LOS INICIADOS: LA FUNDACIÓN DE LA GRAN OBRA - Capítulo 27
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27: El taller 27: El taller 4 El taller La mañana siguiente la pareja se despertó en una bonita habitación del castillo.
El discípulo de Leonardo les había dejado pasar la noche, en gran parte por la capacidad de convicción de Nicolás.
Le había dicho que era médico y prometió que curaría a su maestro de la enfermedad que padecía.
Ante la duda de la veracidad de sus palabras, pues por su aspecto afable y sus atuendos parecían gentes de bien, y por el tremendo amor que sentía por su mentor, Francesco decidió dar una oportunidad a los intrusos.
Nada más poner un pie en el suelo, Nicolás buscó con ansia al Elegido: la curiosidad en torno a ese hombre era irrefrenable.
Corrió como una bala por el pasillo e irrumpió en su habitación.
—¿Maestro?
—Está ocupado, señor Flamel —dijo Francesco como perro guardián desde la penumbra, con ese tono paciente que se usa para ser cortés cuando se están apretando los dientes.
La luz del fuego mortecino que venía de una chimenea de piedra alumbraba débilmente su silueta.Estaba sentado en un sillón, en una pose que transmitía estar en guardia y esperar.
—Pensé que estaría descansando.
Ayer parecía exhausto —comentó pensando en el desmayo que Leonardo había sufrido la noche anterior.
Su enfermedad le provocaba temblores y la pérdida de conciencia.
Francesco sonrió y dijo entre carcajadas: —Usted no conoce a mi maestro.
¡Ni la enfermedad más tortuosa sería capaz de derribar tal derroche de genialidad!
Nunca reposa, su mente jamás ha conocido el descanso… —Entonces, estará con algún invento entre manos.
Voy a buscarlo.
Debo hablar con él —se precipitó, ilusionado.
Se mostraba optimista hasta el extremo.
A cada piedra en el camino, le daba la vuelta a la tortilla en su favor.
—Está bien… —A regañadientes, se resignó a acompañarlo.
Flamel siguió al joven hasta la sala taller de trabajo del artista.
De camino a la planta baja, pasaron por delante de una sucesión de habitaciones de estilo renacentista, barrocamente decoradas: muebles, baúles, estatuas, tapices y murales, alfombras, cortinas…, muchas con chimenea, y todas provistas de jarrones con flores que concedían al olfato una mezcla de perfumes; cada rincón estaba cuidado hasta el último detalle.
Allí parecía vivir la realeza, y era de esperar de un castillo propiedad de Francisco I, rey de Francia.
Admirado por su arte, había invitado a un Leonardo de más de sesenta años y a su discípulo a pasar allí su vejez.
Amaba sus cuadros e inventos, y adoraba al genio.
Y qué mejor manera de tener su arte a su abasto que acogiéndolo como protector y mecenas en uno de sus castillos cercanos.
Por su parte, después de una vida de trabajo no siempre valorado, cansado y consumido por una dura enfermedad, el artista había visto tal ofrecimiento como una oportunidad de acabar sus días lejos de su pasado en Italia, plagado de recuerdos encontrados, envidias y viejas batallas que no logró ganar.
Francesco abrió la puerta del taller y Flamel se apresuró a entrar.
De pie, de espaldas, estaba el hombre más enigmático que había tenido el honor de conocer: atlético, fuerte, elegante, refinado…, un dandi que lucía túnicas rosas y rojas en satén y terciopelo, atrevido en sus tiempos.
Y sensitivo.
Al alquimista le llamó la atención el gran plato de verduras que había a su lado, sobre un alto taburete, y del que comía con la mano que tenía libre.
Con la otra, dibujaba en una mesa, por la que había desperdigados varios juegos de reglas y compás entre un desorden de papeles.
Con la ayuda de un plumín, retocaba la bella figura de un hombre.
Justo delante, tenía un espejo del tamaño de su altura, al que ojeaba cada tanto, y en la pared varios bocetos de la misma figura masculina, que le servían de modelo y copiaba entre bocados de zanahorias y rábanos.
Nicolás se acercó por detrás para preguntarle cómo se encontraba, pero Leonardo percibió su presencia y se le adelantó sin necesidad de quitar ojo de su trabajo: —Y bien, ángel, ¿qué os parece?
—No entiendo mucho de arte, maestro.
—Nadie entiende de arte.
El arte no se entiende, se siente.
Solo necesitáis mirar —replicó, borde—.
¿Qué veis?
—lo retó al tiempo que se giraba y le volcaba su mirada penetrante.
Antes de centrarse en el papel, Flamel aprovechó para deleitarse con la belleza inusual del rostro del dandi: de sus ojos miel, con tantos reflejos en oro viejo que le impidieron determinar el color, pasó a otros rasgos como el arco de la boca, y la abundante y libre cabellera de pelo ondeado; pero su mirada enérgica, hipnótica, dominadora, casi terrible, cargaba tal magnetismo que retornó la atención a sus ojos: se quedaron en trance unos segundos, atraídos como imanes —momento en que observó que era bizco porque giraba ligeramente el ojo izquierdo hacia fuera—, hasta que el alquimista reunió la fortaleza necesaria para apartar la vista y centrarse en el dibujo.
Aceptó el reto con gusto.
Sonrió suave, apretó los labios y se acercó para estudiar la imagen.
Entrecerró los párpados para apreciar mejor los detalles: una figura masculina desnuda, con los brazos y las piernas sobreimpresas en dos posiciones diferentes, una de ellas dentro de un círculo y la otra dentro de un cuadrado.
A primera vista, aquel hombre era un canon perfecto, parecido en sus facciones al florentino.
Respondió sin dilación: —Belleza, armonía… —¡Bravo!
—aplaudió su respuesta—.
Mi pasión por el estudio de la geometría me ha llevado a buscar las proporciones ideales del cuerpo humano y a reconocer la firma del Creador.
—Aprovechó para garabatear la suya en una esquina inferior del cuadro—.
Es el Hombre de Vitruvio.
Dios ha proveído a la naturaleza de una geometría sagrada, un orden natural que está a la vista para quien puede ver.
Solo tiene que rasgar en lo que ve y obtendrá su fuente.
—Así que vislumbra a Dios en sus obras… —Diría más bien al Creador, la inteligencia creadora de todas las cosas —especificó, acorde a su más avanzada concepción de la divinidad, alejada de la del señor con barba sentado en un trono en un reino remoto, tal y como compartían sus coetáneos creyentes—.
Sí, nos habla en su lenguaje matemático, y también lo veo en el hombre, que es la medida del mundo.
—¡Es un modelo perfecto!
—No lo es todavía —rebatió con amargura.
Señaló las puntas de los dedos de las manos y los pies para que viera que sobresalían en algunos de los puntos de contacto con el círculo y el cuadrado en que el hombre estaba inscrito.
—Me he basado en las proporciones humanas formuladas por Vitruvio, un antiguo arquitecto romano que trató de definir, por medio de la simetría usada en la arquitectura, al hombre de proporciones perfectas; pero las estoy corrigiendo para obtener al hombre perfecto siguiendo mis propias reglas.
Me he valido de medidas como la proporción áurea, el Número de Oro, que muestra el equilibrio y se repite en el mundo natural, incluso en el cuerpo humano.
Y las he aplicado a mis creaciones.
»Aun así, las obras de la naturaleza son más dignas que las pinturas o palabras, que nacen del hombre.
Entre la obra humana y la natural hay la misma proporción que entre el hombre y Dios.
Al haber leído sobre Vitruvio, Flamel decidió dejar caer una cita dicha por el arquitecto, con el fin de acercarse más al florentino: —«Para que cualquier edificio sea hermoso, debe tener una simetría y proporciones perfectas, como las que se encuentran en la naturaleza…».
—Acarició un boceto de un templo griego que colgaba en la pared.
—«Y dado que el objeto más perfecto de la naturaleza es el hombre, un edificio debería ser proporcionado como el cuerpo humano».
—Da Vinci completó la frase.
Sonrió al ver que el judío lo conocía, por cuanto entendería mejor el problema al que se enfrentaba con su canon.
Era un reto que exigía muchas condiciones en un mismo dibujo: colocar a un hombre con los brazos extendidos, y que los dedos de manos y pies tocasen la circunferencia de un círculo cuyo centro era su ombligo; además de enmarcar la misma figura dentro de un cuadrado, y que sus proporciones fueran las de un ser humano ideal.
Muchos habían intentado resolverlo sin poder cumplir todos los requisitos, o bien sacrificaban la geometría por el hombre o al hombre por la geometría.
—La perfección no procede de la tierra y es inalcanzable por el afán del ser humano —objetó Flamel, ladeando la cabeza al hablar para escapar de su mirada; le pesaba tener que contradecir al dandi.
—¡Mi hombre será perfecto!
—defendió mirando obnubilado su obra—.
Además, encierra otro gran misterio que también pienso resolver.
Dibujando mi canon, me topé con el mítico enigma de la cuadratura del círculo, pero algún día resolveré ambas incógnitas.
—Eso es imposible —negó con voz quebrada porque le sabía mal tumbarle la ilusión.
Ese milenario problema geométrico, cuya solución había interesado e inquietado a matemáticos, filósofos y hasta profanos, era conocido entre el mundo alquimista; muchos iban detrás de este rompecabezas, sobre todo, rabinos de la época que intentaban resolverlo apoyándose en sus cábalas.
Sin embargo, encontrar la cuadratura del círculo, o crear un cuadrado con un área igual a un círculo dado usando solo un compás y una regla sin graduar, era una quimera comparable a realizar la Piedra Filosofal.
El reto había absorbido a Leonardo, llevándolo a una obsesión reflejada en cientos de páginas de sus cuadernos, plenas de dibujos, cálculos y observaciones.
—«No hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido que no haya de salir a luz».
—El italiano puso en su boca las palabras de Jesús, convencido de que las matemáticas eran capaces de explicar hasta el último misterio sobre la faz de la tierra.
—¿Sois creyente?
Da Vinci echó una carcajada que sabía a queja y soltó: —Si Dios existe, ¡le voy a pedir cuenta de lo absurdo de la vida, del dolor, de la muerte, de haber dado a unos la razón y a otros la estupidez, y de tantas otras cosas!
—Cabeceó indignado, con una sonrisa forzada y amarga.
Nicolás se dio cuenta de lo contradictorio de ese genio.
Se acababa de pasar un buen rato hablando de las grandezas de Dios y ahora ponía en duda su existencia.
Optó por callar lo que pensaba, de momento.
Dio una vuelta por el taller, sorteando el abarrotamiento de creación artística en el que no había reparado al entrar.
Lo primero que le llamó la atención, por sus singulares formas, fue la compilación de instrumentos musicales que había por doquier.
Da Vinci era un consumado músico que había mejorado instrumentos inventados y creado otros nuevos, en un intento obstinado de llegar a una sinfonía de nuevas sonoridades armónicas y timbres nunca oídos a través de aquella vasta mezcolanza, que cumplía su sueño de recrear la música de la naturaleza y las esferas celestiales.
Laúdes, violas, flautas, carracas de tubos alineados, liras de plata con forma de cabeza de caballo, tambores y timbales en diseños y complementos que los acercaban más a una máquina que a un instrumento —con tornillos, tiras de piel, mangas y mecanismos de lengüetas, tijeras, ruedas, múltiples baquetas…—, aunque también de tecla como órganos de agua con tubos y violas organistas, barajados en las mesas, vitrinas y suelos con herramientas, libros y todo tipo de maquetas y objetos: astrolabios, globos terráqueos, herbarios, esqueletos, animales disecados, vainas marchitas y conchas… Y espejos, colgados o tumbados, se replicaban en un sinfín de tamaños, formas e incluso materiales y colores.
Aquello era una orquesta de invenciones que solo podía haber salido de una mente superdotada como la de ese genio entre los genios.
Flamel se abría camino entre ellas e intentaba tocar algunas, si bien no era capaz de llegar a todas debido a la cuantiosa colección, pues muchas estaban incluso apiladas, creando montañas que dificultaban el acceso y hasta desplazarse con normalidad.
Y aún quedaba el arte pintado.
Descubrió que ese hombre ideal estaba repetido entre los cientos de bocetos que había colgados y esparcidos por las mesas de trabajo: de caballos, aves, del cuerpo humano, retratos, proyectos geométricos, toda clase de inventos —aparatos voladores, submarinos, carros autopropulsados, grúas, puentes giratorios…, hasta batallas, cañones, tanques, ingenios militares y armas—; lo que lo llevó a la conclusión de que cuanto había visto o imaginado ese portento bien podría hallarse allí plasmado en papel.
En los rincones libres de las paredes, cuadros al óleo sobre lienzo que dejaron al alquimista atolondrado.
Las figuras de los santos y retratos expresaban tan fiero realismo y encanto que apartó la vista, como si no fuese merecedor.
La disposición de todo aquello sugería el ambiente de trabajo del florentino en su día a día, inagotable.
Había tanto arte reunido en un solo espacio que, por momentos, el instinto era salir de allí.
De hecho, Flamel sufrió el síndrome de Florencia.
Le gustaba tanto lo que veía que, en su estado harto extasiado, su cabeza comenzó a invadirse de confusión y fortuitos mareos; y el cuerpo, de taquicardia y doloroso temblor; una respuesta natural ante la sobredosis de belleza artística.
Sintió desvanecerse, y se dejó mecer por aquel torbellino de emociones paradójicas, de deleite y flojedad.
Nicolás se dio cuenta de que Leonardo lo espiaba para saborear su reacción: le encantaba que admirasen sus obras.
—¡Tanta belleza que espanta!
—exclamó Flamel.
—El ojo recibe de la belleza pintada el mismo placer que de la real.
Sin embargo, la belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte.
Ese es el obsequio y el legado del pintor —formuló poesía con unas palabras improvisadas.
Solía hacerlo con frecuencia.
En su interior albergaba un poeta, aunque se negaba el mérito, pues para él el don de la palabra tenía escaso valor comparado con otras artes.
Aprovechó lo dicho para acercarle un boceto de un ojo.
En el intento, el papel acabó en el suelo porque le temblaban las manos.
El alquimista lo salvó del apuro recogiéndolo, y también el sombrero que se le había caído a Da Vinci al agacharse para agarrar el dibujo.
Al dárselo, Nicolás observó otra afección del pintor.
Debido a una caída por sus frecuentes desmayos, había sufrido una lesión nerviosa en la mano derecha; la había dejado prácticamente paralizada y en una posición conocida como mano en garra, adoptando la apariencia de una zarpa de animal.
Gracias a Dios, el genio era ambidiestro y no había afectado en demasía a su capacidad artística.
Leonardo se colocó el sombrero y le pidió: —Mire este ojo; de cuantas partes integra el hombre, esa es sin duda la mejor porque es el juez universal de todos los cuerpos.
—¿Qué ve en mí?
Da Vinci leyó en su mirada y soltó: —Misterio.—Nicolás permaneció en silencio, esperando más—.
Vida —dedujo de un chispazo que brilló en sus pupilas.
—Puedo curarlo: soy alquimista.
Leonardo cambió el semblante, pensó para sí mismo, y su expresión empeoró.
Sintió que una insoportable incomodidad le subía a la garganta, de aquí pasó a la cólera, para acabar en un gesto de indignación.
En el espacio de su universo mental, había invadido un pensamiento inquietante que había atraído a su órbita otros de frecuencia similar, creando una constelación de sentimientos negativos, que confirmaron al judío que el genio no creía en los milagros.
—No estoy para esas cosas.
—Rechazó con la cabeza y los ojos cerrados, de tal modo que parecía dolido—.
Estoy preparado para partir.
Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, una vida bien usada causa una dulce muerte.
—¿No creéis en mí?
—Sonrió con aire benevolente aunque afectado por un matiz enigmático.
—Los alquimistas nunca han conseguido —masculló con voz defensiva y cierto resquemor, puesto que sus viejas experiencias con la alquimia nunca le dieron fruto alguno—, ni por casualidad ni por ensayo, crear elemento alguno de los que pueden ser producidos por la naturaleza.
»Ninguna cosa creada es más duradera que el oro, y ni el fuego lo puede minar.
Si lo que los mueve es una grosera avaricia, ¿por qué no van a las minas, donde la naturaleza produce oro, y se convierten en sus discípulos?
Con toda certeza, los curará de su extravagancia.
Allí no hay azufre ni mercurio, ni ninguna clase de fuego del que usan en sus hornos, y aun así surge el oro más puro.
Flamel no se rindió.
Estoico ante la descarga emocional del italiano, sacó una Piedra del bolsillo.
Con gesto pulcro rasgó una pequeña cantidad de polvos rojos y los vertió en un pequeño bote de cristal que contenía rocío celeste, impregnado del espíritu por el influjo de planetas.
Abrió una vitrina y regó una de las plantas muertas que adornaban el estante.
Estaba seca y las hojas mustias colgaban por los lados.
En pocos segundos, tomó de nuevo vida: el tallo y las hojas se fueron reactivando, llenándose de alma y recuperando el verdor; una a una, las flores recobraron el color que habían lucido antaño; hasta que la planta entera quedó erguida y fuerte, luciendo sana y repleta de brotes nuevos.
Francesco, que se había mantenido apartado durante toda la conversación, se acercó a presenciar la panacea.
Los labios estaban entreabiertos y temblaban como una dalia roja al soplo de las brisas y, por mucho que lo intentaba, era incapaz de articular palabra.
—Puedo curaros; es más, puedo daros vida eterna —aseguró Nicolás con voz milagrosa al tiempo que señalaba la maceta para ensalzar el prodigio.
Maestro y discípulo se miraban incrédulos.
Da Vinci tomó la recién resucitada mientras su mente intentaba encajar aquella quimera y preguntó perplejo: —¿Cómo habéis…?
Nicolás sacó de su zurrón una copia del Libro de las Figuras Jeroglíficas y se lo entregó a su nuevo Iniciado.
—Aquí hallaréis el camino y las respuestas —lo invitó a adentrarse al fascinante universo de la magia y lo desconocido que, por ley inherente al nacimiento, el corazón del hombre suspira por conocer.
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