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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Los frutos
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21: Los frutos 21: Los frutos 21 Los frutos La Piedra es un pálido Anciano al principio, un rubicundo Joven después, y luego un Niño colorado.

DURANDO 1382, París Era una tarde soleada de primavera, pero Flamel no era consciente del buen tiempo, confinado en su guarida.

Llevaba semanas sin pasar por la librería y tampoco había dormido ni pegado bocado en varios días; incluso una barba voluminosa indicaba que no hubo tiempo para nada, con la que parecía un vagabundo extraviado en un mundo aparte que solo él se atrevía a regentar.

No había marcha atrás.

Estaba tan cerca… Lo presentía, lo olía en el ambiente vaporoso que invadía su refugio.

Por el suelo, estaban desperdigadas las pistas de la portentosa operación: cantidad de utensilios y recipientes, por los que sentía aprecio tras haberle dispensado variopintas experiencias de éxito y fracaso; destilaciones, calcinaciones, purgaciones, sublimaciones y hasta repentinas explosiones, lo que había supuesto tener que empezar de cero varias veces.

Sin embargo este último proyecto había resistido bien hasta el momento.

El huevo filosófico, madurado a un ritmo pausado durante nueve meses, y por el que habían pasado casi la totalidad de los colores de las vidrieras de la Pulchra Leonina, parecía a punto de llegar al momento cumbre de eclosión.

Abrió una vez más el horno que guardaba el crisol en su interior, y el esperado escarlata —el último color que tomaría la materia si las operaciones se habían realizado correctamente— se resistía a aparecer.

Pero no alteró el alma del judío; si había una capacidad que el Magisterio de la alquimia había otorgado al Iniciado, era la paciencia.

Volvió a cerrar la mirilla y rezó, arrodillado.

Sabe Dios las ocasiones que su siervo lo llamó para suplicar otro favor, un auxilio para dar un paso adelante, un rayo de luz en su discernimiento que disipase todas las sombras e iluminara un atajo para salir de la confusión.

De nuevo, ofreció una plegaria, expectante pero sosegado, con la solidez de una roca y el espíritu rebosante de certeza; y su silueta, envuelta en una neblina de vapores, alumbrada por la tenue luz del atanor, recreaba la apariencia de una figura fantasmal.

Perenelle abrió insegura la puerta y dejó a sus pies un plato, uno de los muchos que yacían en desorden sobre las baldosas de piedra y que su esposo ni había mirado.

Consciente de la extrema presión bajo la que vivía su amado, se marchó para no causar ninguna molestia.

No había subido dos peldaños, un grito de euforia resonó con tal fuerza que hasta lo sintió vibrar por el cuerpo.

Trastocada, entró en el laboratorio, y fue sorprendida por una avalancha de luz en reflejos dorados y bermejos, tan intensa como un sol naciente.

El laboratorio era lo más parecido al cielo en la tierra.

Perenelle puso los brazos delante de los ojos, a modo de escudo, y buscó entre esa luminiscencia a su marido.

Flamel salió también a su encuentro y, al toparse, se quedaron plantados frente a frente, sin mediar palabra; el rostro del alquimista expresaba todo lo que era incapaz de decir.

Quedó abismada con la fuente de la luz: la Piedra Filosofal, de coloración roja viva como el rubí, con sus inconfundibles relumbrones escarlata, esplendía entre las temblorosas manos de su esposo.

Perenelle no concibió otro acto que fundirse entre sus brazos.

Sobraban las palabras porque no había ninguna, ni de entre las más bellas poesías gestadas por el hombre, que alcanzara a expresar lo que sentían en ese momento.

Nicolás se vio obligado a sentarse porque había terminado exhausto.

A lo largo del proceso, gran parte de su energía vital y su espíritu habían sido absorbidos por su obra.

Empero, era tal la fascinación por el prodigio que acababa de ocurrir que no se dio permiso a estar en la banqueta más de unos segundos.

Ambos permanecieron con la mirada prendida en la recién llegada al mundo.

Como un reflejo, sus trémulos ojos deslumbraban como aquella soberana panacea hecha perfección.

Flamel la alzó al aire en señal de victoria y levantó la cabeza, orgulloso por ser partícipe del alumbramiento de tan primorosa creación; se veía como una estrella acabada de nacer, un misterio entre la inmensidad de un cielo vacío, único e inigualable, sin ningún otro cuerpo celeste que la pudiera empatar.

El Elegido no cabía dentro de su propia piel, se sentía lo más próximo a un dios por haberla engendrado, y a la vez insignificante y eclipsado por ella, así la estela del meteoro se dispersa entre la titilación de un firmamento exuberante.

Contra toda oscuridad, el pedrusco cristalizado resplandecía alba pureza de áureos reflejos tan potentes que se vieron impelidos, muy a pesar suyo, a dejar de solazarse con la inconmensurable belleza que exhalaba la joya.

Por sus mentes rondaba que aquello era imposible, una utopía que pocos locos se atreverían siquiera a soñar; ahora bien, era lo que la Providencia tenía reservado para ellos.

Se postraron sobre sus rodillas y, entre lágrimas, rogaron al cielo para expresar la inconcebible gratitud que albergaban por su Dios.

El sueño quimérico se había consumado: en la forma de esa gema, al fin se revelaron los designios del Altísimo.

Y aunque ni el mismo Flamel comprendía por completo el porqué, el cómo o los detalles invisibles de la mano del Señor tras el milagro, solo importaba que lo había logrado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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