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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 El genio entre genios
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24: El genio entre genios 24: El genio entre genios SEGUNDA PARTE LA EXPANSIÓN DE LA GRAN OBRA EL GENIO ITALIANO «Fija tu rumbo a una estrella y podrás navegar a través de cualquier tormenta».

LIONARDO DI SER PIERO DA VINCI 1 El genio entre genios 1517, Francia Más de un siglo peregrinaron por Europa.

En ese tiempo, Flamel escribió copias del Libro Dorado de Abraham, a las que tituló el Libro de las Figuras Jeroglíficas, para entregar a cuantos Elegidos aparecían en sus sueños.

En ellas incluyó más imágenes y anotaciones, fruto de su propia experiencia y su recorrido por el Magisterio.

Cientos de obras de su puño y letra circulaban por el continente.

Aunque el Arte Sacro estaba harto perseguido, y hubo encarcelamientos y ejecuciones masivas de alquimistas a manos de la Santa Inquisición, el escribano siguió reclutando adeptos y esparciendo la sabiduría por cuantos pueblos y ciudades pasaba, en la clandestinidad y bajo la máxima discreción; aseguró que la llama del Arte jamás se extinguiera.

Como una pandemia, el florecimiento de Iniciados atrapaba nuevos discípulos que heredaban el conocimiento, en una cadena sinfín de maestros y aprendices.

Asimismo, el nuevo patriarca del universo alquímico elaboró gran cantidad de Piedras.

Las guardaba en un enorme baúl que viajaba junto al matrimonio como su mayor tesoro.

Y siguió fabricando oro a espuertas, lo que les permitió llevar una vida despreocupada.

Los sueños le indicaban a dónde debía acudir para hallar al próximo Elegido; eran su brújula de viaje que le marcaba el siguiente destino.

Esa noche, había soñado con un hombre que se le antojaba diferente a los demás.

Lo sabía en el corazón.

En su contacto onírico, había percibido su esencia y sus incontables detalles.

Y no había otra palabra que resumiera mejor a aquel genio que contradicción.

Sí, en un principio había olido su personalidad inabarcable y fascinante, era insondable.

Nunca antes había reconocido en un solo cuerpo tanto talento y sabiduría reunidos; miles de ideas, preguntas, experimentos, anotaciones y bocetos en un sinfín de páginas; e inventos y mejoras que abarcaban la práctica totalidad de los conocimientos de su época, superándolos en la mayoría de los casos.

Bastaban para hacerlo acreedor de los títulos de pintor, escritor, anatomista, científico, agrónomo, arquitecto, botánico, escultor, filósofo, artista, estratega militar, inventor y constructor de fortificaciones, de armas ofensivas y defensivas, ingeniero aeronáutico, de obras públicas, hidráulicas, astrónomo, paleontólogo, músico, poeta, urbanista y… hasta profeta, entre un largo etcétera que costaba recordar.

Un polímata, una expresión perfecta del hombre del Renacimiento que sobrepasaba las coordenadas de la ciencia del momento —que tenía por objeto y centro al ser humano— para ocuparse del conjunto íntegro del universo; una multidisciplinariedad versada en cuantos ámbitos de conocimiento se pueden explorar, que excedía lo humanamente posible y hasta lo oníricamente elucubrable.

Pero más aún llamaba su atención su incoherencia: un solitario que sabía organizar fiestas como nadie; despreciaba las supersticiones, pero de tanto en tanto consultaba a los astrólogos; vegetariano y cariñoso con los animales, por los que sentía tanta compasión que acostumbraba a comprar pájaros en los mercados para devolverles la libertad; pero su ternura rara vez se extendía a las personas cuando practicaba disecciones de cadáveres por su obsesión por la anatomía humana, y cuando asistía a las ejecuciones públicas para observar la agonía de los condenados; era un pensador profundo, pero se complacía inventando acertijos e historias fabulosas propias de un cómico, y gastando bromas pesadas.

Su propia vida aunaba la misma cantidad de fracaso que éxito.

Era cientos de hombres en uno de mil y una caras.

Su carrera era una historia de superación forjada por incesantes tropiezos.

De todas las ciudades que había peregrinado —Florencia, Milán, Venecia, Roma—, se había marchado por no estar a la altura; sin embargo, el sacrificio, la observación incesante, la perseverancia, en definitiva, la pasión, le dieron el reconocimiento al final de su vida de que habían engendrado al genio entre genios, quien a la vez era un iletrado, un ilegítimo, disléxico, bipolar y con déficit de atención.

El fracaso como punto de partida, pero también de llegada; como polvo —de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos—, siguiendo la estela de la brillantez exquisita.

Así era Leonardo.

A cada virtud le seguía su contrario como una sombra.

Lo sufría desde niño.

Podría verse como una maldición o como una condición ineludible para que se gestara semejante genialidad en su interior.

Fuera como fuese, había en él una constante inalterable: su profundo amor por la naturaleza.

El espíritu ansioso del florentino por saber el porqué y el cómo de las cosas le había impulsado desde joven a observarla con gran curiosidad, hasta entender que era la fuente de toda sapiencia y de la entera manifestación.

Era su musa.

En ella leía las huellas dejadas por el Creador, con quien a menudo sentía jugar al gato y al ratón.

Contemplaba las leyes naturales como pistas dejadas a propósito para aquellos que supieran entrever.

Era un pasatiempo que lo divertía y fascinaba por completo.

Había invertido su vida en desentrañar los misterios de ese diseño inteligente, tras el que veía la mano de Dios, a quien se daba el atrevido lujo de concebir según sus propios parámetros.

Este entretenimiento había despertado multitud de talentos, tantos que a menudo quedaba tan sobrecogido ante sus propias obras que se cuestionaba si provenían de su ingenio o era Él el que lo usaba como instrumento de juego para su creación.

Aquello era un caramelo para Flamel.

Sus ansias desbocadas por conocerlo lo habían sacado con violencia del sueño, y despertó entre sudores y palpitaciones.

Ese contacto había sido diferente a cuantos había tenido hasta el momento.

Su conexión psíquica había sido instantánea, mágica, y ambas almas habían resonado como si algún hilo misterioso las tuviera ligadas.

Al abrir los ojos, se regocijó recordando a Leonardo en su mente, saltó de la cama y se apresuró a vestirse.

Perenelle se despertó sobresaltada a tan altas horas de la noche, pero él la calmó explicándole la situación y la necesidad de partir.

No podía esperar.

Ella resopló sin demasiada queja porque ya se había habituado a viajar en busca de Elegidos.

A cada sueño, le sucedía una visita.

Así, como una noria, habían recorrido el continente en varias giras que les habían brindado paisajes y vivencias que abarcaban buena parte del espectro de cuanto es posible degustar.

Con todo, se extrañó de que su marido mostrara tanta premura esa madrugada.

Nunca antes habían partido a malas horas.

Tomaron un par de «lámparas alquímicas» que yacían sobre la mesita de noche y prepararon el equipaje.

Cargaron con varios bultos y baúles, los suficientes para llevar el equipamiento básico de alquimia.

Se subieron al carruaje, sin un destino definido.

Ocurría la mayoría de las veces.

Por el camino, Flamel presentía el lugar al que debía dirigirse.

En ocasiones, lo sentía con notoria claridad; muchas otras, se le indicaba mediante pálpitos y múltiples señales que debía descifrar, incluso contradictorias, por lo que no era extraño que el viaje se alargara más días o semanas de lo que había previsto en un principio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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