LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 La Gran Obra
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20: La Gran Obra 20: La Gran Obra 20 La Gran Obra Los siguientes tres años, se recluyó en un laboratorio que construyó en el sótano de su casa.
Había visto el de Canches y disponía de sus observaciones, así que supo cuanto era necesario para armarlo.
Las noches se le hacían cortas y por la mañana se quedaba dormido en la librería; acabó contratando a un librero para que lo sustituyese a jornada completa.
Día a día, la obsesión fue cogiendo más fuerza, un pozo insondable que nunca podría ser ahondado, inagotable, una carrera frenética para ensayar un poco más; una mezcla, una operación, una variante a cuantas pruebas había intentado, pero no acababan de cuajar; tenacidad y constancia eran los mantras que regían la recluida vida de Nicolás.
En ese tiempo, se estudió y releyó cuantos tratados poseía.
Entre páginas, rogaba con la ayuda de un rosario a todos los santos conocidos, en especial a Santiago y a san Juan.
El Libro Dorado, su Biblia como alquimista, lo había estudiado a conciencia; cada figura y símbolo había sido analizado, y había escrito anotaciones de sus conclusiones.
Cada uno cargaba con un significado importante para el desarrollo del Magisterio, incluso su formato era una pista numérica: sus veintiuna hojas, tres veces siete, recordaban las tres etapas principales de la Obra, los siete planetas y los siete metales.
El laboratorio lucía abigarrado de estampas y grabados de las figuras jeroglíficas del Libro de Abraham, la mayoría religiosas.
Lo había dejado hecho un santuario.
Y la fe en su alma aumentó por la firme convicción de que sería asistido desde el otro lado.
En ocasiones, hablaba con Canches, poniéndolo al día de los avances cuando había logrado alguno.
Lo alentaba, dándole mensajes de ánimo, aunque era él quien los necesitaba porque con frecuencia perdía la paciencia y la esperanza, y dirigirse a su amigo era un alivio.
También se sentía en deuda con él.
Se lo había prometido en el lecho de muerte y haría lo que fuera para cumplir su palabra.
Por su parte, Perenelle lo consolaba con paciencia, llevándole la merienda, comida y cena al laboratorio; cuando estaba inmerso en sus labores, no había quien sacara a su marido de aquella obcecación.
Muchas veces, la impotencia contenida resbalaba en forma de lágrimas por sus mejillas.
«¡Lo lograrás!», le susurraba ella, pasando una mano por el hombro para insuflarle los ánimos que había perdido por momentos.
Sus palabras siempre reconfortaban al Iniciado, lo animaban a seguir y, sobre todo, a no dar por perdida la batalla.
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