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LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Primer contacto
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26: Primer contacto 26: Primer contacto 3 Primer contacto A gritos, el joven perseguía al matrimonio por los pasillos del castillo, pero ellos iban decididos a la caza del genio.

Guiados por el instinto como perros siguiendo un rastro, en el piso de arriba dieron con la habitación.

—¿Leonardo?

—invadió Nicolás.

—Leonardo Da Vinci —completó un cuerpo anciano que yacía sobre una cama lujosa de estilo renacentista con baldaquines esculpidos con quimeras, angelotes, animales marinos y otros detalles ampulosos.

Pero de entre todo lo que vestía esa cama, lo más valioso se encontraba en la cabecera: la Mona Lisa colgaba sobre ella.

El artista sentía tal apego por la obra, de la que no se había separado jamás en su vida, que necesitaba incluso dormir con ella.

Dos puntos brillantes observaban a la pareja sin fiarse, medio abiertos, medio dormidos.

Cuando el florentino espabiló y tomó conciencia de que tenía a un par de desconocidos en su cuarto, saltó con un gemido: —¡Francesco!

Vertiginoso como rayo, entró el pupilo a socorrerlo.

—¡Maestro!

—aulló alterado para bajar los ojos y excusarse con acento débil y contrito—: Yo… no he tenido tiempo de pararlos… —Disculpe mi atrevimiento, maestro —empezó persuasivo el alquimista—.

Verá…, hemos venido de lejos; llevamos mucho tiempo buscándoos.

Francesco se puso serio y los atacó: —Oigan, no sé qué pretenden, pero si hace falta llamaré a los guardias del rey: cerca está el castillo de Amboise… —Leonardo, ¡míreme a los ojos!

—Nicolás le agarró las manos y las juntó a las suyas en plegaria—.

¡Dígame qué ve!

Da Vinci buscó su mirada y, con la única ayuda de la luz roja de las lámparas que Perenelle sostenía, reconoció la fisonomía del ángel que le había hablado en sueños.

Se inclinó hacia adelante para ver más de cerca su rostro y cerciorarse, realizando un escaneo a conciencia.

—¿Usted…?

—titubeó ante la pasmosa verdad.

—Yo soy —afirmó, y los labios se torcieron en una mueca jubilosa.

La faz del genio palideció, los párpados se agitaron y los ojos giraron en sus órbitas antes de cerrarse; su cuerpo acompañó el vahído, desplomándose sobre la cama.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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