotada por fuertes temporales, Canches sufrió de intensos mareos, que día sí día también le hacían vomitar.

Aun con la incomodidad del mar embravecido, aprovecharon el tiempo para discutir sobre el Arte Magna, apartados del resto, con los que ni compartieron un saludo; encarnaban dos sabios de la antigua Grecia enzarzados en interminables discusiones filosóficas que los desconectaban de la realidad.

Cuando pisaron tierra gala, se sintieron por fin en casa, cerca de ponerse manos a la obra.

Desde Nantes, pasaron por Tours y de allí a Orléans, el último destino antes de París.

Acababan de llegar a Orléans y era bien entrada la noche, cuando maese Canches comenzó a sentirse indispuesto.

Desde el viaje en barco había estado mal, pero en las últimas horas había ido in crescendo; se encontraba pálido, con sudores fríos, tremendos mareos, vómitos y con debilidad generalizada, tanto que se tumbaba en peso muerto sobre el pollino porque era incapaz de mantener el tronco erguido.

—¿Se encuentra bien, maese?

—preguntó Nicolás, afligido al oír las ruidosas arcadas de su compañero.

—Sí, no es nada —restó importancia una vez más.

Se habían pasado horas lanzándose esa misma pregunta y respuesta, como una pelota en una partida de ping-pong, pero el escribano se había cansado del juego y pensaba en una solución.

—Encontraremos una posada.

Allí pediremos para ver un médico.

—¡Estoy bien!

—dijo con voz cansada.

Y añadió en tono de indignación, aunque Flamel sospechó que era simulado para que lo dejara en paz: —Además, ¡yo soy médico!, ¡no necesito que me digan lo que ya sé!

—Tras la última palabra le sobrevino una arcada seguida de un vómito.

—Paremos —ordenó Nicolás, apeándose del borrico, y se acercó al rabino.

La oscuridad de la noche le impedía advertir el lamentable estado en que se hallaba su amigo, pero los vómitos, cada vez más fuertes, eran un claro indicio de que se encontraba peor de lo que se negaba a admitir.

—Usted no está bien.

—En el mar ya los tenía.

Son una secuela de los mareos padecidos en el barco —se excusó con voz forzada y nulas ganas de hablar.

La respuesta no calmó a su discípulo; al contrario, que siguiera con vómitos en tierra reforzaba la idea de que se encontraba enfermo y no eran debidos a los mareos.

—¿Tiene otros síntomas?

—Me siento flojo, pero debe de ser por el largo camino recorrido —admitió a regañadientes, aunque sorprendió con unas carcajadas sinceras, fruto de su estado convaleciente—.

Y no vayamos a negarlo, ¡mi edad no ayuda!

—En la posada pediremos un médico —insistió, con un acento de no posible negociación, y volvió a subirse a lomos del asno.

Empezó a llover a cántaros.

A los pocos minutos, unas luces lejanas, las únicas en medio de la negrura de la noche, los condujeron hasta un albergue.

Los dos faros eran antorchas que, encendidas hasta el amanecer, replegaban a las almas perdidas a altas horas en busca de refugio.

Delante de la entrada, Nicolás tocó fuerte con el puño de la mano que tenía libre; con la otra, sujetaba a su compañero, incapaz de mantenerse en pie por sí mismo.

Un hombre les entreabrió la puerta lo suficiente para escucharlos, quedando detrás de ella a modo de escudo.

Flamel y Canches solo veían la luz de unas velas a la altura de sus caras, por lo que sintieron estar en la presencia de nadie, o de un fantasma, una entidad sin rostro y manifestada por luces errantes que auguraba misterio.

—Señores… —La voz del posadero llegó a ellos a través de una bruma espesa.

Y asomó un ojo para inspeccionarlos.

—Buscamos cobijo para pasar la noche.

—La voz de Nicolás también flotó en el aire, helada—.

Mi amigo no se encuentra bien, ¿conoce algún médico?

—Hay un hospital en la ciudad.

Abrió la puerta un poco más porque el buen aspecto de los peregrinos le había inspirado confianza, tan escasa en aquellos tiempos.

—Iremos mañana si no encuentro mejoría —atajó el maese, que intentaba eludir por todos los medios ser atendido.

—¿Sois peregrinos?

—preguntó el fantasma porque Nicolás vestía de tal guisa.

—Venimos de España.

La puerta se abrió del todo y los recién llegados entraron.

En un pispás, y alumbrados por la estela de luz del candelabro que portaba el posadero, fueron conducidos escaleras arriba hacia una habitación.

Aquello era inhumano.

Solo cruzar la puerta, un chaparrón cayó sobre sus cabezas.

La humedad estaba impregnada en las paredes, el suelo, las camas y el aire, hasta se filtraba en forma de goteras desde el techo agrietado.

Flamel llegó a pensar que hacía más frío dentro que fuera.

La mezquina luz de una candela sobre la mesita apenas alumbraba, así que la oscuridad ofuscaba la negra capa de mugre incrustada en cada palmo del cuarto; mas el olor sí era notable, un nauseabundo aroma de recuerdo de otros huéspedes que, por falta de hábitos, habían dejado su sello.

El hedor era una esencia a base de sudor y fluidos corporales, incluso orín y Dios sabe qué, de pasantes de la ciudad.

—Mirad lo que tenemos aquí… —Nicolás levantó un orinal que yacía a los pies de una de las camas.

Lo vació por la ventana y se lo acercó a su maestro—.

Si lo preferís, podemos ir al hospital ahora —insistió—.

Este frío no es conveniente para su estado.

—El frío no tiene nada que ver, hermano.

No se preocupe por mí —concluyó, tumbándose sobre el camastro.

Estaba tan cansado que ni notó las pulgas, chinches y piojos que vivían en las sábanas: un enjambre de parásitos que se cebaban con la piel de los viajeros, que podían darse por satisfechos si pasar por la inclemencia se quedaba solo en eso, una incomodidad nocturna, sin pillar alguna enfermedad.

La noche transcurrió lenta.

Los escandalosos vómitos del rabino estremecían a Flamel, que temía que acabara exhalando el alma en el orinal, hasta el punto de pensar en salir en busca de un médico para traerlo a la posada.

Por la mañana, las excusas no sirvieron más y lo obligó a ir al hospital; estaba flojo y le había subido la fiebre.

No podía sostenerse en pie y tuvo que llevarlo a cuestas hasta su asno.

Por el camino —que Canches recorrió tumbado de lado sobre el burro—, el Elegido se reprochó no haber hecho caso a su instinto, que desde un primer momento había percibido la gravedad.

Gracias a Dios que el edificio quedaba cerca y en un soplo estaban ahí.

Cuando entraron, los sanitarios recomendaron hospitalizar al rabí.

Lo llevaron a una «sala del horror», abigarrada de enfermos por doquier.

Sus lamentos eran quejas desesperadas de dolor, y hasta el aire olía a enfermedad y desespero.

Una antesala al infierno en la tierra de condenados a muerte.

Los cuerpos desvalidos, tirados en los camastros e incluso por el suelo como despojos humanos, se hallaban a punto de expirar: algunos aún tenían fuerzas y se retorcían, disconformes; otros habían desistido de luchar, el fino hilo de vida estaba presto a resquebrajarse y su alma se preparaba para la fase de volar.

Sus carnes, en el mejor de los casos amarillentas, rezumaban color a dolencia.

Un médico mandó tumbar a Canches sobre una cama que justo se había quedado libre porque se acababa de morir el paciente que la ocupaba.

Lo examinó a lo rápido y preguntó: —¿Cuánto lleva así?

—Hace unas semanas empezó con los vómitos en el barco.

—¿De dónde veníais?

—De España.

¿Se pondrá bien?

—El tiempo dirá —musitó el médico con voz espesa, evitando la mirada de Nicolás; confuso, se dispuso a explorar al enfermo.

Flamel leyó en sus ojos que no habría un buen final.

Lo supo, su intuición era infalible y, aunque no quería creerlo, no podía mentirse.

El alma de Nicolás se desgarró, y le asió la mano a su maestro.

—Todo irá bien —mintió piadosamente.

—Acabad la Obra por mí.

—Canches expresó su última voluntad con una sonrisa sincera, consciente de su destino.

El rostro del rabino palideció más y los sudores fríos se intensificaron, pero en la expresión de su mirada brillante el galo advirtió la gratitud que sentía por él; y unas lágrimas cansadas cayeron antes de que los párpados se cerraran para reposar en paz unos momentos.

Permanecieron una semana en el hospital, donde fue atendido de la mejor manera que se podía esperar.

Su discípulo estuvo a su lado de manera incondicional; al séptimo día, afligido por irrefrenables vómitos, se liberó del tormento.

En ese tiempo, Nicolás atestiguó el proceso de la lenta disolución de una vida.

Había días que parecía que Canches revivía por momentos, y después se reducía la esperanza.

Un debate constante entre la vida y la muerte que le recordó la vaga franja de penumbras que separa ambos mundos y todos hemos de cruzar, la misma que media entre el éxito y fracaso, el amor y el odio, y demás millares de contrarios.

Flamel sintió la pérdida en lo más hondo de su ser, pero, como buen cristiano, la fe en la nueva vida consoló su enlutado corazón.

No era una despedida, sino un hasta luego, un ya nos veremos, una separación temporal hasta que la gracia divina acogiera asimismo el alma en su seno.

Como cualquier devoto cristiano haría, llevó a enterrar sus restos en la iglesia de la Santa Cruz de Orléans.

En esa triste ceremonia, comprendió que la amistad no se rige por el tiempo.

Su contacto había sido breve, como una flor que un día medra esplendorosa y al otro se mustia, reduciéndose a un tallo marchito que enseña que solo se trató de un espejismo fugaz; pero había sido suficiente para que su amigo le tocara el corazón.

Sintió que una parte de él también era sepultada y, a la vez, un retazo de Canches quedó latente para siempre en su interior.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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