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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 El castillo-mansión de Cloux
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25: El castillo-mansión de Cloux 25: El castillo-mansión de Cloux 2 El castillo-mansión de Cloux Amboise, Valle del Loira (Francia) Pocos días después, llegaron al destino: la ciudad de Amboise.

Su Elegido se hallaba cerca del pueblecito francés en que se encontraban en el momento de la revelación.

Hubo suerte; otras habían necesitado incluso meses de viaje para dar con el hombre que buscaban.

En esos casos, otros sueños se habían sucedido y el trayecto se había aprovechado para dejar un reguero de Iniciados a su paso.

La región del Valle del Loira, conocida como el «jardín de Francia» por sus numerosos jardines —del estilo renacentista que evolucionaría al mayor glamur de à la française: por su sofisticada poda, la estatuaria de majestad teatral y el gusto por el espectáculo, geométricos y abigarrados, siempre florecientes para embriagar los sentidos, eran armónicos cuadros de vegetación que maravillaban tanto como los castillos que los albergaban—, se convertía en un laberinto de pueblos de apabullante riqueza entre sus lujosas fortificaciones, residencias palaciegas, iglesias, catedrales, huertos y parques por el que perderse con facilidad si se desconoce el lugar.

Pero el afinado sentido de Flamel los había guiado hasta el castillo-mansión de Cloux, a orillas del río Loira.

Subiendo el empinado sendero, el corazón del alquimista empezó a bombear con gran vigor.

Lo sentía cerca.

Cerró los ojos para agradecer a Dios haberlo encontrado y, al abrirlos, allí estaba la imponente casa señorial.

El carruaje se paró delante sin que se hubiera dado la orden de detener a los caballos, como si hubiesen quedado fascinados por el encanto del ladrillo rojo y la toba calcárea.

El edificio, coqueto, se distinguía en la oscuridad de la noche por la luz de las antorchas colgadas en la fachada.

La pareja se apeó del vehículo y se acercó a la puerta principal.

Flamel llamó un par de veces; no obstante, la única respuesta fue la del viento que soplaba con fiereza.

Hacía un frío de mil demonios.

Tras unos cuantos intentos infructuosos, el alquimista decidió explorar el parque ajardinado que había al lado.

La mansión estaba rodeada por hectáreas de jardines y viñedos que Leonardo había sembrado con ingeniosos inventos y maquetas.

Las lámparas que llevaban en las manos alumbraron algunas de las máquinas gigantes construidas por el genio: un tornillo aéreo, una ametralladora/abanico, un carro de combate, otro con guadañas, la rueda de ardillas…, entre un luengo etcétera de flores, que incluía un tupido rosal de máquinas voladoras.

Quien paseaba por ese paraje comprendía el genialismo davinciano, un fenómeno único que lo entronizaba como factótum de la humanidad: no había necesidad o problema que no hubiera abordado, a lo menos contemplado.

No en vano su reducido círculo de discípulos lo tildaba de mago.

Y, al fondo, un puente giratorio en un inmenso estanque de aguas plateadas, sobre las que flotaban barcas de palas que invitaban a montarse y dar un paseo bajo la luz de la luna.

Las fuertes rachas de viento arreciaban contra ellos, volando andanadas de hojarascas, pero era incapaz de apagar las lámparas.

Aquello, al igual que los inventos de ese parque, era imposible.

La tenue luz rojiza de sus llamas escondía un secreto: perennes, inextinguibles, perpetuamente ardientes, eran otra de las mayores y sorprendentes realizaciones que Flamel había obtenido de la Piedra Filosofal.

La pareja miraba sobrecogida las proezas surgidas del virtuosismo creativo de Leonardo.

Parecían unos críos en un patio de recreo decidiendo su juguete.

—¿Volará este pájaro gigante?

—preguntó a Perenelle al tiempo que se subía al artefacto.

Se introdujo en posición horizontal y colocó los pies sobre unos pedales.

—No lo sé, amor… Cuidado con estropear nada —alertó ella, dando un paso para atrás de forma inconsciente.

Aquel artilugio era una osadía, casi un intento de plagiar a Dios por parte del genio, que había reproducido la anatomía de un ave con asombrosa precisión.

—Este pedal debe de accionar algunas piezas.

—Presionó con fuerza, con la esperanza de que los elaborados mecanismos de cables, poleas y palancas de la máquina movieran las alas.

—No podréis, señor —advirtió una voz risueña a lo lejos.

El alquimista saltó del «pájaro» como pillado en una travesura.

A la par que se le sonrojaban los pómulos, se acercó a la misteriosa figura que acababa de hablar.

A medida que se aproximaba a la puerta, los detalles de un joven de lozana belleza se fueron distinguiendo con claridad; su melena de cabellos rubios y ondulados enredaba, y los ojos azul marino hipnotizaban.

Nicolás se permitió deleitarse con la vista antes de excusarse.

—Disculpe mi osadía, señor…, ehemm… nosotros… —Los nervios no lo dejaban explicarse.

—Tranquilo.

—Lo calmó pasando una mano sobre el hombro—.

Los inventos de mi maestro suelen volvernos chicos.

A él le había pasado lo mismo la primera vez que los vio; aunque la inquietud de Nicolás se debía a estar en su presencia.

—¿Su maestro?

—se sorprendió al descubrir que aquel muchacho no era el Elegido.

—Eso es —concluyó con orgullo en la voz.

—Y, dígame, ¿podría hablar con él?

—¡Imposible!

—Negó con la cabeza, cambiando la entonación y la pose a defensivas.

Hasta el momento, se había mostrado próximo con el escribano, incluso había pasado por alto que entraron en una propiedad privada a las tantas de la noche; pero, al hablar de su maestro, había salido como león en su defensa.

En ese punto, cualquiera hubiera desistido, aunque no Nicolás.

Bombardeó con mentiras, que, si bien piadosas, no eran propias de él, para acceder a su Elegido: —Llevamos semanas de viaje —exageró—.

Solo serían unos minutos… —Tampoco era verdad: si hablaba con él, la relación se prolongaría, literalmente, hasta la eternidad.

Al ver los cambios en la expresión del joven, que con cada palabra se agravaba, decidió aflojar las exigencias, e hizo una última propuesta: —Pero podemos esperar a mañana.

Sé que es tarde… —Leonardo está enfermo; hace mucho que no recibe visitas.

—Se cerró en banda.

Flamel sonrió complacido: que padeciera problemas de salud era una gran ventaja; seguro que se alegraría al enterarse de que alguien podría curarlo.

Y antes de que el joven pudiera manifestar su enfado, estaban dentro de la mansión en busca del nuevo Elegido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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