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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 La huida
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23: La huida 23: La huida 23 La huida 1410, París El matrimonio pasó cerca de tres décadas de felicidad.

La vida les había sonreído de un modo que pocas gentes en este mundo podrían imaginar.

Desde la adquisición de su fortuna, Flamel había sido un pionero en la introducción de la alquimia en su reino.

Al igual que Abraham, al realizar la Piedra Filosofal había obtenido la capacidad de precognición para contactar mediante sueños con los nuevos Elegidos.

Había tenido contactos oníricos y encuentros con esa casta tan privilegiada, que iban de simples paisanos a eruditos prestigiosos y eclesiásticos de todos los rangos.

Como un pescador de hombres, había reclutado a su corte de discípulos.

El Arte Magna se encontraba en su mayor apogeo en París.

Aun así, Flamel no tenía conocimiento de que ninguno de sus Elegidos hubiese logrado realizar la panacea.

Mas no se desanimaba y, con enorme satisfacción, instruía a aquellos que presentía eran dignos de tan inestimables conocimientos.

Esa había sido la contribución de la Ciencia Sagrada a través del alquimista: lo había dotado de una sobresaliente capacidad para captar y enseñar a Iniciados.

Y su mayor conquista sobre sí mismo había sido transcender su tendencia innata a una vida cómoda y predecible, de hábitos rígidos y monótonos, poco abierta a la aventura, lanzándose a un viaje de peregrinación que había comenzado con el camino de Santiago, pero nunca terminaría.

En esos años, había estrechado lazos fuertes con el obispo Guillaume y habían compartido gratos momentos de intercambio de ideas, prácticas alquímicas y consejos maestros.

Aunque no había sido elegido, Flamel se sentía en deuda con él por haberlo guiado a España y haberle enseñado cuanto sabía de alquimia, así que le devolvió la buena voluntad compartiendo con él parte de su saber.

No obstante, por precaución, nunca le confesó que había obtenido la panacea.

Hacía un año que el obispo Guillaume, en virtud de haber sido proclamado papa, había abandonado París para residir en Roma.

De súbito, publicó un edicto contra la alquimia, que retiró a los miembros del clero de la práctica del Arte.

No solo eso.

Exigía responsabilidades a aquellos de quien se tuviera la más mínima sospecha de estar ejerciéndola.

Todas las fuerzas de la Iglesia se alinearon para perseguirla y erradicarla.

Una auténtica caza de brujas se extendió como la pólvora, y hasta la Santa Inquisición tomó parte como órgano de supresión de la «herética» Ciencia Alquímica, rebajada al nivel de la brujería.

Miles de alquimistas y no alquimistas, pues muchos fueron tildados de ello sin pruebas, fueron capturados y torturados para que admitieran los detalles y secretos de la Ciencia.

Al no obtener las confesiones esperadas, algunos casos por desconocimiento y otros por lealtad a la alquimia, fueron encarcelados o, en el peor de los casos, colgados o quemados vivos en plazas públicas.

En poco tiempo, las mazmorras de los castillos y palacios se abarrotaron de «herejes».

Una sombra se cernió sobre el continente.

Una oleada de oscurantismo, represión y barbarie, en una sociedad ya devastada por la hambruna, enfermedad y pobreza, asoló Europa bajo la tiranía de la Iglesia.

Cuando el escribano tuvo conocimiento del drástico viraje de la orientación eclesiástica, no entendió que su férreo admirador y amigo Guillaume hubiera cambiado tanto de la noche a la mañana.

Aquello no tenía ningún sentido; su más ferviente seguidor en contra de la Amada Ciencia, persiguiendo a muerte a los filósofos y desbancando del seno de la Iglesia a todo sospechoso como si fuera un proscrito.

Con más de ochenta años, aunque de aspecto no había envejecido un solo día, y sintiéndose en peligro en su propia tierra, Nicolás ideó simular su propia muerte y la de su esposa para emigrar a otros países.

Diseñó sus lápidas, talladas con misteriosos signos alquímicos; tras un falso entierro, salieron de Francia para escapar de la persecución.

Guillaume envió a unos ladrones al cementerio para exhumar las tumbas y cerciorarse de la veracidad de la muerte del alquimista más poderoso conocido.

Al encontrarlas vacías, lo supo.

Flamel había hallado lo que él venía persiguiendo desde hacía tanto y le había sido negado, aun cuando llevó una vida de entrega incondicional al Señor; y la furia ciega del papa intensificó la caza con mayor severidad.

A partir de entonces, los alquimistas pasaron a ser una sociedad soterrada.

Trabajaban en el anonimato y la soledad de los laboratorios, secretos y subterráneos, la mayor parte del tiempo en la noche, con la amenaza perpetua de la Iglesia como espada de Damocles acechando sobre ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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