LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Primera transmutación
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22: Primera transmutación 22: Primera transmutación 22 Primera transmutación Si se encontrara nuestro objeto en su último estado de perfección, hecho y compuesto por la Naturaleza, si fuera fusible como la cera o la manteca y su rojez, su diafanidad y claridad apareciera en el exterior, sería en verdad nuestra bendita piedra.
MICHAEL SENDIVOGIUS Había llegado el gran momento.
Perenelle la bañó en una pila, y se apaciguó su desorbitada luminiscencia.
Flamel tomó un viejo tubo de plomo y lo llevó al horno dentro de un crisol de arcilla-grafito apto para derretir metales.
Cuando se fundió, con la ayuda de una lima, rasgó la Piedra: el cuerpo cristalino, diáfano de masa roja, mutó a un tono citrino después de su trituración; densa, fusible y fija, a cualquier temperatura resultaba incalcinable, incisiva, penetrante e irreductible; era soluble en vidrio de fusión y volatilizable al proyectarse en metal fundido.
El alquimista concedió a Perenelle el honor de introducir los polvos rojos de proyección —esas finas partículas limadas de la Piedra—, previamente envueltos en cera amarilla para compactarlos y penetrar así en el plomo.
Demostraría si la Piedra contaba con la virtud de proyección, de replicarse a sí misma sobre la materia.
Al igual que la matriz de una mujer es fecundada, y a imagen y semejanza da a luz a un nuevo ser, las partículas del Lapis Philosophorum iban a ser las semillas que convertirían un metal inferior en oro de la mejor calidad, al más alto grado de pureza, con sus mismas virtudes divinas de perfección y eternidad.
Al poco, la materia entró en ebullición y unos crepitantes silbidos parecían anunciar que ocurriría el prodigio.
La tensión se cortaba en el aire.
La respiración disminuyó.
Ambos estaban contenidos e, inconscientemente, se reprimían hasta inhalar, no fuera que sus exhalaciones interfirieran en la prueba.
Pasaban los minutos y la materia seguía intacta.
Aunque en algún momento aparecía alguna variación, su acrecentado estado de ansiedad les impedía apreciarla.
Flamel sudaba la congoja por la frente.
Perenelle, que no tenía idea de aquello, leyó en la expresión de su semblante que algo no iba bien.
No se atrevió a preguntar.
Rezó con toda la fuerza de su corazón.
El judío se sumó a su esposa.
Los ruegos que salían de sus bocas, cargados de genuina esperanza, empezaron a actuar como catalizador entre el Creador y la materia, en un intento por unir lo divino y lo terreno.
En profunda comunión con la consciencia universal, la consciencia del alquimista fluctuó a un nuevo estado y, de manera invisible, operó en el plomo.
Su cuerpo se llenó de luz: Nicolás era un canal, la quintaesencia, el agente vital necesario para convertir el plomo en oro.
En un acto mágico y de naturaleza espiritual, las vibraciones emitidas de su alma mutaron la estructura interna del metal, tal y como acababa de ocurrir en su interior.
Aquel proceso era la culminación de la Obra de la Alquimia, era el Amor, la misma esencia del Gran Corazón.
El cambio era tan notable que hasta ellos lo podían observar: ante sus atónitos ojos, la totalidad del metal fundido había cambiado de color grisáceo a dorado, signo de la transmutación.
Cautivados por el deslumbrante brillo del metal líquido, se permitieron quedarse en estado de admiración y desconcierto.
Su mera existencia sobrepasaba cualquier comprensión.
Suspiraron y sus pupilas, elevadas en veneración por su Dios, se llenaron de lágrimas.
Efectuaron el mismo procedimiento con mercurio y otros metales innobles.
Y también obtuvieron oro, un oro fino, puro y más maleable que el común.
Unas horas después, Flamel se sentó porque se hallaba agotado.
De igual modo que con la Piedra Filosofal, gran parte de su energía y su espíritu habían sido absorbidos en el proceso.
Ríos de oro líquido brotaban de sus crisoles.
Aquello era imposible, si bien eran los designios de Dios.
El éxito supuso el inicio de una carrera frenética de fabricación, lingote tras lingote, hasta tal punto que se sintieron desbordados.
En poco tiempo, acumularon tal cantidad de riqueza que sus corazones cristianos no podían abrazar.
Lo que había sido intercedido por el Señor y los bienaventurados santos debía ser compartido con las gentes.
Se construyeron una casa de mayor tamaño en la cercana rue de Montmorency para construir un laboratorio gigantesco en la parte subterránea.
El matrimonio emprendió una labor altruista sin precedentes en Francia, movido por la sensibilidad hacia los más menesterosos: ancianos, pobres, enfermos, huérfanos… Financiaron asilos, tres capillas, siete iglesias, catorce hospitales, numerosas reparaciones a monumentos y destinaron una cantidad indefinida a obras de caridad anónimas; también colmaron de bienes a sus familiares y amigos cercanos.
Incluso adquirieron propiedades y fincas.
La fama de tan respetable ciudadano se extendió por el continente, e incluso Carlos VI el Bien Amado mandó llamarlo para que contribuyera con su fortuna a aumentar las arcas reales francesas.
Nicolás, como ciudadano ejemplar, correspondió a su monarca.
Pero no solo su alma fue generosa para compartir sus posesiones, quiso esparcir la sabiduría hermética sobre todo aquel que pudiera abrazar la bendición que, por la divina misericordia, había llegado hasta él.
Conforme el oro brotaba a raudales de los crisoles, de su corazón emanaba un manantial equivalente de benevolencia y misericordia para con el prójimo.
Ordenó colocar en un arco del cementerio parisiense de los Inocentes —algunas en pinturas y otras en esculturas— las figuras jeroglíficas del Libro Dorado de Abraham.
Como la mayoría de imágenes poseían un carácter religioso, a simple vista, no levantaron la menor sospecha a los desconocedores de la alquimia.
Ahora bien, para aquel entendido en el Arte, dejaban al descubierto cada una de las principales operaciones del Magisterio.
Eligió pintarlas en el camposanto para recordar a los hombres su destino tras esta vida pasajera y la humildad que exige la Obra en el corazón de cualquier alquimista.
Entre las más notorias, la del día del Juicio Final: un hombre y una mujer rogando a los pies de san Pablo y san Pedro, acompañados de una inscripción: «Veo maravillas que me maravillan».
Su simbolismo teológico apuntaba al camino hacia la vida celeste y la resurrección de los muertos, mas su significado hermético aludía a la figura del filósofo que se vanagloria al ser testigo de las admirables obras de Dios en la transmutación de los metales.
O la de los dos dragones, uno negro y otro azul, enzarzados en una encarnizada lucha, ambos con las alas doradas, las cuales representan los pecados que se alimentan unos de otros; y el oro que las cubre, el mayor de ellos: la sed de riqueza del hombre mundano.
Pero el significado alquímico era el azufre y el mercurio, y el oro que se consigue de ellos.
Encargó muchas otras imágenes e inscripciones: la escena bíblica de La matanza de los inocentes, la serpiente crucificada en la cruz, el caduceo de Hermes, el respetable anciano con el reloj de arena y la guadaña o la flor encima de la montaña…, con el noble fin de dar a conocer la sabiduría oculta para quien pudiera ver, y como agradecimiento a su amado libro y a Abraham.
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